{"id":526,"date":"2021-11-15T05:27:05","date_gmt":"2021-11-15T05:27:05","guid":{"rendered":"https:\/\/elhablador.com\/blog\/?p=526"},"modified":"2021-11-15T05:27:05","modified_gmt":"2021-11-15T05:27:05","slug":"resena-doble-sobre-memorias-de-la-guerra-del-79-y-recuerdos-de-la-campana-de-la-brena","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/elhablador.com\/blog\/2021\/11\/15\/resena-doble-sobre-memorias-de-la-guerra-del-79-y-recuerdos-de-la-campana-de-la-brena\/","title":{"rendered":"Rese\u00f1a doble: sobre Memorias de la Guerra del 79 y Recuerdos de la Campa\u00f1a de la Bre\u00f1a"},"content":{"rendered":"\n<p class=\"has-text-align-center has-large-font-size\"><strong>Las memorias<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-right\"><strong>Por Cristhian Brice\u00f1o<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Si un diario \u00edntimo puede leerse como un artefacto pretendida o convenientemente literario, no veo por qu\u00e9 con unas memorias de guerra no pueda hacerse otro tanto. Si convenimos que un parte de batalla es un cuerpo caliente, de una urgencia que, de ser oral y no escrita, podr\u00eda caer en el tartamudeo, convengamos que unas memorias son un cuerpo tibio, sosegado, siendo su atributo central una prolongada meditaci\u00f3n cuyo final suele lindar con la extensi\u00f3n de la vida de quien recuerda. Ambos, parte de batalla y memorias, tienen en com\u00fan la contaminaci\u00f3n al momento de narrar los hechos: en el primero es la conmoci\u00f3n de las recientes circunstancias, la desorientaci\u00f3n y la informaci\u00f3n fragmentada a la luz del fragor de la contienda; en el segundo es la distancia, la idealizaci\u00f3n de lo vivido. Dif\u00edcilmente un parte de batalla aspire al logro estil\u00edstico cuando su funci\u00f3n es meramente utilitaria, a diferencia del diario \u00edntimo, en el que puede acariciarse cada letra que uno va escribiendo bajo el c\u00e1lido resplandor de una l\u00e1mpara de escritorio o recostado en un \u00e1rbol luego de cortar le\u00f1a, a la manera de Emerson (siempre hay excepciones: las trincheras en los diarios de J\u00fcnger, las l\u00f3bregas guaridas en el de Ana Frank, etc.). Si el deseo de unan memorias es el de acercarse al documento hist\u00f3rico y que se la valide como una fuente confiable, \u00bfse har\u00eda escaso favor present\u00e1ndose como un conjunto de aciertos literarios? Si este fuere el caso, las <em>Memorias de la Guerra del 79<\/em> del mariscal C\u00e1ceres cumplir\u00edan holgadamente tal objetivo, el de no resaltar por su calidad literaria, sino por su provecho documental. Caso distinto es el de <em>Recuerdos de la Campa\u00f1a de la Bre\u00f1a<\/em>, las memorias de su esposa, Antonia Moreno, las cuales funcionan como un contrapunto mucho mejor construido y ameno, un texto que podemos leer incluso como una novela de trasfondo b\u00e9lico donde tambi\u00e9n hay lugar para el suspenso, para el apunte costumbrista y, desde luego, para el amor en tiempos convulsionados. Ambos testimonios, cabe resaltar, no fueron escritos de pu\u00f1o y letra por los involucrados, sino por terceros a quienes les fueron referidos, un detalle no menor, aunque ignoro si este particular los aleje a\u00fan m\u00e1s del grado cero de la preciada verosimilitud hist\u00f3rica. Empecemos por el mariscal.