{"id":2097,"date":"2026-07-21T09:14:08","date_gmt":"2026-07-21T14:14:08","guid":{"rendered":"https:\/\/elhablador.com\/blog\/?p=2097"},"modified":"2026-07-21T09:14:08","modified_gmt":"2026-07-21T14:14:08","slug":"regalon-2026-de-cristian-hualacan","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/elhablador.com\/blog\/2026\/07\/21\/regalon-2026-de-cristian-hualacan\/","title":{"rendered":"Regal\u00f3n (2026) de Cristian Hualacan"},"content":{"rendered":"\n<p class=\"has-text-align-center has-large-font-size\"><strong><u>La secreta y arbitraria elecci\u00f3n de la palabra<\/u><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-right has-large-font-size\"><strong>Por Luis L\u00f3pez-Aliaga<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\"><strong>1.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Quiz\u00e1s basta una palabra, una sola, para sopesar, describir y celebrar una novela. Una palabra que, en su fuerza evocativa, su polisemia y musicalidad, construye y reconstruye un mundo, define una modulaci\u00f3n y expone las bases del conflicto. &nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Autores, editores, acad\u00e9micos, libreros, vivimos de la palabra y, sin embargo, a veces parece que ah\u00ed, precisamente, se incuba un desprecio creciente por la palabra. Porque no hay mayor agravio que relegarla a su mero sentido utilitario.<\/p>\n\n\n\n<p>Tambi\u00e9n est\u00e1 el problema de la acumulaci\u00f3n. Acumulaci\u00f3n de palabras, sobreabundancia. Chacreo. Se puede establecer un correlato entre la geopol\u00edtica y el bombardeo de palabras que caen desde los distintos medios, digitales, sobre todo. Un plan de aniquilaci\u00f3n perfecto, porque por un lado se pone en marcha el genocidio y, por otro, se marea, se confunde y se anestesia con palabras. Muchas palabras, lanzadas al mismo tiempo y en todas las direcciones y sentidos.<\/p>\n\n\n\n<p>Es entonces cuando uno recuerda que, al menos en el terreno afectivo, una palabra basta. As\u00ed en el amor, el amor y su trasfondo sagrado, b\u00edblico:<\/p>\n\n\n\n<p>\u201cUna palabra tuya bastar\u00e1 para sanarme\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>Esa es la gracia. La gracia divina. La gracia de la literatura.<\/p>\n\n\n\n<div class=\"wp-block-image\"><figure class=\"aligncenter size-large\"><img loading=\"lazy\" width=\"487\" height=\"711\" src=\"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/Portada-Regalon.png\" alt=\"\" class=\"wp-image-2098\" srcset=\"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/Portada-Regalon.png 487w, https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/Portada-Regalon-205x300.png 205w\" sizes=\"(max-width: 487px) 100vw, 487px\" \/><\/figure><\/div>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\"><strong>2.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Una sola palabra. Por ejemplo, la palabra \u201cyaya\u201d. Yaya es la abuela del narrador, el nene, el nieto del pibe, \u201cla se\u00f1ora que falleci\u00f3\u201d, alma y detonante de <em>Regal\u00f3n<\/em>, la primera novela de Cristian Hualacan (Santiago,1995).<\/p>\n\n\n\n<p>En esa palabra palpita ya el conflicto central, el conflicto del origen y la herencia, el conflicto de la identidad. Expresi\u00f3n de origen europeo que, como muchas cosas en Chile, asimil\u00f3 inicialmente la clase alta para llamar de manera cercana y coloquial a la abuela, \u201cyaya\u201d es tambi\u00e9n una herida en el lenguaje popular chileno (aunque tambi\u00e9n se utiliza de la misma manera en el Per\u00fa y en Colombia), la versi\u00f3n amorosa de un rasp\u00f3n, un corte o un ara\u00f1azo de la infancia. Agua oxigenada, povidona yodada, metap\u00edo, parche curita y la cuota necesaria de mimos y cari\u00f1os, son los componentes b\u00e1sicos de una yaya.<\/p>\n\n\n\n<p>La genealog\u00eda de las palabras que define tambi\u00e9n la nuestra. Estas dos acepciones son el entramado mestizo sobre el cual se sostiene la novela. Lo consigna el narrador muy al principio, cuando da cuenta de la muerte de la yaya, aquella mujer que lo cuid\u00f3 con rigor desde ni\u00f1o, y que se nombra con la misma palabra que \u201cus\u00e1bamos para decir herida cuando chicos\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>Yaya es la rasmilladura en las rodillas que luego se vuelve costra. Pero yaya es tambi\u00e9n la herida de la orfandad, la herida del silencio, de la incomunicaci\u00f3n, de la soledad. La herida de la leche en polvo del consultorio, de las agujas de la quimio.