{"id":128,"date":"2020-05-11T07:38:39","date_gmt":"2020-05-11T07:38:39","guid":{"rendered":"https:\/\/elhablador.com\/blog\/?p=128"},"modified":"2020-05-11T07:40:12","modified_gmt":"2020-05-11T07:40:12","slug":"un-viejo-subversivo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/elhablador.com\/blog\/2020\/05\/11\/un-viejo-subversivo\/","title":{"rendered":"Un viejo subversivo"},"content":{"rendered":"\n<div class=\"wp-block-image\"><figure class=\"aligncenter size-large is-resized\"><img loading=\"lazy\" src=\"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2020\/05\/rubem-fonseca-2-683x1024.jpg\" alt=\"\" class=\"wp-image-129\" width=\"467\" height=\"699\" srcset=\"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2020\/05\/rubem-fonseca-2-683x1024.jpg 683w, https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2020\/05\/rubem-fonseca-2-200x300.jpg 200w\" sizes=\"(max-width: 467px) 100vw, 467px\" \/><\/figure><\/div>\n\n\n\n<p>Por Juan Francisco Ugarte <\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-right\"><em>Lo que nos distingue de los animales es que<\/em><br><em>bebemos sin sentir sed y hacemos el amor a toda hora.<\/em><br>Rubem Fonseca<em> <\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Rubem Fonseca muri\u00f3 a la hora del almuerzo\nen medio de una pandemia, pero a sus noventa y cuatro a\u00f1os no lo mat\u00f3 ning\u00fan virus,\nsino el coraz\u00f3n. Viv\u00eda recluido en su casa de Rio de Janeiro como un\nmis\u00e1ntropo, un pont\u00edfice amoral, un viejo subversivo de la palabra, y en esa\nsoledad de hechicero parec\u00eda re\u00edrse a carcajadas cada vez que se sentaba a\nescribir. Para \u00e9l la literatura no era un territorio edificante ni ben\u00e9volo,\nsino m\u00e1s bien el reino de lo indecible, de la desverg\u00fcenza y la obscenidad.\nPero Fonseca era sobre todo un provocador adorable, el escritor viejo m\u00e1s joven\nde todos, un anciano <em>punk <\/em>con\nalopecia. Parec\u00eda que conforme su cuerpo ganaba m\u00e1s arrugas, m\u00e1s vital y\nmusculosa se volv\u00eda su escritura. Algunos de sus mejores libros los public\u00f3\npasados los sesenta a\u00f1os. A veces, mientras lo le\u00eda, sent\u00eda que hab\u00eda tanta\nvida en \u00e9l que la muerte no ser\u00eda suficiente para llev\u00e1rselo. <\/p>\n\n\n\n<p>En m\u00e1s de cincuenta a\u00f1os como autor, Fonseca no concedi\u00f3 casi ninguna entrevista. Su aura m\u00edtica de escritor oculto llev\u00f3 a que los lectores se empecinaran en recolectar detalles de su vida. La vieja fascinaci\u00f3n por el artista en tinieblas. Se dice que casi no dorm\u00eda y que por las ma\u00f1anas sol\u00eda hacer veinticinco planchas. Que le\u00eda un promedio de cien p\u00e1ginas por hora. Que escuchaba rock a solas en su departamento desbordado de libros. Que era hincha del Vasco da Gama. Que se pon\u00eda una gorra de los Yankees para salir a caminar. Que estuvo en Berl\u00edn cuando cay\u00f3 el Muro y en la tribuna del Maracan\u00e1 en la legendaria final del 50. Que era amante de los \u00e1rboles y el cine. Que le aburr\u00eda conversar de sus propios libros. \u00abRubem habla mucho, pero muy poco de \u00e9l. Nunca se promueve\u00bb, dijo hace a\u00f1os su amiga y editora mexicana Lourdes Hern\u00e1ndez Fuentes. Le gustaba pasar de inc\u00f3gnito para espiar sutilmente a su alrededor. \u00ab\u00bfQu\u00e9 clase de escritor ser\u00eda si no pudiera observar a nadie porque los dem\u00e1s me est\u00e1n observando a m\u00ed?