{"id":519,"date":"2021-11-18T06:12:33","date_gmt":"2021-11-18T06:12:33","guid":{"rendered":"https:\/\/elhablador.com\/blog\/?p=519"},"modified":"2021-12-03T09:36:35","modified_gmt":"2021-12-03T14:36:35","slug":"analisis-cuatro-libros-de-w-g-sebald","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/elhablador.com\/blog\/2021\/11\/18\/analisis-cuatro-libros-de-w-g-sebald\/","title":{"rendered":"An\u00e1lisis: cuatro libros de W. G. Sebald"},"content":{"rendered":"\n<p class=\"has-text-align-center has-large-font-size\"><strong>Variaciones Sebald<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-right\"><strong>Por Erick Abanto L\u00f3pez<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>En su vida, W. G. Sebald escribi\u00f3 cuatro libros de ficci\u00f3n y muchos relatos sueltos. En ninguno alcanz\u00f3 la m\u00fasica, pero en varios logr\u00f3 aproximarse a una nitidez singular. Sigui\u00f3, como la mayor\u00eda de escritores, la ruta cl\u00e1sica de pulir el estilo sobre la marcha, afin\u00e1ndolo un poco m\u00e1s en cada nueva publicaci\u00f3n, desbastando con los a\u00f1os la forma de la mole, extrayendo la melod\u00eda del ruido. Por eso el conjunto de sus ficciones bien puede verse como la imagen t\u00edpica de una evoluci\u00f3n: de lo rudimentario o ca\u00f3tico a lo exuberante, a la intensidad de lo profuso, y de ah\u00ed, finalmente, a la receta, al molde, al m\u00e9todo.<\/p>\n\n\n\n<div class=\"wp-block-image\"><figure class=\"aligncenter size-large is-resized\"><img loading=\"lazy\" src=\"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2021\/11\/w-g-sebald.jpg\" alt=\"\" class=\"wp-image-520\" width=\"591\" height=\"370\" srcset=\"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2021\/11\/w-g-sebald.jpg 1021w, https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2021\/11\/w-g-sebald-300x188.jpg 300w, https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2021\/11\/w-g-sebald-768x481.jpg 768w\" sizes=\"(max-width: 591px) 100vw, 591px\" \/><\/figure><\/div>\n\n\n\n<p>No obstante, de todas ellas, es el cuarteto conformado por <em>V\u00e9rtigo<\/em> (1990), <em>Los emigrados<\/em> (1992), <em>Los anillos de Saturno<\/em> (1995) y <em>Austerlitz<\/em> (2001) el que mejor perfila, en conjunto, no solo la progresiva composici\u00f3n de un estilo propio, sino tambi\u00e9n el recorrido gradual de una colonizaci\u00f3n extra\u00f1a, de otro orden, no del todo inasible y dif\u00edcil de abreviar.<\/p>\n\n\n\n<p><em>V\u00e9rtigo<\/em> (1990) abre la trocha y, como todo primer libro, en el tr\u00e1nsito acaba magullado y deforme, disparando su \u00edmpetu en toda direcci\u00f3n. Es de esos libros que solo adquieren sentido pleno al cotejarlos en retrospectiva, y m\u00e1s a\u00fan si se lo hace desde un inter\u00e9s acad\u00e9mico o especializado.<\/p>\n\n\n\n<div class=\"wp-block-image\"><figure class=\"aligncenter size-large is-resized\"><img loading=\"lazy\" src=\"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2021\/11\/vertigo.jpg\" alt=\"\" class=\"wp-image-521\" width=\"478\" height=\"703\" srcset=\"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2021\/11\/vertigo.jpg 340w, https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2021\/11\/vertigo-204x300.jpg 204w\" sizes=\"(max-width: 478px) 100vw, 478px\" \/><\/figure><\/div>\n\n\n\n<p><em>Los emigrados<\/em> (1992) es el trote brioso, el destajo, la primera construcci\u00f3n. Desma\u00f1ado y disparejo, va y viene