| ACTO
I
Escena
I
Calle
en el centro de la ciudad.
Es una tediosa tarde
dominguera. La calle tiene faroles de fierro forjado
y las ventanas de las casas están enrejadas
con un estilo republicano. Eugenio Karl camina sin
prisa, dejándose llevar por donde lo lleve
la mirada. Lleva un saco negro y un sombrero también
negro, como se usaban a principios de siglo... De
pronto, una mujer que también camina por la
vereda, envuelta con un velo negro, avanza hacia él.
Eugenio es cogido por sorpresa.
Leonilda: ¿Cómo le va, Eugenio?
Karl:
¡Ah! ¿Es usted, señora? ¿Cómo
le va? ¿Y Juan?
Leonilda:
Salió, como de costumbre. Ya ve, me dejó
sola. (Sonríe relajada)
¿Quiere venir a tomar el té conmigo?
Karl:
No, muchas gracias... Si estuviera Juan... Fíjese,
Leonilda, en que no la reconocí. No la reconocía.
Y cuando vi que usted sonrió, me pregunté:
¿Quién será esta mujer?...¿Así
que su esposo no está?
Leonilda:
No.
Karl:
¿Salió y la dejó... sola?
Leonilda:
Me dejó completamente sola. Y yo me aburría
tanto que fui a dar una vuelta. ¿Por qué
no viene a tomar el té conmigo? Fíjese
que le digo a Juan que como siga dejándome
sola voy a tener que buscarme un novio... (Ríe.)
Qué gracia. Un novio a mi edad.
¿Puede quererme alguien a mí? ¿Pero,
por qué no viene? Toma un té y se va.
¿Qué tiene que está tan triste...?
Karl:
Leonilda, usted...
Leonilda:
Toma el té y después se va.
Karl:
Vamos... La voy a acompañar. Tomaremos juntos
el té.
(Salen juntos)
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