\u00bb, sol\u00eda decir cuando le preguntaban por su tendencia clandestina. En contra de la insoportable vanidad del artista, Fonseca hu\u00eda de la fama como quien se espanta de una maldici\u00f3n. <\/p>\n\n\n\n<div class=\"wp-block-image\"><figure class=\"aligncenter size-large\"><img loading=\"lazy\" width=\"678\" height=\"452\" src=\"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2020\/05\/images.jpeg\" alt=\"\" class=\"wp-image-130\" srcset=\"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2020\/05\/images.jpeg 678w, https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2020\/05\/images-300x200.jpeg 300w\" sizes=\"(max-width: 678px) 100vw, 678px\" \/><\/figure><\/div>\n\n\n\n<p>Parec\u00eda que lo \u00fanico importante era escribir. Escribir y luego callar. Acept\u00e9moslo: no tiene sentido hablar de lo que uno ha escrito. Caer en el gesto tautol\u00f3gico de comentar la propia obra equivale a una versi\u00f3n sofisticada de explicar un chiste. Ante la ineludible curiosidad por su silencio, Fonseca sol\u00eda utilizar el manido argumento de la autosuficiencia de los libros: \u00abTodo lo que tengo que decir est\u00e1 ah\u00ed\u00bb. Una de las pocas veces que acept\u00f3 una entrevista fue, de hecho, un malentendido. En 1989, en Berl\u00edn, un periodista brasile\u00f1o lo escuch\u00f3 hablar en portugu\u00e9s por la calle y se acerc\u00f3 sin saber qui\u00e9n era. Buscaba una declaraci\u00f3n sobre la ca\u00edda del Muro y entonces Fonseca, desde ese ilusorio anonimato, habl\u00f3 para su pa\u00eds en televisi\u00f3n nacional. Pero, por lo general, el autor carioca prefer\u00eda expresarse con los dedos. Durante a\u00f1os, el mito de su naturaleza ermita\u00f1a nos deline\u00f3 una figura enga\u00f1osa, la de un hombre t\u00edmido o arisco o por lo menos serio frente al p\u00fablico. Por eso nadie sab\u00eda qu\u00e9 esperar exactamente cuando se present\u00f3 en Lima en agosto del 2009. De pronto el enigm\u00e1tico escritor sal\u00eda de su caverna y viajaba cientos de kil\u00f3metros para recibir la medalla de una universidad del Per\u00fa. Uno de esos hechos rar\u00edsimos que m\u00e1s parecen un milagro en miniatura. <\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">Una foto de otra vida <\/p>\n\n\n\n<div class=\"wp-block-image\"><figure class=\"aligncenter size-large is-resized\"><img loading=\"lazy\" src=\"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2020\/05\/Fonseca-en-San-Marcos.jpg\" alt=\"\" class=\"wp-image-131\" width=\"486\" height=\"486\" srcset=\"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2020\/05\/Fonseca-en-San-Marcos.jpg 980w, https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2020\/05\/Fonseca-en-San-Marcos-300x300.jpg 300w, https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2020\/05\/Fonseca-en-San-Marcos-150x150.jpg 150w, https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2020\/05\/Fonseca-en-San-Marcos-768x768.jpg 768w\" sizes=\"(max-width: 486px) 100vw, 486px\" \/><figcaption> &nbsp;Foto: Miguel Bellido \/ El Comercio <\/figcaption><\/figure><\/div>\n\n\n\n<p>Lo primero