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya-ya como reiteraci\u00f3n del adverbio de tiempo que impone la urgencia de un pasado que vuelve a ocurrir en la novela.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\"><strong>3.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Yaya es, entonces, una de esas palabras que bastar\u00edan para sopesar, describir y celebrar esta novela.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero no es la \u00fanica, hay otras.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8212;&#8211;<\/p>\n\n\n\n<p>La palabra once,<\/p>\n\n\n\n<p>la palabra tetera,<\/p>\n\n\n\n<p>guata<\/p>\n\n\n\n<p>poto<\/p>\n\n\n\n<p>pich\u00ed<\/p>\n\n\n\n<p>pichula<\/p>\n\n\n\n<p>dicharachera.<\/p>\n\n\n\n<p>trarilonco<\/p>\n\n\n\n<p>chinch\u00edn.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8212;&#8211;<\/p>\n\n\n\n<p>Tambi\u00e9n nombres de \u00e1rboles y hierbas: boldo, ruda, melisa, poleo, eucalipto.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Y la palabra \u201cregal\u00f3n\u201d, por supuesto. El t\u00edtulo como un sagrario, la palabra al centro de todo, enaltecida y custodiada por los \u00e1ngeles de la memoria, una sola palabra instalada sobre el nombre del autor.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>El regal\u00f3n es un regalo que alguien recibe, cuida y mima, aunque desde fuera el gesto amoroso es recriminado; se sospecha del regal\u00f3n, se le cuestiona por su privilegio, por ser un consentido. Es raro, es delicado, le regalan los goles al regal\u00f3n, dicen en el campeonato que se juega en Puerto Saavedra.<\/p>\n\n\n\n<p>\u201cCachureos\u201d es otra de esas palabras. Esa selecci\u00f3n arbitraria de objetos que sentimos que alguna vez volver\u00e1n a servirnos, que tienen un sentido, pero un sentido intrincado, un sentido que se nos escapa. Es lo que hizo la Yaya, conservar cachureos: la m\u00e1quina de coser descompuesta, el sill\u00f3n descuerado donde dorm\u00edan los gatos, maceteros vac\u00edos, televisores, muchos papeles y documentos. Cosas que \u2014nunca lo supo\u2014, servir\u00edan para que su nieto regal\u00f3n las acomodara en la novela.<\/p>\n\n\n\n<p>Es parte del procedimiento narrativo de <em>Regal\u00f3n<\/em>, la paciencia, la atenci\u00f3n plena y el pulso firme de la decantaci\u00f3n: no es que se parta desde ah\u00ed, desde la palabra, ah\u00ed se llega, ah\u00ed se encuentra su esencia m\u00e1s depurada.<\/p>\n\n\n\n<p>Se busca, se elige, se selecciona. Lo declara el narrador como una suerte de po\u00e9tica desde las primeras l\u00edneas: \u201cTrato de diferenciar lo que tiene importancia emocional de lo que hay que olvidar\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>Como en el poema de Watanabe, su ojo tiene un arbitrario criterio de selecci\u00f3n. Es un ojo emocional, caprichoso, que, sin embargo, siempre encuentra la imagen y la palabra para llegar al lector. Ocurre al modo de un implante: el narrador introduce con precisi\u00f3n quir\u00fargica, en la memoria del lector, pedazos de su propia memoria. Una memoria activa, que est\u00e1 ocurriendo en el presente de la novela, en un Santiago agobiante, pesado, que hunde al regal\u00f3n en el recuerdo.<\/p>\n\n\n\n<p>Porque el recuerdo es a veces como el cuero, ese monstruo acu\u00e1tico con la forma de una piel de vaca que flota bajo la superficie del agua, y que cobra vida para atrapar a las personas que se acercan a la orilla \u2014a la orilla del lago Budi, por ejemplo\u2014, para llevarlas al fondo, ah\u00ed donde la memoria bulle como un magma sin forma que salpica para todos lados y quema. Es un poco lo que le ocurre al narrador, a 33 grados a la sombra, solo, atrapado por el recuerdo vivo de la Yaya muerta.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\"><strong>4.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Al final, lo \u00fanico que quiero decir es que no es el tema el eje de esta novela, ni el argumento, ni la trama, ni el g\u00e9nero. Es la palabra. La secreta y arbitraria elecci\u00f3n de la palabra.