Nº23
revista de literatura
 
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reseña    

Patricio Pron

 

Mañana tendremos otros nombres

Lima: Alfaguara, 267 pp.

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Pensar el amor

La última novela de Patricio Pron, Mañana tendremos otros nombres, puede ser descrita como una novela de amor o como una novela de desamor, de ruptura. Sin embargo, quizá otro término se adapte mejor a ella: el de novela del amor o el de novela sobre el amor. Dice el acta del Premio Alfaguara de novela 2019, que le fue otorgado por unanimidad: “Mañana tendremos otros nombres es la fascinante autopsia de una ruptura amorosa, que va más allá del amor: es el mapeo sentimental de una sociedad neurótica donde las relaciones son producto de consumo”. Es en esa aspiración de ir de un caso específico, el final de la relación entre Ella y Él (los protagonistas), al caso más bien general de la sociedad en la que viven, que se juega en buena medida el valor de esta novela. Los resultados, como veremos, son altamente satisfactorios.

El libro empieza con el fin o con lo que parece el fin. Luego de cinco años de relación amorosa, que da toda la impresión de haber sido bastante fecunda, Ella lo deja a Él pues, según dice, tiene un amante –luego descubriremos que sus razones son misteriosas– y Él se queda en el apartamento que ambos han compartido y que a la postre abandonará por un ambiente menos tóxico. A partir de ese momento, se inician dos recorridos: el recorrido de Él y el recorrido de Ella. Los veremos intercalarse capítulo a capítulo en una estructura que se sirve de los vasos comunicantes. Mientras Él queda en un estado de aparente inmovilidad en el que su única aspiración, en un principio, es retrospectiva –quiere saber qué ocurrió, por qué Ella decidió dejarlo, qué culpa debe asignarse, qué culpa debe asignarle–, Ella asume su propia búsqueda, por decirlo así, en movimiento, lo que le permite una mirada mucho más amplia de lo ocurrido. Su numeroso grupo de amigas, su tambaleante situación laboral, una aventura en un viaje a Brasilia, un embarazo casual y elegido le servirán para amplificar su comprensión del fenómeno amoroso, del que al final, como ocurre siempre, obtendrá solo un saber parcial. Con todo, y a raíz de las peripecias que viven ambos, bien se puede hablar aquí de un Bildungsroman de la ruptura. Cuando, pasado cerca de un año, Él y Ella se reencuentren, ya no serán los mismos de antes, la experiencia los habrá cambiado. Es eso en buena medida lo que propone la novela: dos rutas que se separan y que al final vuelven a unirse. El narrador en tercera persona, casi pegado a la primera, nos permite analizar minuciosamente ambas trayectorias.

¿Qué se gana con el uso de la narración en paralelo? ¿Qué ventajas hay en la alternancia de ambos planos de la experiencia? En principio, esta conduce a un primer logro fundamental: la novela no nos obliga a ponernos del lado de nadie. A diferencia de lo que ocurre en muchas otras ocasiones, en Mañana tendremos otros nombres, el lector tiene la libertad de situarse en la posición que crea más conveniente sin que ningún juicio de valor externo a él lo dirija. Ella y Él están condenados a interpretar la realidad con percepciones diferentes e incluso contradictorias. Somos nosotros quienes debemos definir quién está en lo cierto, o si se puede estar en lo cierto, o si lo cierto siquiera existe. El narrador no cumplirá esa función por nosotros; estará para acompañar y para mostrar, solo eso. Un ejemplo evidente de esta tendencia a no autenticar, a no fijar una verdad por encima de los personajes, se presenta en las páginas 22 y 74. Primero, se dice de Él: “siempre había pensado que Ella parecía más blanda que Él pero que, en realidad, era más dura, y en ese momento descubrió que estaba equivocado, que era Él quien parecía más blando que Ella, pero, de hecho, era más duro” (22). Después, se dice de Ella: “Siempre había pensado que Él parecía más blando que Ella pero, en realidad, era más duro; sin embargo, había acabado descubriendo que estaba equivocada, que era Él quien parecía más duro que Ella, pero, en realidad, era más blando” (74). La lectura de la novela no nos impondrá una respuesta específica; únicamente nos llevará a meditar sobre la cuestión. Un segundo logro importante es la estructura elegida: ofrece un ritmo que de otro modo hubiera sido imposible. La alternancia constante entre estatismo y movilidad, y luego entre solipsismo y deseo de abarcamiento, permite que la novela no se estanque ni se apresure, que avance con dinamismo y velocidad contenida. Dicho de otra manera, se lee con gusto hasta el fin.

