{"id":922,"date":"2022-08-24T11:38:38","date_gmt":"2022-08-24T16:38:38","guid":{"rendered":"https:\/\/elhablador.com\/blog\/?p=922"},"modified":"2022-08-25T12:15:36","modified_gmt":"2022-08-25T17:15:36","slug":"resena-el-nervio-optico-2014-de-maria-gainza","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/elhablador.com\/blog\/2022\/08\/24\/resena-el-nervio-optico-2014-de-maria-gainza\/","title":{"rendered":"Rese\u00f1a: El nervio \u00f3ptico (2014) de Mar\u00eda Gainza"},"content":{"rendered":"\n<p class=\"has-text-align-center has-large-font-size\"><strong>Un museo de la mirada<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-right has-large-font-size\"><strong>Por Eliana Del Campo<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Cuando Joan Didion evoca lo que la llev\u00f3 a escribir, recuerda sus enso\u00f1aciones universitarias y c\u00f3mo estas flotaban de forma inevitable hacia las im\u00e1genes. Desde un \u00e1rbol de pera en flor, hasta un acelerador de part\u00edculas en el campus de Berkeley, Didion reconoce, en la nitidez de estos objetos, un instinto primigenio de plasmar en palabras la belleza f\u00edsica del mundo y su \u00abreverberaci\u00f3n\u00bb, de descubrir la raz\u00f3n por la que algunos fotogramas se mostraban de forma m\u00e1s incandescente que otros. Se pregunta: \u00ab\u00bfQu\u00e9 est\u00e1 sucediendo en esas im\u00e1genes que tengo en la mente?\u00bb.<sup>1<\/sup>&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<div class=\"wp-block-image\"><figure class=\"aligncenter size-large is-resized\"><img loading=\"lazy\" src=\"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2022\/08\/El-nervio-optico-portada.png\" alt=\"\" class=\"wp-image-923\" width=\"546\" height=\"821\" srcset=\"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2022\/08\/El-nervio-optico-portada.png 642w, https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2022\/08\/El-nervio-optico-portada-199x300.png 199w\" sizes=\"(max-width: 546px) 100vw, 546px\" \/><\/figure><\/div>\n\n\n\n<p>Esto es lo que parece pensar la protagonista de <em>El nervio \u00f3ptico<\/em>, una curadora de arte, cada vez que ve enfrentados el recuerdo de un lienzo y un recuerdo suyo. \u00bfQu\u00e9 est\u00e1 sucediendo? \u00bfQu\u00e9 ha sucedido? Una clave de lectura nos es ofrecida cuando, a las pocas p\u00e1ginas, escuchamos: \u00abY no s\u00e9 qu\u00e9 hacer con esa muerte tan tonta, tan gratuita, tan hipn\u00f3tica, y tampoco s\u00e9 por qu\u00e9 lo estoy contando ahora, pero supongo que siempre es as\u00ed: uno escribe algo para contar <em>otra cosa<\/em>\u00bb (p. 20). Para Mar\u00eda Gainza, en este libro, esa \u00abotra cosa\u00bb viene incrustada de im\u00e1genes, un lenguaje tan fresco como est\u00e9tico, y una reflexi\u00f3n sobre el lugar de la escritura luego de la p\u00e9rdida de la inocencia del narrar.<\/p>\n\n\n\n<p>El origen de la escritura a menudo se sit\u00faa entre un destello de luz y lo que esta ilumina, sea un objeto, una persona o un recuerdo. Se llega a la ra\u00edz del recuerdo a trav\u00e9s de la narraci\u00f3n, esa disposici\u00f3n de hechos que nos permite ubicar los elementos en un marco temporal. Todas las historias crean im\u00e1genes que se van adhiriendo a nuestros imaginarios con la misma naturalidad que nuestra propia mirada. Sin embargo, \u00abla mirada\u00bb como sentido un\u00edvoco ha sido cuestionada a lo largo de los a\u00f1os, tanto desde las ciencias como desde el arte, y la literatura no ha sido la excepci\u00f3n. Cada vez es menos com\u00fan que se hable de la mirada \u00ab\u2026como mecanismo de precisi\u00f3n, como una especie de ojo t\u00e9cnico que todo lo controla, al que nada se le escapa, hasta el m\u00e1s nimio detalle\u00bb.