<\/p>\n\n\n\n<p>Aunque el tema est\u00e1 siempre, por supuesto, y el narrador lo resume de manera incidental cuando se refiere a sus t\u00edas: \u201cEntend\u00edan que todo tema finaliza con la plata\u201d. Porque el mundo de estos personajes se despliega en esa franja hostil donde d\u00eda a d\u00eda hay que \u201cganarse la vida\u201d, ah\u00ed donde la precariedad hace que el amor (o la ternura) \u2014m\u00e1s que un ensayo que activa nuestra propia complacencia y nos tranquiliza\u2014, sea el combustible real para la sobrevivencia. En <em>Regal\u00f3n<\/em> la plata importa y la gente trabaja. &nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>La Yaya, sin ir m\u00e1s lejos, trabaj\u00f3 como vendedora de Avon, vendiendo los productos entre sus vecinas, y \u201ctrabaj\u00f3 vendiendo ensaladas, cuidando ni\u00f1os, recib\u00eda una peque\u00f1a pensi\u00f3n mientras hac\u00eda empanadas y las dejaba junto a las ensaladas en la feria\u201d. Por eso, explica el narrador, \u201cla asistente social me dijo que ella era una emprendedora\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\"><strong>5.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>A prop\u00f3sito. Sabemos que hoy el campo literario est\u00e1 lleno de peque\u00f1os emprendedores del YO que se exaltan a s\u00ed mismos y enfatizan sin pudor su condici\u00f3n o identidad como parte del CV o del perfil autoral que empuja y proyecta la \u201ccarrera literaria\u201d. &nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>La marginalidad o la pobreza cooptada as\u00ed a bajo precio econ\u00f3mico, institucional y simb\u00f3lico, para despojarla del conflicto de base y de su potencial de incendio, gracias al colaboracionismo oportunista del yo que manipula y chantajea emocionalmente al lector desde la insistencia majadera, la literalidad y el victimismo disfrazado de orgullo y autoestima.&nbsp;&nbsp;&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Llam\u00e9moslo, para que nos entendernos, acumulaci\u00f3n originaria de la palabra. Saqueo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\"><strong>6.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><em>Regal\u00f3n<\/em>, en cambio, es una novela contenida, de pocas palabras, una novela de silencios y sobre el silencio, y es justo eso, la falta de \u00e9nfasis, el cortafuego pol\u00edtico que evita la impostura y el autobombo.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando el regal\u00f3n postula a una beca para la escuela en la que ped\u00edan como requisito dos cosas: un m\u00ednimo de notas y ser parte de los quintiles m\u00e1s pobres, el narrador registra con concisi\u00f3n o recato: \u201cMi problema eran las notas\u201d. Nada m\u00e1s. El resto, como se sabe, es literatura. &nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Si todo buen relato exuda una verdad que reh\u00faye a los procedimientos cr\u00edticos y, entre otras cosas, vuelve trivial la separaci\u00f3n entre forma y fondo, <em>Regal\u00f3n <\/em>se sit\u00faa en este espacio siempre propicio a los malos entendidos. La forma seca y a veces \u00e1spera de su prosa se asimila al fondo \u00e9tico de sus personajes, cierto rigor p\u00e9treo, de campo, de acantilado, donde priman los gestos, las muecas, marcas de una imposibilidad lejana, ancestral.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p><em>Tacere e la nostra virt\u00fa,<\/em> dice el poema de Pavese. El poeta de la Langhe, en el Piamonte italiano, tambi\u00e9n cant\u00f3 al campo y la familia, y supo de ese silencio que impone el paisaje y la lucha por la supervivencia. Lo describe as\u00ed en \u201cLos mares del sur\u201d:<\/p>\n\n\n\n<p>&#8212;&#8211;<\/p>\n\n\n\n<p>\u201cAlguno de nuestros antepasados debi\u00f3 sentirse muy solo<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014un gran hombre entre idiotas o un pobre loco\u2014<\/p>\n\n\n\n<p>para ense\u00f1ar a los suyos tanto silencio\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8212;&#8211;<\/p>\n\n\n\n<p>Ah\u00ed, en la tierra de los antepasados, toman forma los mitos personales del arraigo y el desarraigo, y se ensaya la fascinaci\u00f3n y el desencanto que nos acompa\u00f1ar\u00e1n para el resto de la vida. Es algo que se transmite de generaci\u00f3n en generaci\u00f3n, que se ense\u00f1a con rigor y m\u00e9todo. La Yaya \u2014que al final ya no quer\u00eda ni hablar\u2014, ten\u00eda el suyo: \u201cpoco me ense\u00f1\u00f3 con palabras\u201d, reconoce el narrador, \u201csu m\u00e9todo era hacer y tenerme al lado mirando\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>Los veranos en Carahue, entre la lluvia y la siembra de papa, son el escenario de la educaci\u00f3n sentimental de nuestro regal\u00f3n; los ciclos sagrados e inmutables de la vida que fraguan desde lo mapuche una identidad que la ciudad es incapaz de modificar.