Nº22
revista de literatura
 
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reseña    

Antonio Ortuño

 

Agua corriente

Arequipa: La Travesía Editora, 2015, 104 pp.

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Una voz a campo abierto

Antonio Ortuño no es un escritor de coto de caza. No posee un espacio cerrado, con temas, personajes y situaciones recurrentes en el que, cómodo y protegido, vaya al encuentro de sus ficciones. Finalista del Herralde de novela con Recursos humanos (2007) y miembro de la famosa lista de veintidós de la revista Granta (2010), el escritor mexicano, inquieto e inconformista, prefiere la apertura y la diversidad. Eso es, por lo menos, lo que muestra en Agua corriente, su última entrega, un conjunto de trece cuentos. Entre los relatos que conforman el libro –todos ellos breves, entre dos y doce páginas– encontramos historias sobre padres e hijos, sobre matrimonios temblorosos, sobre enfermedad, sobre dinero. Encontramos crítica social y política, realismo tramposo, elementos fantásticos. Nos situamos en urbes de apariencia contemporánea, en espacios inciertos, en un Oriente mítico. Y vemos, con agrado, que cada cuento es una sorpresa, que persiste una intención de renovarse a cada paso.

Pero no se me entienda mal. Diversidad no implica dispersión. Sería injusto hablar de un libro carente de organicidad, incoherente, desarticulado, de partes que no hallan su todo. Pasa que lo que da unidad al conjunto no es algo tan evidente como un tema, un escenario o un personaje repetitivo, sino algo más sutil: una actitud narrativa. Ortuño logra que su voz, una voz llena de energía y vitalidad, se haga sentir en todos los universos que toca. El autor no deja de ser él, ya sea entre magos, visires u oficinistas.

El cuento que da título al conjunto aborda una sombría relación filial. Un muchacho es abandonado por su padre (un médico exitoso) y tiene que resignarse a la vida miserable que su madre, una secretaria de bajísimos recursos, es capaz de ofrecerles a él y a su hermano “imbécil”. Luego el hermano muere y el muchacho busca al padre. Y el cinismo hace entonces una brutal aparición: “Pensaba. Qué se le dice a un tipo como mi padre, desconocido, para abrirle los bolsillos. Fingiría que me interesaba conocerlo. Pretendería que me interesaba por la salud de mi hermano” (76). El dinero es el móvil del protagonista. El resentimiento le suma fuerza a su relato: “Dejé pasar unos días. Llámenlo luto, aunque ustedes no tienen idea de lo que hablo. No han cuidado a un hermano imbécil ni lo han perdido, no han llorado al recordar que alguna vez rio” (77). Pero el cinismo vuelve para borrar cualquier rasgo patético: “No es que yo lo haga, llorar. No lo acostumbro” (77). Esta actitud de desapego, de ausencia de gravedad, de frialdad escéptica, es una constante del libro.

Tal cualidad puede extenderse al campo en que Ortuño se muestra más sólido: el retrato a la vez desencantado y devoto de la vida conyugal. El matrimonio es un terreno ambiguo, de amenaza y de resguardo; en él caben la destrucción y el resurgimiento constantes. En ‘El Grimorio de los Vencidos’, encontramos una historia de adulterio y venganza. El narrador descubre que su mujer lo engaña con un personaje excéntrico: un mago que hace nevar. Para vengarse de él, guiado por un grimorio (libro de fórmulas mágicas usado por hechiceros), decide recurrir a la magia negra. Y sus planes tienen éxito. Derrota a su enemigo. Pero, como si el acto de venganza lo anulara todo, no vemos ninguna crisis posterior en la pareja. Importa recuperar la dignidad frente al rival. No corregir el orden del mundo propio. El matrimonio continúa, incluso fortalecido, y la imagen final se encarga de confirmarlo: “Cada vez que la poseo, sucede algo notable. El aire de la habitación se congela, de nuestras bocas mana un vapor gélido y nuestras pieles azulean. En alguna ocasión, lo juraría, ha estado a punto de nevar” (27). Con un giro fantástico, se evita la gravedad.

Pero puede que el mejor fresco conyugal del libro esté en ‘Pseudoefedrina’, uno de sus puntos más altos. Las circunstancias se presentan de inmediato: un matrimonio promedio, las dos niñas enfermas, el pediatra de viaje, las vacaciones en peligro. La pareja se ve forzada a buscar alternativas y, ante esto, dos homeópatas aficionados aparecen: Claudia, madre soltera que intenta seducirlo a él, y Walter, padre soltero que intenta seducirla a ella. La tentación en ambos crece a la par que la fiebre en las niñas, y el equilibrio del hogar parece a punto de derrumbarse. Sin embargo, un mínimo cambio detiene la avalancha. La simple decisión de recurrir a un analgésico. La fiebre de las niñas no tarda en descender y el espectro de la traición marital desaparece. El orden del matrimonio depende, pues, no de sí mismo, sino de lo que lo rodea. Al final, marido y mujer dejan plantados a sendos amantes y huyen de vacaciones como un par de fugitivos. Una idea turbia queda flotando en el aire: el matrimonio solo se salva si se lo desnaturaliza, si se convierte en el cálido revés del adulterio. Quizá Ortuño no sea el tipo de escritor que persigue verdades. Quizá sus méritos pasen por otro lado, hacia la energía, la irreverencia, la audacia, el descaro. Pero este relato alcanza un logro importante: desnudar la fragilidad de la familia sin destruirla.