<sup>2 <\/sup>\u00bfQu\u00e9 tanto mi visi\u00f3n del mundo est\u00e1 mediada por mi \u00abyo\u00bb? \u00bfPodemos ver las cosas conforme son? Si la mirada fue \u00abel sentido dominante de la era moderna\u00bb, su lugar se desmoron\u00f3 a medida que la modernidad lleg\u00f3 a su fin.<\/p>\n\n\n\n<p>Las vanguardias, sin duda, conformaron la banda sonora de esta destituci\u00f3n. En este escenario, Gainza entra con pasos quietos pero firmes y truena la batuta como un mondadientes. Escribe no solo un libro sobre la mirada, sino \u00abel\u00bb libro sobre la mirada. En <em>El nervio \u00f3ptico<\/em>, a trav\u00e9s de su protagonista, Gainza admite la derrota de la mirada como sentido primordial de captaci\u00f3n y representaci\u00f3n del mundo que habitamos. El punto de vista ya no funciona como una c\u00e1mara flotante. Exhibe c\u00f3mo aquella mirada elige de forma arbitraria y sumamente subjetiva. La mirada descarta y visibiliza sus exclusiones en las im\u00e1genes evocadas a trav\u00e9s del deseo. La imagen, en cambio, es simult\u00e1nea; es la mirada la que genera el discurso.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abLas cenizas caen con pereza, rest\u00e1ndole nitidez a la realidad\u00bb (p. 24) describe la narradora en un momento. Como lectores, son detalles as\u00ed los que nos sumergen en el paraje invernal de Buenos Aires a trav\u00e9s de la voz de una cr\u00edtica de arte de mediana edad (\u00abSoy una mujer parada en el ecuador de su vida\u2026\u00bb, p. 132). La voz que nos habla es \u2013por decir lo menos\u2013 pulida, por momentos, hipereducada. La voz nos lleva a trav\u00e9s de saltos temporales entre la vida propia y las biograf\u00edas de gigantes de la historia del arte como El Greco, Rothko, Toulouse-Lautrec, Courbet y otros nombres no tan vistosos. Pese a eso, todo lo que cuenta dista de sonar enciclop\u00e9dico. \u00bfQu\u00e9 fibras humanas toca esa voz, cuyo esnobismo no es tan f\u00e1cil de rechazar <em>a priori<\/em>?<\/p>\n\n\n\n<p>Quiz\u00e1s la empat\u00eda surge en el momento en el que la voz camufla sus marcas de clase con el mismo pudor que una malformaci\u00f3n hereditaria. En los momentos en que la primera persona cambia a una segunda, lo hace en el tono de reclamo de quien se observa en soledad frente al espejo para decirse algo que nunca llegar\u00e1 de nadie m\u00e1s:<\/p>\n\n\n\n<p><em>Pertenec\u00e9s a una clase que durante generaciones ha dado por sentado que todas las noches tendr\u00eda un plato de comida caliente sobre la mesa. Hay mucho de bendici\u00f3n en eso, y algo de maldici\u00f3n tambi\u00e9n: la falta de hambre te vuelve haragana<\/em>. (p. 41)<\/p>\n\n\n\n<p>O, con respecto a su matrimonio: \u00abDiez a\u00f1os despu\u00e9s, \u00e9l sigue siendo la persona m\u00e1s maravillosa que conoc\u00e9s, pero vos sos una inmadura que cree que sin intensidad la cosa no sirve. Incluso en el coraz\u00f3n del amor, no pens\u00e1s m\u00e1s que en vos misma\u00bb (p. 113). La curiosidad despierta en nosotros como lectores cuando intentamos ubicar en qu\u00e9 mirada escudri\u00f1\u00f3 a esta persona en la infancia para que, en su madurez, se contemple sin conmiseraci\u00f3n. O para que se sienta m\u00e1s como en casa en un museo, al pie de un lienzo, que en la casa propia.