Las comparaciones de México con Estados Unidos y Brasil, elaboradas por sus autores en estos relatos de viaje, sirvieron de propuesta para reflejar, en los días actuales, las imágenes de América con sus semejanzas y diferencias culturales e históricas.

 

 

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Imágenes de México en los relatos de viajes de Rodrigo Octávio y Erico Veríssimo

por Elizabeth Rochadel Torresini

 

Este estudio forma parte de un proyecto mayor que trata de las imágenes de América, (1) concebidas por escritores brasileños, y divulgadas en relatos de viajes en las primeras décadas del siglo XX. En cuanto a la América del Norte, hay algunos relatos importantes. En 1930, Rodrigo Octávio publicó México e Peru, en la colección Viajes, de la Companhia Editora Nacional. Ahí él presenta el viaje hecho a estos dos países en 1924, narrando sus impresiones de las ciudades, del interior, de los monumentos precolombinos y coloniales, del contacto con las poblaciones representativas del país, así como de las manifestaciones culturales. En 1954, el novelista Erico Veríssimo también viajó a México, siguiendo un itinerario semejante al de Rodrigo Octávio. En México: Historia de uma Viagem, publicado en 1957, Veríssimo presenta su visión de la cultura mexicana, incluyendo aspectos sobre la población de las ciudades y del campo, sobre lo cotidiano, la historia, los monumentos, las artes plásticas, entre muchos otros temas. Las comparaciones de México con Estados Unidos y Brasil, elaboradas por sus autores en estos relatos de viaje, sirvieron de propuesta para reflejar, en los días actuales, las imágenes de América con sus semejanzas y diferencias culturales e históricas.

Rodrigo Octávio en México

Rodrigo Octávio Langgaard Meneses (1886-1944), profesor, magistrado, cuentista, cronista, poeta y memorialista, destaca en la vida pública por sus actividades en Brasil y en el extranjero en torno al derecho internacional. Completó su formación académica en la Facultad de Derecho de San Pablo y empezó la vida pública en la magistratura como secretario de la Presidencia de la República en el gobierno de Prudente de Morais (1894-1896). Ejerció la abogacía hasta 1929, cuando el presidente Washington Luís lo nombró Ministro del Supremo Tribunal Federal, cargo en el que se jubiló en 1934.

Fue profesor de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de Brasil. Como tal, dictó conferencias en universidades de París, Roma, Varsovia y Montevideo. También profesó un curso sobre los salvajes americanos delante del derecho, en la Academia de Derecho Internacional de La Haya. Recibió el título de doctor honoris causa de universidades de México, La Plata, Buenos Aires, Lima, Arequipa y La Habana.

Ejerció los cargos de consultor-general de la República (1911-1929), subsecretario de Estado de las Relaciones Exteriores en el gobierno de Epitácio Pessoa (1920-1921). Vino a ser delegado plenipotenciario de Brasil en diversas conferencias internacionales, como las de La Haya, para el derecho relativo a letra de cambio (1910 y 1912); y de Bruselas, para el derecho marítimo (1909, 1910 y 1912). Participó en la Conferencia Científica Panamericana de Washington (1916); de La Paz, de París (1919), cuando se firmó el Tratado de Versalles. Asimimó, integró la vicepresidencia de la primera asamblea de la Liga de las Naciones (1920) y de otras importantes comisiones de derecho internacional. De igual modo, destacó en la Academia Brasileña de Letras como uno de sus fundadores, ya que se desempeñó como secretario, presidente y miembro de comisiones.

Su obra la componen libros de poesías, novelas, ensayos, crónicas, libros de memorias, biografías, estudios sobre el derecho y la política internacional. En 1940, poco antes de su fallecimiento, Rodrigo Octávio publicó México e Perú, relato resultante del viaje a los dos países en el año de 1924.

