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Por su parte, el discurso
del “hablador” machiguenga es de carácter
mítico. Los hechos que nos cuenta pertenecen
a la comunidad y al mundo de creencias de esa comunidad.
El lenguaje se acerca a la leyenda y la magia; las acciones
no tienen una lógica de causa y efecto, ni responden
a la ley de la física. Todo nace de los caprichos
de Tasurinchi o de los genios malvados, encabezados
por Kientibakori. Su carácter es sintético
e ingenuo. No existe marco espacio-temporal preciso
sino que todo sucedió alguna vez en alguna parte.
Sin embargo, y este aspecto es singular para la inteligencia
de la novela, el relato del “hablador” sufre
una lenta transición desde el mundo de la comunidad
a la experiencia personal; y del tiempo sin tiempo del
mito a la invasión de la historia.
La
particular estructura de la novela dividida en capítulos
alternados agrega otro aspecto necesariamente destacable:
el “hablador” cuenta su versión mítico-simbólica
y el narrador peruano la interpreta analíticamente
y la ubica en la historia. Los dos narradores dicen
lo mismo, sólo que de diferente modo. Pero el
discurso del peruano es anterior y posterior al del “hablador” y tiene una finalidad desmitificadora.
La razón, en el texto de Vargas Llosa, encierra
al mito. O al menos lo intenta.
La
cultura y los géneros
La
coexistencia de estos dos discursos complica la caracterización
del género de esta novela. Si nos guiáramos
por la trama ingeniosa con que el autor nos esconde
la personalidad del “hablador” hasta las últimas
páginas podríamos definirla livianamente
como una novela de intriga o suspenso. Pero la intención
del autor no es de este tipo y el escamoteo de la identidad
del narrador machiguenga no es motivo de intriga para
el lector a lo largo del texto.
Otro
camino para definir el género sería el
de detenernos en ambos discursos y optar por uno o por
otro según nuestro propio interés. Si
destacamos al personaje del narrador peruano, el libro
sería una crónica novelada con pasajes
míticos enmarcados. Esta sería nuestra
perspectiva como lectores “civilizados” . Si
miramos desde el discurso machiguenga, sería
una novela mítica acompañada de fragmentos
explicativos. Una definición híbrida sería
la más cómoda de todas: se trataría
de una novela o crónica antropológica
con discursos alternados.
Como
en tantos intentos por caracterizar la creación
literaria, también éste es insuficiente
o al menos incómodo. En esta novela, como nos
enseña el “hablador” , la interpretación
racional, de causa y efecto, es inapropiada. Es el error
que proviene de nuestro conocimiento analítico
e interpretativo. El género del texto no está
en la suma de sus partes sino en la fusión de
ambas. En los secretos e íntimos caminos que
las comunican. El género nace del fluir entre
ambos territorios; de su coexistencia y su inaprehensibilidad.
La
estructura profunda de la novela no es la suma de ambas
partes y el englobamiento por lo racional. Esa es sólo
la apariencia exterior. La estructura profunda surge
de la desaparición de las fronteras; del traslado
de uno a otro territorio: el del permanente proceso
del viaje. No es en vano que uno de los aspectos que
el “hablador” y los esposos Schneil destacan
sea este último: el del permanente desplazamiento
al que se ve obligada la tribu de los machiguengas.
El
tema del viaje reaparece constantemente en estas páginas.
El discurso del “hablador” comienza con esta
frase: “Después, los hombres de la tierra
echaron a andar...” (38). El propio Tasurinchi
dice que deben seguir andando porque es malo quedarse
en el mismo lugar; que quedarse es corromperse (44).
El narrador peruano inicia su relato hablando de su
viaje a Firenze, pero este viaje lo lleva paradójicamente
de inmediato a la selva amazónica. Ningún
viaje es tan importante, sin embargo, como el que haría
Saúl Zuratas hacia el fondo del alma del machiguenga.
Este
proceso de traslado de uno a otro género, de
los personajes desde uno a otro lugar, del viaje a Firenze
para encontrarse con el Perú, de Saúl,
el “Mascarita” , hacia su nueva identidad,
nos descubre ese anulamiento de las fronteras al que
hicimos referencia. Y nos plantea las relaciones entre
los dos mundos aparentemente antitéticos con
que nos confunden los dos discursos. En El hablador
los dos narradores nos cuentan de dos modos tan
diferentes, que al final creemos que estamos ante dos
realidades también diferentes. Esta escisión
es característica del discurso racionalista que
prima en el texto. Pero debajo de las palabras subyace
un mundo de fronteras que se deshacen y de personajes
que se trasladan de una región a otra región.
No es en vano que los dos discursos estén narrados
desde dos regiones tan distintas: la exquisita Firenze,
centro del mundo racional, individualista y erudito
del Renacimiento; y un pedazo de la selva amazónica,
perdido para la civilización y el tiempo, en
donde los dioses, los animales y los hombres se transforman
unos en otros y donde se comunican los vivos con los
muertos.
Pero
cada vez que coexisten lo real y lo irreal no quedan
dos mundos separados y diferentes, sino que el primero
se contamina con el segundo y surge una nueva realidad
que conmueve nuestra perspectiva racional. Esto lo saben
y lo utilizan los escritores de textos fantásticos.