de un ritmo a otro. Atina y desatina a la par. Nunca especifica sus intenciones, de qu\u00e9 sirve todo lo que cuenta, para qu\u00e9 lo intenta, qu\u00e9 est\u00e1 buscando, qu\u00e9 quiere comunicar. Sabe esconder el meollo, acicatea con sutileza la estrategia de la relectura. Pero en la escena y en los di\u00e1logos, en la acci\u00f3n y en los detalles, en los colores de las cosas, en los sonidos, en los recuerdos, en los gui\u00f1os, incurre en la obsesi\u00f3n de contarlo todo a la vez y en un solo rato, sin dosificar ni contenerse, alargando desproporcionadamente cualquier escena y olvidando que, desde el inicio, su historia tiene la clara marca, onanista y nost\u00e1lgica, de no importarle a nadie salvo a \u00e9l. La t\u00e9cnica compensa, pues su destreza para conjugar en el mismo p\u00e1rrafo las voces de sus personajes sin emplear ning\u00fan artificio enrevesado que no sea el breve y simple guion largo (y a veces s\u00f3lo un par de signos de puntuaci\u00f3n) denota que est\u00e1 despierto, consciente de lo que est\u00e1 narrando, atento a la orientaci\u00f3n que sigue su trama.<\/p>\n\n\n\n<p>En sus cuatro cap\u00edtulos \u2013cada uno dedicado a una persona que el narrador conoci\u00f3 en alg\u00fan momento de su vida\u2013, el recuerdo de Alemania y el horror de los campos de concentraci\u00f3n es apenas un dato period\u00edstico, un vago recuerdo ajeno o una carta a\u00f1eja, un suceso que nadie ha vivido ni recrea, ni siquiera el narrador, pero de una intensidad tal que socava la confianza \u00edntima de los personajes, las ruinas de su inocencia, hasta quebrar su ilusi\u00f3n, amargar su existencia y agriarlos en un tenue y mudo desconsuelo, taciturno, confuso, imposible de verbalizar.<\/p>\n\n\n\n<p>Desde luego, es un desconsuelo impl\u00edcito, que no est\u00e1 narrado. Sebald solo nos muestra a su narrador y, a trav\u00e9s de \u00e9l, a los diarios, testimonios, anotaciones, sonido, fragmentos y fotos a los que accede. En ning\u00fan momento, el lector ingresa a los otros, a los emigrados, a sus sentimientos, a sus anhelos o secretos personales. Solo conocemos, como lectores, la intimidad redundante y autorreferencial del narrador, su pasi\u00f3n evocadora, y su empedernida vocaci\u00f3n por contar lo que recuerda y lo que antes recordaba. De los otros, de los cuatro emigrados alemanes, solo leemos lo que est\u00e1 registrado, lo que se puede ver, o\u00edr: lo material, lo averiguable, el dato inm\u00f3vil.<\/p>\n\n\n\n<p>En una extrapolaci\u00f3n imprevista, dir\u00edase que Sebald grafica dos elementos importantes de la experiencia: el testimonio, personal y siempre exclusivo (y hasta cierto punto narcisista), y las huellas vitales que vamos dejando, los objetos, las graf\u00edas, los materiales, registrables y\/o transferibles.<\/p>\n\n\n\n<div class=\"wp-block-image\"><figure class=\"aligncenter size-large is-resized\"><img loading=\"lazy\" src=\"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2021\/11\/los-emigrados.jpg\" alt=\"\" class=\"wp-image-522\" width=\"473\" height=\"707\" srcset=\"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2021\/11\/los-emigrados.jpg 241w, https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2021\/11\/los-emigrados-201x300.jpg 201w\" sizes=\"(max-width: 473px) 100vw, 473px\" \/><\/figure><\/div>\n\n\n\n<p><em>Los anillos de Saturno<\/em> (1995) es el descubrimiento del paisaje, la traducci\u00f3n del entorno, el encaje pol\u00edcromo de lo