Apologético en favor de Don Luis de Góngora (Juan de Espinosa Medrano)

Cuaderno de agravios y lamentaciones (Antonio Gálvez Ronceros)

Ensayos críticos (Roland Barthes)

Manual para cazar plumíferos (Leonardo Aguirre)

 

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Poéticas del comentario

por Giancarlo Stagnaro

 

Roland Barthes
Ensayos críticos
Buenos Aires: Seix Barral, 2003 (1964).

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En 1915, en Cherburgo, nació Roland Barthes. El 23 de marzo de 1980 falleció en París, a consecuencia de un accidente automovilístico. Durante los últimos 25 años, su figura intelectual ha crecido considerablemente dentro y fuera de Francia, donde ya venía gozando de cierto prestigio y tribuna debido a sus polémicas con Jean Paul Sartre y los gerifaltes de la crítica universitaria, lo cual no fue óbice para desarrollar una brillante carrera académica en varias universidades de su país y extranjeras. También fue catedrático del Colegio de Francia, cargo al que accedió gracias a las gestiones de su amigo y colega Michel Foucault. Sirva este apunte y breve introducción como recuerdo y sencillo homenaje a uno de los intelectuales y escritores más agudos del siglo que pasó. Desde su especialidad, la semiología, Roland Barthes contribuyó al fortalecimiento de los estudios literarios, al sentar las bases sólidas de un conocimiento exhaustivo del texto literario como entidad de múltiples valencias y funciones.

Esta renovación no hubiera ocurrido sin un giro epistemológico, la actividad estructuralista —como el propio Barthes lo define—, entre las décadas de 1950 y 1970. Atraídos por la lingüística de Ferdinand de Saussure, la retórica de Roman Jakobson, la antropología de Claude Lévi-Strauss y las obras de los formalistas rusos, se forja un grupo de pensadores que publican obras con una clara tendencia desestabilizadora de los saberes asumidos de su tiempo, incidiendo en la “estructuralidad” inherente a los fenómenos, sean éstos artísticos, sociales, políticos (e incluso el propio inconsciente). Jacques Lacan, Foucault y Barthes trasladaron la atención a la recepción de los fenómenos, en cómo influyen y afectan la constitución de los sujetos. Se trataba de desaprender las certezas, las seguridades con las que el hombre moderno se había instaurado en el mundo.

El estructuralismo fue un proyecto ambicioso que anhelaba revolucionar el campo de lo que usualmente llamamos ”ciencias humanas”. Lo cierto es que enfrentaba una fuerte oposición tanto desde las izquierdas como desde las derechas intelectuales. El propio Barthes vivió en carne propia estas confrontaciones. Por ejemplo, la respuesta a la “literatura comprometida” o engagée planteada por Sartre originó El grado cero de la escritura: el primer compromiso del escritor no es con el mundo o sus problemas, sino con la escritura, la palabra, el lenguaje. En la otra esquina, Sobre Racine encrespó las iras de los académicos universitarios, ya que Barthes desmitificaba a uno de los autores canónicos franceses por excelencia y ponía en evidencia la fragilidad conceptual de los métodos académicos convencionales (asimismo, la polémica también revelaba la poca tolerancia, la histeria de los docentes universitarios a la crítica).

Barthes llevaba la crítica literaria en la piel. Ensayos críticos consiste precisamente en explicitar aquella certidumbre de que el crítico es, ante todo, un escritor. En su caso, esta premisa se cumple completamente. Para Barthes, el lenguaje del crítico tiene como objeto la obra que trata sobre el mundo, el sistema de signos del lenguaje; y su misión es evaluar la complejidad de significancias por los cuales una obra, compuesta por dichos signos, llega a significar para el mundo. “(...) Aunque por su función hable del lenguaje de los otros, hasta el punto de querer aparentemente (y a veces abusivamente) concluirlo, el crítico, como el escritor, nunca tiene la última palabra. Más aún, ese mutismo final que forma su condición común es el que desvela la verdadera identidad del crítico: el crítico es un escritor. Ésta es una pretensión de ser, no de valor; el crítico no pide que se le conceda una ‘visión’ o un ‘estilo’, sino tan sólo que se le reconozca el derecho a una determinada palabra que es la palabra indirecta” (10).

