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Reflexión

Un viejo subversivo

Por Juan Francisco Ugarte

Lo que nos distingue de los animales es que
bebemos sin sentir sed y hacemos el amor a toda hora.
Rubem Fonseca

Rubem Fonseca murió a la hora del almuerzo en medio de una pandemia, pero a sus noventa y cuatro años no lo mató ningún virus, sino el corazón. Vivía recluido en su casa de Rio de Janeiro como un misántropo, un pontífice amoral, un viejo subversivo de la palabra, y en esa soledad de hechicero parecía reírse a carcajadas cada vez que se sentaba a escribir. Para él la literatura no era un territorio edificante ni benévolo, sino más bien el reino de lo indecible, de la desvergüenza y la obscenidad. Pero Fonseca era sobre todo un provocador adorable, el escritor viejo más joven de todos, un anciano punk con alopecia. Parecía que conforme su cuerpo ganaba más arrugas, más vital y musculosa se volvía su escritura. Algunos de sus mejores libros los publicó pasados los sesenta años. A veces, mientras lo leía, sentía que había tanta vida en él que la muerte no sería suficiente para llevárselo.

En más de cincuenta años como autor, Fonseca no concedió casi ninguna entrevista. Su aura mítica de escritor oculto llevó a que los lectores se empecinaran en recolectar detalles de su vida. La vieja fascinación por el artista en tinieblas. Se dice que casi no dormía y que por las mañanas solía hacer veinticinco planchas. Que leía un promedio de cien páginas por hora. Que escuchaba rock a solas en su departamento desbordado de libros. Que era hincha del Vasco da Gama. Que se ponía una gorra de los Yankees para salir a caminar. Que estuvo en Berlín cuando cayó el Muro y en la tribuna del Maracaná en la legendaria final del 50. Que era amante de los árboles y el cine. Que le aburría conversar de sus propios libros. «Rubem habla mucho, pero muy poco de él. Nunca se promueve», dijo hace años su amiga y editora mexicana Lourdes Hernández Fuentes. Le gustaba pasar de incógnito para espiar sutilmente a su alrededor. «¿Qué clase de escritor sería si no pudiera observar a nadie porque los demás me están observando a mí?», solía decir cuando le preguntaban por su tendencia clandestina. En contra de la insoportable vanidad del artista, Fonseca huía de la fama como quien se espanta de una maldición.

Parecía que lo único importante era escribir. Escribir y luego callar. Aceptémoslo: no tiene sentido hablar de lo que uno ha escrito. Caer en el gesto tautológico de comentar la propia obra equivale a una versión sofisticada de explicar un chiste. Ante la ineludible curiosidad por su silencio, Fonseca solía utilizar el manido argumento de la autosuficiencia de los libros: «Todo lo que tengo que decir está ahí». Una de las pocas veces que aceptó una entrevista fue, de hecho, un malentendido. En 1989, en Berlín, un periodista brasileño lo escuchó hablar en portugués por la calle y se acercó sin saber quién era. Buscaba una declaración sobre la caída del Muro y entonces Fonseca, desde ese ilusorio anonimato, habló para su país en televisión nacional. Pero, por lo general, el autor carioca prefería expresarse con los dedos. Durante años, el mito de su naturaleza ermitaña nos delineó una figura engañosa, la de un hombre tímido o arisco o por lo menos serio frente al público. Por eso nadie sabía qué esperar exactamente cuando se presentó en Lima en agosto del 2009. De pronto el enigmático escritor salía de su caverna y viajaba cientos de kilómetros para recibir la medalla de una universidad del Perú. Uno de esos hechos rarísimos que más parecen un milagro en miniatura.

Una foto de otra vida

 Foto: Miguel Bellido / El Comercio

Lo primero que pensé fue que era más bajo y más flaco de lo que había imaginado. Vestía un traje que parecía quedarle una talla más grande. Camisa azul, corbata negra. Sus cejas blancas invadían ligeramente el territorio de los ojos. Tenía la mirada de un cazador veterano en un día sin suerte. Sentado en la Capilla Virgen de Loreto, una de las principales salas de la Casona de San Marcos, Fonseca parecía aburrirse de la solemnidad casi eclesiástica del evento. Había llegado hasta ahí para recibir el doctor honoris causa por su trayectoria, pero todo lo que le rodeaba estaba tan lejos de la irreverencia y la transgresión de su escritura. Mientras los presentadores hablaban en la mesa, yo no dejaba de mirarlo ni un instante, como si examinando cada detalle de sus movimientos podría descubrir lo que pensaba. Fonseca estaba imperturbable, un rostro sereno e inofensivo que no se correspondía con la brutalidad de sus relatos. Entonces tocó su turno y toda mi imagen previa sobre él se vino abajo. «Soy un peripatético —explicó ni bien agarró el micrófono—. Hablo mejor cuando camino». Era una frase que siempre repetía, desde luego, pero a mis veinte años me sorprendió su aparente espontaneidad. De pronto abandonó la mesa y se colocó de pie frente al auditorio, a unos dos metros de donde yo estaba. Es necesario que se entienda algo: pocos lectores de Fonseca realmente han podido ver a Fonseca, ni siquiera de casualidad, mucho menos de cerca. Su ambulante fisionomía en San Marcos significaba un espléndido absurdo, un privilegio casi imposible. El escritor brasileño era un fantasma para su público, pero ese día el espectro se reveló ante los veinte o treinta asistentes con un portuñol tan elegante como feroz.

