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Escena
II
La
sala de Leonilda.
En medio
de la sala hay un sillón grande y una butaca
acolchonada, dando la agradable impresión de
una casa muy bien cuidada. Detrás hay un colgador
de madera cerca de la puerta, además de un
mueble con una bandeja encima. Esta bandeja tiene
dos tazas de té, con sus respectivos platos
y cucharas. La luz entra por los costados, pero poco
a poco va disminuyendo, dando la sensación
del atardecer. Se abre la puerta y entra Leonilda,
seguida de Eugenio, en silencio.
Leonilda: ¿Sigue separado de su esposa?
Karl:
Sí. (Coloca su sombrero
y su saco en el colgador.)
Leonilda:
¿Y no la extraña?
Karl:
No. (Se sienta.)
Leonilda:
¡Ah! ¡Cómo son ustedes los
hombres, cómo son! Permiso, Eugenio, me voy
a sacar el tapado. (Sale.
Vuelve a entrar sin el velo, y se descubre una blusa
blanca. Se sienta en la butaca. Es mucho más
alta y bonita de lo que parecía primero con
el velo.)
Karl:
Así que se aburre mucho usted, ¿eh?
Leonilda:
Sí, mucho.
Karl:
¿Y no hace nada para no aburrirse?
Leonilda:
Voy al cine.
Karl:
Ah. ¿Qué actriz le gusta?...¿Así
que se aburre usted?
Leonilda:
Sí.
Karl:
¿Y él qué dice?
Leonilda:
¿Juan? ¿Qué quiere que diga?
A veces piensa que no debíamos habernos casado.
Otras veces, en cambio, me dice que tengo todo el
aspecto de una mujer que ha nacido para tener un amante.
¿Le parece que tengo tipo para ser querida
de alguien? Y yo también me digo: ¿Para
qué nos habremos casado?
Karl:
¿Y nunca Juan le preguntó si usted no
deseaba tener un amante? Mejor dicho: ¿nunca
le insinuó que tuviera un amante?
Leonilda:
...no.
Karl: ¿Y entonces para qué me
ha propuesto hoy que viniera? Desea serle infiel a
su esposo. ¿Para eso me ha elegido?
Leonilda:
No, Eugenio. ¡Qué barbaridad! Juan es
muy bueno. Trabaja todo el día...
Karl:
¿Y porque trabaja todo el día y es bueno
usted me invita a tomar el té en su compañía?
Leonilda:
¿Qué tiene de malo?
Karl:
Efectivamente, de malo no tiene nada. Lo único
es que corre el riesgo de dar con un atrevido que
trate de tumbarla en la cama.
Leonilda:
Gritaría, Eugenio, no le quede ninguna duda.
Además, yo me aburro, y también trabajo
todo el día. pero me aburro entre estas cuatro
paredes. Es horrible. ¿Usted sabe lo que pasa
por la mente de una mujer metida todo el día
entre las cuatro paredes de un departamento?
Karl:
¿Y él no se da cuenta de lo que pasa
en su interior?
Leonilda:
Sí.
Karl:
¿Y...?
Leonilda:
Estoy cansada.
Karl:
¿Por qué no se distrae leyendo?
Leonilda:
Déjeme de libros, por favor. ¡Son horribles!
¿Qué quiere que lea? ¿Puedo aprender
algo en los libros? Me gustaría vivir en otra
parte, ¿sabe, Eugenio?
Karl:
¿En qué parte?
Leonilda:
No sé. Me gustaría irme lejos, sin saber
adónde parar. Y en cambio, ¿sabe lo
que hace Juan cuando llega? Se pone a leer los periódicos.
Karl:
En los periódicos aparecen noticias muy interesantes.
Leonilda:
Ya sé, ya sé...Es gracioso, usted. Él
lee los diarios y contesta a todo lo que le pregunto
con un "sí" o un "no".
Eso es todo lo que hablamos. No tenemos nada que decirnos.
A mí me gustaría irme lejos...Viajar
en tren, con mucha lluvia, comer en los restaurantes
de estaciones...No crea que estoy loca, Eugenio.
Karl:
No creo nada, Leonilda.
Leonilda:
Él, en cambio, no se muda de casa, sino cuando
yo ya no resisto más. Parece el hombre de los
rincones. Eso, Eugenio. El hombre de los rincones.
Todos los hombres parecen que al llegar a los treinta
años quieren arrinconarse, no moverse más
de su sitio, y a mí me gustaría irme
lejos. Vivir como los artistas de cine. ¿Usted
cree que es verdad lo que dicen en los diarios de
la vida de las artistas de cine?