que pens\u00e9 fue que era m\u00e1s bajo y m\u00e1s flaco de lo que hab\u00eda imaginado. Vest\u00eda un traje que parec\u00eda quedarle una talla m\u00e1s grande. Camisa azul, corbata negra. Sus cejas blancas invad\u00edan ligeramente el territorio de los ojos. Ten\u00eda la mirada de un cazador veterano en un d\u00eda sin suerte. Sentado en la Capilla Virgen de Loreto, una de las principales salas de la Casona de San Marcos, Fonseca parec\u00eda aburrirse de la solemnidad casi eclesi\u00e1stica del evento. Hab\u00eda llegado hasta ah\u00ed para recibir el doctor <em>honoris causa<\/em> por su trayectoria, pero todo lo que le rodeaba estaba tan lejos de la irreverencia y la transgresi\u00f3n de su escritura. Mientras los presentadores hablaban en la mesa, yo no dejaba de mirarlo ni un instante, como si examinando cada detalle de sus movimientos podr\u00eda descubrir lo que pensaba. Fonseca estaba imperturbable, un rostro sereno e inofensivo que no se correspond\u00eda con la brutalidad de sus relatos. Entonces toc\u00f3 su turno y toda mi imagen previa sobre \u00e9l se vino abajo. \u00abSoy un peripat\u00e9tico \u2014explic\u00f3 ni bien agarr\u00f3 el micr\u00f3fono\u2014. Hablo mejor cuando camino\u00bb. Era una frase que siempre repet\u00eda, desde luego, pero a mis veinte a\u00f1os me sorprendi\u00f3 su aparente espontaneidad. De pronto abandon\u00f3 la mesa y se coloc\u00f3 de pie frente al auditorio, a unos dos metros de donde yo estaba. Es necesario que se entienda algo: pocos lectores de Fonseca realmente han podido ver a Fonseca, ni siquiera de casualidad, mucho menos de cerca. Su ambulante fisionom\u00eda en San Marcos significaba un espl\u00e9ndido absurdo, un privilegio casi imposible. El escritor brasile\u00f1o era un fantasma para su p\u00fablico, pero ese d\u00eda el espectro se revel\u00f3 ante los veinte o treinta asistentes con un portu\u00f1ol tan elegante como feroz. <\/p>\n\n\n\n<p>Fonseca habl\u00f3 sobre c\u00f3mo se convirti\u00f3 en\nescritor. Dijo que para serlo no era necesario ser un tipo inteligente, ni\nsiquiera una buena persona. \u00abHe conocido a muchos escritores y la mayor\u00eda de\nellos eran tontos e infames\u00bb, se\u00f1al\u00f3 con gesto provocador. El viejo subversivo disfrutaba\nde alborotar a la gente. \u00abLo \u00fanico que se necesita son cinco cosas: leer mucho,\nconservar la motivaci\u00f3n, tener paciencia, ser imaginativo y poseer mucho\ncoraje. Coraje para decir lo que nadie quiere escuchar\u00bb, sentenci\u00f3 el autor\ncuyo uno de sus libros lleg\u00f3 a prohibirse en Brasil. Su inesperado vigor ten\u00eda hechizados\na todos. A sus ochenta y cuatro a\u00f1os, Fonseca exhib\u00eda un travieso sentido del\nhumor y una energ\u00eda entra\u00f1able. Era alguien que se resist\u00eda a la desidia y al\ntedio como una forma de sobrevivir a la vida. Escribir representaba para \u00e9l esa\nvitalidad, esa manera obsesiva de no rendirse. Al verlo, uno entend\u00eda por qu\u00e9\nsegu\u00eda escribiendo con la potencia de un veintea\u00f1ero y el l\u00facido salvajismo de\nun v\u00e1ndalo. El volc\u00e1n de esos a\u00f1os an\u00e1rquicos continuaba igual de activo dentro\nde \u00e9l. &nbsp;&nbsp;&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando termin\u00f3 de hablar y la gente empez\u00f3\na