En diciembre de 1923, Rodrigo Octávio se encontraba en Nueva York, cuando recibió una invitación del Gobierno mexicano para visitar el país. Partió de la estación de ferrocarril de Pennsylvania y atravesó Nueva Jersey, Ohio, Indiana, Missouri, Arkansas y Texas. Después de San Antonio, llegó al margen del Río Grande y a la ciudad de Laredo. En su obra, declara, sobre su primer contacto con México:

Recebo aí, na pessoa amável de um representante do governo mexicano, que me vem esperar à entrada da sua terra, a expressão de uma simpatia por meu país, que circunstâncias históricas e afinidades afetivas tem despertado e estimulado. E, sob a proteção dessa companhia solícita, prossegui a viagem: atravessa-se o rio, penetra-se no México. (2)

Inicialmente, el viajero se detiene en los aspectos de la conquista española, al registrar hechos históricos relacionados con Hernán Cortés —a quien se refiere como a un conquistador de ambición ardiente. Habla sobre la destrucción del Tenochtitlán de Moctezuma y Cuahtémoc. Afirma que la nueva Ciudad de México, resurgida de la conquista, conserva los mismos elementos topográficos de la vieja capital: en lugar del Teocalli y del Palacio de Moctezuma son construidos la Catedral de la Asunción de María Santísima y el Palacio Nacional. Y añade:

A cidade é, pois, a mesma, renascida do cataclismo que para ela foi a conquista, cataclismo que não se confinou nela, mas se estendeu a toda parte onde se encontrava um monumento de religião ou de arte asteca, o que não se limitou mesmo à destruição sistemática de templos e monumentos, mas afetou ainda outros e mais significativos elementos de civilização e progresso. (3)

Respecto a la colonización española, Rodrigo Octávio observa, por todo lo que ve y oye, que el esfuerzo colonizador y dominador de España cogió escaso resultado. Según sus impresiones, los mexicanos quieren formar una nueva civilización, adelantándose a su tiempo. No obstante, revelan desamor por España y los españoles. No hay nada en México que glorifique el pasado colonial. La estatua de Carlos IV, erigida en el siglo XVII, magnífica obra de estatuaria, fue colocada en una plaza de la Ciudad de México, pero sin que eso corresponda a un homenaje al rey. “Do monumento se retiraram as inscrições existentes e foi nele colocada uma placa de bronze em que se faz certo que aquela estátua foi conservada simplesmente como obra de arte. E o sítio em que a estátua se ergue é designado pelo nome de El Cabalito”. (4)

Sobre la figura de Hernán Cortés, no hay noticia alguna que nos haga recordar su memoria. Rodrigo Octávio enfatiza su percepción: “no Paseo de la Reforma, a larga e formosa avenida que leva ao Bosque, se reservou monumentos representativos de diversos momentos fundamentais da vida da nação. Todos esses monumentos foram levantados, menos um. O local destinado no plano primitivo ao monumento comemorativo da conquista e domínio espanhol está vazio”. (5)

Recorrido por un imaginario

Las imágenes de la Ciudad de México, creadas por el viajero brasileño, dan cuenta de avenidas arborizadas, calles anchas y retas, del número considerable de automóviles y de palacios magníficos –Rodrigo Octavio se encanta con el castillo de Chapultepec y sus bosques– y del progreso revelado en el desarrollo de las artes, bajo la influencia de los “jovens homens de Estado”, de pintores, escultores y decoradores, bajo el fermentar de un mundo nuevo.

En la vida nacional mexicana sólo se conocen, fuera de México y a través del noticiero internacional, los ecos de la turbulencia y las revoluciones. Lo que él encuentra, sin embargo, no es sólo sangre y desorden, sino un movimiento de “consciência nacional e sentimento artístico”. Concluye tratarse de un

mundo novíssimo e surpreendente, porque não é ele simplesmente o produto da civilização espanhola procurada implantar, desde quatro séculos, pelos conquistadores, mas a adaptação de alguns princípios dessa civilização à índole, ao temperamento, às aspirações e aos ideais indígenas e que vem atingindo a extremos de rebeldia renovadora. (6)

Desde la capital, Rodrigo Octavio cumple un itinerario por el interior del país. Visita Guadalajara, se encuentra con el gobernador José Guadalupe Zuno, acepta la invitación para una fiesta de estudiantes en la escuela preparatoria y visita las escuelas de Derecho, Medicina y Farmacia. Conoce Tonalá y San Pedro de Taqueplaque, así como su numerosa comunidad de indios alfareros.