Fonseca habló sobre cómo se convirtió en escritor. Dijo que para serlo no era necesario ser un tipo inteligente, ni siquiera una buena persona. «He conocido a muchos escritores y la mayoría de ellos eran tontos e infames», señaló con gesto provocador. El viejo subversivo disfrutaba de alborotar a la gente. «Lo único que se necesita son cinco cosas: leer mucho, conservar la motivación, tener paciencia, ser imaginativo y poseer mucho coraje. Coraje para decir lo que nadie quiere escuchar», sentenció el autor cuyo uno de sus libros llegó a prohibirse en Brasil. Su inesperado vigor tenía hechizados a todos. A sus ochenta y cuatro años, Fonseca exhibía un travieso sentido del humor y una energía entrañable. Era alguien que se resistía a la desidia y al tedio como una forma de sobrevivir a la vida. Escribir representaba para él esa vitalidad, esa manera obsesiva de no rendirse. Al verlo, uno entendía por qué seguía escribiendo con la potencia de un veinteañero y el lúcido salvajismo de un vándalo. El volcán de esos años anárquicos continuaba igual de activo dentro de él.    

Cuando terminó de hablar y la gente empezó a marcharse de la sala, saqué de mi mochila El enfermo Moliere, el primer libro que leí de él, una novela menor en el marco de su obra pero por la cual sentía, y sigo sintiendo, un cariño especial: una suerte de primogénito en mi universo personal fonsequiano. Me acerqué para que lo firmara, pero de pronto un camarógrafo se lo llevó a la pileta del patio y lo hizo caminar mirando al cielo y con las manos atrás, en una pose ridículamente pensativa, mientras lo filmaba desde una esquina. Recuerdo que Fonseca aceptaba todas las indicaciones con una sonrisa de novato. Como un joven escritor que acaba de publicar su primer libro y se somete alegremente a los caprichos de la prensa. Me apoyé entonces en una columna y miré toda la escena: de un lado los representantes de la editorial junto con algunos profesores y el rector, y al otro extremo tres o cuatro alumnos de Literatura que reconocía de vista. Cuando al fin el camarógrafo lo soltó, una señora se acercó para pedirle una foto y él entonces dijo algo, la agarró de las manos y la abrazó muy fuerte como si la conociera de años. Estaba coqueteando, por supuesto. Fonseca era un seductor innato: no por nada en esa época tenía una novia de veintitrés años. Al terminar de sacarse la imagen, siempre sonriente, genuinamente emocionado, decidí abordarlo con mi libro y mi timidez de niño. «Disculpe, Fonseca, ¿me podría firmar este ejemplar?» El narrador cogió la novela abierta, preguntó mi nombre y escribió un garabato que tardaría días en descifrar. Pensé entonces que todo acabaría ahí, que pronto se lo llevarían a algún lugar y yo tendría que resignarme a la firma ilegible de mi libro. Pero finalmente decidí quedarme un rato más y merodear, o más bien acechar, sus conversaciones en medio del brindis.  

Nadie me conocía y yo no conocía a nadie. Empezaba a sentirme como un intruso en un cóctel de señores. De pronto, hubo un instante en el que Fonseca se quedó solo. O mejor dicho: solo en medio de tres tipos que no sabían qué decir. Para animar el ambiente, el escritor carioca empezó a contar anécdotas de su vida. Mencionó por ejemplo el libro que le censuraron hace años en su país. ¿Cuál?, preguntó uno de ellos. Feliz año nuevo, respondí colándome en el grupo. «¿Puedes creer que lo prohibieron por doce años?», me dijo Fonseca con sus ojos encendidos. «Decían que atentaba contra la moral y las buenas costumbres». Yo conocía la historia, pero aún no había leído el volumen de cuentos. En 1976, por orden del gobierno brasileño, la policía confiscó todos los ejemplares y prohibió su lectura. «Lo que leí me espantó, me puso los pelos de punta. Es pornografía del más bajo nivel, no hay página en que no se vean los rincones más oscuros del país. Además de ser censurado, el autor debería ir preso», dijo entonces el senador Dinarte Mariz. Pero el efecto fue exactamente el contrario. La censura despertó la curiosidad de los brasileños y de inmediato empezaron a circular muchísimas ediciones piratas. Todos querían saber qué había molestado tanto a las autoridades. «Rubem le puso una demanda al Estado que terminó ganando, consiguió que le pagaran por los daños, y luego en vez de quedarse callado, escribió El cobrador. Es decir, su respuesta a la censura fue publicar un libro todavía más corrosivo. El propio título lo dice todo: les cobró», cuenta su amiga Hernández Fuentes en una entrevista de Excelsior

