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Padre,
perdónalos, porque no saben lo que hacen.
(Lucas
23:34)
Todo
empezó en la mañana del 22 de junio. El
día anterior, Giancarlo Stagnaro había
hecho contacto con el departamento de Prensa de la Cancillería
y pudo gestionar con este la posibilidad de que El
Hablador ingrese sin problemas a cubrir una mentada
conferencia informativa que estaba en boca de “todos”,
con excepción de la mía y, estoy seguro,
de las de muchos de ustedes.
El
dato anticipado desde hace unos meses era que la Feria
de Guadalajara había elegido como país
invitado, para este año, al Perú. Lo extraño
de ese día resultó ser la noticia que
la institución, ente u organismo a cargo de gestionar
la participación del país en dicho evento
no era –como suele ser usual– la Cámara Peruana
del Libro, sino, el Ministerio de Relaciones Exteriores.
Ese
día, al llegar al Palacio Torre Tagle, me indicaron
que la conferencia se realizaría en el salón
tal, ubicado en el segundo piso. Seguí a las
distintas personas de los distintos medios que enrumbaban
por la escalera, llegué a la planta dos y me
ubiqué en el extremo posterior de la pieza, tras
una treintena de sillas –debidamente ocupadas por trajes
y vestidos–, que estaba frente a una mesa con algunos
micrófonos y vasos de agua.
Mientras
me encontraba allí, el terno de Stagnaro apareció
de pronto, y a su lado el terno de un viejo amigo de
San Marcos, diplomático él, que andaba
en un viaje fugaz por Lima, gestionando ciertos trámites
de un juicio por alimentos que tiene desde la época
en que Paredes Manrique era el rector de la Decana,
y que de paso, en aquella ocasión, se dio el
tiempo de darse un salto a la conferencia. Este personaje,
amigo mío, cuyo nombre no diré, pues,
como dijo Pericles “el que calla, otorga” –y la verdad
me apenaría mucho que los señores de la
Cancillería, luego de leer este texto, tomen
alguna severa medida contra él, como por ejemplo,
regresarlo de Sudáfrica, país en donde
radica ejerciendo la diplomacia, comiendo pollo al curry,
y, además, defendiendo los intereses externos
del Perú–, me saludó afectuosamente, diciéndome
en son de broma: “Se ve que para ti el día ha
amanecido gris, Pancho. ¿Cómo vas a venir
con jean y casaca a este evento de gala?”. Y yo, sonriendo,
y acomodándome el pijama y la gorra naiki sobre
la cabeza, tuve que limitarme, algo avergonzado, a cambiar
de tema, claro que barajándola con preguntas
sosas tipo ¿Y cómo te va con las sudafricanas?
¿Extrañas el cebiche? Y bla, bla, bla.
La
conferencia de prensa se inició cuando el maestro
de ceremonias llamó la atención de los
presentes en dos idiomas. Primero con un “Bueeeenos
días, damas y caballeros”, y luego con un “Ladies
and gentleman, your attention, please”. Enseguida, perennemente
odiándome por no haber postulado a la Escuela
de Diplomacia y por no poder hablar tan chévere
el inglés y el español ante tanta gente
elegante, todos nos acomodamos prestos al evento.
La
mesa que aludí líneas arriba estaba compuesta
por Manuel Rodríguez Cuadros, en ese entonces
canciller peruano; Raúl Padilla, presidente de
la Feria de Guadalajara; Nubia Masías, directora
de, también, la Feria de Guadalajara; y por Juan
Manuel Durand, rector de la Universidad Autónoma
de, sí, adivinaron, Guadalajara.
El
bilingüe maestro de ceremonias inició el
evento con una exposición catedrática
en power point y en pasted graphic de lo que sería
la participación peruana en la Feria. La mayoría
de lectores debe de conocer algo al respecto. En caso
contrario, no se pierden de mucho, pues los seis puntos
a cubrir por nuestro país, en lo que representa
“la primera feria del libro en español”, son,
en su mayoría, intrascendentes.
Voy
a rescatar solo dos para este texto. El criterio que
he empleado no importa del todo; diré simplemente
que considero al resto como una muestra de la fanfarronería
típica de nuestros representantes (¿A
quién, en una feria del libro, le interesa conocer
sobre cocina o sobre la tumba del Señor de Sipán?),
y por lo mismo, no vale la pena tomarla en cuenta por
ahora.
Bien,
un punto significativo que se tratará en la Feria
corresponde a Garcilaso y a algunos cronistas peruanos.
