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Análisis audiovisual

El ángel exterminador

Por Zoraida Rengifo

Hace casi 60 años Luis Buñuel dirigió la película El ángel exterminador. En ella retrataba la historia de un grupo de amigos, todos ellos pertenecientes a la clase burguesa, que por algún motivo que nadie comprendía no pueden salir del lugar donde se encuentran reunidos. Algún paralelo podemos proyectar en estos días de pandemia, pero con la enorme diferencia de que se trata de un virus que se ha extendido por todo el mundo con resultados mortales. Sin embargo, el motivo del confinamiento para Buñuel nunca fue relevante. El ángel exterminador es un tubo de ensayo para mirar por la pantalla el comportamiento humano cuando va perdiendo sus aparentes modales.

El director español renegó por distintas razones de la decisión que tomó al escoger México para escenificar su film, aunque la lujosa mansión de la calle de la Providencia se ajustaba bastante a sus intereses. Esto se debe a que cada detalle, como el de las servilletas, tenía que demostrar el refinamiento con el que se presentan sus personajes desde un principio. Buñuel ha sido insistente en ridiculizar una y otra vez el comportamiento burgués. Aunque esa rigurosidad también ha recaído sobre sus personajes contrarios, los de menores recursos económicos.

Salvo el mayordomo, los demás empleados de la casa huyen sin motivo aparente de la mansión ante la presencia de los invitados. Aquí los trabajadores y empleados no están teñidos del cinismo que se aprecia en el film Viridiana. Esta vez se ubican en la otra orilla, distantes, espectadores del drama en el que se sumergen aquellos que se enriquecen de su fuerza de trabajo y, al cabo de unos días, se reunirán para observar el desenlace.

Una década después se estrenaría El discreto encanto de la burguesía que se grabó en Francia. Hay una retórica en Buñuel que se repite una y otra vez, como las escenas que deliberadamente copia sin ninguna modificación. Un juego dialéctico que busca  convencer al espectador sobre conceptos que, aunque en movimiento constante, inician y terminan siempre de la misma manera.

Si bien la obsesión del realizador se trabaja en esta como en sus demás entregas, con respecto a la religión, las convenciones burguesas adquieren mayor importancia en este film. La religión termina siendo un marco para concluir o componer ciertos elementos de los personajes, pero no la guía que dará origen a esta situación absurda de encierro. Aquí el punto es observar desde una posición privilegiada, en este caso de quienes no son parte del encierro, como el espectador, la manera en que la conducta se va degradando día a día y perdiendo el decoro, como lo califican, y los buenos modales. En cierto sentido, a través de esta película, Buñuel es, de nuevo, el joven que reclama de manera anárquica por la crianza conservadora que recibió.

Ateo por la gracia de Dios, Luis Buñuel se definió como surrealista, anarquista y sobre todo nihilista luego de haber admirado (y luego renegado de) la política de Stalin. Aunque considera que sus films no son políticos y por más que pretendió ser crítico ante todas las ideologías y creencias, El ángel exterminador constituye un retrato social y clasista sobre cómo la burguesía queda desprotegida ante la paralización de la clase trabajadora. Aunque su estadía en México significó dejar de lado el cine al que estaba acostumbrado y empezar una etapa más comercial, subyace de todas maneras un mensaje político que trasciende cualquier idea nihilista y que nos interpela todavía hoy.

¿De quién es la crisis que enfrentamos? ¿Qué sucede cuando quienes han estado oprimidos por años cruzan la orilla y observan sin temor la caída de quienes han acumulado la riqueza durante siglos sin preocuparse siquiera por asegurar las condiciones de vida de los trabajadores? Quizá sea temprano para asegurarlo, pero parece que han empezado a cambiar ciertas cosas y, por eso, este clásico de la filmografía de Buñuel se mantiene vigente, sin un ápice de deterioro. Una crisis como aquella o como esta, se convierte en la mejor manera de mirar la realidad sin maquillajes ni distracciones, para ver la complejidad humana en toda su dimensión y para saber finalmente en qué orilla nos encontramos.