|
El
encuentro “real” entre Cayo y Santiago ocurre
cuando éste es tomado prisionero junto con sus
amigos de Cahuide y lo llevan a la Prefectura. Por primera
(y última) vez estos dos personajes que han tenido
tanto en común se ven las caras. (10)
Don Fermín interviene y logra que Santiago sea
liberado. Cuando el industrial ve a su hijo en presencia
de Cayo, éste afirma “Ahí tiene
al heredero, sano y salvo” (207), afirmación
que se hace irónica al final de la novela cuando
descubrimos que Zavalita rechaza la herencia del padre.
Lo cierto es que este encuentro entre ambos personajes
es fundamental para Santiago, quien decide esa misma
noche irse de su casa, abandonar a su familia. Aunque
pierde interés en la política —léase
en el comunismo— sabe que sus ideas siguen siendo
contrarias a las de su familia, por lo que es lógico
que tome ese paso. Ahí se convierte en periodista,
se empieza a joder.
Si
bien es cierto que Cayo y Zavalita son personajes opuestos
(uno asciende y el otro desciende socialmente, uno jode
y el otro se jode), hay sin embargo elementos
en común. Como afirma Williams, “A society
that reduces human existence to such levels of debasement
can make individuals as different as Santiago and Don
Cayo surprisingly familiar” (Williams 1986: 89).
Este autor, sin embargo, no ahonda en las implicaciones
de esta afirmación, y por ello es necesario establecer
algunas similitudes entre estos personajes para sostener
el argumento de Williams.
En
primer lugar, es relevante señalar que ni Cayo
ni Zavalita tienen hijos; parece claro que en el caso
de Cayo esto se debe a un problema de infertilidad,
porque en repetidas oportunidades manifiesta su deseo
de tener descendencia. Es interesante que una de estas
ocasiones sea hablando justamente con el papá
de Santiago: “Me da un poco de envidia oírlo,
señor Zavala —dijo Bermúdez—.
A pesar de los dolores de cabeza, debe tener sus compensaciones
ser padre” (153). Zavalita en cambio parece decidir
no ser padre, quizás para que no crezca en un
país jodido por un sistema de poder corrupto:
“¿Y por qué le friega la idea de
ser papá? —dice Ambrosio—. Si todos
pensaran así, el Perú se quedaría
sin gente, niño” (552). Lo cierto es que
decidiéndolo o no, ninguno de los dos produce
nada creativo. Lo que Zavalita produce como periodista
(en este caso los editoriales) es visto por él
mismo como un desecho: “Vengo temprano, me dan
mi tema, me tapo la nariz y en dos o tres horas listo,
jalo la cadena y ya está” (14). Esta característica
de “mierdosidad” es vista por Carlitos en
el mismo Zavala, cuando le dice “Ni abogado, ni
socio del Club Nacional, ni proletario ni burgués,
Zavalita. Sólo una pobre mierdecita entre los
dos” (162). La similitud con Cayo se hace evidente,
si consideramos que el sobrenombre de Bermúdez
es precisamente “Mierda” (11):
así es conocido (podemos suponer) por sus sucias
maneras de hacer política, por la corrupción
que acompaña todos sus actos. Cayo es un “mierda”
y como tal sólo puede producir desechos y suciedad,
es impotente para generar vida.
Williams
ha notado una actitud similar entre ambos personajes,
en el sentido de su escepticismo. (12)
No obstante, Santiago desea mostrarse más optimista
sin conseguirlo: “Lo peor era tener dudas, Ambrosio,
y lo maravilloso poder cerrar los ojos y decir Dios
existe, o Dios no existe, y creerlo” (117). Esas
dudas no le permiten precisamente inscribirse en el
Partido Comunista (13),
después de haber buscado militantes en San Marcos
por tanto tiempo. Es escéptico, pero si pudiera
creer su vida quizás tendría un mayor
sentido.
Zavalita
no cree tampoco en lo que hace: “Borracheras sin
convicción, Zavalita, polvos sin convicción,
periodismo sin convicción” (412). Quizás
ésa sea una de las razones por las que él
considere que lo que produce como periodista es un desecho,
una “mierda”, como señalé
líneas arriba. Lo interesante del caso es que
en un momento de la conversación con Ambrosio,
Zavalita afirma: “Debían inventar una pastilla,
un supositorio contra las dudas, Ambrosio —dice
Santiago—. Fíjate qué lindo, te
lo enchufas y ya está: creo” (171). Es
relevante que Zavalita elija el “supositorio”
como remedio contra las dudas, ya que éste sigue
el camino inverso a la materia fecal.
Varios
críticos han afirmado que Conversación
en La Catedral es una novela de frustraciones.
Así, por ejemplo, Rafael Sánchez argumenta
que Santiago Zavala ve reflejadas en sí mismo
las frustraciones de los demás personajes (Sánchez:
257). José Miguel Oviedo, por otra parte, afirma:
La
novela es la historia de múltiples frustraciones
que se van mezclando y relacionando hasta abarcar
el país mismo y completar un círculo
vicioso: todos se frustran porque todo se frustra,
irremediablemente. Son cuatro los personajes que las
sufren de modo más vivo: Santiago Zavala, Cayo
Bermúdez, Ambrosio Pardo y Fermín Zavala
(Oviedo: 211).