<\/p>\n\n\n\n<div class=\"wp-block-image\"><figure class=\"aligncenter size-large is-resized\"><img loading=\"lazy\" src=\"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2021\/11\/Memorias-de-la-guerra-del-79.jpeg\" alt=\"\" class=\"wp-image-527\" width=\"536\" height=\"768\" srcset=\"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2021\/11\/Memorias-de-la-guerra-del-79.jpeg 563w, https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2021\/11\/Memorias-de-la-guerra-del-79-209x300.jpeg 209w\" sizes=\"(max-width: 536px) 100vw, 536px\" \/><\/figure><\/div>\n\n\n\n<p>La estructura de sus memorias coincide con los momentos estelares de su carrera en la milicia. Luego del inicio de las hostilidades con Chile, hace un breve recuento de la campa\u00f1a naval que concluye con la ca\u00edda del Hu\u00e1scar, sigue con la campa\u00f1a del sur, la fallida resistencia de San Juan y Miraflores, su huida a la sierra peruana para rearmar algo parecido a un ej\u00e9rcito de sufridos <em>amateurs<\/em>, las victorias, derrotas, las miserias, los adioses en la Bre\u00f1a, el cese de las hostilidades tras el Tratado de Anc\u00f3n y la guerra civil que lo enfrent\u00f3 con Iglesias, que dio paso al Segundo Militarismo. C\u00e1ceres, por cierto, aparece como una personalidad persuasiva; no requiere gastar muchas palabras para convencer a los dem\u00e1s de que lo m\u00e1s sensato es ponerse bajo sus \u00f3rdenes y acometer su arriesgada empresa. Aunque ha pasado a la historia como el \u201ctayta\u201d o \u201cel Brujo de los Andes\u201d, lo cierto es que ten\u00eda un sobrenombre m\u00e1s antiguo, \u201cel tuerto\u201d, ya que, durante sus correr\u00edas en favor a Castilla, en 1858, una bala le entr\u00f3 cerca de un ojo y le sali\u00f3 por la oreja, desfigurando esa zona de su rostro. Su semblante, por ende, no daba lugar a la duda: para la soldadesca deb\u00eda tratarse de un hombre curtido, acostumbrado a habitar en la l\u00ednea de fuego, alguien en quien se pod\u00eda depositar la fe en pos de una victoria que expulsara, sin contemplaciones, al odiado invasor. Al parecer se trataba de un ser nacido para la batalla, plet\u00f3rico de un ferviente patriotismo decimon\u00f3nico, aquel que cada vez nos parece m\u00e1s absurdo, a menos que el combate sea un partido de f\u00fatbol. Era capaz de balancearse sobre su caballo mientras atravesaba la escabrosa geograf\u00eda del Per\u00fa profundo, as\u00ed tuviera el h\u00edgado inflamado, producto de las miserias propias de la guerra, de la dieta irregular impuesta por vivir siempre a salto de mata, aunque en sus memorias encontramos que, cuando hab\u00eda ocasi\u00f3n, gustaba de comer bien y tras el esfuerzo sobrehumano sol\u00eda dormir cuarenta y ocho horas, sin interrupciones, luego de haber supervisado que su tropa haya dado cuenta tambi\u00e9n de alimentos. Podemos saber que su presencia en la contienda contra los chilenos fue casi ubicua, si exceptuamos los episodios mar\u00edtimos y el asalto al Morro, que tienen como protagonistas excepcionales a Grau y al coronel Bolognesi, aunque aun as\u00ed tuvo la dicha de estar presente en eventos memorables de nuestra historia, como la ocurrida frente a la bah\u00eda de Iquique, cuando el <em>Hu\u00e1scar<\/em> y la <em>Independencia<\/em> llegan a romper el bloqueo impuesto por la <em>Esmeralda<\/em> y la <em>Covadonga<\/em>, produci\u00e9ndose los hechos tan bien conocidos por todos nosotros. La figura de C\u00e1ceres es ciertamente providencial en varios pasajes de sus memorias, parece estar siempre a la vanguardia de todo y anticiparse a cualquier otro ser humano en cada eventualidad que sale al paso, con una sapiencia que excede, incluso, su propia edad; as\u00ed, las peque\u00f1as an\u00e9cdotas insertas en el libro son las que lo insuflan de una trascendencia que nos revela, en el m\u00ednimo detalle, en el acercamiento casi cinematogr\u00e1fico, una prueba m\u00e1s de su reputaci\u00f3n:<\/p>\n\n\n\n<p><em>(\u2026) la sensaci\u00f3n de sed fue tal durante la marcha, que los soldados tuvieron que ponerse en la boca piedrecillas o una bala de plomo, por indicaci\u00f3n m\u00eda, para humedecerla y mitigar as\u00ed un tanto la sed, provocando la secreci\u00f3n de la saliva. Por casualidad, llevaba yo un lim\u00f3n en el bolsillo, y cortando