Karl:
Sí, un diez por ciento, es cierto.
Leonilda:
Ve, Eugenio, esa es la vida que me gustaría
hacer. Pero eso es imposible ahora.
Karl:
Así es..., pero, ¿para qué me
invitó?
Leonilda:
Tenía ganas de conversar con usted. (Moviendo
la cabeza.) No, yo no podría serle
nunca infiel a Juan. No. Dios me libre. Se da cuenta...
Si los amigos de él supieran... Qué
vergüenza horrible para él. Y usted sería
el primero en decirlo: "La señora de Juan
lo engaña, y conmigo".
Karl:
(Sonríe)
¿Está segura? No sé por qué
se me parece que me está mintiendo.
Leonilda:
¿Me promete no contárselo a nadie?
Karl:
No.
Leonilda:
(Vacila) Bueno;
una vez un amigo de Juan me besó.
Karl:
Y usted esperaba que él la besara.
Leonilda:
No; fue así, de sorpresa.
Karl:
¿Y a usted le gustó o no?
Leonilda:
En ese momento me dio una rabia tremenda. Lo eché
de la casa. Hace de esto varios años.
Karl:
¿Y él volvió?
Leonilda:
No...pero usted va a pensar mal de mí.
Karl:
No.
Leonilda:
Bueno; muchas veces pensé con pena por qué
ese amigo no habrá vuelto más.
Karl:
¿Se hubiera entregado usted a él?
Leonilda:
No, no...Pero dígame, Eugenio, ¿qué
le pasa a un hombre cuando besa así bruscamente
a la mujer de un amigo? De un amigo que quiere, porque
él quería a Juan.
Karl: Por lo general es difícil establecer
lo que ocurre, si uno se coloca en un terreno metafísico.
Ahora, si interpreta la cuestión desde un punto
de vista materialista, lo que debía pasar es
que ese hombre se sentía exaltado en su presencia
y, posiblemente, usted se daba cuenta. Y más
probablemente es que usted deliberadamente haya contribuido
a excitarlo. Usted es uno de estos tipos de mujeres
que les gusta enardecer a los amigos del esposo.
Leonilda:
Eso no es verdad, Eugenio, porque ya ve...entre
nosotros no pasa nada...
Karl:
Porque me domino.
Leonilda:
¿Usted se domina? Pues no me pareció.
Karl:
De allí que me haya invitado a tomar té.
Pero sí, me domino y, además, me divierto
cuando me domino.
Leonilda:
¿Se divierte? ¿de qué modo?
Karl:
Observando al otro. Es algo así como el
juego del gato y el ratón. La miro a los ojos
y veo en el fondo de ellos la tormenta del deseo y
del escrúpulo.
Leonilda:
Eugenio.
Karl:
¿Qué?
Leonilda:
¿Le va a contar a su señora que yo lo
he invitado a tomar té? (Se
levanta para recoger y poner en la mesa la bandeja
con las tazas de té.)
Karl:
No, porque estoy separado de ella. Y, aunque no estuviera
separado, tampoco le contaría, porque a ella
le faltaría tiempo para írselo a contar
a sus amigas.
Leonilda:
¡Qué perversa!
Karl:
De ningún modo. Es una mujer honrada. Todas
las mujeres honradas son más o menos como ella.
Más o menos impúdicas y más o
menos aburridas. A momentos les gustaría acostarse
con los hombres que las encaprichan; luego retroceden
y ni con el mismo marido casi se acuestan.
Leonilda:
¿Y qué pensó usted cuando lo
invité a tomar? (Deja
la bandeja en la mesa y se sienta.)
Karl:
Cuando usted me invitó, yo me rehusé;
luego pensé inmediatamente: fui un estúpido
en no aceptar. Si me invitara otra vez, aceptaría.
Pero cuando usted insistió en que entrara,
experimenté una gran emoción y curiosidad...
Leonilda:
Siga, siga, me gusta mucho escucharlo.
Karl:
Curiosidad y emoción. Eso. Aventura futura.
Pensé mientras caminaba a su lado: hace mucho
tiempo que no me acuesto con una mujer casada, y sobre
todo con la esposa de un amigo.
Leonilda:
Usted es un bárbaro. No le permito que diga
eso.
Karl:
Me callo entonces.
Leonilda:
No; siga.
