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Reflexión

Lecturas al margen

Por Juan Carlos Rojas

El análisis de aspectos alternos que acompañan a un texto literario ya publicado permite diversos tipos de acercamientos que denotan no siempre un mayor rigor en el análisis, sino más bien la obsesión de un lector particular ante el mundo propuesto por el escritor que lo apasiona, conmueve, inspira o al que, en muchos casos, envidia. Alejarse de un análisis hermenéutico y entregarse a este examen no es normalmente aceptado por una crítica literaria actual que aspira a cierto grado de cientificidad; no obstante, presenta interés al lector curioso que busca información adicional al texto propiamente dicho. Entre estos aspectos podríamos incluir dos en particular: el análisis de los rasgos de la escritura, esto es, la caligrafía del escritor, y la cama como espacio físico de creación.

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En nuestros días, la escritura a mano se presenta como un gratificante recordatorio del proceso físico mediante el cual el escritor establece una relación sensorial con la hoja en blanco mientras surge ante sí un texto cuyos rasgos, en cierto modo, comparte. La grafología es una técnica que busca establecer, a través de la escritura, los rasgos de la personalidad de un individuo. Este análisis se preocupa por el acto físico de escribir, ese gesto por el que la mano toma un instrumento y lo “apoya sobre una superficie, avanza apretando o acariciando, y traza formas regulares, recurrentes, rítmicas” en palabras del pensador Roland Barthes. El crítico francés establece dos condiciones básicas para que la escritura manuscrita pueda “revelar” la personalidad: es necesario que el manuscrito se pueda oponer al impreso, es decir, que lo “espontáneo” se confronte con lo “mécanico” propio de la imprenta y su multiplicidad. Otra condición es que se pueda establecer previamente una ideología definida de la persona, en otras palabras, identificar sus rasgos individuales, lo cual solamente se puede hacer dentro del campo de una “psicología”. A pesar de los numerosos reparos que presentan los objetivos y resultados de la grafología, esta técnica ofrece al lector un material lo suficientemente interesante o, quizás lo más común, una forma de dotar de sentido al tiempo libre, como el que abunda ahora para muchos, con información adicional acerca del escritor de su preferencia. Esta es una práctica habitual de muchos lectores, como lo es la peregrinación a la casa del escritor (lo que el espacio y objetos personales puedan decirnos) o la visita a sus tumbas, las que se han convertido casi en un género en sí mismas.

Franz Kafka es un ejemplo clásico del escritor cuya obra ha recibido una gran atención crítica desde diferentes perspectivas, entre ellas, claro está, el análisis de su caligrafía. Helmut Ploog, especialista en grafología, analiza la inclinación a la izquierda y falta de fuerza en su letra manuscrita y la identifica como una expresión de restricción temporal de fuerza de voluntad, así como “temor a la vida, fuerte autocontrol, actitud protectora y negación con respecto a los sentimientos de inseguridad”. Es inevitable pensar en ciertos pasajes de cuentos como El fogonero, Ante la ley o La condena donde sus personajes muestran un deseo de emancipación, tanto física como espiritual, la cual puede rastrearse también en las experiencias personales del escritor. El espacio en blanco entre palabras que se puede identificar en sus manuscritos contradice el caos que uno espera encontrar en sus trazos y ofrece un espacio de libertad que sus textos también buscan. 

Fuente: RTVE

Las tramas y formas complejas podrían emplearse también para analizar la letra manuscrita de Jorge Luis Borges, creador de relatos y poemas memorables en los que la reflexión, el sueño y la memoria ocupan un lugar importante. Los trazos de sus textos de letra minúscula figuran, en contraste, con grandes espacios entre palabra y palabra. Estas líneas se asemejan a un copista entregado al texto en el que trabaja, por lo que podemos imaginar al escritor argentino apoyado con cuidado ante la hoja en blanco. Con el paso del tiempo, a medida que su problema visual se agudizaba, el trabajo de escriba minucioso se acentúa y abunda un empleo mayor del espacio en blanco de los márgenes, encabezados y espacios finales, por lo que  la narración y la reflexión propia del texto se deslizan “hacia las orillas, en una apropiación integral y hasta obsesiva de la página que instaura una nueva economía escritural” en palabras de Víctor Azeiman, librero y coleccionista de manuscritos y documentos personales del escritor.  