<\/p>\n\n\n\n<p>Y es que <em>El nervio \u00f3ptico<\/em> es, tambi\u00e9n, desde cierta perspectiva, una novela familiar. La protagonista es el punto focal alrededor del cual las sombras familiares realizan su danza macabra. Casi un siglo antes, Freud define a la novela familiar como aquella historia que nos contamos sobre la realidad social y psicol\u00f3gica de la familia en la que nacemos.<sup>3 <\/sup>Gainza, a trav\u00e9s de su narradora, revive la noci\u00f3n a trav\u00e9s de los pasadizos fantasmales de la mansi\u00f3n de la infancia:<\/p>\n\n\n\n<p><em>Nada m\u00e1s subterr\u00e1neamente opresivo que una leyenda familiar. Es la piedra basal sobre la que se levanta una familia, lo que le da a la relaci\u00f3n entre padres e hijos esa sensaci\u00f3n de clan cerrado a expensas de ignorarlo casi todo los unos de los otros<\/em>. (p. 148)<\/p>\n\n\n\n<p>Una vez m\u00e1s, la mirada es expuesta como fatua. En este caso, la mirada familiar que, en la contemplaci\u00f3n de sus tesoros, perdi\u00f3 de perspectiva del futuro y se relame las cenizas del pasado glorioso. La narradora, versada en arte, nombra a su est\u00e9tica familiar y, de paso, a su estilo narrativo: \u00abla po\u00e9tica de la ruina\u00bb (p. 43). La escritura de Gainza se convierte as\u00ed en una esquela de melancol\u00eda, una arqueolog\u00eda de linajes perdidos.<\/p>\n\n\n\n<p>Porque ah\u00ed donde los jardines esconden m\u00e1rmoles cercenados para darle una apariencia de ciudad perdida, los nombres propios encierran su raz\u00f3n de estar en esas p\u00e1ginas, tan grandilocuentemente citados. En Gainza, las historias de los pintores son las excusas para narrar las historias que realmente nos interesan: la humanidad que nos hermana. \u00abNos contamos historias para poder vivir\u00bb, tambi\u00e9n escrib\u00eda Didion en uno de sus ensayos m\u00e1s famosos.<sup>4<\/sup> Hacemos esas extrapolaciones con gente c\u00e9lebre e historias aparentemente \u00fanicas para encontrarle un hilo conductor a la vida propia. Que se presenta de la nada, con sus matices y tragedias. Como si la genialidad fuese el ant\u00eddoto, la excusa para las compulsiones. Como si hilvanar ayudara a ponerle orden al caos, cuando, en realidad, lo humano no distingue de lo genio. Ninguna an\u00e9cdota art\u00edstica en <em>El nervio \u00f3ptico<\/em> es inocente, pues todas guardan la preciosidad del instante en el que el alma humana mira directo al abismo de la incertidumbre. Bien acierta Gainza en citar a Cyril Connolly cuando la narradora menciona: \u00abA quien los dioses desean destruir al inicio llaman promesa\u00bb (p. 150). La autora reconoce lo autobiogr\u00e1fico en una cr\u00edtica de arte (o, por qu\u00e9 no, en una cr\u00edtica literaria) y lo expone en forma de otra obra de arte.<\/p>\n\n\n\n<div class=\"wp-block-image\"><figure class=\"aligncenter size-large\"><img loading=\"lazy\" width=\"603\" height=\"273\" src=\"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2022\/08\/Maria-Gainza-Rosana-Schoijett.png\" alt=\"\" class=\"wp-image-924\" srcset=\"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2022\/08\/Maria-Gainza-Rosana-Schoijett.png 603w, https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2022\/08\/Maria-Gainza-Rosana-Schoijett-300x136.png 300w\" sizes=\"(max-width: 603px) 100vw, 603px\" \/><figcaption>Foto: Rosana Schoijett<\/figcaption><\/figure><\/div>\n\n\n\n<p>Es dif\u00edcil descifrar lo que un solo cuadro puede encerrar para distintas personas. A\u00fan m\u00e1s dif\u00edcil es imaginar cu\u00e1les son las historias que generan esas reacciones. En un museo de arte, \u00bfc\u00f3mo interpretamos aquellos gestos que surgen casi como por acto reflejo? El suspiro ahogado del caminante distra\u00eddo que se detiene en seco, la mano que cubre la boca del turista ansioso. La pareja que camina entrelazada y de pronto se suelta en t\u00e1cito acuerdo. \u00bfQu\u00e9 vieron? \u00bfQu\u00e9 es aquello que el arte genera en uno que es tan dif\u00edcil de traducir en palabras no sin valerse primero de algunas historias? Para Siri Hustvedt, el arte se adentra en la experiencia.