Y me dieron nombres, y me detallaron a cada supuesto bando y me preguntaron si en el Perú aparte de la literatura oficial existía una literatura peruana, y que qué opinaba de eso

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Sanhattan y la chica más linda de Chile

por Francisco Izquierdo Quea

 

Su irritación y su exaltación son un homenaje a la inversa,
que no excluye, sino que prueba su exaltado limeñismo.
Alguna vez se ha dicho que esas diatribas apasionadas
no son en el fondo sino una forma militante del amor.
Raúl Porras Barrenechea
Pequeña Antología de Lima (El río, el puente y la alameda)

Esto está dedicado para las mamis que están encerradas.
de: “Corazones rojos”. La Pozze Latina
Tributo a Los Prisioneros

 

El 24 de octubre se inauguró la Feria de Libro de Santiago en la Estación Mapocho, un recinto clásico que se erige en el centro de la ciudad. El invitado especial de esa edición, la número 26, era, como todos deben conocer, nuestro país, Perú.

Mi avión había aterrizado en la capital chilena ese mismo día, a las dos de la mañana. Era la tercera vez que estaba en Chile y la primera que visitaba Santiago. Distinta a otras ocasiones, en donde mi viaje a Chile implicaba visitar a la familia que nunca conocí por implicancias de la guerra, esta vez el motivo de mi llegada se ceñía, básicamente, a la presentación de El Hablador en la feria. Paco Ángeles, editor de la revista, me acompañaría en el evento. Pero para ese entonces, Paco Ángeles aún estaba en Lima: su avión llegaría a Santiago recién la madrugada del viernes 27.

Con ello, ese martes 24 estuve en la inauguración de la feria, haciendo la treta, con cámara y libreta en mano, que cubría el evento para el diario de Lima en el cual trabajo. En realidad esa era mi intención, pero al llegar al local y escuchar las palabras de la presidenta Bachelet, del canciller y los ministros peruanos, todo quedó relegado. Llamé al periódico y acusé que estaba enfermo, que esperen nuevas noticias mías. Algo simple y rápido.

* * *

Jueves 26 de octubre. El clima de la capital y de algunas ciudades de Chile es tan marcado como en Europa. Invierno: mucho frío. Verano: mucho calor. Empero, la primavera santiaguina parece a veces permeable con esta afirmación.

Hoy ha garuado toda la tarde. Gotas leves, como las de Lima. Gotas que te permiten caminar sin problemas. Pero llegando a las ocho de la noche vino la lluvia. Salía de una disquera en el pasaje Ahumada, rumbo a la avenida O'Higgins, cuando acaeció todo. Cerca mío, como escape, tenía dos puertas: la de una farmacia y la de un bar. Entré, lo bastante empapado, a la segunda.

El bar Unión guarda todos los preceptos propios de bar: es viejo, huele a viejo, los que atienden son viejos, y cuenta con una barra enorme donde la gente bebe de pie o sentada en un banco, y muchas mesas y sillas poco cómodas.

Permanecí ahí más de dos horas, en un loquerío memorable, viendo con más de setenta personas cómo Colo Colo le ganaba en La Plata 2 a 0 a Gimnasia. El partido de vuelta, el partido de revancha para los argentinos luego del 4 a 1 en Santiago, quedó en nada. El Cacique había hecho historia. Era el segundo triunfo de un equipo chileno (el primero también fue de Colo Colo) en Argentina.

Salud, peruano, me dicen los de mi mesa.

Les devuelvo la cortesía. Minutos antes, en el entretiempo, les había contado a los chilenos de cómo en el Colo Colo-Universitario del 91 le anularon dos goles a Balán González. Que si se acordaban de ese robo, de la eliminación de mi equipo, y en buena onda que no jodan con eso de que el Cacique y etcétera. Pero esa vez era momento de recibir un poco de su alegría. Era momento de celebrar.

* * *

El taxista que me recogió del aeropuerto me preguntó cuál era mi país. Es un hecho que se repitió a lo largo de los dieciocho días que permanecí tanto en Santiago, Valparaíso y Viña del Mar: la gente sabía que era extranjero, pero nadie sacaba de dónde era, aún después de hablar poco o un largo rato, sea con carabineros, personas comunes en la calle, en la feria, en un restaurante, amigos de amigos, desconocidos, entre otros.