Aí visitamos diversas oficinas em pleno trabalho e fomos desde logo levados à casa de José Ortega, o mais famoso artista no gênero. Para obsequiar-me tomou um vaso bojudo, pintado de azul escuro, já pronto para receber adornos e, com uma segurança absoluta, traçou uma cercadura de rendilhados brancos, perfeitamente simétricos, entre os quais escreveu meu nome, a data e assinou. (7)

Viajó a Cuernavaca. Los ciento veinte kilómetros recorridos de la Ciudad de México hasta la capital de Morelos dependían de caminos ni “sempre bons, abertos em terrenos acidentados e de pronunciada descida”. Esa región, aseveró, fue en los últimos tiempos teatro de violencia, notadamente del “sanguinario” Zapata, que dejó

traços ao longo da estrada em cujas margens só se encontram casas queimadas e povoados destruídos. Na cidade há diversos velhos templos e claustros, que apresentam a particularidade de serem aparelhados de ameias que lhes dão o aspecto marcial das fortalezas, e interessantes restos de mansões residenciais, o que tudo mostra a sua opulência anterior. (8)

Recorriendo el interior de México —Querétaro, Guadalajara, Tonalá, San Pedro de Taqueplaque, Chapala, Barrancas, Celaya, Morelos, Cuernavaca, Tampico, Veracruz, Progreso—, Rodrigo Octávio registra las características de las escenas de lo cotidiano, los trajes típicos, la pasión por las danzas y bailes, en donde los mexicanos aparecen vestidos “das mais extravagantes fantasias”. Se impresiona con el espantoso número de iglesias, casi todas ricamente ornamentadas. “Sempre com suas torres muito altas, são elas o índice eloqüente não só do sentimento religioso e artístico dos que habitavam o país no período colonial, como da densidade da população para atender a cuja crença foi preciso a ereção de tantos templos, alguns dos quais se acham hoje solitários e abandonados no meio de campos desertos”.

Rodrigo Octavio permaneció seis meses en México en 1924, durante el gobierno de Álvaro Obregón (1920-1924), con quien se encontró otras veces antes de su muerte, en 1928. El autor nos revela, en las imágenes que se construyen a través del relato, un país generoso con los visitantes, preocupado con el futuro y con el progreso, pero marcado por la destrucción y por la violencia tanto de la conquista y del período colonial como de los últimos acontecimientos históricos, relacionados con la fase revolucionaria. Con todo, Rodrigo Octávio concluye: “depois de outras e mais demoradas visitas [ao México] posso dizer que, sob muitos aspectos, México é o país mais interessante dos muitos que tenho visitado”.

Tras treinta años, el escritor brasileño Erico Veríssimo también parte de tren de Estados Unidos en dirección a México. De la misma manera, escribe un libro sobre ese viaje, un voluminoso ensayo sobre las características del país, la historia y cultura mexicanas.

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Notas bibliográficas

(1) Creo que los viajeros brasileños, al relatar y narrar sus experiencias de viaje, sobre todo en esas décadas en que las comunicaciones todavía eran precarias, contribuyen para la formación del imaginario con respeto a los países visitados y del propio acto de viajar. Trato el imaginario como el conjunto de imágenes producidas, a través del lenguaje, para dar sentido al mundo en que vivimos. José Murilo de Carvalho afirma que (...) el imaginario no es por eso mismo externo a las cosas y superpuesto a la realidad. Él es la forma inteligible por la cual las cosas existen para el ser humano. En este sentido, imaginario y discurso son semejantes: son formas de representación de la realidad (p. 15). José Murilo de Carvalho. A nova historiografia e o imaginário da República. Anos 90. Revista do Pós-Graduação em História da Universidade Federal do Rio Grande do Sul (Porto Alegre, Brasil) 1, (1993): 11-21.

(2) Rodrigo Octavio. México e Peru. São Paulo: Companhia Editora Nacional, 1940. Coleção Viagens.

(3) Op. cit., 15.

(4) Ibíd., 50-52.

(5) Ibíd., 47.

(6) Ibid., 76.

(7) Ibid., 81.

(8) Ibid., 78.s

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