Si
bien es cierto que Santiago aparece claramente como
un personaje frustrado, no se puede decir lo mismo de
Cayo Bermúdez, y en ese sentido ambos personajes
difieren. Es verdad que la carrera política de
Cayo se trunca y con ello pierde el poder casi ilimitado
del que gozaba, pero esto no basta para justificar la
supuesta frustación de Cayo (14);
es absolutamente conciente de que el puesto que posee
es temporal: los gobiernos (dictaduras) se suceden unos
a otros. Por ello acumula dinero (producto del robo),
pensando en su futuro fuera de la política y
del poder. En una conversación con Fermín,
lo explicita claramente:
—Ya
le he explicado (...). Cuando el régimen se
termine, el que cargará con los platos rotos
seré yo.
—Es una razón de más para que
asegure su futuro —dijo don Fermín.
—Todo el mundo se me echará encima, y
los primeros, los hombres del régimen (...)
Como si echándome el barro a mí quedaran
limpios. Tendría que ser idiota para invertir
un medio en este país.
—Vaya, está pesimista hoy, don Cayo (...)
Cualquiera creería que Odría va a caer
de un momento a otro.
—Todavía no —dijo él—.
Pero no hay gobiernos eternos, usted sabe (298-299).
La
predicción de Cayo se cumple casi al pie de la
letra, por ello no lo toman por sorpresa cuando le piden
la renuncia: “Ah, ya entiendo —dijo Cayo
Bermúdez—. Bueno, en las circunstancias
actuales lo comprendo muy bien. Es una solución,
sí, de acuerdo. ¿Dónde firmo?”
(513). Bermúdez viaja al extranjero y sólo
después de un tiempo regresa al Perú para
disfrutar de la fortuna que ha obtenido gracias al robo
y la corrupción. Ningún gobierno lo juzga;
nadie lo toma preso. Ha alcanzado una importante posición
económica, lo que contrasta con el Cayo vendedor
de tractores en Chincha. Bermúdez es otro, sin
duda, alcanza al final de la novela lo que se propone
cuando asume el cargo en el gobierno de Odría:
obtener dinero, asegurar su futuro. La conversación
final entre Queta y Robertito es ilustrativa a este
respecto:
—Algún
día las pagará [Cayo] —dijo Queta—.
No se puede ser tan mierda y vivir tan feliz.
—El sí puede, para eso tiene plata —dijo
Robertito (664).
*
* *
Santiago
Zavala y Cayo Bermúdez son, pues, dos personajes
que si bien son claramente opuestos en muchos aspectos
(lo que genera tensiones a lo largo de la novela), también
comparten diversas características que los acercan
temáticamente. La presencia y la relación
(ya sea directa o indirecta) entre estos personajes
—que varios críticos han visto como las
dos fuerzas fundamentales de Conversación
en La Catedral— es, sin duda, indiscutible
para la estructuración de esta novela.
________________________________
(10)
“Vea en que lío se ha metido, joven (...).
Por dedicarse a la política en vez de los estudios”
(207), le dice Cayo a Santiago en la Prefectura.
(11)
En un pasaje de la novela, cuando Cayo sale de un prostíbulo,
él mismo se identifica con ese sobrenombre:
—¿Así que a mi me basureas, amorcito?
—se rió Malvina, empinándose para
observar los billetes del sillón—. Así
que te llamas Cayo. ¿Cayo qué?
—Cayo Mierda —dijo él, camino a la
puerta, sin volverse (529).
(12)
“Santiago’s verbal self-reflection in The
Cathedral leads him to the following realization: ‘and
my whole life a lie, I don’t believe in anything’
(101). He arrives at this conclusion at the age of thirty,
after loosing what he regularly calls his ‘purity’.
Don Cayo, more experienced in Peruvian life, is a cynic
from the moment he arrives in Lima. Major Paredes says
to him: ‘At first I thought that you were posing
as a cynic. Now I’m convinces you really are.
You don’t beleive in anything or anybody, Cayo’
(242). When Don Cayo falls from power, he explains to
Paredes: “I’m going to give you one good
piece of advice. Don’t even trust your mother”
(460). By the end, the two principal forces in the novel,
with totally different backgrounds and aspirations,
arrrive at quite similar attitudes” (Williams:
89).
(13)
“Yo prefiero seguir como simpatizante (...). Tengo
algunas dudas, me gustaría estudiar un poco más
antes de inscribirme” (160).
(14)
Williams piensa lo contrario cuando afirma que “Don
Cayo ascends from virtual anonymity in his small town
to a powerful position in Peru, only to eventually have
his quest for power frustrated” (1986: 89).
©
Lorenzo Helguero, 2005
| _________________________________________________ |
|
Lorenzo
Helguero: (Lima-Perú,
1969).
Estudió Lingüística y Literatura
en la Universidad Católica del Perú.
Ha publicado los libros de poesía Sapiente
Lengua (1993), Boletos (1993), Beissán
o el Abismo (1996), El Amor en los Tiempos
del Cole (2000) y Poeta en Washington
D.C. (2004). Actualmente realiza estudios
de posgrado en el Departamento de Español
de Georgetown University. |
| _________________________________________________ |
| Para
citar este documento:
http://www.elhablador.com/vargas1.htm |
|