Al respecto, se realizará un homenaje por los
400 años de La Florida del Inca, el
mismo que se verá reforzado por la presentación
de las obras completas del autor, en una edición
especial que prepara el diario El Comercio.
Asimismo, el otro tema a tratar es la muestra de poesía
peruana del siglo XX, además de la participación
de escritores y poetas reconocidos que expondrán
su trabajo en distintas mesas. Entre estos figuran Vargas
Llosa, Bryce, Pablo
Guevara, Carlos
Germán Belli, y unos cincuenta y pico más.
Volviendo
a la conferencia de prensa y haciendo un alto a todos
los apuntes inservibles que realicé, fue inevitable
que cayera en cuenta del último papelón
que realizó una delegación peruana en
una feria de libro. Vamos, no hay que ser tan desmemoriados
en recordar lo de Bogotá, y el hecho que acarreó
convertirnos en la vergüenza geográfica
y cultural de todo Latinoamérica. En eso estaba,
cuando un micrófono comenzó a circular
entre manos asalariadas e iban las preguntas a la mesa
y de ella salían risas y gestos de complacencia,
porque en verdad que el maestro de ceremonias se había
lucido con el power point y el pasted graphic, y de
hecho que Perú la rompe en la Feria.
Pamplinas,
pensé, cuando de pronto una chica guapa y algo
miope escapó del furor de las bromas y comentarios
del canciller y de los señores mexicanos y de
la prensa hambrienta que aguardaba el coctel y el pisco
sour y los trajes y vestidos abanicándose con
la carpeta blanca de la Feria y se me acerca con el
micro en alto, inquiriéndome a media voz: “¿Quieres
hacer una pregunta?”
“Buenos
días. Mi nombre es Francisco Izquierdo Quea,
y soy de la revista de literatura El Hablador. Mi pregunta va para la señorita Nubia Masías”.
Momento.
Acá vale hacer un alto peyorativo a esta circunstancia
para aclarar algo. Y es que me dirigí a la señorita
Masías por el simple hecho de que ella, uno,
hasta ese momento no había hablado ni siquiera
para pedir más agua; dos, que me cayó
súper simpática, básicamente porque
no formaba parte de la chacota previa a mi pregunta,
cosa que sí lo hacía el resto de la mesa;
y tres, por algo que solía decir Oshima antes
de besuquear a sus actrices: “En todo lugar, una mujer
es lo que más vale”.
“Quisiera
saber cuál ha sido el criterio del comité
organizacional de la Feria, el mismo que usted dirige,
para haber elegido como país invitado de este
año al Perú, teniendo como antecedente
inmediato a la Feria de Bogotá del año
pasado, en donde nuestra participación fue poco
menos que… paupérrima”.
Juro
por mi abuela que esperaba aplausos. Pero mientras mantuve
la mirada fija sobre la señorita Masías
alguien comenzó a atorarse a mis espaldas y luego
oí una infinidad de cuchicheos a mi alrededor,
en donde descifré comentarios como “¿De
dónde ha salido este muchacho? Caramba, cómo
se le ocurre así por así malograrnos la
meeting. ¿Tendrá casa en Asia?
¿De qué rama de los Izquierdo será?
Fo”. Y todo esto duró sus buenos segundos, y
yo que me reducía al metro y medio, y la señorita
Masías, tan educada, esperó que el bullicio
cese para responder, mientras yo que empezaba a sudar
frío, y un señor de terno voltea hacia
mí y me dice: “Joven, quítese la gorra”
y yo ni tonto que me iba a dejar atarantar más
de lo que ya estaba, y menos por un mentecato, le respondo
iracundo: “¿Acaso usted no conoce a Michael Moore,
eh, señor?”, y el pobre hombre que se atora y
corre al bello balcón colonial –donde, en otrora,
el marqués de Torre Tagle le mandaba besos volados
a sus mulatas y puteaba a tutilimundi, repartiendo varazos
a discreción con el estandarte peruano de estreno–,
a fin de que el escándalo no creciera entre la
elegante audiencia que me juzgaba con desprecio.
No
voy a engañar a nadie. En ese momento no sé
qué me respondió la señorita Masías.
Estaba más preocupado en que termine su explicación
y en largarme (escapar) afuera de una vez. Únicamente
tengo la viva imagen de ella mirándome mientras
hablaba, sonriendo, y a toda la sala (incluido Antonio
Cisneros, felizmente sobrio) observándome con
cara de con que sí, ¿no?, y ahora cómo
te quedó el ojo, muchacho insolente, a la que
solo atinaba a disculparme con una expresión
meramente idiota, tipo no fui yo, fue teté.
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