Nº22
revista de literatura
 
Siguenos en:
 
 
 
Contacto Quiénes somos Colaboraciones Legal Enlaces Buscador Primer Hablador
 
 
reseña    

Mateo Díaz Choza

 

Libro de la enfermedad

Lima: Paracaídas Editores, 2015. 70 pp.

________________________________________________

He aquí la poesía, he aquí el lenguaje

El lenguaje posibilita la creación del mundo, así como la palabra gesta la realización de la imaginación. Si las sílabas, los epítetos, la articulación del verbo, la transgresión del hipérbaton, y la traslación significacional de la metáfora son las herramientas necesarias del poeta, el hacedor lingüístico que transforma con sus manos orfebres la arcilla de puntos y comas de las frases inspiradas, entonces preguntaríamos lo siguiente: ¿qué es poesía?, ¿cómo se llama lo que sentimos cuando hallamos una sinécdoque lograda, una epífora precisa? Las respuestas pueden ser muchas o ninguna, pero lo que sí aceptamos indudablemente es que la poesía es recreación, restauración de la palabra. Y el libro de Mateo Díaz Choza, Libro de la enfermedad, es una prueba tangible de que el lenguaje se puede convertir en pura poesía.

Cuando uno empieza a desplegarse por el mundo poético de Díaz Choza, nos hallamos instalados ante diapasones y liras que, con cuerdas rotas o estalladas, procederán a retumbar no solo nuestros oídos, sino también temblar nuestras corneas con los versos resonantes de una pluma barroca. Efectivamente, cuando el lector va recorriendo las páginas del poemario, es sacudido ante el estruendo e impacto de cada hipérbaton, el goce excesivo por una metáfora, el placer sensorial gracias a cada sinestesia, así como el regocijo escéptico frente a cada idea vertida sobre la muerte y el vacío como dadores de vida, fulgor, luminosidad, creación, extinción.

Dividido en cuatro capítulos, Libro de le enfermedad es una muestra de estilo bien cuidado. Cada parte se organiza en varios temas. Dichos tópicos se desarrollan a través de un lenguaje, un pensamiento, como si el emisor poético concibiera diversas formas verbales de percibir el mundo. En otras palabras, no existe una univocidad de recrear lo circundante, sino generar una multiplicidad de enfoques sobre el cual se reestructura el referente. No es casual que el sujeto lírico nos envuelva en el fragor de la naturaleza, el ambiente de los insectos o animales, las visiones de los distintos personajes bíblicos, los diálogos y monólogos de las voces entrecruzadas en templos, bosques, ríos, etc. Nada es gratuito, menos en este libro apocalíptico de sellos semánticos.

En la primera parte del libro, el poeta nos abre el telón de lo que vendrá en los siguientes capítulos: su orquestación musical de complexión barroca, churrigueresca, en el que el movimiento y la ornamentación nos desplazan de frase en frase, de verso en verso, en un vértigo y catalepsia cognitiva, en el que el lector debe mantener una actividad sensorial y de aprehensión muy aguda ante cada figura resemantizada por parte del locutor. El frenesí de las imágenes y de los conceptos, así también de los sentidos, son per se constantes por el tinte recargado del estilo que se avizora desde el comienzo del texto. Con ello, la simplicidad de los versos se contrastan y conjugan augurándonos el devenir de las siguientes ideas: creación, esencia humana, fugacidad de la vida, quehacer poético, etc., pero que se desfiguran y desdibujan por la misma acción del lenguaje: “La palabra se ha marchitado antes de ser pronunciada” (15).