Esta solicitud expresiva, este tener-que-decir-algo, puede comprobarse en los 33 artículos recopilados en Ensayos críticos, escritos entre 1953 y 1963, precisamente, en la época de mayor auge del estructuralismo, que fueron publicados en distintos medios de la época, entre otros, como Critique (la gran revista de Georges Bataille que cobijó los primeros trabajos de los estructuralistas), France-Observateur, el Times Literary Supplement y Tel Quel (la otra gran publicación de talante posestructuralista, dirigida por Jacques Derrida y donde publicaron Julia Kristeva, Tzvetan Todorov, entre otros). Los comentarios de Barthes abarcan desde Tácito, La Bruyère y Voltaire hasta el teatro de Baudelaire y Brecht, Balzac, Bataille, Kafka, Raymond Queneau y un aparte a la Historia de la locura en la época clásica, de Foucault. Dedica una serie de artículos a Robbe-Grillet y el despegue de la nouveau roman, así como disquisiciones sobre la literatura, el papel de la crítica literaria y la jerga periodística.

Muchos, amplios temas que a Roland Barthes lo ratifican como uno de los comentaristas más acuciosos de la literatura contemporánea. Mas sola una preocupación atañe a Barthes: por qué la escritura —y la literatura, por analogía— irradia significancias y cómo éstas nos impregnan. Precisamente, en el artículo dedicado a Kafka (“La respuesta de Kafka”, 187-193), a propósito de una reseña, Barthes escribe una respuesta a estas interrogantes:

“(...) La vieja pregunta (estéril): ¿Por qué escribir? es substituida por el Kafka de Marthe Robert por una pregunta nueva: ¿cómo escribir? Y este cómo agota el por qué: de repente el callejón sin salida se abre, aparece una verdad. Esta verdad, esta respuesta de Kafka (a todos los que quieren escribir) es la siguiente: el ser la literatura no es nada más que su técnica.

“En resumen, si se transcribe esta verdad en términos semánticos, ello quiere decir que la especialidad de la obra no depende de los significados que oculta (adiós a la crítica de las ‘fuentes’ y de las ideas), sino sólo la forma de las significaciones. La verdad de Kafka no es el mundo de Kafka (...), son los signos de este mundo. Así, la obra nunca es respuesta al misterio del mundo, la literatura nunca es dogmática. Al imitar al mundo y sus leyendas (...), el escritor sólo puede ofrecer signos sin significados: el mundo es un lugar siempre abierto a la significación pero incesantemente defraudado por ella. Para el escritor, la literatura es esta frase que dice hasta la muerte: no empezaré a vivir hasta saber cuál es el sentido de la vida” (189-190).

Son los sentidos que nosotros, los lectores, entregados al deseo de la escritura (para Barthes, la escritura es otra forma de amor), les otorgamos a las obras los que constituyen la literatura. No hay esencias, no hay aprioris, no hay oposición entre Arte y Vida, sólo un vacío proteico cuyo contenido lo determinamos nosotros. Esta apreciación del hecho literario en sí representa un paso fundamental, ya que coloca al lector, al receptor, en el papel principal que define lo literario. Y son los lectores, frente a los críticos de oficio, los que definen a su vez el gusto y las tendencias. Roland Barthes nos ha otorgado una enorme libertad de elección, pero a la vez una gran responsabilidad.

La lectura de estos Ensayos críticos es una experiencia valiosa. Pienso que nos haría mucho bien difundir con mayor ahínco la obra de Roland Barthes —obra inacabada, nunca cerrada, siempre dispuesta a una diseminación, a una apertura— en nuestro medio literario, a fin de superar un estilo de hacer crítica romántico y contenidista, basado en la superioridad y la intolerancia del crítico —o del escritor— frente a la variedad de orientaciones literarias, con las cuales hay que dialogar de manera horizontal. Posiciones inflexibles a lo Torquemada son muestras de un fascismo encubierto y de una cultura autoritaria y clasista que lamentablemente no tiene visos de desaparecer. Urge un desaprendizaje de nuestros valores asumidos, una deconstrucción de nuestras certezas. Si la técnica, como dice Barthes, es lo que hace la literatura, hay que reconocer en ella su inmensa capacidad para el diálogo, es decir, aquella necesidad de querer encontrarnos los unos con los otros.

Ilustración de portada: La moda estructuralista, de Maurice Henry. De izquierda a derecha: Michel Foucault, Jacques Lacan, Claude Lévi-Strauss y Roland Barthes.

© Giancarlo Stagnaro, 2005

 
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