Aprendizaje
Aprendí tarde que tus verbos y adjetivos también se rasgarían
con tantas tildes que tu boca ha pronunciado
entre sillas.
Mientras lavabas con ahínco el cuello de mi blusa
y la casa entera olía a limón;
mientras escurrías el llanto de los cubiertos
y absorbías tu cigarrillo extraviado en una mancha de cocina;
mientras multiplicabas tus brazos…
(eso sí
cuando por error teñías la mitad de mis cromosomas
te hacías la loca, y le echabas la culpa a papá)
De pronto
te acordabas de llorar a las ocho
y prendías el televisor
desde una esquina un cuadro
yo te miraba secretamente
ambas llorábamos
cuando llegaba el final
y rabiosa afrontabas
el aceite quemado adherido a la sartén,
mientras tejía triste tu ADN
Entonces
tú buscabas las tijeras
para cortar la marejada de hilos en los ojos
pero cambiabas de opinión
y cogías el cuchillo
destrozando bazos hígados tripitas
hasta llegar al final de la tabla
picando corazones
Luego
te sentabas en la tarde
con el vestido destrozado
a recoger mis sábanas antes de las seis
porque el cielo de Lima también se lastima de tarde
junto con tus manos resecas
-en ese cuadro-
y mi ombligo vacío. |
Octubre
A mi abuela
Los adultos dijeron que en octubre crecieron ramas de tu espalda (como un ángel o como un árbol), y las ramas al ver tus zapatos no quisieron echar raíz, sino correr hasta levantar vuelo. Los adultos lloran cuando miran tu ropa tendida sobre la mesa, se abrazan, y llegan más personas con arañas en los ojos. Pero nadie me responde qué hacen tus zapatos al costado de las velas, y sospecho que cayeron en tu vuelo. Yo me acerco como si les rezara, pero no, tampoco lloro como lo hace el resto: solo observo tus zapatos y no veo más que semillas. Cuándo lloverá- le pregunto a mi abuelo, que tiene los ojos atiborrados de nubes. Y en su respuesta pasa saliva. Pienso que nadie sabe qué hacer con tus zapatos. Yo me escabullo debajo de la mesa y los atrapo; saltando las escaleras de dos en dos los llevo rápidamente a mi guarida, y los guardo en una caja hasta el día de la lluvia. Día en que corra hacia el patio, junto al árbol de higo, para hacerte un charquito donde crecerás lentamente. Te cuidaré y cuando todos se hayan ido a trabajar, te haré comer despacito de un gotero, hasta que tus hojas ya no tengan frío, hasta que mi pecho deje de roncar:
por qué los adultos no riegan tus zapatos
Busco la respuesta en tu cuarto
y me llevo tu manta
l la desdoblo
e intento ver en sus rayas multicolores la dirección del arcoíris.
He decidido que cuando crezcas como árbol
(bajo la lluvia de un gotero)
amarraré esta manta entre tus ramas
Y me subiré a tu espalda para envolverme nuevamente
como una alverja. |