Traspasada esa armonía de sinfónicas frases, en el que la lengua se deja suavizar por el retorcimiento formal de los versos, el emisor nos somete a los retortijones sensitivos, en el que la génesis cristiana y la inspiración poética se reencuentran como en los tiempos inmemoriales, donde lo mítico se encontraba en estrecha relación con la filosofía y la poesía. Así, el sujeto lírico nos presenta varios personajes bíblicos como Saúl, Isaac, Jeremías, Lot, Sansón, Simeón, María Magdalena, Tomás, Adán, y Jesús que relatan —o se narran— sus experiencias sagradas en el mundo que les tocó vivir, pero desde otra perspectiva. De este modo, las historias vertidas en esta sección no son una reactualización de los pasajes cristianos harto conocidos, sino el tratamiento fino de las penurias y sentimientos escépticos que experimentan dichos personajes; es decir, existe una desmitificación por parte del locutor acerca de las Sagradas Escrituras, ya que lo vívido por dichas personas no fue un acontecimiento milagroso y de regocijo, sino de frustración, pesadumbre y resignación por parte de ellos. La humanización de aquellos nombres es el vacío que resta luego de despojarlos de su destino a su libre albedrío. Por ello, como es esencial en el estilo barroco, las figuras retóricas asaz presentes, como el hipérbaton, sirven para estrujar, silenciar, el grito de humanidad de aquellos que han dejado de ser divinos, consagrados.

Ahora bien, luego del tránsito por una cornucopia de figuras literarias, en la tercera parte del libro, el lenguaje se vuelve denso, los versos se alargan, los temas se universalizan, y las palabras se revuelcan en un mar de significaciones, en el que Andrómaca, Casandra, Helena, Antígona, Gilles de Rais, la ciudad de Troya y el libro del Apocalipsis se devanean entre el canto desesperado y angustiante del lenguaje, así como en la lengua y el lirismo aplastante de los versos. En esta sección, el tema sine qua non del texto deja traslucirse a través de los resquicios de la significación: la palabra vacía, ausente de sentido fijo. Cada verso explota la materia verbalis, incendia la mudez para dar paso al verbo preñado de sentido, de mundo, de acción creadora, sin hallar una respuesta que lo satisfaga en cada poema. Devastado el referente, incinerada la tierra, desgajada la sintaxis, ultrajada la retórica: “entonces se verá el primer hombre fuera de los muros del / lenguaje” (57).

La cuarta y última sección es el resultado de la explosión lingüística a través de cada página: las ruinas y el desgaste de los versos. No es que este acápite sea de un nivel inferior a los demás, sino todo lo contrario, son versos precisos, sin ambages barrocos, palabras sencillas, imágenes frescas, descripciones simples, ya que es lo que nos queda luego de una peregrinación a través de la misma significación: el verbo. Los tres últimos poemas son testigos del referente arrasado luego de haber sido transgredido por cada palabra poética. Ya no hay incandescencia, temblor, sino paz, armonía, quietud, allende de intranquilidad: “Pero hoy, mi mente / está colmada de incertidumbre” (64).

De este modo, Libro de la enfermedad, de Mateo Díaz Choza, demuestra una solidez en el manejo del verso, y una destreza en el uso de las figuras literarias. Pese a ser el segundo libro de este joven poeta, ya notamos un estilo marcado por recargar ese vacío humanal del hombre con ese lenguaje que está prohibido para muchos, aunque parece que para él no, como es la poesía.
 
 
 
©Jhonny J. Pacheco, 2015
 
 

Jhonny J. Pacheco (Lima - Perú, 1983). Licenciado en Literatura por la UNMSM. Ha realizado una Maestría en Literatura, y actualmente estudia un Doctorado en Literatura Peruana y Latinoamericana en la misma casa de estudios. Pertenece a la Editorial independiente Agalma. Ha publicado artículos sobre música, cine y novela en algunas revistas, así como reseñas. También, ha participado en congresos de literatura fantástica y de narrativa decimonónica. Ha publicado en el 2014 su primer libro de poemas Anatomía de la tierra de estilo neobarroso.

 
 
Deje su comentario
 
Nombre:
 
 
 
 
El Hablador 2003-2015 © Todos los derechos reservados | ISSN: 1729-1763
           
Especial   Creación   Debate  
Artículos   Reseñas   Biblioteca  
Entrevistas   Periódico   Estudios