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Seguí a las distintas personas de los distintos medios que enrumbaban por la escalera, llegué a la planta dos y me ubiqué en el extremo posterior de la pieza, tras una treintena de sillas

 

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Contacto en Guadalajara. Crónica de una invitación

por Francisco Izquierdo Quea

 

Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

(Lucas 23:34)

Todo empezó en la mañana del 22 de junio. El día anterior, Giancarlo Stagnaro había hecho contacto con el departamento de Prensa de la Cancillería y pudo gestionar con este la posibilidad de que El Hablador ingrese sin problemas a cubrir una mentada conferencia informativa que estaba en boca de “todos”, con excepción de la mía y, estoy seguro, de las de muchos de ustedes.

El dato anticipado desde hace unos meses era que la Feria de Guadalajara había elegido como país invitado, para este año, al Perú. Lo extraño de ese día resultó ser la noticia que la institución, ente u organismo a cargo de gestionar la participación del país en dicho evento no era –como suele ser usual– la Cámara Peruana del Libro, sino, el Ministerio de Relaciones Exteriores.

Ese día, al llegar al Palacio Torre Tagle, me indicaron que la conferencia se realizaría en el salón tal, ubicado en el segundo piso. Seguí a las distintas personas de los distintos medios que enrumbaban por la escalera, llegué a la planta dos y me ubiqué en el extremo posterior de la pieza, tras una treintena de sillas –debidamente ocupadas por trajes y vestidos–, que estaba frente a una mesa con algunos micrófonos y vasos de agua.

Mientras me encontraba allí, el terno de Stagnaro apareció de pronto, y a su lado el terno de un viejo amigo de San Marcos, diplomático él, que andaba en un viaje fugaz por Lima, gestionando ciertos trámites de un juicio por alimentos que tiene desde la época en que Paredes Manrique era el rector de la Decana, y que de paso, en aquella ocasión, se dio el tiempo de darse un salto a la conferencia. Este personaje, amigo mío, cuyo nombre no diré, pues, como dijo Pericles “el que calla, otorga” –y la verdad me apenaría mucho que los señores de la Cancillería, luego de leer este texto, tomen alguna severa medida contra él, como por ejemplo, regresarlo de Sudáfrica, país en donde radica ejerciendo la diplomacia, comiendo pollo al curry, y, además, defendiendo los intereses externos del Perú–, me saludó afectuosamente, diciéndome en son de broma: “Se ve que para ti el día ha amanecido gris, Pancho. ¿Cómo vas a venir con jean y casaca a este evento de gala?”. Y yo, sonriendo, y acomodándome el pijama y la gorra naiki sobre la cabeza, tuve que limitarme, algo avergonzado, a cambiar de tema, claro que barajándola con preguntas sosas tipo ¿Y cómo te va con las sudafricanas? ¿Extrañas el cebiche? Y bla, bla, bla.

La conferencia de prensa se inició cuando el maestro de ceremonias llamó la atención de los presentes en dos idiomas. Primero con un “Bueeeenos días, damas y caballeros”, y luego con un “Ladies and gentleman, your attention, please”. Enseguida, perennemente odiándome por no haber postulado a la Escuela de Diplomacia y por no poder hablar tan chévere el inglés y el español ante tanta gente elegante, todos nos acomodamos prestos al evento.

La mesa que aludí líneas arriba estaba compuesta por Manuel Rodríguez Cuadros, en ese entonces canciller peruano; Raúl Padilla, presidente de la Feria de Guadalajara; Nubia Masías, directora de, también, la Feria de Guadalajara; y por Juan Manuel Durand, rector de la Universidad Autónoma de, sí, adivinaron, Guadalajara.

El bilingüe maestro de ceremonias inició el evento con una exposición catedrática en power point y en pasted graphic de lo que sería la participación peruana en la Feria. La mayoría de lectores debe de conocer algo al respecto. En caso contrario, no se pierden de mucho, pues los seis puntos a cubrir por nuestro país, en lo que representa “la primera feria del libro en español”, son, en su mayoría, intrascendentes.

Voy a rescatar solo dos para este texto. El criterio que he empleado no importa del todo; diré simplemente que considero al resto como una muestra de la fanfarronería típica de nuestros representantes (¿A quién, en una feria del libro, le interesa conocer sobre cocina o sobre la tumba del Señor de Sipán?), y por lo mismo, no vale la pena tomarla en cuenta por ahora.