En más de una entrevista, Patricio Pron ha señalado que la novela se originó a partir de una pregunta: ¿cabe en una historia de amor una historia del amor, o al menos una historia del amor en nuestros tiempos? Mañana tendremos otros nombres no es otra cosa que la respuesta. Con ella nos acercamos de manera reflexiva a las distintas formas de amor que proliferan en la actualidad y a los efectos que estas suponen en nuestro entorno más cercano. Tinder, el poliamor, el matrimonio y sus roles de género, la cultura de la maternidad o la estadística como norma son solo algunos de los temas que sobrevuelan en este libro como ondas expansivas de la historia principal. El método para incluirlos es sumamente eficiente: el sutil aprovechamiento de los personajes secundarios. Tanto las amigas de Ella (llamadas todas con iniciales) como la editora, mejor amiga y eventual amante de Él, funcionan siempre como ventanas sobre las cuales nos asomamos para observar nuevas perspectivas del fenómeno amoroso. Para seguir con la idea de las rutas, da la impresión de que, en cada una, los protagonistas hacen paradas con actitud algo más que turística: observan con la paciencia y la precisión del cronista de viajes que sabe que hasta lo más mínimo puede serle de utilidad. Claro está que si todo esto se trabajara sin agudeza, utilizando a los secundarios directamente como pretextos, este rasgo de la novela se tomaría como un defecto. Por fortuna, esto no es así, y constituye uno de sus logros.

Vinculado a lo anterior, se puede identificar la actitud siempre morosa y reflexiva del narrador, que a la vez que produce imágenes de un minucioso sentido estético, tiende con mucha facilidad a abordar la historia desde el ensayo. De hecho, el personaje Él es un ensayista reconocido y, por tanto, la reflexión es, de algún modo, su forma de vida. Sin embargo, quizá sea Ella, arquitecta de profesión, la que presenta de un modo más firme y sostenido esta cualidad. Gracias a este cruce de géneros (la narración y el ensayo), en la novela se puede sentir la propensión a pensarlo todo. Temas diversos como el feminismo, el capitalismo a ultranza, las actitudes totalitarias cada vez menos ocultas, la volatilidad de las emociones en el mundo actual o los temores que doblegan a las nuevas generaciones aparecen analizados con audacia e inteligencia, y sobre todo con apertura, sin voluntad concluyente. Cabe decir que estas reflexiones parten de un punto de enunciación: la mirada de Occidente en el siglo XXI. La historia se desarrolla en el Madrid de nuestros tiempos, pero en realidad podría situarse en cualquier capital europea. El efecto que se logra con este apego a la reflexión es quizá uno de los aciertos más importantes del libro: el hecho de no dejar indiferentes a sus lectores. Al vernos confrontados por situaciones que nos tocan, por fenómenos que observamos en nuestra vida cotidiana y ante los cuales se nos obliga a tomar una posición, no podemos sino poner a trabajar nuestro intelecto. Más allá de la historia misma, la relación entre Ella y Él, la novela queda en nosotros como un estímulo del pensamiento. Con ella se nos induce a repensar nuestros prejuicios, a volver sobre todo aquello que creíamos ya pensado. Esta potencia intelectual es extremadamente valiosa.

Así pues, podemos decir que Mañana tendremos otros nombres cumple sobradamente los objetivos que se propone. Tanto el acertado uso de la narración en planos paralelos, que permite abordar las distancias insalvables entre los amantes, como el propósito abarcativo del que se nutre la historia (no solo en cuanto al amor, sino a la actualidad en su conjunto) pueden hacer de esta novela una experiencia recomendable para distintos tipos de lector y para distintos grados de exigencia. Y es que resulta muy difícil no conectar en algún nivel. Patricio Pron ha comentado que él prefiere el tipo de libros que, más allá de contar una historia, se pueden usar una vez terminados. Los que resuenan de distintas formas, los que obligan a volver, ya sea para discutirlos o al menos para meditarlos. Sin duda esta novela pertenece a esa noble estirpe: la de novelas que nos piensan, y que nos hacen pensar.

 
 
 
©Danilo Raá, 2019
 
 

Danilo Raá (Lima-Perú, 1990)
Bachiller en Literatura por la UNMSM. Ha colaborado como reseñista en la revista Buensalvaje, en la Bitácora de El Hablador y en la web El Buen Librero. Actualmente, trabaja como profesor asistente en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas.

 
 
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