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Mario Granda Rangel
(Londres, 1978)

 

Estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Fue director de la revista Cántaro y actualmente forma parte del comité editorial de El Hablador. Se desempeña como docente en el colegio Recoleta y en la Universidad Federico Villareal. Ha participado en diversos coloquios de literatura peruana y latinoamericana.

 

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Escena II

La sala de Leonilda.

En medio de la sala hay un sillón grande y una butaca acolchonada, dando la agradable impresión de una casa muy bien cuidada. Detrás hay un colgador de madera cerca de la puerta, además de un mueble con una bandeja encima. Esta bandeja tiene dos tazas de té, con sus respectivos platos y cucharas. La luz entra por los costados, pero poco a poco va disminuyendo, dando la sensación del atardecer. Se abre la puerta y entra Leonilda, seguida de Eugenio, en silencio.


Leonilda: ¿Sigue separado de su esposa?

Karl: Sí. (Coloca su sombrero y su saco en el colgador.)

Leonilda: ¿Y no la extraña?

Karl: No. (Se sienta.)

Leonilda: ¡Ah! ¡Cómo son ustedes los hombres, cómo son! Permiso, Eugenio, me voy a sacar el tapado. (Sale. Vuelve a entrar sin el velo, y se descubre una blusa blanca. Se sienta en la butaca. Es mucho más alta y bonita de lo que parecía primero con el velo.)

Karl: Así que se aburre mucho usted, ¿eh?

Leonilda: Sí, mucho.

Karl: ¿Y no hace nada para no aburrirse?

Leonilda: Voy al cine.

Karl: Ah. ¿Qué actriz le gusta?...¿Así que se aburre usted?

Leonilda: Sí.

Karl: ¿Y él qué dice?

Leonilda: ¿Juan? ¿Qué quiere que diga? A veces piensa que no debíamos habernos casado. Otras veces, en cambio, me dice que tengo todo el aspecto de una mujer que ha nacido para tener un amante. ¿Le parece que tengo tipo para ser querida de alguien? Y yo también me digo: ¿Para qué nos habremos casado?

Karl: ¿Y nunca Juan le preguntó si usted no deseaba tener un amante? Mejor dicho: ¿nunca le insinuó que tuviera un amante?

Leonilda: ...no.

Karl: ¿Y entonces para qué me ha propuesto hoy que viniera? Desea serle infiel a su esposo. ¿Para eso me ha elegido?

Leonilda: No, Eugenio. ¡Qué barbaridad! Juan es muy bueno. Trabaja todo el día...

Karl: ¿Y porque trabaja todo el día y es bueno usted me invita a tomar el té en su compañía?

Leonilda: ¿Qué tiene de malo?

Karl: Efectivamente, de malo no tiene nada. Lo único es que corre el riesgo de dar con un atrevido que trate de tumbarla en la cama.

Leonilda: Gritaría, Eugenio, no le quede ninguna duda. Además, yo me aburro, y también trabajo todo el día. pero me aburro entre estas cuatro paredes. Es horrible. ¿Usted sabe lo que pasa por la mente de una mujer metida todo el día entre las cuatro paredes de un departamento?

Karl: ¿Y él no se da cuenta de lo que pasa en su interior?

Leonilda: Sí.

Karl: ¿Y...?

Leonilda: Estoy cansada.

Karl: ¿Por qué no se distrae leyendo?

Leonilda: Déjeme de libros, por favor. ¡Son horribles! ¿Qué quiere que lea? ¿Puedo aprender algo en los libros? Me gustaría vivir en otra parte, ¿sabe, Eugenio?

Karl: ¿En qué parte?

Leonilda: No sé. Me gustaría irme lejos, sin saber adónde parar. Y en cambio, ¿sabe lo que hace Juan cuando llega? Se pone a leer los periódicos.

Karl: En los periódicos aparecen noticias muy interesantes.

Leonilda: Ya sé, ya sé...Es gracioso, usted. Él lee los diarios y contesta a todo lo que le pregunto con un "sí" o un "no". Eso es todo lo que hablamos. No tenemos nada que decirnos. A mí me gustaría irme lejos...Viajar en tren, con mucha lluvia, comer en los restaurantes de estaciones...No crea que estoy loca, Eugenio.

Karl: No creo nada, Leonilda.

Leonilda: Él, en cambio, no se muda de casa, sino cuando yo ya no resisto más. Parece el hombre de los rincones. Eso, Eugenio. El hombre de los rincones. Todos los hombres parecen que al llegar a los treinta años quieren arrinconarse, no moverse más de su sitio, y a mí me gustaría irme lejos. Vivir como los artistas de cine. ¿Usted cree que es verdad lo que dicen en los diarios de la vida de las artistas de cine?