natural y lo inventado, la ansiedad y el destello, el \u00e9xtasis de la forma, la disecci\u00f3n de los propios l\u00edmites como escritor y como ser humano, el martilleo doloroso de la prosa, la ambici\u00f3n y el colapso, el amaestramiento de las herramientas narrativas disponibles, el arrebato de fagocitar cualquier registro y cualquier palabra, cualquier tradici\u00f3n y conocimiento en una sola escritura que permita vencer, aunque sea por un instante, la imposibilidad de narrar lo que se ve o lo que se oye, de transformar en texto lo visual y sonoro, y enseguida el desastre, el fracaso de la \u00e9pica, la derrota absoluta, el fuego y la quemadura, el dolor, la angustia abierta, el desgarro, la contaminaci\u00f3n, el desborde, el desasosiego ubicuo y fatal, ya interminable, de quien escribe el libro, y de quien lo est\u00e1 leyendo. Es el viaje apasionado, geogr\u00e1fico y est\u00e9tico, por pueblitos y paisajes in\u00e9ditos a la vista \u2013recorridos en el pasado por poetas, pol\u00edticos o fil\u00f3sofos\u2013 y por las digresiones que cada detalle suyo reverbera, y es el regreso, la media vuelta, el retorno atribulado, ag\u00f3nico, p\u00e1lido, casi al borde del desmayo, la huida desfallecida, el desamparo, el s\u00edncope recurrente, el temblor. Es la contemplaci\u00f3n del silencio que recubre el paisaje y la irreversible erosi\u00f3n que ello nos deja. Es el peligro literario de insistir demasiado en los nudos que funden las ruinas de la naturaleza y de la cultura, de escarbar en exceso en las costuras del abismo. El peligro de la luz. De llevar demasiado al l\u00edmite la prosa, de avasallarla tanto en la b\u00fasqueda de un conocimiento genuino, m\u00e1s all\u00e1 de toda frontera sensorial y est\u00e9tica, que dinamite cualquier resistencia, y termine hundiendo a quien escribe y destruyendo a quien le lee, empuj\u00e1ndolo directamente hacia la mism\u00edsima inacci\u00f3n, hacia la par\u00e1lisis del cuerpo. Hacia el p\u00e1nico. Es el peligro de limpiar demasiado el monte, de vaciar su selva hasta llenarlo de restos y oscuridad. Es la sensaci\u00f3n de ir ensombreci\u00e9ndose poco a poco conforme la prosa avanza anudando \u2013cada vez mejor\u2013 cita y paisaje, lugar y libro, residuos f\u00edsicos y fragmentos escritos. \u00a0\u00a0<\/p>\n\n\n\n<p>Al igual que Eneas cuando pasa por la zona de las sirenas varios siglos despu\u00e9s que Ulises y no encuentra m\u00e1s que rocas y restos, lament\u00e1ndose as\u00ed de ya no poder verlas, Sebald lleva a su protagonista a recorrer todo el condado de Suffolk (al este de Inglaterra) en un viaje a la vez intelectual, geogr\u00e1fico y espiritual, urdido en un estilo de prosa que contemporiza e imbrica descripci\u00f3n, reflexi\u00f3n, cita bibliogr\u00e1fica, recuerdo erudito, informaci\u00f3n enciclop\u00e9dica (bot\u00e1nica, zool\u00f3gica, geogr\u00e1fica, b\u00e9lica, hist\u00f3rica) y disquisiciones puramente literarias \u2013guiadas, principalmente, por la estela de Browne (ciencia y m\u00edstica), de Borges (dato y metaf\u00edsica) y de Chautebriand (diario personal y reflexi\u00f3n espiritual)\u2013, y que, como el canto de las sirenas de Ulises o el ritmo del flautista de Hamel\u00edn, hipnotiza y encandila conforme nos acerca al fuego. La diferencia, por supuesto, es que aqu\u00ed no hay un punto definido donde est\u00e9 el fuego. No hay un final tr\u00e1gico predeterminado. Sebald no quiere devorarnos como las sirenas, ni ahogarnos como el flautista. Quiere mostrarnos <em>aquello<\/em> que ha descubierto, darnos su compa\u00f1\u00eda, convencernos de escucharle, de prestarle atenci\u00f3n, de acompa\u00f1arle, aunque sea un rato.