rebanadas muy delgadas se las daba a algunos muchachos de la banda de guerra del Zepita, que se ahogaban materialmente de sed. Y algunos vi\u00e9ronse tan acosados por \u00e9sta, que llegaron a beber sus propios orines. <\/em>(p. 32)<\/p>\n\n\n\n<p>Si bien la narraci\u00f3n es fluida, tambi\u00e9n es necesario apuntar que a veces se entorpece por completo cuando C\u00e1ceres hace recuento de sus tropas, en una operaci\u00f3n similar al inventario de naves hom\u00e9rico. Con esto nos queda claro que una de las cualidades del mariscal es la de ser un sagaz estratega, pero a\u00fan m\u00e1s un administrador de sus fuerzas, y esto es lo que probablemente lo haya llevado a resistir con bien durante tan prolongado periodo, teniendo a la mano un \u201cej\u00e9rcito\u201d de hombres armados con rejones, hondas y palos, sobrellevando la escasez de todo. No es necesario decir que, en varios pasajes de sus memorias, vi\u00e9ndose enfrentado a las heridas propias de las sangrientas trifulcas, siempre encuentra otro poco de fuerza y voluntad para recuperarse mientras va elucubrando la forma de rearmar lo deshecho, con un instinto tan poco com\u00fan que todos alcanzan a ver en \u00e9l una transfiguraci\u00f3n de aquella emoci\u00f3n patri\u00f3tica que deb\u00eda ser el combustible de tantos hombres sufridos, viudas recientes y recientes mutilados:<\/p>\n\n\n\n<p><em>Solo y acosado por fuertes dolores de la herida, segu\u00ed por el camino que conduce a Lima. En el trayecto encontr\u00e9 al comandante Zamudio, quien me alcanz\u00f3 un poco de agua en su kepis y me vend\u00f3 la pierna con un pa\u00f1uelo (\u2026) La gran cantidad de dispersos que abandonaba el campo, me sugiri\u00f3 la idea de que a\u00fan pod\u00eda improvisar con ellos un ej\u00e9rcito, traslad\u00e1ndolos a la sierra, para continuar all\u00ed la resistencia contra el invasor. Animado con esta idea, apur\u00e9 el paso a mi caballo y llegu\u00e9 a la plaza de la Exposici\u00f3n, a eso de las siete de la noche. Aqu\u00ed fui reconocido por los soldados dispersos, quienes agrup\u00e1ronse en mi alrededor, pidiendo a gritos que me pusiera a la cabeza para seguir la lucha<\/em>. (p. 86)<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando ya la figura de C\u00e1ceres se ha establecido y elevado en sus memorias por encima de la del hombre com\u00fan es cuando la narraci\u00f3n empieza a debilitarse. Si bien el dato anecd\u00f3tico regresa con cierta periodicidad no puede negarse que el recuento de las hostilidades y altercados con los chilenos se vuelve bastante mon\u00f3tono, aunque C\u00e1ceres (o el transcriptor de sus memorias) no escatima en la erudici\u00f3n geogr\u00e1fica ni en las cifras de almas que se van enfrentando a lo largo de este \u00faltimo tramo de la guerra del Pac\u00edfico. En este punto se hace evidente las falencias de las memorias de C\u00e1ceres si es que el lector espera encontrar en ellas entretenimiento a la par de informaci\u00f3n. M\u00e1s le valdr\u00eda leer otros libros donde lo b\u00e9lico se nos presenta en forma de alta literatura, como en varias p\u00e1ginas de <em>La Cartuja de Parma<\/em> o <em>Guerra y paz<\/em>. Aunque las memorias de C\u00e1ceres inciden una y otra vez en que nos hallamos dentro de las peripecias de una guerra, parecen prescindir de la violencia propia de ella. Tal vez no le falte raz\u00f3n. Si alguien cercano al mariscal muere, su muerte es sentida durante poqu\u00edsimas frases, pues el objetivo de la victoria a\u00fan es posible; ergo, la muerte, aunque tr\u00e1gica o injusta, es prontamente borrada de un plumazo por este sentimiento envolvente, el patriotismo. Al ser la muerte un asunto necesario, la violencia no es explorada, a pesar de que el libro es un campo minado de enfrentamientos en verdad inhumanos y la piedad es exclusiva de