Karl: Sí, un diez por ciento, es cierto.

Leonilda: Ve, Eugenio, esa es la vida que me gustaría hacer. Pero eso es imposible ahora.

Karl: Así es..., pero, ¿para qué me invitó?

Leonilda: Tenía ganas de conversar con usted. (Moviendo la cabeza.) No, yo no podría serle nunca infiel a Juan. No. Dios me libre. Se da cuenta... Si los amigos de él supieran... Qué vergüenza horrible para él. Y usted sería el primero en decirlo: "La señora de Juan lo engaña, y conmigo".

Karl: (Sonríe) ¿Está segura? No sé por qué se me parece que me está mintiendo.

Leonilda: ¿Me promete no contárselo a nadie?

Karl: No.

Leonilda: (Vacila) Bueno; una vez un amigo de Juan me besó.

Karl: Y usted esperaba que él la besara.

Leonilda: No; fue así, de sorpresa.

Karl: ¿Y a usted le gustó o no?

Leonilda: En ese momento me dio una rabia tremenda. Lo eché de la casa. Hace de esto varios años.

Karl: ¿Y él volvió?

Leonilda: No...pero usted va a pensar mal de mí.

Karl: No.

Leonilda: Bueno; muchas veces pensé con pena por qué ese amigo no habrá vuelto más.

Karl: ¿Se hubiera entregado usted a él?

Leonilda: No, no...Pero dígame, Eugenio, ¿qué le pasa a un hombre cuando besa así bruscamente a la mujer de un amigo? De un amigo que quiere, porque él quería a Juan.

Karl: Por lo general es difícil establecer lo que ocurre, si uno se coloca en un terreno metafísico. Ahora, si interpreta la cuestión desde un punto de vista materialista, lo que debía pasar es que ese hombre se sentía exaltado en su presencia y, posiblemente, usted se daba cuenta. Y más probablemente es que usted deliberadamente haya contribuido a excitarlo. Usted es uno de estos tipos de mujeres que les gusta enardecer a los amigos del esposo.

Leonilda: Eso no es verdad, Eugenio, porque ya ve...entre nosotros no pasa nada...

Karl: Porque me domino.

Leonilda: ¿Usted se domina? Pues no me pareció.

Karl: De allí que me haya invitado a tomar té. Pero sí, me domino y, además, me divierto cuando me domino.

Leonilda: ¿Se divierte? ¿de qué modo?

Karl: Observando al otro. Es algo así como el juego del gato y el ratón. La miro a los ojos y veo en el fondo de ellos la tormenta del deseo y del escrúpulo.

Leonilda: Eugenio.

Karl: ¿Qué?

Leonilda: ¿Le va a contar a su señora que yo lo he invitado a tomar té? (Se levanta para recoger y poner en la mesa la bandeja con las tazas de té.)

Karl: No, porque estoy separado de ella. Y, aunque no estuviera separado, tampoco le contaría, porque a ella le faltaría tiempo para írselo a contar a sus amigas.

Leonilda: ¡Qué perversa!

Karl: De ningún modo. Es una mujer honrada. Todas las mujeres honradas son más o menos como ella. Más o menos impúdicas y más o menos aburridas. A momentos les gustaría acostarse con los hombres que las encaprichan; luego retroceden y ni con el mismo marido casi se acuestan.

Leonilda: ¿Y qué pensó usted cuando lo invité a tomar? (Deja la bandeja en la mesa y se sienta.)

Karl: Cuando usted me invitó, yo me rehusé; luego pensé inmediatamente: fui un estúpido en no aceptar. Si me invitara otra vez, aceptaría. Pero cuando usted insistió en que entrara, experimenté una gran emoción y curiosidad...

Leonilda: Siga, siga, me gusta mucho escucharlo.

Karl: Curiosidad y emoción. Eso. Aventura futura. Pensé mientras caminaba a su lado: hace mucho tiempo que no me acuesto con una mujer casada, y sobre todo con la esposa de un amigo.

Leonilda: Usted es un bárbaro. No le permito que diga eso.

Karl: Me callo entonces.

Leonilda: No; siga.

Karl: Bueno; como le decía, ¿en qué íbamos?...En estos últimos años me he dedicado al amor espiritual, es decir, al amor de las jovencitas. No me explico por qué dicen que las mujeres jóvenes son espirituales.

Leonilda: ¿Se enamoró de alguna?

