No es gratuito que en el capítulo séptimo se nos presente a Cayo triunfante luego de haber ordenado la toma de San Marcos: los dos personajes (ya en franca oposición) se relacionan así en la estructura misma de la novela.

 

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La relación entre Zavalita y Cayo Bermúdez como elemento estructurante de Conversación en La Catedral

por Lorenzo Helguero

 


El encuentro “real” entre Cayo y Santiago ocurre cuando éste es tomado prisionero junto con sus amigos de Cahuide y lo llevan a la Prefectura. Por primera (y última) vez estos dos personajes que han tenido tanto en común se ven las caras. (10) Don Fermín interviene y logra que Santiago sea liberado. Cuando el industrial ve a su hijo en presencia de Cayo, éste afirma “Ahí tiene al heredero, sano y salvo” (207), afirmación que se hace irónica al final de la novela cuando descubrimos que Zavalita rechaza la herencia del padre. Lo cierto es que este encuentro entre ambos personajes es fundamental para Santiago, quien decide esa misma noche irse de su casa, abandonar a su familia. Aunque pierde interés en la política —léase en el comunismo— sabe que sus ideas siguen siendo contrarias a las de su familia, por lo que es lógico que tome ese paso. Ahí se convierte en periodista, se empieza a joder.

Si bien es cierto que Cayo y Zavalita son personajes opuestos (uno asciende y el otro desciende socialmente, uno jode y el otro se jode), hay sin embargo elementos en común. Como afirma Williams, “A society that reduces human existence to such levels of debasement can make individuals as different as Santiago and Don Cayo surprisingly familiar” (Williams 1986: 89). Este autor, sin embargo, no ahonda en las implicaciones de esta afirmación, y por ello es necesario establecer algunas similitudes entre estos personajes para sostener el argumento de Williams.

En primer lugar, es relevante señalar que ni Cayo ni Zavalita tienen hijos; parece claro que en el caso de Cayo esto se debe a un problema de infertilidad, porque en repetidas oportunidades manifiesta su deseo de tener descendencia. Es interesante que una de estas ocasiones sea hablando justamente con el papá de Santiago: “Me da un poco de envidia oírlo, señor Zavala —dijo Bermúdez—. A pesar de los dolores de cabeza, debe tener sus compensaciones ser padre” (153). Zavalita en cambio parece decidir no ser padre, quizás para que no crezca en un país jodido por un sistema de poder corrupto: “¿Y por qué le friega la idea de ser papá? —dice Ambrosio—. Si todos pensaran así, el Perú se quedaría sin gente, niño” (552). Lo cierto es que decidiéndolo o no, ninguno de los dos produce nada creativo. Lo que Zavalita produce como periodista (en este caso los editoriales) es visto por él mismo como un desecho: “Vengo temprano, me dan mi tema, me tapo la nariz y en dos o tres horas listo, jalo la cadena y ya está” (14). Esta característica de “mierdosidad” es vista por Carlitos en el mismo Zavala, cuando le dice “Ni abogado, ni socio del Club Nacional, ni proletario ni burgués, Zavalita. Sólo una pobre mierdecita entre los dos” (162). La similitud con Cayo se hace evidente, si consideramos que el sobrenombre de Bermúdez es precisamente “Mierda” (11): así es conocido (podemos suponer) por sus sucias maneras de hacer política, por la corrupción que acompaña todos sus actos. Cayo es un “mierda” y como tal sólo puede producir desechos y suciedad, es impotente para generar vida.

Williams ha notado una actitud similar entre ambos personajes, en el sentido de su escepticismo. (12) No obstante, Santiago desea mostrarse más optimista sin conseguirlo: “Lo peor era tener dudas, Ambrosio, y lo maravilloso poder cerrar los ojos y decir Dios existe, o Dios no existe, y creerlo” (117). Esas dudas no le permiten precisamente inscribirse en el Partido Comunista (13), después de haber buscado militantes en San Marcos por tanto tiempo. Es escéptico, pero si pudiera creer su vida quizás tendría un mayor sentido.

Zavalita no cree tampoco en lo que hace: “Borracheras sin convicción, Zavalita, polvos sin convicción, periodismo sin convicción” (412). Quizás ésa sea una de las razones por las que él considere que lo que produce como periodista es un desecho, una “mierda”, como señalé líneas arriba. Lo interesante del caso es que en un momento de la conversación con Ambrosio, Zavalita afirma: “Debían inventar una pastilla, un supositorio contra las dudas, Ambrosio —dice Santiago—. Fíjate qué lindo, te lo enchufas y ya está: creo” (171). Es relevante que Zavalita elija el “supositorio” como remedio contra las dudas, ya que éste sigue el camino inverso a la materia fecal.

Varios críticos han afirmado que Conversación en La Catedral es una novela de frustraciones. Así, por ejemplo, Rafael Sánchez argumenta que Santiago Zavala ve reflejadas en sí mismo las frustraciones de los demás personajes (Sánchez: 257). José Miguel Oviedo, por otra parte, afirma:

La novela es la historia de múltiples frustraciones que se van mezclando y relacionando hasta abarcar el país mismo y completar un círculo vicioso: todos se frustran porque todo se frustra, irremediablemente. Son cuatro los personajes que las sufren de modo más vivo: Santiago Zavala, Cayo Bermúdez, Ambrosio Pardo y Fermín Zavala (Oviedo: 211).

