Desde esta perspectiva tal vez podamos rever las imágenes de los narradores y entendemos que el “civilizado” y el “hablador” no son figuras opuestas del texto, sino las dos caras de una misma moneda. La luz y la sombra de una misma realidad a la que contemplamos con nuestro “civilizado” escepticismo. Que Saúl Zuratas es la cara oculta de Vargas Llosa.

 

 

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El hablador de Mario Vargas Llosa: Querer escribir como hablo

por José Andrés Rivas

 

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Por su parte, el discurso del “hablador” machiguenga es de carácter mítico. Los hechos que nos cuenta pertenecen a la comunidad y al mundo de creencias de esa comunidad. El lenguaje se acerca a la leyenda y la magia; las acciones no tienen una lógica de causa y efecto, ni responden a la ley de la física. Todo nace de los caprichos de Tasurinchi o de los genios malvados, encabezados por Kientibakori. Su carácter es sintético e ingenuo. No existe marco espacio-temporal preciso sino que todo sucedió alguna vez en alguna parte. Sin embargo, y este aspecto es singular para la inteligencia de la novela, el relato del “hablador” sufre una lenta transición desde el mundo de la comunidad a la experiencia personal; y del tiempo sin tiempo del mito a la invasión de la historia.

La particular estructura de la novela dividida en capítulos alternados agrega otro aspecto necesariamente destacable: el “hablador” cuenta su versión mítico-simbólica y el narrador peruano la interpreta analíticamente y la ubica en la historia. Los dos narradores dicen lo mismo, sólo que de diferente modo. Pero el discurso del peruano es anterior y posterior al del “hablador” y tiene una finalidad desmitificadora. La razón, en el texto de Vargas Llosa, encierra al mito. O al menos lo intenta.

La cultura y los géneros

La coexistencia de estos dos discursos complica la caracterización del género de esta novela. Si nos guiáramos por la trama ingeniosa con que el autor nos esconde la personalidad del “hablador” hasta las últimas páginas podríamos definirla livianamente como una novela de intriga o suspenso. Pero la intención del autor no es de este tipo y el escamoteo de la identidad del narrador machiguenga no es motivo de intriga para el lector a lo largo del texto.

Otro camino para definir el género sería el de detenernos en ambos discursos y optar por uno o por otro según nuestro propio interés. Si destacamos al personaje del narrador peruano, el libro sería una crónica novelada con pasajes míticos enmarcados. Esta sería nuestra perspectiva como lectores “civilizados” . Si miramos desde el discurso machiguenga, sería una novela mítica acompañada de fragmentos explicativos. Una definición híbrida sería la más cómoda de todas: se trataría de una novela o crónica antropológica con discursos alternados.

Como en tantos intentos por caracterizar la creación literaria, también éste es insuficiente o al menos incómodo. En esta novela, como nos enseña el “hablador” , la interpretación racional, de causa y efecto, es inapropiada. Es el error que proviene de nuestro conocimiento analítico e interpretativo. El género del texto no está en la suma de sus partes sino en la fusión de ambas. En los secretos e íntimos caminos que las comunican. El género nace del fluir entre ambos territorios; de su coexistencia y su inaprehensibilidad.

La estructura profunda de la novela no es la suma de ambas partes y el englobamiento por lo racional. Esa es sólo la apariencia exterior. La estructura profunda surge de la desaparición de las fronteras; del traslado de uno a otro territorio: el del permanente proceso del viaje. No es en vano que uno de los aspectos que el “hablador” y los esposos Schneil destacan sea este último: el del permanente desplazamiento al que se ve obligada la tribu de los machiguengas.

El tema del viaje reaparece constantemente en estas páginas. El discurso del “hablador” comienza con esta frase: “Después, los hombres de la tierra echaron a andar...” (38). El propio Tasurinchi dice que deben seguir andando porque es malo quedarse en el mismo lugar; que quedarse es corromperse (44). El narrador peruano inicia su relato hablando de su viaje a Firenze, pero este viaje lo lleva paradójicamente de inmediato a la selva amazónica. Ningún viaje es tan importante, sin embargo, como el que haría Saúl Zuratas hacia el fondo del alma del machiguenga.

Este proceso de traslado de uno a otro género, de los personajes desde uno a otro lugar, del viaje a Firenze para encontrarse con el Perú, de Saúl, el “Mascarita” , hacia su nueva identidad, nos descubre ese anulamiento de las fronteras al que hicimos referencia. Y nos plantea las relaciones entre los dos mundos aparentemente antitéticos con que nos confunden los dos discursos. En El hablador los dos narradores nos cuentan de dos modos tan diferentes, que al final creemos que estamos ante dos realidades también diferentes. Esta escisión es característica del discurso racionalista que prima en el texto. Pero debajo de las palabras subyace un mundo de fronteras que se deshacen y de personajes que se trasladan de una región a otra región. No es en vano que los dos discursos estén narrados desde dos regiones tan distintas: la exquisita Firenze, centro del mundo racional, individualista y erudito del Renacimiento; y un pedazo de la selva amazónica, perdido para la civilización y el tiempo, en donde los dioses, los animales y los hombres se transforman unos en otros y donde se comunican los vivos con los muertos.