marcharse de la sala, saqu\u00e9 de mi mochila <em>El\nenfermo Moliere<\/em>, el primer libro que le\u00ed de \u00e9l, una novela menor en el\nmarco de su obra pero por la cual sent\u00eda, y sigo sintiendo, un cari\u00f1o especial:\nuna suerte de primog\u00e9nito en mi universo personal fonsequiano. Me acerqu\u00e9 para\nque lo firmara, pero de pronto un camar\u00f3grafo se lo llev\u00f3 a la pileta del patio\ny lo hizo caminar mirando al cielo y con las manos atr\u00e1s, en una pose\nrid\u00edculamente pensativa, mientras lo filmaba desde una esquina. Recuerdo que Fonseca\naceptaba todas las indicaciones con una sonrisa de novato. Como un joven\nescritor que acaba de publicar su primer libro y se somete alegremente a los caprichos\nde la prensa. Me apoy\u00e9 entonces en una columna y mir\u00e9 toda la escena: de un\nlado los representantes de la editorial junto con algunos profesores y el\nrector, y al otro extremo tres o cuatro alumnos de Literatura que reconoc\u00eda de\nvista. Cuando al fin el camar\u00f3grafo lo solt\u00f3, una se\u00f1ora se acerc\u00f3 para pedirle\nuna foto y \u00e9l entonces dijo algo, la agarr\u00f3 de las manos y la abraz\u00f3 muy fuerte\ncomo si la conociera de a\u00f1os. Estaba coqueteando, por supuesto. Fonseca era un\nseductor innato: no por nada en esa \u00e9poca ten\u00eda una novia de veintitr\u00e9s a\u00f1os.\nAl terminar de sacarse la imagen, siempre sonriente, genuinamente emocionado, decid\u00ed\nabordarlo con mi libro y mi timidez de ni\u00f1o. \u00abDisculpe, Fonseca, \u00bfme podr\u00eda\nfirmar este ejemplar?\u00bb El narrador cogi\u00f3 la novela abierta, pregunt\u00f3 mi nombre\ny escribi\u00f3 un garabato que tardar\u00eda d\u00edas en descifrar. Pens\u00e9 entonces que todo\nacabar\u00eda ah\u00ed, que pronto se lo llevar\u00edan a alg\u00fan lugar y yo tendr\u00eda que\nresignarme a la firma ilegible de mi libro. Pero finalmente decid\u00ed quedarme un\nrato m\u00e1s y merodear, o m\u00e1s bien acechar, sus conversaciones en medio del\nbrindis. &nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Nadie me conoc\u00eda y yo no conoc\u00eda a nadie. Empezaba a sentirme como un intruso en un c\u00f3ctel de se\u00f1ores. De pronto, hubo un instante en el que Fonseca se qued\u00f3 solo. O mejor dicho: solo en medio de tres tipos que no sab\u00edan qu\u00e9 decir. Para animar el ambiente, el escritor carioca empez\u00f3 a contar an\u00e9cdotas de su vida. Mencion\u00f3 por ejemplo el libro que le censuraron hace a\u00f1os en su pa\u00eds. \u00bfCu\u00e1l?, pregunt\u00f3 uno de ellos. <em>Feliz a\u00f1o nuevo<\/em>, respond\u00ed col\u00e1ndome en el grupo. \u00ab\u00bfPuedes creer que lo prohibieron por doce a\u00f1os?\u00bb, me dijo Fonseca con sus ojos encendidos. \u00abDec\u00edan que atentaba contra la moral y las buenas costumbres\u00bb. Yo conoc\u00eda la historia, pero a\u00fan no hab\u00eda le\u00eddo el volumen de cuentos. En 1976, por orden del gobierno brasile\u00f1o, la polic\u00eda confisc\u00f3 todos los ejemplares y prohibi\u00f3 su lectura. \u00abLo que le\u00ed me espant\u00f3, me puso los pelos de punta. Es pornograf\u00eda del m\u00e1s bajo nivel, no hay p\u00e1gina en que no se vean los rincones m\u00e1s oscuros del pa\u00eds. Adem\u00e1s de ser censurado, el autor