Hace unos meses pude leer el libro. El relato principal, «Feliz años nuevo», es macabramente perturbador, de una violencia despiadada, sin filtros, intimidante incluso en esta época de horrores cotidianos. Tres hombres deciden robar una casa de ricos durante la fiesta de Año Nuevo. Tienen armas de todos los calibres y quieren usarlas por el simple placer de sentir los disparos. Fulminan a dos invitados contra la pared solo como un experimento: quieren saber si los cadáveres se quedan pegados en el muro. Violan a una mujer y a otra le cercenan el dedo de una mordida para poder quedarse con el anillo. Y luego huyen con toallas repletas de comida, dinero y joyas. A pesar de su excesiva crueldad, el relato resulta tan sórdido como posible, y eso es quizá lo más espantoso de todo: que uno puede imaginarse cada detalle como si realmente hubiera pasado. Con un lenguaje vigoroso y austero, Fonseca nos traslada al epicentro del crimen con una verosimilitud aterradora y, al mismo tiempo, nos empuja a ponernos del lado de los delincuentes, consigue que los entendamos y a veces, incluso, que nos riamos en voz baja de sus infamias. 

El hombre al que le encantaba someternos a una realidad horrenda solía reírse como un niño. Verlo hablar de cerca provocaba una ternura imprevista. Alguna vez leí, ya no sé dónde, que los escritores que narran historias repulsivas suelen ser en persona los más benévolos y mansos, mientras que aquellos que escriben relatos inspiradores o estimulantes son casi siempre unos canallas. Esa mañana en San Marcos, Fonseca parecía el más bondadoso de todos, el más joven, el más entusiasta. Te agarraba del brazo cuando le pedías una firma, abrazaba y cortejaba sutilmente a las mujeres, se movía de un lado a otro como si temiera perderse de algo. Recuerdo que, en algún momento, vi a una estudiante de rulos con una cámara en las manos. Le pregunté si pensaba sacarse una foto con él. La chica estaba indecisa, pero logré convencerla. Luego de abordarlo y conseguir la imagen, me miró de lejos y me propuso: «Ven, te hago una foto». Entonces me acerqué con mi cara de idiota y, como si se me fuera a escapar, abracé a Fonseca de costado. Él nos preguntó un tanto confundido: «¿Ustedes son hermanos?» Ella dijo que no, que para nada, pero al mismo tiempo yo respondí, torpemente, que éramos primos. Y entonces me reí y él también se rio y ella me miró como a un estúpido. Sin decir nada, la chica de rulos encuadró la cámara y tomó la foto. Ninguno de los tres se volvió a ver nunca más. Fonseca se despidió de nosotros y al poco rato se lo llevaron. Lo último que vi fue sus manos agitándose en el aire mientras contaba algo y se perdía poco a poco en la temprana oscuridad de los pasillos.

Once años después, observo la fotografía como si hubiera ocurrido en otra vida. A pesar del lugar común, las viejas imágenes no nos devuelven al pasado, sino que nos restriegan con lucidez y crueldad todo lo ocurrido desde entonces: la larga y confusa historia entre ambos instantes. Evocan lo que no está ahí, lo que se esconde tras las siluetas y los gestos, y nos construyen en secreto una nueva geografía del recuerdo. Yo no había prestado atención a la foto con Fonseca desde hace muchísimo tiempo y hoy, frente a ella, es como si la contemplara por primera vez. Pero ahora todo lo que está ahí se ha marchado. Él ha muerto y el mundo parece que se cae a pedazos. En medio de esta realidad de terror, solo me queda la honda certeza de que, de algún modo, Fonseca se salió con la suya incluso en su propia muerte: la pandemia no permitió que se realizara un entierro convencional, en el que probablemente habría periodistas acechando el ataúd y lectores queriendo decir adiós al cadáver. Es posible que solo lo hayan despedido tres o cinco personas. Sin homenajes de cuerpo presente, el autor oculto acabó yéndose con el mismo misterio que envolvió toda su vida: a solas y en silencio. Como un ilusionista que se hace humo de la nada. O más bien: como si él mismo hubiera fraguado secretamente ese final perfecto.