Algo similar ocurre en este texto. La novela está
contada desde la perspectiva del “civilizado” ,
que el lector comparte; pero los dos mundos se contaminan
y es el “civilizado” , y no el machiguenga,
el que se quiebra. La Firenze renacentista y la selva
prehistórica se entrecruzan y ésta tiñe
de primitivismo a aquélla. La novela puede ser
entendida así como un entrecruzamiento y combate
entre dos culturas en donde la sometida y dormida despierta
y pesa increíblemente.
En
este caso, y contempladas las perspectivas y ubicación
de los narradores, El hablador puede ser una
metáfora de América. La novela está
escrita por un narrador “civilizado” . Es la
perspectiva del hombre culto que contempla desde Europa
la nueva tierra. Es el asombro del conquistador. El
del blanco que mira al aborigen (y éste a su
propia tierra). El tema no es aquel, sino éste.
El tema es el mundo del mito contemplado desde la razón.
Y de la separación de las fronteras. El tema
es la América primitiva que aún permanece
y de la que el narrador no podrá evadirse aunque
se aleje hacia la exquisita Firenze.
Desde
esta perspectiva la escisión de los discursos
es sólo aparente. Cada uno de ellos estaba representado
por el narrador peruano y un “hablador” machiguenga.
Pero en esta fusión interior que señalamos,
el personaje clave no es ni el personaje que representa
a Vargas Llosa, ni un ignoto aborigen, sino Saúl
Zuratas el “Mascarita” . Si hacia el final
de la novela “descubrimos” que él es “hablador” , no nos deslumbra tanto la estrategia
del escamoteo del autor sino la condición de
este secreto personaje. “Mascarita” posee
la doble naturaleza americana: hijo de un judío
y una criolla. La temprana muerte de ésta lo
conduce a la cultura de su padre. Pero con la muerte
de éste “Mascarita” ve renacer su entraña
americana. Lentamente se va alejando de los amores de
formación intelectual y va descubriendo la cultura
de los machiguengas. De sus lecturas occidentales sólo
queda el recuerdo de Gregorio Samsa, su hermano en monstruosidad
y marginalidad. “Mascarita” tiene la doble
condición de la América primitiva: la
naturaleza desbordante y anticonvencional del monstruo,
y la postergación, la separación, el olvido.
Su lugar en la novela no lo ocupa, sin embargo, por
estos caracteres, sino por el del viaje interior que
realiza desde la cultura limeña hacia el mundo
amazónico. Como se destaca permanentemente en
el mundo de los machiguengas, la metamorfosis, como
la de Gregorio Samsa, es la condición esencial
de los seres (animales, hombres, demonios) que habitan
aquella lejana región. “Mascarita” es también judío converso, pero convertido
desde la cultura “oficial” hacia las raíces
incontaminadas de América. Por su angustia como “hablador” se centra en el avance de los “padres
blancos” que invaden con la historia las tierras
de la leyenda.
En
el personaje que representa a Vargas Llosa, este desconocimiento
y esta incertidumbre por el destino y la personalidad
de Saúl Zuratas lo confunde en su apreciación
y nos confunde a nosotros. Nos reitera que el apodo
que éste tenía era debido a su gran fealdad;
sin embargo el “Mascarita” de su apodo no
era tanto por esa monstruosidad, sino por la propia
condición de máscara que tenía
el personaje. Por la forma como nos esconde y nos deforma
su verdadera personalidad.
Desde
esta perspectiva tal vez podamos rever las imágenes
de los narradores y entendemos que el “civilizado” y el “hablador” no son figuras opuestas del
texto, sino las dos caras de una misma moneda. La luz
y la sombra de una misma realidad a la que contemplamos
con nuestro “civilizado” escepticismo. Que
Saúl Zuratas es la cara oculta de Vargas Llosa.
Y que la alternancia tajante entre ambos discursos es
sólo una apariencia. Apenas una simple máscara.
Una “mascarita” .
Los
caminos de la fusión
¿Por
qué caminos se salva este abismo insondable entre
los dos discursos, entre estos dos modos opuestos de
abrirse al universo? Aquí es donde aparece el
otro aspecto que queremos recobrar en nuestro trabajo:
el de la condición trascendente de la palabra.
Si
el padre de Saúl era lector e intérprete
de la Biblia es lógico suponer que Saúl
conocía desde su infancia la condición
sagrada de aquel libro. Una mirada sobre estas cosmogonías
le habrá informado de la presencia de otros textos
de este tipo. La sacralización de la palabra
escrita es una constante que los hombres observan a
lo largo de su historia. Y que en gran parte condiciona
su destino. Sin embargo la historia de los hombres no
ha sido sacudida tanto por los escritores, como por
los oradores. Valga citar los nombres de Jesucristo,
Buda, Sócrates, etc., por no agregar los conductores
de pueblos, predicadores, o demagogos. Tal vez sea esa
condición de que “el Verbo se hizo carne”
lo que explique esta seducción por la voz
de los oradores. En los escritores la palabra está
allí, recostada sobre el papel, dormida sin su
lector; elocuente, pero muda. En los oradores, en cambio,
la palabra se hace carne, se encarna, y al encarnarse
forma parte del propio orador y del propio oyente. Una
certeza de este tipo habrá sido causa, en gran
parte, de la revolución lingüística
de la literatura de nuestro tiempo.
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