Karl:
Bueno; como le decía, ¿en qué
íbamos?...En estos últimos años
me he dedicado al amor espiritual, es decir, al amor
de las jovencitas. No me explico por qué dicen
que las mujeres jóvenes son espirituales.
Leonilda:
¿Se enamoró de alguna?
Karl:
Oh, no, pero tuve pequeñas queridas que me
han demostrado que las más inteligentes son
de una estrechez mental espantosa. Por ejemplo, vea:
la vez pasada conocí a una jovencita medio
literata y medio tuberculosa. Fuimos a tomar un café
juntos, y a los cinco minutos me hablaba de sus pijamas
de colores, de sus manos "marfilosas y pálidas",
del tabaco rubio y de la música de Debussy...
¿Sabe lo que hice? Paré en seco sus
confidencias de arte trascendental, preguntándole
si menstruaba con regularidad y si movía todos
los días el vientre...
Leonilda:
(Lo interrumpe riéndose
a carcajadas) Eugenio, Eugenio, usted es
un perfecto salvaje.
Karl:
Ella no se enojó, y, como la vi tan flaquita,
me dio lástima. Resolví ayudarla. Le
preparé un programa de vida magnífico:
gimnasia sueca, frutas cítricas en el desayuno
y, créamelo, Leonilda... hasta llegué
a preocuparme no sólo de si hacía sus
necesidades todos los días, sino de la misma
naturaleza de sus excrementos, diciéndole que
el excremento ideal era aquel que presentaba toda
la apariencia de un pastel de manzanas.
Leonilda:
Eugenio, cambie de tema...
Karl:
No, Leonilda. Quiero que vea qué buen corazón
tengo. No es el de un salvaje. Le decía a esa
muchacha: primero tienes que aumentar diez kilos y
después perder la virginidad. ¿No opina,
Leonilda, que las mujeres desde los catorce años
debían tener derecho a acostarse con quien
se les diera la gana?
Leonilda:
¿Y los hijos?
Karl:
Se evitan, Leonilda. Pero es horrible obligar a una
mujer cuidar su propia virginidad... Bueno, el caso
es que esa muchacha encontró poco espirituales
mis lecciones y me abandonó, posiblemente por
un hombre de pelo rizado, que había leído
a Jean Cocteau y usaba guantes color patito... (Silencio.
Leonilda tiene la mirada perdida.)
Leonilda:
...¿Contaba usted, Eugenio?
Karl:
¿Se aburre?
Leonilda:
¿De dónde saca eso, Eugenio?
Karl:
Cuando menos estaba con el pensamiento en otra parte.
Leonilda:
Tiene razón, Eugenio. Me acordaba de lo que
usted pensó cuando nos encontramos.
Karl:
...El primer impulso, como le contaba, fue el de encontrarme
al principio de una maravillosa aventura. Cuando menos
de una aventura turbia. Por otra parte, es en cierto
modo agradable correr el riesgo de que el marido y
el amigo lo maten a uno de un balazo. Y quizá
ni eso. Qué le parece a usted... ¿Juan
sería capaz de matarme?
Leonilda:
No, creo que no. El pobre solo se llevaría
un disgusto.
Karl:
Ya ve. Nosotros los maridos modernos ni somos capaces
de retorcer el pescuezo a un canalla que nos roba
la mujer. Cierto es que esto de no retorcer el pescuezo
a la esposa es una conquista del pensamiento y de
la civilización, pero, de cualquier forma,
a veces es agradable asesinar a alguien en nombre
de una superstición. Y, además, Leonilda,
si Juan no la matara a usted ni a mí, no lo
haría por bondad, sino simplemente comprendiendo
que al ponerle usted unos cuernos grandes como una
casa, no hacía sino tomarse un poco de justicia
por su mano...; pero, volvamos al punto de partida;
cuando entré, yo pensaba de qué modo
iniciaría la comedia amorosa con usted... besándole
la mano o tomándole un seno.
Leonilda:
Eugenio...
Karl:
Eso era lo que pensaba.
Leonilda:
No le permito.
Karl:
Ahora es usted la que hace la comedia...
Leonilda:
Bueno, pero no hable así.
Karl:
Perfectamente... suprimida la descripción de
la sección masaje.
Leonilda:
Eugenio.
Karl:
Leonilda, usted no me deja expresarme con coherencia.
Leonilda:
Hable decentemente.
Karl:
El caso es este. Cuando entramos yo esperaba que
usted se pusiera a bailar y me dijera: "vea qué
valiente soy, hoy he resuelto ponerle cuernos a mi
marido". Yo deseaba que me dijera eso, Leonilda.
