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Reflexión

La otra política

Fuente: Andina

Por Cesar Augusto López

La muerte es uno de esos acontecimientos que no pueden ser explorados. Solo la podemos ver desde nuestro lado, desde la orilla de los que quedamos. Y si nuestro vivir fuera miserable, a despecho de los que consideran mejor opción dejar este mundo, tendría algo que ofrecer más allá de un cuerpo predestinado a desintegrarse irremediablemente y volver al polvo. Una de las grandes promesas del mito del progreso, amparado en otros mitos milenarios de diversas religiones, es la conquista de la vida eterna. Se empleó ese motivo para convencernos de que cada día estábamos más cerca y había que acelerar el paso. Parece que hemos corrido bastante y ya nos tocaba parar un poco. El dilema es que podemos contemplar con tristeza y rabia que seguimos muriendo y que realmente no hemos conseguido ir hacia aquel adelante prometido. Es muy probable que no hayamos leído bien las historias o que los énfasis hayan sido puestos sobre lugares inadecuados.  

No hay que juzgar los mitos, no hay quien pueda escapar de ellos. El problema es que hay algunos que, en vez de ayudar, han dañado nuestras formas más prácticas de comportamiento. Se nos ha pedido ser eficientes, dar zancadas más largas, subir a los trenes, cruzar los mares y el cielo; todo ello a una velocidad impresionante, porque es así como deben ser las cosas. Pero no, no hay progreso, no hay un adelante, no hay futuro. Eso de vencer a la muerte bajo las dulces promesas de la modernidad no se ha conseguido en lo absoluto. ¿Esto tendría que ser malo? Creemos que no. ¿Está mal morir? Tampoco creemos que ese sea el problema. El detalle o reclamo gira en torno a esa desfigurada versión de inmortalidad ofrecida por la narrativa del capitalismo. Actualmente se busca con frenesí pasar nuestras mentes a computadoras o llegar a cualquier planeta similar a este. Parece como si no existiera realmente el hoy o, en todo caso, ha sido privatizado del tal modo que nos sentimos estúpidos, porque no podemos seguir con el frenesí que se nos había enseñado para llegar, seamos sinceros, a ninguna parte. Valga la aclaración de que tampoco hay mucho problema en que no haya a donde ir.

Se nos ha hecho acelerar a costa de nuestros tiempos y de nuestros cuerpos. Y ahora que estamos muriendo se nos repite, insistentemente, la trágica historia de un sistema económico paralizado que no se puede comparar, ni por asomo, con el trabajo de apilar una cantidad, aún indeterminada, de cadáveres. La vida no volverá a ser la misma… tampoco tiene por qué serlo: o el modo desenfrenado de existir se transforma o la nueva velocidad que se nos imponga nos llevará más rápido al fin y de manera más despiadada. Se nota claramente que lo segundo anida en nuestros corazones y espera ansioso nuestra liberación para completar lo que se empezó a construir de manera más “evidente” durante la Segunda Guerra Mundial: una máquina de muertos. La única diferencia es que ahora colaboramos alegremente con nuestra destrucción y celebramos nuestro camino al matadero. Cada esfuerzo puesto en la fe del progreso y de la victoria final sobre la muerte es un ladrillo para que unos cuantos se aseguren la eternidad entre máquinas y circuitos cerrados o en otros planetas. Pero el grueso, ese al que pertenecemos la mayoría, no conseguirá enviar sus sueños y esperanzas a un soporte inmortal o a otras tierras. 

