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Reseña: La vía del futuro (2021) de Edmundo Paz Soldán

Inventando de nuevo a Dios

“La tragedia moderna es el intento vano de la adaptación del hombre al estado de cosas que él creó”.

-Clarice Lispector en ‘Cerca del corazón salvaje”

Por Sebastián Uribe

Mientras más nos adentramos en los misterios del universo, más insignificantes nos sentimos dentro de este. ¿Cómo lidiar con esta sensación de desamparo, de soledad y prescindibilidad? ¿Cómo permanecer con los pies en la tierra en tiempos más vertiginosos? Ya no solo son descubrimientos científicos o avances tecnológicos los que asombran y causan estupor, sino las herramientas que una élite va diseñando y arrojando al mundo. ¿De qué sirve tanto progreso técnico, entonces? ¿De dónde viene esa obstinación?

Ya en 1925[1], César Vallejo distinguía instrumentos de progreso «que no se dejan sentir (…) que no nos angustian, ni nos dan de trompicones, ni nos dominan, ni obstruyen el libre y desinteresado juego de nuestros instintos de señorío sobre las cosas; en una palabra, que no nos hacen desgraciados» (p. 24). Casi cien años después, Edmundo Paz Soldán (Bolivia, 1967) nos entrega La vía del futuro (Páginas de Espuma, 2021), un libro de cuentos conformado por ocho historias en donde ese discernimiento es más complejo, y en donde el futuro se lee desde una situación de zozobra constante. En estos relatos, la relación del ser humano con sus creaciones coexiste con una sensación de desgracia que se extiende aceleradamente en la sensibilidad de sus personajes: en sus líneas –cada vez más apesadumbradas–, se hace evidente la imperiosa necesidad de evadirse, acompañada por la menguante esperanza de una realidad mejor. Deseando que ese progreso que tanto se pregona en los medios masivos llegue, por fin, a sus vidas.

«La vía del futuro», el relato que abre el volumen, a través de distintas voces (periodistas, estudiantes, niñeras, CEOs), nos muestra las consecuencias de un sistema de Inteligencia Artificial, el cual, así como a un culto adherido a este sistema, funge de secta. Ante la complejidad para entender el funcionamiento de dicha creación, se forma una fe inquebrantable hacia esta (la fe no exige explicaciones). Se entrega el control de uno mismo ante el desconocimiento. La sensación de misterio que guarda toda religión, ahora configurada para adorar a una máquina, es alimentada por el miedo de lo que esta pueda hacer en el futuro con la Humanidad. Dado que el hombre no está siendo capaz de sobrevivir a su entorno, ¿por qué no entregarle el control de las máquinas?[2]. Como dice uno de los personajes:

«Coincidían el hombre y la máquina en el tiempo y el espacio, mientras el universo giraba hacia su desintegración. Me sentí triste por nuestra especie finita, por esos chicos tan jóvenes que algún día no estarían más ahí, por ese yo que algún día desaparecería. Nos iríamos pero esas máquinas con las que nos fusionábamos día a día se quedarían. Entendía que debíamos cuidarlas, quererlas y respetarlas para que ellas nos permitieran subsistir». (p. 27)

Tras este inquietante inicio, «El señor de la palma» y «Mi querido resplandor» siguen explorando esas búsqueda de amparo en alguna fe para lidiar con la precariedad. En el primero, mediante el dominio usurero de una comunidad de agricultores a través de un aplicativo móvil; y en el segundo, jugando con la posibilidad de realizar avistamiento de ovnis. Aunque parezcan disímiles, la devoción –en ambas piezas– juega un rol fundamental como vía de escape a esa precariedad que asfixia y no permite imaginar otra vía, abrirle la puerta a otro universo.

Y es en esa capacidad de imaginar un futuro mejor (¿o quizás un presente?), que se ha visto menoscabada en los últimos años, donde Paz Soldán encuentra una oportunidad: a través del desmoronamiento de una relación amorosa debido a la irrupción de una androide  paraguaya, copia pirata a su vez de una japonesa, y la obsesión que esta causa en el protagonista («La muñeca japonesa»); las confusiones entre lo virtual lo físico («Las calaveras»); o la drogadicción y la violencia como virus («En la hora de nuestra muerte»). Aquí encontramos ficciones que avizoran un camino donde las sociedades parecen haber priorizado su ambición digital por encima de la resolución de sus males sociales, al punto de heredar los horrores de las anteriores generaciones y nacer «con la droga en el cuerpo» (p. 130).

Foto: Páginas de Espuma

El último relato, «Bienvenidos al nuevo mundo», es un buen cierre para este volumen, con una historia de campus, que muestra el lado b del culto mencionado en el primer relato (‘El Profundo’). Aquí se imagina: ¿cuál es una alternativa a la felicidad cuando esta no es una posibilidad ni una vía? Ante el constante estado de paranoia en el que se vive, se expande el deseo por desvanecerse del sentido de conciencia. Se opta por entregarse a esos nuevos Prometeos que representan algunos avances tecnológicos:

«Para mí Dios es el GPS (…) Una máquina que te dice cuál es el mejor camino a seguir, nunca te falla y está encendida las veinticuatro horas. ¿Qué otro Dios quieres?» (p. 133)

 En La vías del futuro, Paz Soldán plasma, con un estilo particular y una habilidad notable, la angustia de una sociedad que se encuentra varada entre el artificio y la fatalidad que este provoca. En estas historias, existen situaciones imaginarias, pero que no se sienten, en absoluto, imposibles. Son retratos sobre cómo se va quebrando el mundo interior de cada uno de sus personajes debido al miedo provocado por estos nuevos dioses inventados, unos que, como toda invención humana, no están tardando mucho en ponerse en contra nuestra.

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Datos del libro reseñado:

Edmundo Paz Soldán

La vía del futuro

Páginas de Espuma, 2021, 176 pp.


[1] En ‘Wilson y la vida ideal en la ciudad’, crónica de diciembre de 1925 recogida en Del siglo al minuto. Crónicas sobre máquinas y ciencias (Casa de la Literatura, 2021)

[2] La sensación de temor sobre las posibilidades de replicarse en la vida real la trama de este relato se vio catalizada por la siguiente noticia de hace unas semanas: «El ingeniero de Google que asegura que un programa de inteligencia artificial ha cobrado conciencia propia y siente» (https://www.bbc.com/mundo/noticias-61787944).

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