quien nos cuenta la historia. Nada de lo narrado hace expl\u00edcita la sangre, las v\u00edsceras, ni la agon\u00eda, algo que no se le puede exigir a esta clase de textos que privilegian el informe y el recuento, quiz\u00e1 porque no pretenden ser literatura; en caso contrario se parecer\u00eda a otras obras donde la muerte alcanza a que se narren incluso las exequias del h\u00e9roe ca\u00eddo, ser\u00eda semejante, por poner un ejemplo, al diario de la Guerra Civil de Whitman, en el cual una pierna gangrenada y plagada de larvas es motivo de contemplaci\u00f3n por parte del diarista, la respiraci\u00f3n esforzada del moribundo motiva a una compasi\u00f3n infinita durante una noche de alaridos en el hospital de campa\u00f1a. Uno de los pocos incidentes que motivan a esta clase de sentida reflexi\u00f3n es el ocurrido durante la huida de Huamachuco, tras la derrota, y tiene como protagonista al caballo del mariscal:<\/p>\n\n\n\n<p><em>(\u2026) deb\u00eda continuar mi viaje para evitar ser capturado. Como mi caballo se encontraba en lamentable estado, el se\u00f1or Santa Mar\u00eda me ofreci\u00f3 una buena bestia para reemplazarlo. Hube, pues, de dejar mi caballo el \u201cElegante\u201d recomend\u00e1ndole a mi amigo Santa Mar\u00eda que le cuidase bien. Tras mi reiterada recomendaci\u00f3n, mand\u00e9 que trajeran mi caballo al patio; estaba completamente despeado, que apenas pod\u00eda caminar; pero al acerc\u00e1rseme irgui\u00f3 la cabeza y luego la inclin\u00f3 estir\u00e1ndola hacia m\u00ed. Le acarici\u00e9, como ten\u00eda por costumbre, habl\u00e1ndole cari\u00f1osamente. Ya jinete en el nuevo caballo, el m\u00edo me sigui\u00f3 con la vista, reflejando en sus grandes ojos su tristeza. \u201cAdi\u00f3s, Elegante\u201d, le grit\u00e9 desde el zagu\u00e1n, y el caballo alz\u00f3 la cerviz orgulloso, dando un fuerte relincho, como respondi\u00e9ndome<\/em>. (p. 235)<\/p>\n\n\n\n<p>En otros lugares de las memorias de C\u00e1ceres hay espacio para las meditaciones y los grandes cuestionamientos respecto a la realidad nacional:<\/p>\n\n\n\n<p><em>Un pueblo que quiere vencer con el incompleto instrumento de guerra de un ej\u00e9rcito improvisado, a m\u00e1s del caudillo militar, requiere de una buena, activa y vigorosa direcci\u00f3n pol\u00edtica, un gobierno que, lleno de un apasionado amor a la patria, sepa entusiasmar a las masas por la causa y el ideal que persigue la guerra, ahogando sin consideraci\u00f3n alguna todo s\u00edntoma de debilidad. Pero tal gobierno no exist\u00eda y yo anhel\u00e1balo intensamente<\/em>. (p. 116)<\/p>\n\n\n\n<p>Las memorias, por lo menos en aquellos episodios donde el pa\u00eds se encontraba sumergido en la acracia, no &nbsp;parecen el lugar id\u00f3neo para reflexiones de este tipo; por el contrario, el p\u00e1rrafo anterior es una forma de anticipo de la guerra civil y el ingreso de C\u00e1ceres a la vida pol\u00edtica, lo cual acab\u00f3 por rebajar en algo su prestigio, bien ganado en el campo de batalla, al punto de que algunos llegaron a decir que su destino de h\u00e9roe estaba en las alturas de Huamachuco, junto a Leoncio Prado y otros tantos soldados an\u00f3nimos, donde debi\u00f3 haber perecido con gloria. C\u00e1ceres, sea como fuere y luego de haberse le\u00eddo \u00edntegramente sus memorias, recuerda a aquel Mois\u00e9s irremplazable de \u00c9xodo 17: 11-13, o al Cid, quien a\u00fan despu\u00e9s de haber fallecido continuaba cabalgando sobre su caballo Babieca, embalsamado y vestido con mallas y yelmo de acero reluciente, un s\u00edmbolo cuya sola presencia, cuya sola menci\u00f3n, bastaba para levantar el \u00e1nimo en sus mesnadas y asegurar la victoria sobre los infieles.