Pero cada vez que coexisten lo real y lo irreal no quedan dos mundos separados y diferentes, sino que el primero se contamina con el segundo y surge una nueva realidad que conmueve nuestra perspectiva racional. Esto lo saben y lo utilizan los escritores de textos fantásticos. Algo similar ocurre en este texto. La novela está contada desde la perspectiva del “civilizado” , que el lector comparte; pero los dos mundos se contaminan y es el “civilizado” , y no el machiguenga, el que se quiebra. La Firenze renacentista y la selva prehistórica se entrecruzan y ésta tiñe de primitivismo a aquélla. La novela puede ser entendida así como un entrecruzamiento y combate entre dos culturas en donde la sometida y dormida despierta y pesa increíblemente.

En este caso, y contempladas las perspectivas y ubicación de los narradores, El hablador puede ser una metáfora de América. La novela está escrita por un narrador “civilizado” . Es la perspectiva del hombre culto que contempla desde Europa la nueva tierra. Es el asombro del conquistador. El del blanco que mira al aborigen (y éste a su propia tierra). El tema no es aquel, sino éste. El tema es el mundo del mito contemplado desde la razón. Y de la separación de las fronteras. El tema es la América primitiva que aún permanece y de la que el narrador no podrá evadirse aunque se aleje hacia la exquisita Firenze.

Desde esta perspectiva la escisión de los discursos es sólo aparente. Cada uno de ellos estaba representado por el narrador peruano y un “hablador” machiguenga. Pero en esta fusión interior que señalamos, el personaje clave no es ni el personaje que representa a Vargas Llosa, ni un ignoto aborigen, sino Saúl Zuratas el “Mascarita” . Si hacia el final de la novela “descubrimos” que él es “hablador” , no nos deslumbra tanto la estrategia del escamoteo del autor sino la condición de este secreto personaje. “Mascarita” posee la doble naturaleza americana: hijo de un judío y una criolla. La temprana muerte de ésta lo conduce a la cultura de su padre. Pero con la muerte de éste “Mascarita” ve renacer su entraña americana. Lentamente se va alejando de los amores de formación intelectual y va descubriendo la cultura de los machiguengas. De sus lecturas occidentales sólo queda el recuerdo de Gregorio Samsa, su hermano en monstruosidad y marginalidad. “Mascarita” tiene la doble condición de la América primitiva: la naturaleza desbordante y anticonvencional del monstruo, y la postergación, la separación, el olvido. Su lugar en la novela no lo ocupa, sin embargo, por estos caracteres, sino por el del viaje interior que realiza desde la cultura limeña hacia el mundo amazónico. Como se destaca permanentemente en el mundo de los machiguengas, la metamorfosis, como la de Gregorio Samsa, es la condición esencial de los seres (animales, hombres, demonios) que habitan aquella lejana región. “Mascarita” es también judío converso, pero convertido desde la cultura “oficial” hacia las raíces incontaminadas de América. Por su angustia como “hablador” se centra en el avance de los “padres blancos” que invaden con la historia las tierras de la leyenda.

En el personaje que representa a Vargas Llosa, este desconocimiento y esta incertidumbre por el destino y la personalidad de Saúl Zuratas lo confunde en su apreciación y nos confunde a nosotros. Nos reitera que el apodo que éste tenía era debido a su gran fealdad; sin embargo el “Mascarita” de su apodo no era tanto por esa monstruosidad, sino por la propia condición de máscara que tenía el personaje. Por la forma como nos esconde y nos deforma su verdadera personalidad.

Desde esta perspectiva tal vez podamos rever las imágenes de los narradores y entendemos que el “civilizado” y el “hablador” no son figuras opuestas del texto, sino las dos caras de una misma moneda. La luz y la sombra de una misma realidad a la que contemplamos con nuestro “civilizado” escepticismo. Que Saúl Zuratas es la cara oculta de Vargas Llosa. Y que la alternancia tajante entre ambos discursos es sólo una apariencia. Apenas una simple máscara. Una “mascarita” .

Los caminos de la fusión

¿Por qué caminos se salva este abismo insondable entre los dos discursos, entre estos dos modos opuestos de abrirse al universo? Aquí es donde aparece el otro aspecto que queremos recobrar en nuestro trabajo: el de la condición trascendente de la palabra.

Si el padre de Saúl era lector e intérprete de la Biblia es lógico suponer que Saúl conocía desde su infancia la condición sagrada de aquel libro. Una mirada sobre estas cosmogonías le habrá informado de la presencia de otros textos de este tipo. La sacralización de la palabra escrita es una constante que los hombres observan a lo largo de su historia. Y que en gran parte condiciona su destino. Sin embargo la historia de los hombres no ha sido sacudida tanto por los escritores, como por los oradores. Valga citar los nombres de Jesucristo, Buda, Sócrates, etc., por no agregar los conductores de pueblos, predicadores, o demagogos. Tal vez sea esa condición de que “el Verbo se hizo carnelo que explique esta seducción por la voz de los oradores. En los escritores la palabra está allí, recostada sobre el papel, dormida sin su lector; elocuente, pero muda. En los oradores, en cambio, la palabra se hace carne, se encarna, y al encarnarse forma parte del propio orador y del propio oyente. Una certeza de este tipo habrá sido causa, en gran parte, de la revolución lingüística de la literatura de nuestro tiempo.

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