Fuente: Perú 21

La oportunidad de suspenso que nos está brindando el Coronavirus tiene que ver con lo que él mismo busca en nosotros. La respuesta está en nuestros cuerpos, en nuestra carne; aquello que se ha desdeñado, salvo si cumple su fin de engranaje. Bien sabemos que hay un además en las manos o pies que movemos; no somos solo piezas de intercambio. La ósmosis de sentido que se erigió entre la máquina y el hombre no tiene por qué ser el último dictamen y el virus nos ha demostrado este asunto de manera dolorosa. El sistema puede parar, pero ver morir a amigos o familiares no es una simple detención del tiempo que pueda reanudarse sin más. Algo de spinoziano tiene este agente microscópico, ya que al procurar preservarse en sí mismo, nos enseña el anhelo de seguir respirando. En el deseo de continuar vivos, nos hemos percatado de que el sistema que nos hacía correr hacia la felicidad nos ha fallado, porque nunca ha pensado en nosotros como seres mortales. Para ser inmortal, primero tenemos que haber experimentado la extraña realidad de la muerte y parece que hemos sido poco mortales en todo este tiempo. Hemos sido tan poco cercanos a la muerte que la hemos negado y, por eso, los gobiernos, siguiendo los lineamientos del sabio sistema, nos han dejado sin servicios de salud para seguir respirando; nos han dejado sin máquinas que nos ayuden a superar la debilidad que nos acompaña día a día; nos han insistido en el ahorro, pero ahorro de la tranquilidad de poder confiar no solo en alguien, sino también en un armazón del que formamos parte. Ahora podemos darnos cuenta de que no somos el elemento sustancial de algo inmenso y poderoso, ya que esos dos factores no se llevan bien con el débil o con el pobre. Hay un verso elocuente de Vallejo que dice, “¡Estáis muertos!”  No hay equivocación desde 1922, en el que se publicó ese poema, y esto es lastimoso, sin duda.

La Covid-19 también es kantiana, porque nos está enseñando a vernos como fines y no solo como medios. Nos está enfrentado (o sea, nos pone frente) al vecino de manera más clara, a nuestras parejas, a nuestras familias y amigos. No ha permitido que los evadamos, sino ha exigido que les demos su lugar y que les respondamos, no como partes del sistema, sino como parte de sus mundos, de los cuales es imposible sustraernos y sustraerlos como si nada. Pero, quizá, el mayor desafío del carácter reflexivo de esta enfermedad es que nos ha puesto frente a nosotros mismos: o reconocemos la importancia de nuestra existencia entrelazada con las demás existencias; realidad acechada siempre por un modelo que nos empuja a la separación en pro de un estado de vida que nunca llega, o simplemente empleamos el término resiliencia (peligrosa palabra de moda) para alistar nuestros lomos a la nueva carga de destrucción que se nos impondrá. Una revolución es necesaria, pero esta es desconocida y forma parte de la maltratada y manipulada facultad de imaginar. 

Hay algo o mucho de equivocado en que el fin del mundo iba a llegar con bombos y platillos. Ahora el fin no solo es invisible e indiferente, sino que su lógica es humilde. Si hemos entendido bien la figura de esta enfermedad, no podemos hablar de guerra ni de evolución ni de sobrevivencia. Pensar y actuar, en esta ocasión, no nos remite a inmensas estructuras; nos conduce por la acción de aquel cuerpo que quiere seguir vivo y que necesita de otros cuerpos para mantenerse en sí. Hay otra política que podemos aprender desde su propio agente. Una política microscópica o micropolítica es aquella que se desarrolla en cada casa y cada cuadra del mundo, no en las macroestructuras, necesariamente. Ahora la soberanía debe ser la de cuidarse para cuidar al otro. Es cierto que, en varios países, la falta de solidaridad es vergonzosa, pero esto tiene que ver con imperativos de placer inmediato, de los cuales somos hechura casi perfecta. Sin embargo, esta suspensión puede ser la oportunidad de volver a nuestras manos y lavarlas, a cuidar de los que lo necesitan con la suma delicadeza de usar máscaras, mantener la distancia, comprar lo necesario y estar al tanto de los que nos rodean con la tecnología que tenemos a mano. 

Volver a nosotros, bajo estas circunstancias, implica darnos cuenta, por fin, que aquel voto que realizamos, cada cierto tiempo, es más real de lo que parece. En suma, es el momento de una verdadera política del sí mismo, ya que somos minúsculos, y vino de un ser minúsculo aquella indicación. Si consideramos bien esta lógica, una nueva política demanda una real participación de nosotros para no morir y para no matar al otro. Esa potencialidad no está tan lejos, en verdad, porque el progreso sí se podría percibir en nuestras manos. Ahora podemos evitar la muerte con actos responsables, podemos ser piezas fundamentales de nuestra preservación como conjunto, podemos ser soberanos de un nosotros abierto. Este tipo de revolución es imaginable.