El taxista se asombra al oír que soy peruano. Me dice usted no parece peruano. Le digo ah, mire, y agrego pero acá hay muchos peruanos, ¿no? Me dice sí, pero acá vienen los peruanos de baja, vienen a ensuciar la ciudad, a hacer sus cosas en la calle Catedral. Ahí, en esa calle, están ellos.

Nos quedamos en silencio un rato. A los minutos, el taxista comenzó a señalarme algunas cosas de la ruta, tal estación, tal monumento, tal local, y ahí están las casas donde viven los rusos. Ahora estamos invadidos de rusos, ¿sabe? Rusos hueones. Y de haitianos, también. Haitianos de mierda.

Una buena manera de llegar a Catedral es caminando por el pasaje Ahumada. Catedral es una de las calles que dan a la Plaza de Armas de Santiago, y que nace, como muchos pueden suponer, en la catedral principal de la ciudad.

En la calle Catedral hay muchas personas quietas. De pie o sentadas. Algunos hombres de todas las edades portan maletines o mochilas. Las mujeres llevan bolsos o algo similar. Otras venden postres de manera ambulatoria. Mazamorra, arroz con leche, frejol colado. Todas estas personas están juntas. Todas son peruanas. Permanecen ahí esperando a que alguien venga a contratarlas como niñeras, gasfiteros, electricistas o lo que sea. La mano de obra en esta calle es más barata que en otras calles, que en cualquier otro lado de la ciudad.

En la calle Catedral hay también muchos locutorios telefónicos, cabinas de internet y restaurantes al paso. Es una calle en donde el sol se va a media tarde. Es una calle sucia, como todas las calles del centro de Santiago. La diferencia es que esta, Catedral, es la calle de los peruanos.

* * *

Viernes 27 de octubre. Ya son cuatro días en la ciudad. He ido un par de veces a la feria: a recoger mi acreditación y a ver qué hay de nuevo en el stand de Perú. He conocido, asimismo, caminando por toda la Estación, a Pato, Claudio y José, tres chilenos muy amables, estudiantes de Sicología y Pedagogía de la Universidad Católica de Chile. Los tres son buenos lectores, y están lo bastante conscientes e interesados sobre lo que se hace o hacía en nuestro país. La poesía, los nuevos libros, la generación del 50. Las mafias.

¿Las mafias?

Sí, me dice uno, las mafias.

¿Las mafias?

Sí, eso, las mafias.

¿Pero de qué mafias hablan?

Entonces Pato, Claudio y José se miraron entre ellos y al minuto dijeron sabemos de que en Perú se pegan duro entre grupos, que esto y aquello, que lo de mafias queda para unos tres o cuatro bandos enfrentados por entrevistas echadas a escritores, por reseñas echadas a libros, por artículos zalameros y apologéticos, por cuestiones ideológicas y raciales. Y me dieron nombres, y me detallaron a cada supuesto bando y me preguntaron si en el Perú aparte de la literatura oficial existía una literatura peruana, y que qué opinaba de eso.

Estamos en el bar del segundo piso de la Estación Mapocho. Es bueno que luego de comprar algunos libros puedas fumarte un pucho y beber las cervezas o los tragos que quieras a solo un paso del mismísimo local. Dentro del mismo local.

La feria de mi país no tiene un bar como este. Si quieres fumar, tienes que irte jodido al estacionamiento con tu cigarro.

Estamos hablando de las mafias, Francisco.

¿Eh?

Las mafias, lo que pasa en Perú.

No quiero entrar en detalles. Digo lo que sé. Que no sé de ninguna mafia, que desde la época de Chocano y Valdelomar, y quizá desde un poco antes, en el Perú los escritores e intelectuales se vienen sacando la mierda por cuestiones lo bastante importantes como para que corra harta bala, pero de ahí a tildar a ciertos grupos de “mafias”, por favor, señores, mejor hablemos de la última buena novela de Vargas Llosa: La guerra del fin del mundo. ¿Qué les parece? ¿Han oído de ese libro? O mucho mejor, brindemos por el triunfo de Colo Colo.

Yo soy de la U.

Yo también

Y yo.

¿El equipo de Marcelo Salas?, pregunto.

Así es.

Sí.