<\/p>\n\n\n\n<p>En <em>Regal\u00f3n<\/em> todo lo importante se dice entre l\u00edneas, la parquedad es una est\u00e9tica y una \u00e9tica que nos lleva a intuir que lo bueno y lo bello est\u00e1, precisamente, en lo que no se dice. &nbsp;De paso estoy cuestionando cierta lectura predecible de la novela, asociada equ\u00edvocamente a la transparencia, a una literalidad obvia y complaciente.<\/p>\n\n\n\n<p><em>Tacere e la nostra virt\u00fa<\/em>, pero tambi\u00e9n nuestra condena. Expertos en hacernos los locos, en mirar para otro lado, en murmurar y en hablar entre dientes, el silencio tambi\u00e9n va dejando huella por dentro.<\/p>\n\n\n\n<p>En el presente, el narrador se encuentra con Javiera y, en ese momento, la herida basal, la yaya de origen, se vuelve una r\u00e9mora dolorosa. \u201cYo soy incapaz de pronunciar una palabra\u201d, dice, ante esa pulsi\u00f3n que lo empuja a dejar la casa familiar. Javiera, por su parte, sabe de piedras, sabe que esconden a\u00f1os, movimientos, roturas, para llegar a ser lo que son, y le fascinan, adem\u00e1s, las piedras rotas. El quiebre de la relaci\u00f3n se expresa como paradoja en una despedida que, por lo dem\u00e1s, es muy com\u00fan en Chile: \u201cHablamos\u201d, se dicen Javiera y el narrador en la puerta del metro, y cualquier lector atento sabe, sobre todo si es chileno, lo que est\u00e1 decretando esa palabra.<\/p>\n\n\n\n<p>El regal\u00f3n arribar\u00e1 as\u00ed a la adultez con la sabidur\u00eda de un aprendizaje agrio y tambi\u00e9n agrario: \u201cprimero hay que endurecer la tierra\u201d.<\/p>\n\n\n\n<div class=\"wp-block-image\"><figure class=\"aligncenter size-large\"><img loading=\"lazy\" width=\"492\" height=\"747\" src=\"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/Nico-Montenegro.png\" alt=\"\" class=\"wp-image-2099\" srcset=\"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/Nico-Montenegro.png 492w, https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/Nico-Montenegro-198x300.png 198w\" sizes=\"(max-width: 492px) 100vw, 492px\" \/><figcaption><strong>Cristian Hualacan &#8211; \u00a9Nico Montenegro<\/strong><\/figcaption><\/figure><\/div>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\"><strong>7.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Es una herencia y la herencia, de alguna manera, siempre es un problema. \u201c\u00bfQu\u00e9 m\u00e1s quieres?\u201d, le recriminan las t\u00edas y lo conminan a renunciar a aquello que dej\u00f3 la abuela: un pedazo de tierra en el sur, una casa en Santiago que, en su interior, tiene muebles, certificados de nacimiento y defunci\u00f3n, libretas de familia.<\/p>\n\n\n\n<p>Aunque la herencia de la Yaya que realmente trasciende, porque toca el coraz\u00f3n de la condici\u00f3n humana, es un destello de otra naturaleza, un saber solidario y sin alaraca, como el que constata el narrador a la pasada: la abuela entend\u00eda que el fr\u00edo es algo de lo que a cualquier ser vivo hay que proteger.<\/p>\n\n\n\n<p>Por eso tambi\u00e9n la novela. Por eso la palabra. La palabra como una piedra que se lanza y cae en el lago (en el lago Budi, por ejemplo), rompe la inmovilidad de la superficie y expande una serie de ondas circulares que contienen un mensaje indescifrable pero hermoso.&nbsp;&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Hacia el final, el regal\u00f3n busca a su abuelo, lo busca porque el apellido tambi\u00e9n es una palabra. Y es eso lo que \u00e9l necesita. Es eso lo que necesitamos todos, una palabra que nos acompa\u00f1e, que est\u00e9 ah\u00ed para cuando alguien, un lector, por ejemplo, diga \u201cestoy solo\u201d. Porque es entonces cuando se produce la sagrada comuni\u00f3n en la palabra, el rito que <em>Regal\u00f3n<\/em> renueva con cada lectura. Am\u00e9n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\"><strong>+++++<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\"><strong><u>Datos del libro<\/u><\/strong><strong>:<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">Cristian Hualacan<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\"><em>Regal\u00f3n<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">Overol, 2026. 104 pp.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\"><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La secreta y arbitraria elecci\u00f3n de la palabra Por Luis L\u00f3pez-Aliaga 1. Quiz\u00e1s basta una palabra, una sola, para sopesar, describir y celebrar una novela. 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