Karl: Oh, no, pero tuve pequeñas queridas que me han demostrado que las más inteligentes son de una estrechez mental espantosa. Por ejemplo, vea: la vez pasada conocí a una jovencita medio literata y medio tuberculosa. Fuimos a tomar un café juntos, y a los cinco minutos me hablaba de sus pijamas de colores, de sus manos "marfilosas y pálidas", del tabaco rubio y de la música de Debussy... ¿Sabe lo que hice? Paré en seco sus confidencias de arte trascendental, preguntándole si menstruaba con regularidad y si movía todos los días el vientre...

Leonilda: (Lo interrumpe riéndose a carcajadas) Eugenio, Eugenio, usted es un perfecto salvaje.

Karl: Ella no se enojó, y, como la vi tan flaquita, me dio lástima. Resolví ayudarla. Le preparé un programa de vida magnífico: gimnasia sueca, frutas cítricas en el desayuno y, créamelo, Leonilda... hasta llegué a preocuparme no sólo de si hacía sus necesidades todos los días, sino de la misma naturaleza de sus excrementos, diciéndole que el excremento ideal era aquel que presentaba toda la apariencia de un pastel de manzanas.

Leonilda: Eugenio, cambie de tema...

Karl: No, Leonilda. Quiero que vea qué buen corazón tengo. No es el de un salvaje. Le decía a esa muchacha: primero tienes que aumentar diez kilos y después perder la virginidad. ¿No opina, Leonilda, que las mujeres desde los catorce años debían tener derecho a acostarse con quien se les diera la gana?

Leonilda: ¿Y los hijos?

Karl: Se evitan, Leonilda. Pero es horrible obligar a una mujer cuidar su propia virginidad... Bueno, el caso es que esa muchacha encontró poco espirituales mis lecciones y me abandonó, posiblemente por un hombre de pelo rizado, que había leído a Jean Cocteau y usaba guantes color patito... (Silencio. Leonilda tiene la mirada perdida.)

Leonilda: ...¿Contaba usted, Eugenio?

Karl: ¿Se aburre?

Leonilda: ¿De dónde saca eso, Eugenio?

Karl: Cuando menos estaba con el pensamiento en otra parte.

Leonilda: Tiene razón, Eugenio. Me acordaba de lo que usted pensó cuando nos encontramos.

Karl: ...El primer impulso, como le contaba, fue el de encontrarme al principio de una maravillosa aventura. Cuando menos de una aventura turbia. Por otra parte, es en cierto modo agradable correr el riesgo de que el marido y el amigo lo maten a uno de un balazo. Y quizá ni eso. Qué le parece a usted... ¿Juan sería capaz de matarme?

Leonilda: No, creo que no. El pobre solo se llevaría un disgusto.

Karl: Ya ve. Nosotros los maridos modernos ni somos capaces de retorcer el pescuezo a un canalla que nos roba la mujer. Cierto es que esto de no retorcer el pescuezo a la esposa es una conquista del pensamiento y de la civilización, pero, de cualquier forma, a veces es agradable asesinar a alguien en nombre de una superstición. Y, además, Leonilda, si Juan no la matara a usted ni a mí, no lo haría por bondad, sino simplemente comprendiendo que al ponerle usted unos cuernos grandes como una casa, no hacía sino tomarse un poco de justicia por su mano...; pero, volvamos al punto de partida; cuando entré, yo pensaba de qué modo iniciaría la comedia amorosa con usted... besándole la mano o tomándole un seno.

Leonilda: Eugenio...

Karl: Eso era lo que pensaba.

Leonilda: No le permito.

Karl: Ahora es usted la que hace la comedia...

Leonilda: Bueno, pero no hable así.

Karl: Perfectamente... suprimida la descripción de la sección masaje.

Leonilda: Eugenio.

Karl: Leonilda, usted no me deja expresarme con coherencia.

Leonilda: Hable decentemente.

Karl: El caso es este. Cuando entramos yo esperaba que usted se pusiera a bailar y me dijera: "vea qué valiente soy, hoy he resuelto ponerle cuernos a mi marido". Yo deseaba que me dijera eso, Leonilda. O que, desprendiéndose la bata, me dijera: "Béseme el nacimiento de los senos". O, si no, "arrodíllese aquí, a mis pies, y apoye la cabeza en mis rodillas". También cuando entró... durante un instante, dije: "qué maravilloso sería si apareciera desnuda o envuelta en una bata de seda".

Leonilda: Pero usted está loco...

Karl: Leonilda, son suposiciones; yo no digo que usted debió hacer forzosamente eso, ni nada parecido. Me limito a insinuar qué agradable hubiera sido que ello ocurriera...

Leonilda: Gracias a Dios.

Karl: Ya sé, no ocurrió. Cuando entramos, usted me dijo: "me aburro", y entonces, créame, el alma se me cayó a los pies.

Leonilda: ¿Por qué?