Algunos relatos de Agua corriente se avocan a la crítica de forma directa. Trabajan, para esto, sobre un amplio espectro. ‘Historia’ y ‘Héroe’, por ejemplo, son dos cuentos hermanos que ironizan sobre la doble moral de los vencidos en el marco de una anónima sociedad tercermundista invadida por el aséptico y atractivo primer mundo. ‘Ars cadáver’, en cambio, es una sátira kamikaze sobre el relativismo del arte y la frivolidad de sus cultores. “La épica no es una opción –dice uno de los personajes–. La autoironía la ha hecho imposible”. La respuesta de su inminente asesino es concluyente: “El voluntarismo no puede con las pistolas” (53). ‘Escriba’, un cuento breve de corte experimental, se encarga de desenmascarar la naturaleza de la Historia como simple collage de versiones espurias. Al narrador le es dictada cada línea que anota y a lo largo del texto no deja de traicionarse. Por su parte, ‘Historia del cadi, el sirviente y su perro’, un episodio enmarcado en Las mil y una noches (la historia es referida por la misma Scheherezade, que interrumpe su relato a la llegada del alba), apunta a la decadencia de las instituciones, una vez más, con acidez e ironía. Pese a que estos cuentos sufren de exceso de intención –tienen un móvil demasiado obvio y esto siempre resiente un relato–, Ortuño logra mantener su poder seductor, tal y como se ve en el inicio de ‘Historia’: “Haría mal explicando los motivos profundos que movieron a los invasores, porque no los conozco. Pero me gusta especular. Viví durante años de espaldas a los diarios y la política, la cabeza metida en las calles como en una cubeta de agua. […] Sé todo lo que se vende y gran parte de lo que se compra, pero ignoro los rostros y nombres de quienes nos gobernaban, de quienes nos gobiernan” (29).

Casi todos los relatos están narrados en primera persona –la única excepción es el brevísimo ‘El trabajo del gallo’–, y siempre hay en ellos una contundencia de arranque que obliga al lector a no detenerse. Como ejemplo final, quisiera citar un relato de difícil clasificación dentro del libro, pero que sin duda constituye uno de sus momentos más felices: ‘El jardín japonés’. “A los nueve años, mi padre me rentaba una puta. Una puta, lógicamente, de nueve años. He olvidado la ropa, los juguetes, la comida, todo lo que era mi vida a los nueve años, pero no he olvidado a la puta” (55). Este inicio, franco y directo, ya tiene al lector tomado de las solapas, deseoso de conocer, por boca del protagonista, esa infancia turbadora y llena de misterio. Lo que viene después mantiene la intensidad. No sirve un gancho narrativo si no se tiene un segundo acto. El padre que contrata a la niña porque su hijo es muy retraído, la obsesión del personaje por ese nítido recuerdo, el reencuentro con la muchacha que supo hacerlo feliz… Todo está cargado de un peculiar encanto.

Antonio Ortuño se impone, pues, en medio de lo diferente. Es vital, mantiene un ritmo, sabe ser cínico sin ser molesto. Pero ocurre que en su irreverencia y en la fuerza de su actitud, no deja de ser sobrio y preciso cuando debe. Es decir, no se trata de un escritor incontinente, sino de un narrador que sabe lo que hace. Tiene, por supuesto, algunas limitaciones. Ya he mencionado la poca efectividad de su crítica. A ella habría que agregar las pocas aristas de sus personajes. Siempre es más importante, no lo que son, sino lo que les pasa. Pero esto no disminuye la eficacia del conjunto. Un conjunto sólido y coherente, por lo demás. Paseándose por situaciones, escenarios y tiempos distintos, Ortuño hace oír su voz en cada cuento de este libro.

 

 
 
 
©Danilo Raá, 2015
 
 

Danilo Raá (Lima - Perú, 1990). Bachiller en Literatura por la UNMSM. Formó parte del comité organizador de Textura: Mercado Ambulante de Cuentos. Ha colaborado como reseñista en la revista literaria Buensalvaje y en la Bitácora de El Hablador. Se ha desempeñado como docente de Literatura. Actualmente, trabaja en el campo editorial.

 
 
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