Si bien es cierto que Santiago aparece claramente como un personaje frustrado, no se puede decir lo mismo de Cayo Bermúdez, y en ese sentido ambos personajes difieren. Es verdad que la carrera política de Cayo se trunca y con ello pierde el poder casi ilimitado del que gozaba, pero esto no basta para justificar la supuesta frustación de Cayo (14); es absolutamente conciente de que el puesto que posee es temporal: los gobiernos (dictaduras) se suceden unos a otros. Por ello acumula dinero (producto del robo), pensando en su futuro fuera de la política y del poder. En una conversación con Fermín, lo explicita claramente:

—Ya le he explicado (...). Cuando el régimen se termine, el que cargará con los platos rotos seré yo.
—Es una razón de más para que asegure su futuro —dijo don Fermín.
—Todo el mundo se me echará encima, y los primeros, los hombres del régimen (...) Como si echándome el barro a mí quedaran limpios. Tendría que ser idiota para invertir un medio en este país.
—Vaya, está pesimista hoy, don Cayo (...) Cualquiera creería que Odría va a caer de un momento a otro.
—Todavía no —dijo él—. Pero no hay gobiernos eternos, usted sabe (298-299).

La predicción de Cayo se cumple casi al pie de la letra, por ello no lo toman por sorpresa cuando le piden la renuncia: “Ah, ya entiendo —dijo Cayo Bermúdez—. Bueno, en las circunstancias actuales lo comprendo muy bien. Es una solución, sí, de acuerdo. ¿Dónde firmo?” (513). Bermúdez viaja al extranjero y sólo después de un tiempo regresa al Perú para disfrutar de la fortuna que ha obtenido gracias al robo y la corrupción. Ningún gobierno lo juzga; nadie lo toma preso. Ha alcanzado una importante posición económica, lo que contrasta con el Cayo vendedor de tractores en Chincha. Bermúdez es otro, sin duda, alcanza al final de la novela lo que se propone cuando asume el cargo en el gobierno de Odría: obtener dinero, asegurar su futuro. La conversación final entre Queta y Robertito es ilustrativa a este respecto:

—Algún día las pagará [Cayo] —dijo Queta—. No se puede ser tan mierda y vivir tan feliz.
—El sí puede, para eso tiene plata —dijo Robertito (664).

* * *

Santiago Zavala y Cayo Bermúdez son, pues, dos personajes que si bien son claramente opuestos en muchos aspectos (lo que genera tensiones a lo largo de la novela), también comparten diversas características que los acercan temáticamente. La presencia y la relación (ya sea directa o indirecta) entre estos personajes —que varios críticos han visto como las dos fuerzas fundamentales de Conversación en La Catedral— es, sin duda, indiscutible para la estructuración de esta novela.

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(10) “Vea en que lío se ha metido, joven (...). Por dedicarse a la política en vez de los estudios” (207), le dice Cayo a Santiago en la Prefectura.

(11) En un pasaje de la novela, cuando Cayo sale de un prostíbulo, él mismo se identifica con ese sobrenombre:
—¿Así que a mi me basureas, amorcito? —se rió Malvina, empinándose para observar los billetes del sillón—. Así que te llamas Cayo. ¿Cayo qué?
—Cayo Mierda —dijo él, camino a la puerta, sin volverse (529).

(12) “Santiago’s verbal self-reflection in The Cathedral leads him to the following realization: ‘and my whole life a lie, I don’t believe in anything’ (101). He arrives at this conclusion at the age of thirty, after loosing what he regularly calls his ‘purity’. Don Cayo, more experienced in Peruvian life, is a cynic from the moment he arrives in Lima. Major Paredes says to him: ‘At first I thought that you were posing as a cynic. Now I’m convinces you really are. You don’t beleive in anything or anybody, Cayo’ (242). When Don Cayo falls from power, he explains to Paredes: “I’m going to give you one good piece of advice. Don’t even trust your mother” (460). By the end, the two principal forces in the novel, with totally different backgrounds and aspirations, arrrive at quite similar attitudes” (Williams: 89).

(13) “Yo prefiero seguir como simpatizante (...). Tengo algunas dudas, me gustaría estudiar un poco más antes de inscribirme” (160).

(14) Williams piensa lo contrario cuando afirma que “Don Cayo ascends from virtual anonymity in his small town to a powerful position in Peru, only to eventually have his quest for power frustrated” (1986: 89).

© Lorenzo Helguero, 2005

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Lorenzo Helguero: (Lima-Perú, 1969). Estudió Lingüística y Literatura en la Universidad Católica del Perú. Ha publicado los libros de poesía Sapiente Lengua (1993), Boletos (1993), Beissán o el Abismo (1996), El Amor en los Tiempos del Cole (2000) y Poeta en Washington D.C. (2004). Actualmente realiza estudios de posgrado en el Departamento de Español de Georgetown University.

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/vargas1.htm

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