deber\u00eda ir preso\u00bb, dijo entonces el senador Dinarte Mariz. Pero el efecto fue exactamente el contrario. La censura despert\u00f3 la curiosidad de los brasile\u00f1os y de inmediato empezaron a circular much\u00edsimas ediciones piratas. Todos quer\u00edan saber qu\u00e9 hab\u00eda molestado tanto a las autoridades. \u00abRubem le puso una demanda al Estado que termin\u00f3 ganando, consigui\u00f3 que le pagaran por los da\u00f1os, y luego en vez de quedarse callado, escribi\u00f3 <em>El cobrador<\/em>. Es decir, su respuesta a la censura fue publicar un libro todav\u00eda m\u00e1s corrosivo. El propio t\u00edtulo lo dice todo: les cobr\u00f3\u00bb, cuenta su amiga Hern\u00e1ndez Fuentes en una entrevista de <em>Excelsior<\/em>.&nbsp; <\/p>\n\n\n\n<div class=\"wp-block-image\"><figure class=\"aligncenter size-large\"><img loading=\"lazy\" width=\"1024\" height=\"615\" src=\"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2020\/05\/2013-651089240-2013100121915.jpg_20150504-2-1024x615.jpg\" alt=\"\" class=\"wp-image-132\" srcset=\"https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2020\/05\/2013-651089240-2013100121915.jpg_20150504-2-1024x615.jpg 1024w, https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2020\/05\/2013-651089240-2013100121915.jpg_20150504-2-300x180.jpg 300w, https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2020\/05\/2013-651089240-2013100121915.jpg_20150504-2-768x461.jpg 768w, https:\/\/elhablador.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2020\/05\/2013-651089240-2013100121915.jpg_20150504-2.jpg 1086w\" sizes=\"(max-width: 1024px) 100vw, 1024px\" \/><\/figure><\/div>\n\n\n\n<p>Hace unos meses pude leer el libro. El\nrelato principal, \u00abFeliz a\u00f1os nuevo\u00bb, es macabramente perturbador, de una\nviolencia despiadada, sin filtros, intimidante incluso en esta \u00e9poca de\nhorrores cotidianos. Tres hombres deciden robar una casa de ricos durante la fiesta\nde A\u00f1o Nuevo. Tienen armas de todos los calibres y quieren usarlas por el simple\nplacer de sentir los disparos. Fulminan a dos invitados contra la pared solo\ncomo un experimento: quieren saber si los cad\u00e1veres se quedan pegados en el\nmuro. Violan a una mujer y a otra le cercenan el dedo de una mordida para poder\nquedarse con el anillo. Y luego huyen con toallas repletas de comida, dinero y\njoyas. A pesar de su excesiva crueldad, el relato resulta tan s\u00f3rdido como posible,\ny eso es quiz\u00e1 lo m\u00e1s espantoso de todo: que uno puede imaginarse cada detalle\ncomo si realmente hubiera pasado. Con un lenguaje vigoroso y austero, Fonseca nos\ntraslada al epicentro del crimen con una verosimilitud aterradora y, al mismo\ntiempo, nos empuja a ponernos del lado de los delincuentes, consigue que los\nentendamos y a veces, incluso, que nos riamos en voz baja de sus infamias.