<sup>5 <\/sup>Para Gainza, uno narra algo siempre para contar otra cosa. Atr\u00e1s ha quedado la noci\u00f3n ilustrada que descarta la subjetividad propia como parte del conocimiento, a la mirada como una c\u00e1mara flotante carente de cuerpo. Gainza narra desde esta crisis, haciendo la genealog\u00eda de quien reconoce la humanidad de tanto genios como gentiles. Recorre, con su narraci\u00f3n rebosante en s\u00edmiles, la galer\u00eda personal de una mujer que maldice su educaci\u00f3n al mismo tiempo que le agradece la belleza. Que, en ese instante de tragedia, como solo el verdadero arte puede, cobra vida.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\"><strong>*****<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\"><strong><u>Datos del libro rese\u00f1ado<\/u><\/strong><strong>:<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">Mar\u00eda Gainza<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\"><em>El nervio \u00f3ptico<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">Laurel Editores, 2016, cuarta reimpresi\u00f3n, 2021<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">159 pp.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\"><strong>*****<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\"><strong><u>Referencias bibliogr\u00e1ficas<\/u><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><sup>1<\/sup> Didion, J. (2021). Por qu\u00e9 escribo. En <em>Lo que quiero decir<\/em> (pp. 53-61). Literatura Random House.<\/p>\n\n\n\n<p><sup>2<\/sup> Tabarosvky, D. (2018). <em>Literatura de izquierda<\/em> (p. 57). Ediciones Godot.<\/p>\n\n\n\n<p><sup>3<\/sup> Hirsch, M. (1989). <em>The Mother\/Daughter plot. Narrative, psychoanalysis, feminism<\/em> (p. 9). Indiana University Press.<\/p>\n\n\n\n<p><sup>4<\/sup> Didion, J. (2012). El \u00e1lbum blanco. En <em>Los que sue\u00f1an el sue\u00f1o dorado<\/em> (pp. 131-164). Literatura Mondadori.<\/p>\n\n\n\n<p><sup>5<\/sup> Hustvedt, S. (2022). Algo vivo. En <em>Madres, padres y dem\u00e1s. Apuntes sobre mi familia real y literaria<\/em> (pp. 267-271). Seix Barral.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Un museo de la mirada Por Eliana Del Campo Cuando Joan Didion evoca lo que la llev\u00f3 a escribir, recuerda sus enso\u00f1aciones universitarias y c\u00f3mo estas flotaban de forma inevitable hacia las im\u00e1genes. Desde un \u00e1rbol de pera en flor, hasta un acelerador de part\u00edculas en el campus de Berkeley, Didion reconoce, en la nitidez [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":[],"categories":[194,1,9],"tags":[359,219,395,358],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/922"}],"collection":[{"href":"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=922"}],"version-history":[{"count":3,"href":"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/922\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":932,"href":"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/922\/revisions\/932"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=922"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=922"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=922"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}