<\/p>\n\n\n\n<p>Solo tras ese primer momento de hipnosis, que tarde o temprano ocurre, y una vez terminado el libro habremos descubierto, quiz\u00e1 contritos, el estrago, la niebla sofocante que disemina su prosa, la gigantesca mancha oscura que va derramando en la psique del lector, contamin\u00e1ndola, ajando en ella toda esperanza, toda voluntad, toda energ\u00eda, pudriendo, como un par\u00e1sito incurable, su vitalidad desde dentro, su interioridad, intoxic\u00e1ndola de paranoia y fragilidad con un veneno que nunca sabemos muy bien en qu\u00e9 consiste, d\u00f3nde est\u00e1 o qu\u00e9 realmente es. Un veneno del lenguaje, un espejismo malsano de la lengua, una emanaci\u00f3n t\u00f3xica que apenas intuimos que est\u00e1 ah\u00ed, en su trama, en sus hojas, en su escritura, en sus entrel\u00edneas y en lo t\u00e1cito, en lo que nunca nombra o en lo que Sebald, tal vez espantado, calla o evita decir.<\/p>\n\n\n\n<div class=\"wp-block-image\"><figure class=\"aligncenter size-large is-resized\"><img loading=\"lazy\" src=\"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2021\/11\/los-anillos-de-saturno.jpg\" alt=\"\" class=\"wp-image-523\" width=\"520\" height=\"784\" srcset=\"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2021\/11\/los-anillos-de-saturno.jpg 464w, https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2021\/11\/los-anillos-de-saturno-199x300.jpg 199w\" sizes=\"(max-width: 520px) 100vw, 520px\" \/><\/figure><\/div>\n\n\n\n<p><em>Austerlitz<\/em> (2001), por \u00faltimo, es la conquista y el establecimiento, el crecimiento urbano, administrado, el plan. Aqu\u00ed, finalmente, Sebald nos ofrece su prosa m\u00e1s acabada y homog\u00e9nea, la m\u00e1s limpia y compacta, la m\u00e1s arm\u00f3nica, cuidadosa en el ritmo y en los detalles, virtuoso ya en el arte de qu\u00e9 develar, de cu\u00e1ndo y por qu\u00e9 hacerlo. La destreza aprendida en la escritura de <em>Los anillos de Saturno<\/em> (1995), que le permiti\u00f3 aunar y modelar la tentaci\u00f3n nost\u00e1lgica, el impulso enciclop\u00e9dico y el sosiego flem\u00e1tico en una prosa macerada en melancol\u00eda y angustia, se deja ver aqu\u00ed completamente remasterizada y orientada, en todo momento, a los fines de la historia que pretende contar.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed, la exploraci\u00f3n desmesurada de <em>Los anillos de Saturno<\/em> \u2013impulsiva, apasionada y guiada \u00fanicamente por la t\u00e9cnica de ensayo y error\u2013 aparece en <em>Austerlitz<\/em> ya convertida en un m\u00e9todo de escritura eficaz y, hasta cierto punto, predecible. Aqu\u00ed Sebald ya sabe escribir en<em> sebaldiano, <\/em>por decirlo de alg\u00fan modo. Sabe c\u00f3mo interpolar y engarzar los relatos y los objetos, c\u00f3mo entretejer las historias que se recuerdan, las que se oyen o se cuentan, con los elementos f\u00edsicos, vivos e inertes, que las atestiguan.