Bien, un punto significativo que se tratará en la Feria corresponde a Garcilaso y a algunos cronistas peruanos. Al respecto, se realizará un homenaje por los 400 años de La Florida del Inca, el mismo que se verá reforzado por la presentación de las obras completas del autor, en una edición especial que prepara el diario El Comercio. Asimismo, el otro tema a tratar es la muestra de poesía peruana del siglo XX, además de la participación de escritores y poetas reconocidos que expondrán su trabajo en distintas mesas. Entre estos figuran Vargas Llosa, Bryce, Pablo Guevara, Carlos Germán Belli, y unos cincuenta y pico más.

Volviendo a la conferencia de prensa y haciendo un alto a todos los apuntes inservibles que realicé, fue inevitable que cayera en cuenta del último papelón que realizó una delegación peruana en una feria de libro. Vamos, no hay que ser tan desmemoriados en recordar lo de Bogotá, y el hecho que acarreó convertirnos en la vergüenza geográfica y cultural de todo Latinoamérica. En eso estaba, cuando un micrófono comenzó a circular entre manos asalariadas e iban las preguntas a la mesa y de ella salían risas y gestos de complacencia, porque en verdad que el maestro de ceremonias se había lucido con el power point y el pasted graphic, y de hecho que Perú la rompe en la Feria.

Pamplinas, pensé, cuando de pronto una chica guapa y algo miope escapó del furor de las bromas y comentarios del canciller y de los señores mexicanos y de la prensa hambrienta que aguardaba el coctel y el pisco sour y los trajes y vestidos abanicándose con la carpeta blanca de la Feria y se me acerca con el micro en alto, inquiriéndome a media voz: “¿Quieres hacer una pregunta?”

“Buenos días. Mi nombre es Francisco Izquierdo Quea, y soy de la revista de literatura El Hablador. Mi pregunta va para la señorita Nubia Masías”.

Momento. Acá vale hacer un alto peyorativo a esta circunstancia para aclarar algo. Y es que me dirigí a la señorita Masías por el simple hecho de que ella, uno, hasta ese momento no había hablado ni siquiera para pedir más agua; dos, que me cayó súper simpática, básicamente porque no formaba parte de la chacota previa a mi pregunta, cosa que sí lo hacía el resto de la mesa; y tres, por algo que solía decir Oshima antes de besuquear a sus actrices: “En todo lugar, una mujer es lo que más vale”.

“Quisiera saber cuál ha sido el criterio del comité organizacional de la Feria, el mismo que usted dirige, para haber elegido como país invitado de este año al Perú, teniendo como antecedente inmediato a la Feria de Bogotá del año pasado, en donde nuestra participación fue poco menos que… paupérrima”.

Juro por mi abuela que esperaba aplausos. Pero mientras mantuve la mirada fija sobre la señorita Masías alguien comenzó a atorarse a mis espaldas y luego oí una infinidad de cuchicheos a mi alrededor, en donde descifré comentarios como “¿De dónde ha salido este muchacho? Caramba, cómo se le ocurre así por así malograrnos la meeting. ¿Tendrá casa en Asia? ¿De qué rama de los Izquierdo será? Fo”. Y todo esto duró sus buenos segundos, y yo que me reducía al metro y medio, y la señorita Masías, tan educada, esperó que el bullicio cese para responder, mientras yo que empezaba a sudar frío, y un señor de terno voltea hacia mí y me dice: “Joven, quítese la gorra” y yo ni tonto que me iba a dejar atarantar más de lo que ya estaba, y menos por un mentecato, le respondo iracundo: “¿Acaso usted no conoce a Michael Moore, eh, señor?”, y el pobre hombre que se atora y corre al bello balcón colonial –donde, en otrora, el marqués de Torre Tagle le mandaba besos volados a sus mulatas y puteaba a tutilimundi, repartiendo varazos a discreción con el estandarte peruano de estreno–, a fin de que el escándalo no creciera entre la elegante audiencia que me juzgaba con desprecio.

No voy a engañar a nadie. En ese momento no sé qué me respondió la señorita Masías. Estaba más preocupado en que termine su explicación y en largarme (escapar) afuera de una vez. Únicamente tengo la viva imagen de ella mirándome mientras hablaba, sonriendo, y a toda la sala (incluido Antonio Cisneros, felizmente sobrio) observándome con cara de con que sí, ¿no?, y ahora cómo te quedó el ojo, muchacho insolente, a la que solo atinaba a disculparme con una expresión meramente idiota, tipo no fui yo, fue teté.

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