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Análisis audiovisual

Una película precursora: El beso de la mujer araña

Por Zoraida Rengifo

En 1985, William Hurt fue el primer actor en ganar el Óscar por interpretar a un personaje abiertamente LGTB, personaje que, además, representa un giro importante en las caricaturescas formas en las que había sido representada la comunidad gay hasta ese momento. El beso de la mujer araña es la película encargada de lograr este cambio y llevarse el aplauso de la crítica internacional.

La historia escrita por Manuel Puig fue llevada a la pantalla bajo la dirección del cineasta brasileño-argentino Héctor Babenco. En ella, dos personajes se encuentran en el confinamiento de una cárcel brasilera, pero ambos parecen muy distintos entre sí y, en apariencia, opuestos. Uno es un prisionero político de izquierda y revolucionario, Valentín Arregui (Raúl Julia), y el otro es Luis Molina, interpretado por el ya mencionado William Hurt.

Valentín Arregui es sometido a torturas y envenenamiento, mientras vive encerrado junto a Luis Molina, quien es acusado de haber seducido a un menor de edad. El primero quiere cambiar el mundo, el segundo sueña con las historias románticas de las películas protagonizadas por Sonia Braga. Estas películas, cuyos argumentos Hurt narra con entusiasmo, se convierten en un efectivo paliativo para el sufrimiento de su compañero. Así se va generando un vínculo que logrará destruir la distancia entre ambos y establecer, en su lugar, un lazo de confianza. El cine, a través de la narración de Molina, es el vehículo de escape de la realidad hostil y violenta que les ha tocado enfrentar.

Ninguno de los dos personajes es aceptado por la sociedad. De hecho, en formas diferentes, son considerados como sus enemigos. A uno lo acompaña el escándalo; al otro le sigue la rebeldía. Los dos casos constituyen una alteración aberrante de la normalidad y, por lo tanto, durante su permanencia en la cárcel, carecen de derechos y tratos humanos. William Hurt es un hombre gay que sueña con el amor de un hombre perfecto; Raúl Julia, por su parte, es el revolucionario convencido que está dispuesto a morir con tal de no delatar a sus compañeros y que cree férreamente en una sociedad nueva y justa. La historia nos enfrenta a ese romanticismo, quizás utópico para algunos, de la mano de momentos de enorme crueldad y a la vez de enorme ensoñación, paralelos no tan opuestos después de todo.

El beso de la mujer araña (1985) - Filmaffinity

Puede ser que escenificar esta realidad haya sido un acto romántico, pero fue además profundamente revolucionario. Esta visión trágica de la representación de las minorías es la mejor manera de ingresar e iniciar la comprensión de estas, pero es, al mismo tiempo, un vehículo efectivo para modificar la propia dinámica al interior del mundo cinematográfico. El cine luego de esta experiencia llevaría a la pantalla más historias de la comunidad LGBT, y obtendría excelentes resultados, así como la aceptación por parte del público y la crítica. Ese fue el caso de Fresa y chocolate (1993) del cubano Tomás Gutiérrez Alea, que siguió la línea de reflexión que un tema postergado como este merecía tener. De esta manera, queda claro que el séptimo arte ha sido una importante influencia cultural que ha aportado en la lucha por los derechos que hoy se han venido alcanzando en varias partes del mundo.

Han pasado 35 años desde que El Beso de la mujer araña se estrenó, pero esta coproducción estadounidense-brasilera ha sido la piedra angular para que muchas historias de tragedia con respecto a quienes han sido considerados diferentes ante los ojos de la sociedad sean visibilizadas. No es casual determinar que la unión de la política a las demandas LGTB se haya concretado con el tiempo. Tampoco lo es que la diversidad forme parte ahora de la agenda de la izquierda, lo que ha modificado la paradójica situación de décadas anteriores en las que la exclusión era la misma que en los demás sectores políticos. En ese sentido, el Óscar que obtuvo William Hurt tiene un valor adicional, porque cambió para siempre la mirada sobre este grupo que la sociedad, fuertemente anclada en su conservadurismo, se negaba a enfrentar. De otro modo, hubiera sido mucho más difícil que películas como Brockback Mountain (2005), Dallas Buyers Club (2014), Moonlight (2016) o la reciente Green Book (2019) alcancen, en su momento, la estatuilla.