Ese mismo.

* * *

El local de la Estación Mapocho es solemne. Como adelanté líneas arriba, queda en el centro de la ciudad. El local de la Estación Mapocho, tiempo después que dejó de funcionar como estación, alberga en todo el año múltiples exposiciones y ferias, que van desde automotrices hasta de libros.

En la parte superior del local de la Estación Mapocho flameaba la bandera chilena a un lado de la peruana. Ya en la inauguración la presidenta Bachelet se mandó con todo y, tal como sucedió en Lima el pasado 28 de julio, cantó rebién el himno nacional peruano. Luego de esto, algunos pocos asistentes aplaudieron.

El local de la Estación Mapocho tiene un hall delantero bastante amplio. En este hall los organizadores ubicaron una serie de biombos con motivos gastronómicos, folclóricos y literarios de Perú (favor de entender los tres conceptos por separado). Rostros, figuras, leyendas y textos para que la gente conozca un poco acerca del país invitado de honor en este 2006.

En un punto medio de la feria se encontraba el stand de Perú. Variados libros y revistas de distintas editoriales peruanas. Un hombre de la Cancillería peruana supervisa que todo esté bien. Una mujer de la Cámara Peruana del Libro hace lo mismo. Doy un par de vueltas por ahí. Creo que todo está conforme. No es conveniente hablar mucho sobre la precariedad que uno ya está acostumbrado a ver en Lima.

En otro punto medio de la feria hay una especie de pérgola en donde grupos musicales de Perú y de algún otro país entonan sayas, boleros, y hasta música criolla. Sin duda esta atracción tiene arraigo entre los visitantes: siempre hay gente pegada ahí, gente que canta y aplaude.

* * *

Santiago tiene algunos edificios, un metro bastante limpio y organizado, y unas seis o siete autopistas de primera. Puede sonar raro, pero el turismo en la capital chilena es una de las actividades que más apogeo tiene entre los ciudadanos. En todo paquete turístico a Santiago se incluyen visitas al centro, a museos, y a algunas ferias artesanales en donde se distinguen los productos de cobre, propiamente hechos en Chile, como los productos contrabandeados de Perú y Bolivia, con motivos andinos que cualquier natural de esos dos países asume como suyos.

Sin embargo, el cliché de moda radica en la figura del ex presidente Salvador Allende. Esto es algo que quizá pueda devenir tanto de los últimos y actuales gobiernos socialistas chilenos, como de uno de los recorridos que presenta un típico tour turístico en Santiago, donde es visita obligada para los extranjeros ir al Palacio de la Moneda. En estas ocasiones, el guía (cualquier transeúnte que pasa por La Moneda puede ver entre seis u ocho veces al día a un guía hablando y gesticulando frente a veintitantos turistas) cuenta de cómo se atrincheró Allende en el palacio, las frases que dijo él, con metralleta en mano, a los generales de Pinochet y al mismísimo Pinochet. Entonces uno ve en una feria artesanal o en cualquier puesto ambulatorio (yo lo observé no sólo en Santiago, sino también en otras ciudades) polos, tips, chapitas, afiches, gorros con la cara de Allende en distintos ángulos, con Allende dando un discurso, con Allende portando una metraca y soltando plomo como loco para defender su dignidad y sus riquezas, con Allende abrazado de Pablo Neruda o de Víctor Jara.

El guía turístico común dice a los visitantes que por sus edificios y modernidad a Santiago se le conoce como “Sanhattan”, haciendo una simpática analogía con la ciudad norteamericana. Para los propios santiaguinos este término es ridículo. Los santiaguinos reconocen que su ciudad no tiene mucho que ofrecer al turista y que vender a Santiago como una ciudad ficha y moderna no es algo que así por así llame la atención de cualquier extranjero. Los residentes en Santiago saben que el rollo turístico de Chile está al sur de Santiago, o en todo caso a solo hora y media, en Valparaíso o Viña del Mar.

Santiago no es Sanhattan. Chile tampoco lo es.

Santiago y Chile pueden ser quizá los únicos destinos latinoamericanos en donde el icono de la izquierda revolucionaria, el Che Guevara, ha sido desplazado por acción de la moda e industria chilena, siendo instaurado otro más afín y cercano para los chilenos: Salvador Allende.

 

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