El espacio que ocupan los escritores ha sido analizado también al detalle, buscando encontrar algún nexo entre la posición física al momento de escribir y la creación. Marcel Proust, creador de la monumental En busca del tiempo perdido, pasó sus últimos años postrado en cama dedicado a la enorme tarea de corregir sus escritos. Las primeras palabras de Por el camino de Swann podrían dar una pauta de su estado emocional y, por qué no, físico: “Mucho tiempo he estado acostándome temprano”. Asimismo, la nostalgia que impregna las más de tres mil páginas de los siete volúmenes está acompañada de una descripción impresionista y vivaz a los que puede haber ayudado el encierro autoimpuesto del escritor. Para el israelí Amos Oz, Proust “es el mago de la representación de objetos y personas, de lugares y de acontecimientos. A veces puedo leer a Proust con los ojos cerrados”. La descripción detallada de paisajes, estados y emociones acompañan una imaginación y sensibilidad agudizadas por un encierro similar al que ahora muchos compartimos.

Fuente: Diario 16

Por el lado latinoamericano, no es casualidad que Juan Carlos Onetti, creador del misterioso mundo de Santa María y algunos de los cuentos más desasosegantes en lengua española, haya sido un apasionado seguidor del escritor francés. En una exposición propuesta por la Casa de América de Madrid, se podían observar las intimidades del escritor uruguayo, entre las que destacaban cartas manuscritas, objetos personales y, por supuesto, su famosa cama junto al cartel que, se dice, colgaba sobre ella: “Se nace cansado y se vive para descansar. Ama a tu cama como a ti mismo. Descansa de día para dormir de noche”. Onetti se postró voluntariamente los últimos años de su vida, recibía acostado a sus amigos estableciendo una imagen que acompaña a sus libros que, por lo menos, no le exige mayor esfuerzo, pues en cama leía sin descanso, especialmente novela negra, y escribía. Para el escritor uruguayo, según propia confesión, escribir es un acto de amor, por lo que la cama aparece como el espacio indicado para practicarlo. Otros escritores que compartían la afición por la escritura en su lecho son, por citar solo algunos nombres, Valle-Inclán, el Nobel español Vicente Aleixandre o Truman Capote, quien afirmó elocuentemente: “Soy un escritor completamente horizontal. No puedo pensar a menos que esté acostado, ya sea en la cama o estirado en un sofá y con un cigarrillo y café a la mano”. Para los curiosos, es posible visitar la cama de Proust que se exhibe en un museo de París, el Carnavalet, donde sorprende sobre todo la escasez de muebles, así como el tamaño reducido de la cama. Una reflexión: la estatura del escritor no se corresponde con la dimensión de su obra. 

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Es posible acercarnos a la ficción de diferentes maneras, analizar su contenido e interpretar un texto según nuestras propias experiencias y obsesiones; sin embargo, para algunos quizás sea mucho más sugestivo hacer una lectura al margen del texto propiamente dicho y detenerse en aspectos alternos que acompañan su obra favorita, estableciendo un diálogo, hasta cierto punto, privado. Acaso sea también un buen momento para analizar los márgenes de aquello que, en perspectiva, consideramos el relato de nuestra vida, no aquel que busque imponerle un sentido determinado, sino recrearse en las historias secundarias que lo amplían y profundizan. Para Ernesto Sábato, aunque es atroz comprenderlo, la vida se hace en borrador y no nos es posible corregir sus páginas; no obstante, ahora con un vasto tiempo libre a nuestra disposición, podríamos intentarlo.

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