<\/p>\n\n\n\n<p>Jacques Austerlitz es un sujeto cualquiera, completamente an\u00f3nimo, a quien un d\u00eda el narrador, en una estaci\u00f3n de tren y por pura curiosidad, sin plan alguno ni inter\u00e9s particular, se le acerca y le hace la conversa. Austerlitz aprovecha el inter\u00e9s genuino y espont\u00e1neo de su interlocutor y le cuenta lo que sabe \u2013y lo que recuerda\u2013 de la arquitectura de la estaci\u00f3n, de su gente y del paso del tiempo. Un tema lleva a otro, la tarde pasa, y as\u00ed, sin m\u00e1s, empieza una relaci\u00f3n interpersonal entre dos hombres desconocidos, centrada \u00fanicamente en la l\u00f3gica de la conversaci\u00f3n y que, por azar o por urgencia, se prolonga en varios encuentros a lo largo de m\u00e1s de dos d\u00e9cadas.<\/p>\n\n\n\n<p>Tal como en la primera vez, en cada encuentro, Austerlitz satisface el inter\u00e9s de su interlocutor \u2013el narrador de la historia\u2013, cont\u00e1ndole su vida y sus ideas. El interlocutor oye atento. A veces repregunta, pero pr\u00e1cticamente lo deja hablar. La figura, entonces, queda delineada. Uno habla y cuenta; el otro, calla. Uno se drena, el otro absorbe. Uno comparte su interior, y as\u00ed aligera su angustia; el otro, fascinado, oye con calma, embelesado, sin notar que podr\u00eda estar intoxic\u00e1ndose. Uno se abre y muestra su abismo, el otro lo ve.<\/p>\n\n\n\n<p>Austerlitz libera en cada encuentro una capa m\u00e1s de su desgarro interior, mientras su interlocutor, el que nos cuenta la historia, oye entusiasmado y lo deja seguir. Austerlitz convierte su trauma en relato oral, y as\u00ed suelta la carga y despercude su ensimismamiento. Su interlocutor, lo vemos, reelabora el relato o\u00eddo y lo plaga de fetiches y tab\u00faes que nunca llegamos a conocer, pues Sebald ni los nombra ni los describe (aunque sabemos que est\u00e1n ah\u00ed, gravitando en cada historia que Austerlitz cuenta, creciendo en la profundidad del texto, invisibles siempre, pero sugeridos por atajos, rodeos, elipsis). Austerlitz, al hablar, transforma su dolor en an\u00e9cdota y b\u00fasqueda. Su interlocutor, al o\u00edrle, otea la dimensi\u00f3n de ese dolor y teme experimentarlo.<\/p>\n\n\n\n<p>De esta manera, al igual que los c\u00e9lebres personajes de Cervantes, que de tanto andar juntos se contagiaron hasta los pareceres, con el tiempo las conversaciones entre Austerlitz y su interlocutor van trastoc\u00e1ndolos irreparablemente, hasta permear e invertir sus perspectivas. En las \u00faltimas p\u00e1ginas, Austerlitz act\u00faa, viaja, investiga, se mueve; su interlocutor, por su parte, busca sin \u00e9xito reestablecer su vieja confianza, volver a contemplar sin sospechar, olvidarse de lo que ha o\u00eddo, huir de eso.<\/p>\n\n\n\n<p><em>Austerlitz<\/em>, como tantos otros libros, nos recuerda los peligros de la fascinaci\u00f3n y los inevitables e irreversibles cambios que una conversaci\u00f3n basada en el testimonio y en la curiosidad pueden llegar a producirnos.<\/p>\n\n\n\n<p>Y si bien es una prosa uniforme y prolija, salpicada por un sinf\u00edn de p\u00e1rrafos aburridos e irrelevantes, la estrategia de aunar recuerdo y contemplaci\u00f3n, ya esbozada en<em> Los anillos de Saturno<\/em>, logra desarrollarse en <em>Austerlitz<\/em> a plenitud y con armon\u00eda. Es aqu\u00ed donde por fin Sebald encuentra el ritmo y el tono propicio para incorporar la presencia muda de los objetos \u2013vivos e inertes\u2013 en la interacci\u00f3n de dos hombres, con lo que brinda una panor\u00e1mica meticulosa de las condiciones externas que abrigan el cambio interior. Los elementos f\u00edsicos (insectos, cosas, paisajes, etc.) aparecen como testigos silentes de las palabras y los sonidos que ambos hombres comparten durante horas, pero tambi\u00e9n como elementos cargados de significado y de impresiones, rebalsados de matices que solo la descripci\u00f3n taxon\u00f3mica logra extraer. Esa doble cualidad del entorno \u2013testigo del devenir y a la vez secreto inexpugnable\u2013, equilibra la omnipresencia de la voz humana, la de Austerlitz y la de su interlocutor, y ecualiza nuestro verdadero lugar en el mundo.