O que, desprendiéndose la bata, me dijera:
"Béseme el nacimiento de los senos".
O, si no, "arrodíllese aquí, a
mis pies, y apoye la cabeza en mis rodillas".
También cuando entró... durante un instante,
dije: "qué maravilloso sería si
apareciera desnuda o envuelta en una bata de seda".
Leonilda:
Pero usted está loco...
Karl:
Leonilda, son suposiciones; yo no digo que usted debió
hacer forzosamente eso, ni nada parecido. Me limito
a insinuar qué agradable hubiera sido que ello
ocurriera...
Leonilda:
Gracias a Dios.
Karl:
Ya sé, no ocurrió. Cuando entramos,
usted me dijo: "me aburro", y entonces,
créame, el alma se me cayó a los pies.
Leonilda:
¿Por qué?
Karl:
(Se levanta y comienza a
caminar de un lado a otro) No sé.
Instintivamente usted y Juan me dieron lástima.
Leonilda:
¿Lástima?, ¿lástima él?
Karl:
Y usted. Claro, me dio lástima. Vi su problema,
y su problema era el de todas las mujeres casadas.
El esposo continuamente en la oficina; ellas eternamente
solas, entre las cuatro paredes que usted contaba.
Leonilda:
No tenemos nada que decirnos, Eugenio.
Karl:
Y es natural, Leonilda. ¿Cuántos años
hace que se casó?
Leonilda:
Diez.
Karl:
¿Y usted quiere tener algo nuevo que decirle
a un hombre después de vivir diez años,
o sea tres mil seiscientos días con él?...
No, Leonilda, no.
Leonilda:
Él llega, se arrincona en ese sillón
y lee sus periódicos. Los diarios son la quinta
pared de esta casa. Nos miramos y no sabemos qué
decirnos, o lo sabemos de memoria.
Karl:
No cuenta nada nuevo usted. Eso ocurre entre todos
los matrimonios y entre novios también. Los
novios se aburren tremendamente. Y usted y yo, Leonilda,
si nos tratáramos mucho tiempo, terminaríamos
por encontrarnos en la misma situación.
Leonilda:
Es posible.
Karl:
Me alegro de que lo crea, Leonilda. En realidad, conocer
a una mujer es una tristeza más. Cada muchacha
que pasa por nuestra vida nos oxida algo precioso
adentro. Y posiblemente cada hombre que pasa por la
vida de una mujer destruye en ella una faceta de bondad
que otros dejaron intacta, porque no encontraron la
forma de romperla. Estamos a la recíproca.
Somos una buena cáfila de canallas.
Leonilda:
Usted no cree en nada.
Karl:
(Se acerca a ella, que está
aún sentada) ¿Acaso quiere
que crea en usted, Leonilda?
Leonilda:
¿Y la vida será siempre así,
entonces?
Karl:
¿Y cómo quiere usted que sea?
Leonilda:
No sé, no sé. Es decir, que todos los
matrimonios se llevan como Juan y yo.
Karl:
Más o menos, el noventa y nueve por ciento...
Leonilda:
¿Y qué hacer entonces? (La
pregunta no es respondida. De pronto, Karl toma rápidamente
a Leonilda por la mano y la impulsa hacia él.
La besa, pero luego ella rehuye sus labios. La suelta
y le habla afectuosamente.)
Karl:
Te besé porque eres una pobre mujercita. La
eterna mujercita que cree en las pavadas de cine.
Mírame a los ojos. (Ella
regresa a la butaca, llena de vergüenza. Él
también se sienta.) Ya ves. Estoy
limpio de deseo. Trate de quererlo a Juan. Él
es un hombre bueno. Yo también soy un hombre
bueno. Todos somos hombres buenos. Pero de cada uno
de nosotros se burla alguna mujer, de cada mujer en
alguna parte se burla un hombre. Estamos como le dije
antes: a la recíproca. (Se
levanta.) Señora, hasta pronto.
Leonilda:
(Sonríe ambiguamente
y se levanta.) ¿No se va a enojar?
Cuando Juan venga esta noche le diré que usted
estuvo aquí.
Karl:
¿Cómo? ¿Le va a decir?
Leonilda:
¿Hemos hecho algo malo acaso?
Karl:
Tiene razón. Hasta pronto. (Karl
recoge su saco y avanza hacia la puerta. Sale. Leonilda,
sin moverse, se queda en su butaca mirándole
las espaldas.)
(TELÓN)
Fin
©
Mario Granda Rangel, 2003
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