<\/p>\n\n\n\n<p>La propia Antonia Moreno, en sus <em>Recuerdos<\/em>, no pierde ocasi\u00f3n de mencionar que los indios se hincaban ante el tayta y le hac\u00edan una y mil muestras de su estimaci\u00f3n, un besamanos, en ocasiones, indigno, rayano con el servilismo: se postraban de rodillas ante C\u00e1ceres, dice, \u201cigual que antes lo hac\u00edan en presencia del Inca\u201d. Ella misma llama \u201cC\u00e1ceres\u201d marcialmente a su marido, de la misma forma que Georgette Philippart, con aires de solemnidad, se dirig\u00eda al suyo como \u201cVallejo\u201d. Sus <em>Recuerdos<\/em> no hacen sino elevar a\u00fan m\u00e1s la efigie del mariscal; como he dicho antes, su testimonio me ha gustado, en verdad; he logrado hacerlo encajar en mis expectativas literarias. Cuando no est\u00e1 alabando a C\u00e1ceres, nos narra sus desventuras a la par de la soldadesca, los malabares que hace para mantener no solo unida a su familia, sino tambi\u00e9n con vida, siempre escapando del cautiverio que habr\u00eda significado caer en manos de los chilenos, a todas luces desventajoso para los prop\u00f3sitos del mariscal. Su narraci\u00f3n, a diferencia de la estrategia de C\u00e1ceres, prescinde de las anotaciones num\u00e9ricas y pormenorizadas que implican las jerarqu\u00edas dentro del ej\u00e9rcito, lo cual es natural, ya que no es su tema. Por el contrario, su fuerte es el detalle, en apariencia, insustancial, pero que revela sus indagaciones como madre, como regente del bienestar de las hijas de C\u00e1ceres:<\/p>\n\n\n\n<p><em>(\u2026) bajamos de los caballos y nos recostamos bajo los hermosos \u00e1rboles que nos daban sombra. All\u00ed descansamos dos horas. El suelo era duro, pero el sue\u00f1o nos rend\u00eda. A las seis de la madrugada, los pollos que por all\u00ed circulaban vinieron a despertarnos, picoteando el cabello de mis hijas<\/em>. (p. 33)<\/p>\n\n\n\n<div class=\"wp-block-image\"><figure class=\"aligncenter size-large is-resized\"><img loading=\"lazy\" src=\"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2021\/11\/Recuerdos-de-la-campan\u0303a-de-la-Bren\u0303a.jpeg\" alt=\"\" class=\"wp-image-528\" width=\"491\" height=\"655\" srcset=\"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2021\/11\/Recuerdos-de-la-campan\u0303a-de-la-Bren\u0303a.jpeg 375w, https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2021\/11\/Recuerdos-de-la-campan\u0303a-de-la-Bren\u0303a-225x300.jpeg 225w\" sizes=\"(max-width: 491px) 100vw, 491px\" \/><\/figure><\/div>\n\n\n\n<p>Este acercamiento bastante visual es moneda corriente tambi\u00e9n en las descripciones que hace de las personas que va conociendo en sus correr\u00edas, un rastro que delata sus inclinaciones est\u00e9ticas. En una parte tiende a mencionar el cabello rubio de sus hijas; luego, al describir a tal o cual persona, alaba el color de su piel, su porte gallardo, la apariencia de uno que le hace parecer ingl\u00e9s, el bigote casta\u00f1o de aquel, el aire aristocr\u00e1tico de estotro. Si esta no fuera la visi\u00f3n de una mujer del siglo diecinueve, posiblemente ser\u00eda algo escandaloso. Como dije antes, siempre deja en claro la posici\u00f3n de los indios, se compadece maternalmente de ellos, con una piedad que bien podr\u00eda ser admiraci\u00f3n ante lo ex\u00f3tico. Dice:<\/p>\n\n\n\n<p><em>Las indias ayacuchanas tienen la piel m\u00e1s clara que las de otros lugares de la sierra y son de mejor tipo<\/em>. (p. 18)<\/p>\n\n\n\n<p>Y m\u00e1s adelante:<\/p>\n\n\n\n<p><em>Las indias del Per\u00fa ten\u00edan culto por C\u00e1ceres (\u2026) Entre estas, hab\u00eda algunas muy inteligentes y listas; fing\u00edan no saber castellano, cuando iban a, campamento chileno, de manera que los enemigos no se cuidaban de ellas, y mientras les vend\u00edan fruta, escuchaban todo lo que aquellos dec\u00edan<\/em>. (pp. 35-36)<\/p>\n\n\n\n<p>Dice luego:<\/p>\n\n\n\n<p><em>El indio, a pesar de su incultura, se daba cuenta de que