Apologético en favor de Don Luis de Góngora (Juan de Espinosa Medrano)

Cuaderno de agravios y lamentaciones (Antonio Gálvez Ronceros)

Ensayos críticos (Roland Barthes)

Manual para cazar plumíferos (Leonardo Aguirre)


 

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Un cazador muy particular

por Francisco Ángeles Menacho

 

Leonardo Aguirre
Manual para cazar plumíferos
Lima: Grupo Editorial Matalamanga, 2005.

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Manual para cazar plumíferos, la primera entrega de Leonardo Aguirre, es un libro tan irregular como interesante, que incluye un par de cuentos que no sería exagerado calificar de brillantes, y otros bastante flojos. En la mayoría de historias, hay un escritor inédito que posterga su primera publicación. A veces por correr tras la utópica perfección (“Café Milton y cordero con Saki”), otras por falta de tiempo para redondear la obra (el manejo de un negocio caído del cielo, como en “Un Blackbird en el Honey Pie”; una relación de pareja, como en “Mapa de tu espalda”; o la posibilidad de un embarazo producto de un simple affaire, como en “Crucidrama”): siempre se difiere el gran salto que a uno lo saca de la incómoda (o muy cómoda, o las dos cosas al mismo tiempo) situación de inédito. El otro tópico del libro es el amor, pero no como la vivencia plena del sentimiento, sino como la nostalgia de lo perdido, la rabia por la traición o la incapacidad para salir de lo platónico.

En “Café Milton y cordero con Saki”, el cuento que abre la colección, Chipana, un joven que va a participar en un concurso literario, acude a la casa de un viejo profesor en busca de consejo. El viejo es un escritor que ha ganado todos los premios de cuento, pero no ha publicado todavía un solo libro, y tiene la particularidad de utilizar los restos de su biblioteca para comer, beber y fumar (páginas de libros sirven como filtro de cigarro, como materia para preparados alcohólicos e incluso como ingredientes de cocina). Más allá de la posibilidad metafórica de esta característica, que viva de la literatura en el sentido más denotativo de la frase marca la línea por la que circulan la mayor parte de los protagonistas del Manual, cuyas vidas, de uno u otro modo, giran en torno a la escritura.

Con excepción del último relato (“Mi vida en Beatles”), todos los demás se presentan como los textos con los que el viejo ha sido galardonado. Sin embargo, podemos pasar por alto este recurso con el relato “Café Milton”, que se sostiene solo. Y se sostiene muy bien: el narrador heterodiegético aparece con recato y le cede todo el espectáculo a la voz del viejo escritor. Esta voz condensa las mayores virtudes del libro y deja en claro que lo mejor del Manual está en los discursos miméticos, cuando la narración llega directamente de los personajes. A través del viejo maestro, “Café Milton” fluye con facilidad, pleno de un sentido del humor inteligente.

Estas virtudes se repiten en el segundo cuento “Sandrita, Pattie Boyd y Michelle ma Belle”. Aquí, Aguirre es más osado y elimina del todo la voz de un narrador diegético, y construye un relato notable, exclusivamente a través del discurso de sus personajes. Este cuento, que en el fondo es una loa a la amistad, recuerda tanto a Manuel Puig como al Cabrera Infante de Tres tristes tigres, y es el pico máximo de la colección. Otra vez el humor y la fluidez que permiten una lectura divertida y sorprendente cuando, paso a paso, se va revelando una verdad en principio oscura.

Los demás cuentos no alcanzan el brillo de los dos primeros. Algunos son más tradicionales, como “Un Blackbird en el Honey Pie” o “Mapa de tu espalda”; otros, como “Crucidrama” o “Con Paola no puedo”, son el resultado de una dudosa experimentación vinculada al monólogo interior.

En suma, en el libro de Aguirre hay que separar la paja del trigo y esperar que de esos dos escritores que encontramos allí, con el mismo espíritu pero con distinto alcance, sobreviva el de los primeros cuentos. Para ello debe cuidarse del siempre peligroso elemento autobiográfico (en el que, a veces, lo que se sabe verdadero hace descuidar lo verosímil) y centrarse en la ficción (aunque sea autobiográfica). Manual para cazar plumíferos consigue un estilo propio, demuestra que la buena literatura no tiene por qué ser solemne, y confirma que la bondad del aspecto formal no es sinónimo de escritura barroca ni de afanes preciosistas.

© Francisco Ángeles Menacho, 2005

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/resena8_4.htm


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