Detrás de un significante cristiano (la fiesta de celebración de Santa Rosa) se encuentra una permanencia prehispánica. Esto lo confirmamos con las corridas de toros que sirven para cerrar la fiesta.

En la imagen: Rosario Castellanos y Augusto Monterroso.

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Patriarcado perpetuado: el caso de México

por Birger Angvik

 

¿México? ¿Sin mexicanas?

Después de leer Quehacer 151, la pregunta es si “México lindo y querido” llega a abarcar las tendencias, las corrientes de pensamiento y los discursos que más habían contribuido para hacer que México, durante muchas décadas del siglo XX, fuera un país excepcional y único entre las repúblicas de Hispanoamérica.

Es posible, por ejemplo, que en el México de las primeras décadas del siglo XX, una mujer como Nellie Campobello (1909) —en los relatos de Cartucho. Relatos de la lucha en el Norte de México (1931)— haya sido autora de algunos de los testimonios mas desgarradores de la narrativa llamada “de la Revolución mexicana”. El libro de cuentos ha sido marginado por ser considerado villista, por ser escrito por una mujer y por salirse del canon establecido para “la narrativa mexicana de la revolución”. De nuevo se ve marginado cuando ni siquiera es mencionado, en 2004, en un artículo en Lima. Los contrastes entre dos maneras de observar y de actuar —la de los hombres brutales y la de la muchacha tierna— son significativos en la lectura de los textos de Campobello. La joven que en un tiempo posterior escribe los relatos no corrige, no moraliza, no interviene; y los relatos retrospectivos alcanzan esta representación ingenua, infantil, se diría naif, que muchos escritores han anhelado realizar sin éxito.

Se sabe que México en gran parte del siglo XX ha sido un país hospitalario de primera categoría y que llegó a acoger y a convertirse en una segunda patria para muchos políticos, artistas y escritores marginados, perseguidos y excluidos en sus países de origen. México se presenta, desde la primera parte del siglo XX, como una república de libertades para políticos, artistas, e intelectuales. Luis Cernuda y César Moro, por ejemplo, llegaron a disfrutar de la hospitalidad mexicana, y se nutrieron de impulsos políticos, culturales, artísticos y literarios que florecieron en el país: en la pintura, en el cine, en la literatura. César Moro gozaba en México de un clima de libertades que Lima no le ofrecía nunca, y en México, el país de la revolución, Moro se bañaba en muchos de los impulsos más dinámicos de la vida artística de la época, y daba rienda suelta a sus impulsos creativos.

La nueva cultura generada con impulsos renovadores en México, en el siglo XX, también dio espacio a un fenómeno como “Contemporáneos”. La narrativa elaborada por este grupo de artistas, estética y literariamente radicales, se resiste a ser incluida en una “fiesta de las balas” en la narrativa mexicana. Durante mucho tiempo, dentro y fuera de México, los escritores del grupo otorgaron a parte de la vida literaria este sello de “modernidad” —de experimentación, de vanguardismo y de travesuras— que, en resumidas cuentas, es propia de la revolución mexicana, y que contrasta con la narrativa de los “grandes hombres” del canon establecido para “la narrativa de la revolución” tradicional. Facetas de modernidad —un afán de vanguardismo, de juegos, de experimentaciones y de renovaciones de las estructuras estético-literarias— son las que durante todo el siglo XX en México se inscriben en los textos de las escritoras más significativas del país.

Elena Garro (1916-1998) se dedica a lo largo de su vida —en su teatro, en sus cuentos y en sus novelas—a las experimentaciones literarias sin fin en formas y en contenidos. En 1963, su novela Los recuerdos del porvenir pasa casi desapercibida debido al boom comercial generado alrededor del boom literario y La ciudad y los perros de Vargas Llosa. En México, sin embargo, la novela ha sido leída como “una novela de la revolución” y, desde esta perspectiva, hubiera podido aparecer en Quehacer. Con la revolución mexicana también han sido relacionados otros textos de Garro, por ejemplo, los cuentos de La semana de colores (1964), algunos de los cuales han llegado a ser, valga la contradicción, de antología en el mundo de la narrativa hispanoamericana.

Rosario Castellanos (1925-1974) ha llegado a ser una de las más conocidas escritoras de México. Su poesía, teatro, ensayos, cuentos y novelas se encuentran editados en el país desde principios de la década de 1950. Nacida en Chiapas, aliada con las reivindicaciones de los campesinos de la región y con el legado de Bartolomé de las Casas, llegó a cobrar interés renovado, dentro y fuera de México, a raíz del levantamiento zapatista en Chiapas en 1994. Su novela Balún Canán (1957) ha sido celebrada como obra maestra. Y también sus cuentos —de la provincia o de la capital, de la comunidad rural o de la sociedad urbana— son obras maestras en las que los experimentos atrevidos en forma y en contenido enriquecen la narrativa mexicana y la hispanoamericana. Rosario Castellanos ha sido considerada, además, en sus ensayos —sobre todo en Mujer que sabe latín (1973) y El uso de la palabra (1974)— como una de las herederas (feministas) de Sor Juana Inés de la Cruz que han enriquecido en México los discursos de un posible “pensar Latinoamérica” en el siglo XX.