Karl: (Se levanta y comienza a caminar de un lado a otro) No sé. Instintivamente usted y Juan me dieron lástima.

Leonilda: ¿Lástima?, ¿lástima él?

Karl: Y usted. Claro, me dio lástima. Vi su problema, y su problema era el de todas las mujeres casadas. El esposo continuamente en la oficina; ellas eternamente solas, entre las cuatro paredes que usted contaba.

Leonilda: No tenemos nada que decirnos, Eugenio.

Karl: Y es natural, Leonilda. ¿Cuántos años hace que se casó?

Leonilda: Diez.

Karl: ¿Y usted quiere tener algo nuevo que decirle a un hombre después de vivir diez años, o sea tres mil seiscientos días con él?... No, Leonilda, no.

Leonilda: Él llega, se arrincona en ese sillón y lee sus periódicos. Los diarios son la quinta pared de esta casa. Nos miramos y no sabemos qué decirnos, o lo sabemos de memoria.

Karl: No cuenta nada nuevo usted. Eso ocurre entre todos los matrimonios y entre novios también. Los novios se aburren tremendamente. Y usted y yo, Leonilda, si nos tratáramos mucho tiempo, terminaríamos por encontrarnos en la misma situación.

Leonilda: Es posible.

Karl: Me alegro de que lo crea, Leonilda. En realidad, conocer a una mujer es una tristeza más. Cada muchacha que pasa por nuestra vida nos oxida algo precioso adentro. Y posiblemente cada hombre que pasa por la vida de una mujer destruye en ella una faceta de bondad que otros dejaron intacta, porque no encontraron la forma de romperla. Estamos a la recíproca. Somos una buena cáfila de canallas.

Leonilda: Usted no cree en nada.

Karl: (Se acerca a ella, que está aún sentada) ¿Acaso quiere que crea en usted, Leonilda?

Leonilda: ¿Y la vida será siempre así, entonces?

Karl: ¿Y cómo quiere usted que sea?

Leonilda: No sé, no sé. Es decir, que todos los matrimonios se llevan como Juan y yo.

Karl: Más o menos, el noventa y nueve por ciento...

Leonilda: ¿Y qué hacer entonces? (La pregunta no es respondida. De pronto, Karl toma rápidamente a Leonilda por la mano y la impulsa hacia él. La besa, pero luego ella rehuye sus labios. La suelta y le habla afectuosamente.)

Karl: Te besé porque eres una pobre mujercita. La eterna mujercita que cree en las pavadas de cine. Mírame a los ojos. (Ella regresa a la butaca, llena de vergüenza. Él también se sienta.) Ya ves. Estoy limpio de deseo. Trate de quererlo a Juan. Él es un hombre bueno. Yo también soy un hombre bueno. Todos somos hombres buenos. Pero de cada uno de nosotros se burla alguna mujer, de cada mujer en alguna parte se burla un hombre. Estamos como le dije antes: a la recíproca. (Se levanta.) Señora, hasta pronto.

Leonilda: (Sonríe ambiguamente y se levanta.) ¿No se va a enojar? Cuando Juan venga esta noche le diré que usted estuvo aquí.

Karl: ¿Cómo? ¿Le va a decir?

Leonilda: ¿Hemos hecho algo malo acaso?

Karl: Tiene razón. Hasta pronto. (Karl recoge su saco y avanza hacia la puerta. Sale. Leonilda, sin moverse, se queda en su butaca mirándole las espaldas.)

(TELÓN)

Fin

© Mario Granda Rangel, 2003 descargar pdf

 

Roberto Arlt (1900-1942)

Escritor argentino. Delincuente del pensamiento. Amante visual e inventor extraordinario: medias de látex, rosas de cobre y galvanoplastia. Facista, brujo y ratero; canalla, infame y malandra; bondadoso y esquizofrénico. Realista y lector, asesino: lacayo de prostituta. Arquitecto, vendedor de papel, juguete rabioso, monstruo. Nietzsche, Wilde y Baudelaire... Baroja, Bataille y Dumas... Dostoievsky y Lazarillo de Tormes... Rocambole y Las mil y una noches. Teórico práctico y revolucionario... boxeador. Buenos Aires, Tigre, San Telmo; Lavalle, Chile y Corrientes; Esmeralda y el sur. Pessoa y Kerouak; Orwell y Huxley. Palabras: esguince, perdulario, macró, yiranta, tira y "nena". Esposa: Carmen Antinucci. Personajes: Remo Erdosain, Silvio Astier y Estanislao Balder; Eugenio Karl, Ricardo Stepens y otros como el Jorobadito, el Astrólogo, el Rufián Melancólico, el Hombre que vio a la Partera, el Rengo y el Buscador de Oro. 1900-1942.

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