todos los sacrificios nuestros en la ruda campa\u00f1a de La Bre\u00f1a los sufr\u00edamos tambi\u00e9n por ellos, para libertarlos del yugo de los enemigos, quienes talaban sus sembr\u00edos, incendiaban sus tristes chozas, ultrajaban a sus mujeres, sembrando el dolor y la miseria<\/em>. (pp. 56-57)<\/p>\n\n\n\n<p>M\u00e1s all\u00e1 de estas estampas propias de la \u00e9poca (me quedo pensando en cu\u00e1nto alterar\u00edan la sensibilidad en nuestra cultura de la cancelaci\u00f3n), lo que sacamos en claro es que, al igual que su marido, Antonia Moreno siente tambi\u00e9n que el virus del patriotismo habita en ella y es superior a cualquier sacrificio, todo sea por un fin mayor, el de salvaguardar la patria y a las figuras que, entonces, representaban su redenci\u00f3n. As\u00ed, ni siquiera la vida de un ni\u00f1o inocente es motivo de mayor reflexi\u00f3n si es que \u00e9sta va a servir para que la resistencia ante el invasor llegue a buen puerto. Tras perder a su hijo reci\u00e9n nacido por las inclemencias de la campa\u00f1a (\u201cun hermoso ni\u00f1o, muerto casi al nacer, cuyo alumbramiento me hizo sufrir cruelmente\u201d), queda an\u00e9mica y bastante debilitada; en tales circunstancias, una mujer le ofrece a su hijo, tambi\u00e9n reci\u00e9n nacido, para que lacte de sus pechos, evit\u00e1ndose as\u00ed cualquier complicaci\u00f3n que podr\u00eda haber empeorado su situaci\u00f3n, a pesar de que el ni\u00f1o sufriera por esto o incluso acabara falleciendo: \u201cPrimero es la vida de la mama grande\u201d, responde la patriota, \u201caunque mi hijo se muera\u201d. Este culto patri\u00f3tico que, como he dicho antes, nos podr\u00eda parecer una suerte de salvajismo desfasado, es uno de los motivos que hacen conmovedoras estas evocaciones y le dan cierto aura de ficci\u00f3n saludable y lograda, como la gustosa sumisi\u00f3n de los esclavos negros en las novelas que retrataban el <em>Deep<\/em> <em>South<\/em> en el siglo diecinueve, precisamente. Este naturalismo de las emociones y los sacrificios va de la mano con una violencia que en las memorias de C\u00e1ceres es dejada de lado, quiz\u00e1 porque es su normalidad y no considera necesario nombrarla ni buscar significados en ella, de la misma forma que uno no consigna las veces que respira o que parpadea a lo largo del d\u00eda. La contraparte se encuentra en las p\u00e1ginas de su mujer, en esos momentos donde la violencia es presentada sin rebajar y es un acontecimiento que remece las entra\u00f1as:<\/p>\n\n\n\n<p><em>Como consecuencia del desborde chileno, la indiada estaba enfurecida. Relataban los incendios de sus pobres chozas, el robo de su ganado, el ultraje a sus mujeres as\u00ed como la feroz venganza ejercida por los indios, pues hab\u00edan decapitado a los chilenos muertos en batalla y ensartado las cabezas en sus rejones, coloc\u00e1ndolas a la entrada del pueblo, como escarmiento para todos los enemigos. (\u2026) y, despu\u00e9s de relatarme sus haza\u00f1as en represalia por los da\u00f1os sufridos, se empe\u00f1aban en mostrarme sus trofeos de guerra. Orgullosos y fieros, me dec\u00edan: \u201cVen, mamay, para que veas c\u00f3mo hemos castigado a los \u2018chalinos\u2019 que nos han asaltado; ven a ver sus cabezas en las picas. Las hemos puesto afuera del pueblo, para que todos sepan lo que haremos con los enemigos de nuestra tierra\u201d. Esta espantosa escena me horrorizaba y, habl\u00e1ndoles suavemente, les ped\u00ed que me excusaran de presenciar tal espect\u00e1culo, porque estaba muy enferma<\/em>. (p. 76)<\/p>\n\n\n\n<p>Estos <em>Recuerdos<\/em> le sirven a Antonia Moreno, asimismo, para saldar viejas deudas con aquellos que se negaron a poner el hombro durante su \u201ctriste vida de campa\u00f1a\u201d. Naturalmente, estos momentos son tambi\u00e9n de gran disfrute, pues