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Comentario: Para leer en invierno de Manuel Alonso Navazar

Intervención de Cristhian Briceño en la presentación de Para leer en invierno (Mesa Redonda, 2020) de Manuel Alonso Navazar en el marco de la Feria del Libro de Los Olivos organizado por la Municipalidad de Los Olivos, Ciudad Librera y el Fondo de Cultura Económica

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Una vida contaminada por el arte

Por Cristhian Briceño

Empiezo señalando la sencilla factura de este libro, su ritmo apacible y entregado a la reflexión. No existe el suspenso ni el sobresalto, mucho menos una promesa de cambio en la vida de su protagonista. Si fuera una novela, sería una novela sin argumento, sin destino, cuya finalidad no queda establecida, pero podemos intuir su necesidad inherente por nombrar las influencias del autor y apuntar ahí donde, se supone, hay un indicio de belleza. El protagonista, Joaquín Saldaña del Río, no muestra cambio alguno conforme su relato va progresando, porque el cambio ya ha ocurrido en el pasado, en el tiempo de su acercamiento al arte, durante el periodo de su formación literaria, de su aproximación al cine, a la música, a la pintura, cuando su sentido del gusto fue consolidando sus convicciones hasta conseguir que, involuntariamente, cada pensamiento que tiene lo lleve a relacionar la vida con una experiencia estética. Su aproximación al arte, entendemos muy pronto, ha sido decisiva, devastadora, ha construido un ser ulterior a sus influencias, no ha sobrevivido nada de aquel individuo que por vez primera abrió un libro, meditó largamente frente a una pintura o se pasó una tarde entera viendo clásicos del cine. Por ello, su discurso es una oportunidad para nombrar sus referentes, los propiciadores de tal cambio; en sus líneas deja entrada libre a los autores que se admira con excesiva confianza, les permite ubicarse, por un instante, en su lugar, dejando que sus voces, que sus reflexiones, expliquen junto a él, complementen sus palabras, den pie a recuerdos casi siempre relacionados con ellos y que, ineludiblemente, sintamos curiosidad de acercarnos también nosotros, si no lo hemos hecho ya. En este sentido, el libro nos vuelve a decir que no es una novela sino acaso una oportunidad encubierta para revelarnos el canon personal de su autor, y como todo canon privado e intransferible, anhela ser validado por el lector o, por lo menos, considerado, tomado en cuenta. Tanto confía en ello su protagonista que probablemente se halle en un estado de conmoción continuo, a la manera de Alonso Quijano. “Quizá”, nos dice, “seamos, en el fondo, un poco del cada autor que leemos”. Esto indica un alto grado de aislamiento mental, y por momentos el lector se preguntará cómo hace este hombre para transitar por las convulsionadas calles del Centro de Lima, tan acosado por sus referentes literarios, por sus disquisiciones interminables, sin tropezar a causa de su evidente distracción, cómo consigue sostener una relación amorosa sin llevarla hasta el terreno peligroso de la idealización y salir lastimado al despertar de pronto. Esto me recuerda a El paseo, de Robert Walser, otra novela sin argumento en la cual su protagonista, al igual que Joaquín Saldaña, camina por su ciudad interactuando con sus propias reflexiones sin un plan establecido más que el de avanzar sin rumbo y lo único que pone fin a su itinerario es la llegada de la noche, pero, entretanto, nos ha dejado constancia de todo aquello que han tocado sus sentidos. Por ejemplo, dice Joaquín Saldaña a propósito de sus impresiones sobre Tarma, ciudad a la que viaja en uno de los capítulos del libro:

La plaza, ya repleta de gente, muestra esta noche su vestido tan fino. Las calles principales, cubiertas de alfombras de flores, ostentan la belleza de un arte ancestral que magnifica las manos de sus hacedores, herederos de una tradición arraigada en la sangre de aquellos que habitan en esta “Ciudad de las Flores” que, a simple vista, justifica del todo aquel sobrenombre.