&nbsp; <\/p>\n\n\n\n<p>El hombre al que le encantaba someternos a\nuna realidad horrenda sol\u00eda re\u00edrse como un ni\u00f1o. Verlo hablar de cerca provocaba\nuna ternura imprevista. Alguna vez le\u00ed, ya no s\u00e9 d\u00f3nde, que los escritores que\nnarran historias repulsivas suelen ser en persona los m\u00e1s ben\u00e9volos y mansos,\nmientras que aquellos que escriben relatos inspiradores o estimulantes son casi\nsiempre unos canallas. Esa ma\u00f1ana en San Marcos, Fonseca parec\u00eda el m\u00e1s bondadoso\nde todos, el m\u00e1s joven, el m\u00e1s entusiasta. Te agarraba del brazo cuando le\nped\u00edas una firma, abrazaba y cortejaba sutilmente a las mujeres, se mov\u00eda de un\nlado a otro como si temiera perderse de algo. Recuerdo que, en alg\u00fan momento,\nvi a una estudiante de rulos con una c\u00e1mara en las manos. Le pregunt\u00e9 si\npensaba sacarse una foto con \u00e9l. La chica estaba indecisa, pero logr\u00e9\nconvencerla. Luego de abordarlo y conseguir la imagen, me mir\u00f3 de lejos y me propuso:\n\u00abVen, te hago una foto\u00bb. Entonces me acerqu\u00e9 con mi cara de idiota y, como si se\nme fuera a escapar, abrac\u00e9 a Fonseca de costado. \u00c9l nos pregunt\u00f3 un tanto\nconfundido: \u00ab\u00bfUstedes son hermanos?\u00bb Ella dijo que no, que para nada, pero al\nmismo tiempo yo respond\u00ed, torpemente, que \u00e9ramos primos. Y entonces me re\u00ed y \u00e9l\ntambi\u00e9n se rio y ella me mir\u00f3 como a un est\u00fapido. Sin decir nada, la chica de\nrulos encuadr\u00f3 la c\u00e1mara y tom\u00f3 la foto. Ninguno de los tres se volvi\u00f3 a ver\nnunca m\u00e1s. Fonseca se despidi\u00f3 de nosotros y al poco rato se lo llevaron. Lo\n\u00faltimo que vi fue sus manos agit\u00e1ndose en el aire mientras contaba algo y se\nperd\u00eda poco a poco en la temprana oscuridad de los pasillos.<\/p>\n\n\n\n<p>Once a\u00f1os despu\u00e9s, observo la fotograf\u00eda\ncomo si hubiera ocurrido en otra vida. A pesar del lugar com\u00fan, las viejas\nim\u00e1genes no nos devuelven al pasado, sino que nos restriegan con lucidez y\ncrueldad todo lo ocurrido desde entonces: la larga y confusa historia entre\nambos instantes. Evocan lo que no est\u00e1 ah\u00ed, lo que se esconde tras las siluetas\ny los gestos, y nos construyen en secreto una nueva geograf\u00eda del recuerdo. Yo\nno hab\u00eda prestado atenci\u00f3n a la foto con Fonseca desde hace much\u00edsimo tiempo y\nhoy, frente a ella, es como si la contemplara por primera vez. Pero ahora todo\nlo que est\u00e1 ah\u00ed se ha marchado. \u00c9l ha muerto y el mundo parece que se cae a\npedazos. En medio de esta realidad de terror, solo me queda la honda certeza de\nque, de alg\u00fan modo, Fonseca se sali\u00f3 con la suya incluso en su propia muerte:\nla pandemia no permiti\u00f3 que se realizara un entierro convencional, en el que\nprobablemente habr\u00eda periodistas acechando el ata\u00fad y lectores queriendo decir\nadi\u00f3s al cad\u00e1ver. Es posible que solo lo hayan despedido tres o cinco personas.\nSin homenajes de cuerpo presente, el autor oculto acab\u00f3 y\u00e9ndose con el mismo\nmisterio que envolvi\u00f3 toda su vida: a solas y en silencio. Como un ilusionista\nque se hace humo de la nada. O m\u00e1s bien: como si \u00e9l mismo hubiera fraguado secretamente\nese final perfecto. <\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por Juan Francisco Ugarte Lo que nos distingue de los animales es quebebemos sin sentir sed y hacemos el amor a toda hora.Rubem Fonseca Rubem Fonseca muri\u00f3 a la hora del almuerzo en medio de una pandemia, pero a sus noventa y cuatro a\u00f1os no lo mat\u00f3 ning\u00fan virus, sino el coraz\u00f3n. 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