se reconoce en ellos el genuino car\u00e1cter de la esposa de C\u00e1ceres, como cuando rememora la vez que, en su accidentado retorno a Lima, luego de haber sido despachada ella y sus hijas por su marido debido a la inminencia de la sangrienta cita de Huamachuco, se le niega el albergue en una hacienda, temiendo la due\u00f1a que los chilenos fueran a tomar represalias por haber socorrido a tan significativa mujer. No menos elocuente se muestra cuando le reclama a una tal Margarita Lozano el haber sido tan avara para ofrecerle una m\u00edsera \u201csopa de agua con pan remojado\u201d, algo que me record\u00f3 a cierta descripci\u00f3n que hace Quevedo en su <em>Busc\u00f3n<\/em> sobre un similar caldo de aguas (\u201ctan claro que en comer uno dellas peligrara Narciso m\u00e1s que en la fuente\u201d).<\/p>\n\n\n\n<p>Pero la relevancia de Antonia Moreno queda establecida en sus <em>Recuerdos<\/em> sobre todo por esa extra\u00f1a capacidad que tiene para salir bien librada de los m\u00e1s inminentes peligros. No es descubierta cuando viaja camuflada entre los bultos de una carreta, el caballo que monta es salvado de despe\u00f1arse cuando est\u00e1 a punto de perder el equilibrio, el fr\u00edo de la puna no la enferma, incluso se contagia de tifus y ella, aunque padece un verdadero infierno, consigue salvarse, a diferencia de mucha gente a su alrededor. Su fortaleza es milagrosa, por momentos uno no consigue explicarse c\u00f3mo esa mujer acostumbrada a una vida sosegada de la capital puede salvar todos los obst\u00e1culos para los cuales no estaba preparada; esta circunstancia, seg\u00fan veo, acerca su relato m\u00e1s a&nbsp; lo que podr\u00eda ser una versi\u00f3n novelada de su vida. Ella y el mariscal C\u00e1ceres, como los cl\u00e1sicos protagonistas, sobreviven contra todo pron\u00f3stico, si bien el azar muchas veces juega un papel importante.<\/p>\n\n\n\n<p>Hace poco un amigo me pregunt\u00f3 si se puede aprender historia leyendo <em>El pez en el agua<\/em>. Ensayo una respuesta sin ninguna pretensi\u00f3n de acertar. Si el objetivo es querer abordar la historia como una disciplina rigurosa, es obvio que unas memorias podr\u00edan estar a medio camino entre la invenci\u00f3n y la realidad de los hechos. Pero quien ve en la historia un dep\u00f3sito de acciones ejemplares o la construcci\u00f3n de temperamentos apreciables, de idiosincrasias reveladoras y que despiertan nuestro sentido cr\u00edtico, entonces bienvenidas sean las memorias, de la misma forma que leemos ahora a Herodoto o a Tuc\u00eddides sin importarnos la validez de los hechos consignados. De cualquier forma, el libro de C\u00e1ceres es un documento relevante que nos permite acercarnos m\u00e1s ese hombre casi m\u00edtico que, a diferencia de muchos de sus pares, tuvo la dicha (otros dir\u00edan la desgracia) de trasponer la barrera de su siglo y vivir para enterarse del destino del pa\u00eds que crey\u00f3 defender. Estoy de acuerdo en muchas cosas con \u00e9l. Por ejemplo, en culpar a Pi\u00e9rola de la carnicer\u00eda perpetrada en San Juan y Miraflores.<\/p>\n\n\n\n<p><strong><u>Datos de los libros rese\u00f1ados<\/u><\/strong><strong>:<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Andr\u00e9s Avelino C\u00e1ceres.<em> Memorias de la Guerra del 79<\/em>. Biblioteca Militar del Oficial N\u00ba40, Lima, 1976.<\/p>\n\n\n\n<p>Antonia Moreno de C\u00e1ceres. <em>Recuerdos de la Campa\u00f1a de la Bre\u00f1a<\/em>. Biblioteca Militar del Oficial N.41, Lima, 1976.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Las memorias Por Cristhian Brice\u00f1o Si un diario \u00edntimo puede leerse como un artefacto pretendida o convenientemente literario, no veo por qu\u00e9 con unas memorias de guerra no pueda hacerse otro tanto. 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