En este fragmento nos damos cuenta de algo muy relevante, además de su capacidad de observación. Advertimos que las menciones a autores con los que insiste desde el principio del libro no son gratuitas, sino que lo han llevado a ennoblecer la forma de su discurso y, por ende, apreciamos que la prosa con la cual se manifiesta y da cuenta de sus experiencias nos revela un alma preocupada por el logro estético, como si la realidad no accediera a ser representada si no guarda estrecha relación con las expectativas a las que lo han llevado sus lecturas literarias y demás influencias. Esto no solo se queda en la descripción de lo material; por el contrario, la lección aprendida por sus maestros en cuanto a la forma de decir le alcanza, desde luego, para examinarse a sí mismo e indagar sobre los grandes tópicos de la existencia como la muerte, la perdurabilidad o el propio arte:

Tal vez, como lo insinuara Jorge Manrique en sus coplas, hace más de cinco siglos, el asunto se resuma en trascender esta piel que nos limita, y así evitar condenarnos al olvido en que la muerte nos sucumbe. Es así que pienso en cuánto me habría gustado ser el forjador de ciertas obras, para las cuales fueron otros los que estaban destinados a hacer posible su milagrosa concepción; y, que, no obstante, he sabido disfrutar con gran deleite… deleite de sentir que llegaba a ser algo distinto de aquello que fui previamente al momento de apreciarlas: como en el poema de José Watanabe en el que, cual haiku portentoso, un sujeto no puede dejar de enfocarse en otra cosa que no sea el contraste producido por el muslo de una mujer que se encuentra a su lado y la roca en que se halla sentada, ignorando el hermoso paisaje que se exhibe alrededor.

Nuevamente caemos en cuenta de que son sus referentes los que vienen a soportar sus reflexiones, pero también se debe advertir que el narrador posee la capacidad para ubicarlos en el momento preciso en que son requeridos, y aquella es una de sus virtudes, no el simple acto de ser la glosa a una cita, sino es el reinterpretar lo ya dicho y dar una forma idónea, una segunda vida acorde a las necesidades de quien va narrando. Esto, en todo caso, sería otra de las cosas que es este libro. Ya dije que no es una novela, sino un canon personal, pero considero que es también una larga y pormenorizada descripción del personaje. El recuento de sus amistades, los lugares que suele frecuentar, las anotaciones sobre su experiencia universitaria o  de la vida familiar no hacen sino agregar características a Joaquín Saldaña, pero no se advierte una evolución, un arco, ya que, como señalé previamente, el cambio se ha anticipado, es tácito, no ocurre sino fuera de escena y no es narrado porque la normalidad, para el protagonista, es el de su obnubilación por el arte. La dilatada inspección nos lleva a considerar este libro como una metáfora de ese lapso durante la lectura en el que todo parece detenerse mientas accedemos tangencialmente a la belleza de lo apreciado. Si Joaquín Saldaña no progresa como personaje es quizá porque ha quedado atrapado en esa belleza como un insecto cautivo en ámbar dorado, sin oportunidad de escapar pero agradecido por hallarse en ese trance. En la parte final de Para leer en invierno, Joaquín Saldaña, a la manera de Isaac Davis en Manhattan, nos brinda su propio catálogo de cosas por las que vale la pena seguir con vida:

Entre aquellas buenas razones se encuentra el “Claro de luna” de Debussy, las pinturas de Delvaux, las películas de Bergman, los relatos de Lovecraft, las canciones de Los Beatles, las dos primeras cintas de “El padrino”, los poemas de Bukowski, la total seducción de la página en blanco, la paz de los campos que cubren la sierra, las tartas de almendra, la calma que irradia el murmullo del mar, las tertulias con amigos de siempre, la ilusión de pisar algún día el Museo de Louvre…

Así, este libro se convierte en el reducto ideal para su personaje, en un carné de identidad con el cual espera verse validado a partir del arte, aquello que considera lo más valioso, probablemente lo único que justifica su existencia.

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