<\/p>\n\n\n\n<div class=\"wp-block-image\"><figure class=\"aligncenter size-large is-resized\"><img loading=\"lazy\" src=\"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2021\/11\/austerlitz-670x1024.jpg\" alt=\"\" class=\"wp-image-524\" width=\"531\" height=\"811\" srcset=\"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2021\/11\/austerlitz-670x1024.jpg 670w, https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2021\/11\/austerlitz-196x300.jpg 196w, https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2021\/11\/austerlitz-768x1174.jpg 768w, https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2021\/11\/austerlitz-1005x1536.jpg 1005w, https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2021\/11\/austerlitz-1340x2048.jpg 1340w, https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2021\/11\/austerlitz-1200x1834.jpg 1200w, https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2021\/11\/austerlitz.jpg 1584w\" sizes=\"(max-width: 531px) 100vw, 531px\" \/><\/figure><\/div>\n\n\n\n<p>As\u00ed, Sebald compone en <em>Austerlitz<\/em> una prosa que por momentos logra revelarnos, a contraluz del paisaje que nos rodea, la absoluta fugacidad de nuestra existencia y, al mismo tiempo, la irrepetible intensidad con que el lenguaje colma a ese momento fugaz.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\"><strong>*****<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Lenguaje, paisaje, ruina. O siendo abstractos: intercambio, naturaleza, cultura. Quiz\u00e1 por ah\u00ed discurra el arpegio m\u00e1s visible del cuarteto de Sebald, su peculiar t\u00e1ctica para inscribir su obra en esa vieja pugna entre el registro y el tiempo.\u00a0<\/p>\n\n\n\n<p>O como Sebald dijera alguna vez de Nabokov: \u00absab\u00eda, mejor que la mayor\u00eda de sus colegas escritores, que el deseo de suspender el tiempo s\u00f3lo puede probar su eficacia con la m\u00e1s exacta evocaci\u00f3n de las cosas, hace mucho ca\u00eddas en el olvido\u00bb.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Variaciones Sebald Por Erick Abanto L\u00f3pez En su vida, W. G. Sebald escribi\u00f3 cuatro libros de ficci\u00f3n y muchos relatos sueltos. En ninguno alcanz\u00f3 la m\u00fasica, pero en varios logr\u00f3 aproximarse a una nitidez singular. Sigui\u00f3, como la mayor\u00eda de escritores, la ruta cl\u00e1sica de pulir el estilo sobre la marcha, afin\u00e1ndolo un poco m\u00e1s [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":[],"categories":[194,1,9],"tags":[241,236,240,239,238,237],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/519"}],"collection":[{"href":"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=519"}],"version-history":[{"count":3,"href":"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/519\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":582,"href":"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/519\/revisions\/582"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=519"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=519"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=519"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}