Elena Poniatowska (1932) ha venido enriqueciendo los discursos de los mexicanos desde 1955 y en 2001 fue ganadora del Premio Alfaguara de Novela. Con Hasta no verte, Jesús mío (1969), La noche de Tlatelolco (1971), con los cuentos de De noche vienes (1979), y en cada entrega de nuevos libros hasta nuestros días, Poniatowska se viene inscribiendo como una escritora que experimenta y moderniza para enriquecer la narrativa mexicana y los discursos de los mexicanos.

Uno se queda con la impresión de que las tres mujeres mencionadas se elevan a escritoras de primera categoría que no tienen nada que envidiar a un Juan Rulfo, un Octavio Paz o a un Carlos Fuentes en cuanto a valentía y atrevimiento en la experimentación literaria. Además, uno se queda con la experiencia de lecturas de estructuras semánticas de gran complejidad: se entretejen en los textos las temáticas de las clases sociales y su jerarquía (clasismo), combinadas con las de las etnicidades en jerarquías (racismo), con las prácticas sexuales en jerarquías (sexismo) y con los géneros sexuales en jerarquías (machismo). Las redes textuales que intrigan las lecturas y las hacen placenteras desafían las categorías tradicionales del canon literario producido, desbordan las restricciones, y parecen siempre estar en otro lugar donde no las alcanza la crítica tradicional.

Inés Arredondo (1928-1989), especialista en Sor Juana Inés de la Cruz, llegó a ser, antes de su muerte temprana, una cuentista y ensayista apreciada dentro y fuera de México. Historiadores de la literatura han llegado a colocar sus textos “entre la pureza y la pornografía”, pero las miradas atentas borran tales dicotomías y se entregan al placer de la lectura de cuentos que, por suerte, son inclasificables. Los cuentos completos de Arredondo contribuyen a la producción de la complejidad heterogénea de la literatura mexicana, y se merecen estudio y mención para balancear la representación unilateral de esta literatura como patrimonio reservado de los grandes hombres.

Muchas escritoras mexicanas se entregan a los ritmos del bolero y de la ranchera —que se citan en títulos y en diálogos— y se divierten y entretienen con humor y risas en el cultivo de narraciones que se mueven a nivel emocional. El cultivo de la tragicomedia y del melodrama ha llegado a ser calificado como “literatura ligera” (light), pero, como dice Oswaldo Reynoso, siempre ha habido literatura de entretenimiento y no hay razón para descalificarla. En narraciones que lindan con la farsa y con la literatura del absurdo —como en Sabina Berman—, muchas escritoras dan una nota característica a cierta narrativa femenina y feminista —antipatriarcal, antisexista y antimachista— en México. Parte de la literatura de mujeres, así vista, contrasta a más no poder con la seriedad y gravedad habitual de los grandes hombres de los discursos realistas de la narrativa mexicana.

Laura Esquivel pareció llevar el melodrama a sus límites con Como agua para chocolate. Pero son muchas las mujeres que han cultivado y siguen cultivando el género de la tragicomedia y del melodrama. Ángeles Mastretta (Arráncame la vida, 1992) ha sido la primera mujer en ganar el Premio Rómulo Gallegos de novela (con Mal de amores) en 1997. A las manifestaciones heterogéneas de las narrativas melodramáticas han contribuido otras muchas mujeres mexicanas: se gozan en Guadalupe Loaeza (desde Las reinas de Polanco hasta Compro, luego existo ). Por otro lado, Sara Sefchovich se ha entregado al cultivo de innovaciones hasta en su libro La suerte de la consorte: las esposas de los gobernantes de México, historia de un olvido y relato de un fracaso (1999).

Conclusiones

Muchas son las mujeres silenciadas y discriminadas en la presentación de México en Quehacer 151 y muchas son las que no han sido mencionadas aquí y ahora. Muchas han sido y son las mujeres que han contribuido a la producción de la riqueza cultural mexicana del siglo XX: en la pintura, la fotografía, el dibujo, el cine, el teaatro, la poesía, la narrativa, el teatro y la ensayística. Son, las mujeres mexicanas, en muchos casos, testimonios vivos de los alcances de una cultura postrevolucionaria en el siglo XX latinoamericano. Muchas mujeres dan testimonio de algunas de las transformaciones más importantes de una sociedad en proceso dinámico de cambios. Los grandes hombres que excluyen y discriminan para mantener el canon literario “limpio” y masculino se encuentran desentonados con los ritmos creativos de las culturas hispanoamericanas. Terminan produciendo en su canon un “retrato de familia” literario desequilibrado y amputado.

 

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