Nº23
revista de literatura
 
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Augusto Higa Oshiro

 

Japón no da dos oportunidades

Lima: Animal de Invierno, 2019, 272 pp.

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Japón no da dos oportunidades o el viaje hacia la identidad nikkei

La obra de Augusto Higa Oshiro (Lima, 1946) se ha desarrollado a través de dos principales direcciones. La primera se relaciona con una narración de la urbe, que se percibe desde su libro inicial, Que te coma el tigre (1977), cuentario en el cual, en su mayoría, adolescentes de sectores populares, con expresiones lingüísticas particulares, desfilan para mostrarnos ese nuevo rostro de una Lima dinamizada por la migración. Diez años después, aparecerá La casa de Albaceste (1987); luego su prístina novela, Final del porvenir (1992). En esta última, se inserta una ficción propia de la narrativa urbana, con estructura de diverso tono coral, donde la violencia se vulnera a partir del desalojo de una quinta en La Victoria. Recordemos que Higa participó en el número dos de la revista Narración y tuvo cierta afinidad estética con algunos de sus integrantes.

Más adelante, su escritura pasará, propiamente, de la vorágine de la urbe hacia una embrollada introspección identitaria, pues este segundo momento se vincula con su ascendencia japonesa. Ahora sus personajes –aún marginales, y con signos psicóticos, transitan en un espacio urbano colisionado– abordan principalmente la condición de la identidad nikkei o nisei en el Perú. Será con este nuevo tópico que su literatura convendría en un giro diferente, porque se erigirá con respecto al conflicto acerca de qué significa ser nisei. A este momento pertenece el catártico, complejo e intenso protagonista de su tan elogiada novela La iluminación de Katsuo Nakamatsu (2008). Asimismo, corresponden los tres primeros cuentos de Okinawa existe y la nouvelle Gaiijin. No obstante, este nuevo desplazamiento temático tiene su cauce seminal gracias a Japón no da dos oportunidades (1994).

Animal de Invierno, luego de 25 años, reedita Japón no da dos oportunidades (2019), libro que marca un punto de quiebre en la obra de Higa, quien a través del discurso testimonial relata su abrumadora experiencia laboral como dekasegui (operario extranjero en Japón), desde agosto de 1990 hasta mayo de 1992, en el país del sol naciente. Considerando que el testimonio se produce mediante un testigo que enuncia no solo desde lo visto, sino desde lo vivido, en la introducción, el autor manifiesta que “mi objetividad consiste en fragmentos y sintetizar hechos fidedignos, naturalmente desde mi punto de vista, apelando a mi honestidad [...]. No sé hasta qué punto logro mi objetividad, pero mi seriedad no falsea los hechos” (p. 16). De este modo, la autoridad de lo narrado se genera mediante la experiencia y torna al lugar de enunciación un valor ético.

Desde finales de la década del 80, la migración de descendientes de japoneses hacia el país nipón fue progresivo debido a la crisis peruana. El optimismo de una mejoría económica sedujo a muchos. Sin embargo, las rígidas situaciones de trabajo, los contratos parciales y dependientes, sumados a la limitación de la lengua y la discriminación ocasionaron el retorno de algunos. Así como Higa, varios compatriotas emigraron en condición de dekasegui. Apoyándose por medio de la expresión de la crónica periodística, el autor nos introduce en su trágico periplo por el paso de cinco fábricas cumpliendo diversas y duras actividades. Asimismo, nos muestra la convivencia en diferentes permanencias con otros dekaseguis. En el avance de la narración, se percibe que el testigo de los hechos, en un proceso gradual, va padeciendo de un estado de variación mental.

Japón no da dos oportunidades, además, significa aquel “obscuro reencuentro” con los ancestros y la pugna ante una identidad vacilante. Desde una “consciencia escindida”, el autor evoca el tiempo cuando era “mozolejo” y formula una serie de cavilaciones: “¿cómo llegaría el espíritu de nuestros antepasados?, ¿en qué lengua nos comunicaríamos, ¿cuál era el camino? [...]. ¿Seríamos igual o distintos a los japoneses?” (p. 20). Estas preguntas se corresponden con lo dicho por sus compañeros de la primera estancia. Manifiesta Koji Murakami: “Allá en el Perú no somos peruanos, acá en el Japón nos maltratan por extranjeros: ¿Qué diablos somos”. Sin embargo, más adelante, la respuesta de Carlos Maehira resulta desconcertante: “Somos los fronterizos, los que estamos en el limbo” (p. 61). En este sentido, la historia de Augusto Higa no surge desde una memoria individual, sino, también, se funde como parte de una colectividad que siente los efectos negativos de la migración.

Las diferencias hacia la comunidad nikkei peruana complican que esta se integre –a pesar de su condición de descendientes– en el sistema sociocultural nipón. Los niveles de marginalidad se presentan mediante diversas causas como lo descrito en la última fábrica de nombre “Tomei”. Aquí, por ejemplo, las mujeres japonesas llaman “inaca” a los dekaseguis peruanos, vocablo que connota a provincianos de hábitos burdos, “gente de baja estofa”. Asimismo, desde la mirada del autor, se asevera que “éramos el centro de la hablilla diaria, espiaban nuestras costumbres, nos observaban como seres exóticos, normalmente para comprobar la conducta bárbara” (p. 224). Resulta paradójico que la situación de nisei de Augusto Higa producirá un signo negativo para que su estado de migrante subalterno se acrecentara; situación que, añadida a su rigurosa actividad laboral, su convivencia con otros operadores y su identidad no resuelta, dilatará su alteración psíquica.

La gradación del deterioro mental del protagonista deviene en trastornos psicóticos. Atrás quedó el sueño de la conquista del país del sol naciente para Higa, pues el regreso al Perú es inminente. La marginalidad, ahora, se origina por sus propios compatriotas debido a su padecimiento esquizofrénico, producto de la migración, la inadaptabilidad con el medio y la discordancia de esa identidad con sus ancestros, tantas veces reflexionada y anhelante de ser revelada. La imagen final con el sakura, la flor japonesa nacional, se enlaza con el inicio del siguiente libro, La iluminación de Katsuo Nakamatsu, novela que continúa con el conflicto y la compleja exploración de saber qué significa ser nisei.

El interés que últimamente ha suscitado la obra de Augusto Higa Oshiro responde a que constituye uno de los referentes mayores de la literatura nikkei escrita en el Perú. De manera silenciosa, ha construido una obra sólida y ha colocado en el imaginario literario peruano protagonistas que deambulan en las entrañas de los intersticios para hilvanar el descubrimiento de aquella identidad que aún no se ha armonizado. En Japón no da dos oportunidades, más allá de la verosimilitud, el testimonio brinda la credibilidad y revela, desde la narración misma, un cuerpo, y una psiquis, que se han deteriorado por ese vesánico itinerario de la migración para develar una de las tantas formas de pensarnos como peruanos dentro de lo heterogéneo de nuestro país.

 
 
 
©Yoni Príncipe Hernández, 2019
 
 

Yoni Príncipe Hernández (Lima, 1980)
Estudió Literatura en la Universidad Nacional Federico Villarreal y Educación en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya. Además, es egresado de la Maestría en Escritura Creativa de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ha publicado entrevistas y reseñas en las revistas Buensalvaje, Revista Académica UNASAM, Letras de la UNMSM y Lucerna. Su poemario Cantos arbóreos apareció en el libro Premio Felizh 2014. Este año se reeditará con el sello Distopía Editores.

 
 
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