Mientras los libros de la razón legal deben recibir, por lo general, críticas para consagrarse como parte del capital cultural o del canon de la sociedad, la mayor parte de los libros pirata son canónicos sin mayor necesidad de crítica o reseñas de recepción, debido al simple hecho de que su lectura se da ya con intensidad y frecuencia.

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La piratería de libros y la ausencia de lectura: en contra del mercado, en defensa de la vida

por Víctor Hugo Quintanilla Coro

 

 

Es enemigo quien se resiste a la transformación de la lucha del mercado en el principio único y básico de la organización de la sociedad entera. De ahí se explica la concepción total de la subversión cuando se pronuncian y defienden valores [como la legalidad] que entran en conflicto con la vigencia irrestricta del mercado total y de la acumulación ilimitada del capital.

Franz J. Hinkelammert

Leer a los mejores escritores —pongamos a Homero, Dante, Shakespeare, Tolstoi— no nos convertirá en mejores ciudadanos. El arte es absolutamente inútil, según el sublime Oscar Wilde, que tenía razón en todo.

Harold Bloom

 

La queja de la racionalidad moderna

Son dos las conclusiones a las que casi siempre han estado llegando las diferentes reuniones de organismos internacionales y nacionales en “defensa” de la “cultura” y de la educación. Primero, que la piratería es el principal enemigo del libro, con el previsible argumento de que quienes piratean libros son criminales y los libros producidos por ellos, ilegales. ¿Por qué? Los editores piratas y sus libros están fuera de la ley, porque van en contra de los derechos de autor y contra los derechos comerciales de las empresas editoriales, legalmente establecidas, que intentan ganar unos cuantos miles o millones de dólares vendiendo un poco de cultura, por cierto, básicamente moderna (léase occidental). La segunda conclusión es paradójica: la sociedad no lee y por eso es necesario formular políticas de promoción de la lectura (de libros originales y no piratas) y realizar proyectos para llevar la lectura a los sectores sociales desposeídos, con la expectativa de relievar la práctica de la lectura por encima de la necesidad de vender libros pirata para ganar el “pan nuestro de todos los días” u obviando el derecho que ciertos grupos sociales con raigambre cultural “indígena” tienen a no leer. Claro, es preciso formar una sociedad lectora aunque ella no quiera y esté más preocupada por sobrevivir que por ser “culta”. ¿No hay aquí el sesgo de subordinar el hambre, la pobreza o la vida a la idea de ser “culto” en una cultura que no es necesariamente la propia?

Cultura o mercado

Problematicemos más aún ambas conclusiones. Comencemos viendo lo que sucede en la cruda realidad. En las principales ciudades latinoamericanas, existen básicamente dos lugares donde se compra libros: las librerías o editoriales y los provisorios puestos de venta de libros usados y piratas. Paradójicamente, en ambos lugares, salvo algunos casos, no se vende los mismos libros. La diferencia empieza con el hecho de que en las librerías se vende libros legales y los puestos ambulantes expenden libros piratas, en general. Los libros legales cuestan más y los libros ilegales, menos. Esto ya pone de relieve una diferencia bastante notable en términos de oferta y demanda. Considerando que vivimos signados por una economía de mercado, es explicable que se prefiera comprar libros que se ofertan a precios ciertamente módicos. Entonces, pareciera ser el mercado lo que justifica, fortalece y hasta promueve la opción de los lectores por comprar libros de su interés a precios insuperables por las librerías y editoriales legalmente establecidas. Y a este respecto, habría que preguntar también si son criminales sólo quienes producen libros pirata o también quienes, obedeciendo a la lógica neoliberal del mercado, optan por comprar “cultura pirata”. Planteo la duda porque si se tratará de buscar culpables, habría que empezar a culpar al mismo mercado, por ser el verdadero causante de la lucha que constituye la batalla entre la comercialización de libros legales y la comercialización de libros pirata. Por este motivo, ya no se trataría simplemente de condenar a personas, sino de ver en la conducta y posición de ellos sólo uno de los efectos de la indolencia del capital.

Desde este punto de vista, el enemigo no son los guerreros que luchan por sobrevivir siendo ilegales en el campo de batalla del mercado (los vendedores minoristas), sino quien desea impedir esa actitud de guerra comercial que, en el fondo, es una guerra por la vida. Para la lógica de las economías de mercado, el peor adversario es quien busca suspender la vigencia del mercado en términos de competencia comercial. Esto quiere decir que si no fueran posibles guerras como la de los comerciantes de libros legales contra los comerciantes de libros pirata, el mercado desaparecía y eso es algo que la racionalidad moderna jamás podría soportar. Entonces, el mercado está convocado a preservar la racionalidad y cultura del mundo moderno, incluso a costa de quienes lo promueven legalmente —¡qué paradójico!—, porque facilitar el acceso a los contenidos modernos, aunque mediante el comercio de libros pirata, rinde mayor capital económico y mayor capital cultural, es decir, mayor acriticidad para con la racionalidad moderna y su economía ahora global. Para comprender esta última precisión, no hay más que recordar que al sistema-mundo moderno no le interesa tener detractores, sino más bien prácticas y actitudes que promuevan su ideología. Ocurre que los libros pirata precisamente facilitan este proceso al vender, básicamente, cultura occidental a precios que seducen incluso a quienes renunciaron a leer hace más de 15 años.

 

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