Nº21
revista de literatura
 
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reseña    
Mario Vargas Llosa  

El héroe discreto

Lima, Alfaguara, 2013.

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Una ‘historia bien’ contada

Con El héroe discreto, la última novela de Mario Vargas Llosa, ocurre lo impensable con buena parte de su obra: el paso por sus trescientas ochenta y tres páginas termina por hacerse sumamente irregular. Si bien en contadas ocasiones la lectura ofrece momentos de armonioso recorrido, en los que el lector parece rozar, aunque sea tenuemente, al escritor de La casa verde; en otras, o en otras varias (a lo largo de casi toda la novela) tiene más bien la impresión de avanzar a rastras. 

Y no porque los veinte capítulos que la componen sobresalgan por su complejidad técnica o su densidad argumental. Todo lo contrario, la novela, que en los capítulos impares narra la resistencia del empresario piurano Felícito Yanaqué a quebrarse ante las amenazas de la mafia, y en los pares la odisea del empresario limeño Ismael Carrera tras casarse con su sirvienta y poner en jaque los intereses económicos de sus hijos, resalta por la transparencia de su lenguaje. En El héroe discreto la apuesta es a seguro, el escritor peruano va por una historia bien contada o, mejor sería decir, por contar sencillamente una historia que está bien.

Porque en esta novela –y hay que recalcarlo– está todo bien; no podría ser de otra manera con la receta que la sostiene: lugares ya antes explorados por el escritor, personajes conocidos, relaciones amorosas y tensiones familiares, de un lado un crimen a ser resuelto y de otro un enigma que acaricia lo paranormal, todo ello con un Perú en pleno apogeo económico de fondo. Vargas Llosa se desenvuelve con pleno dominio en su oficio y en el género del que esta vez se sirve, el policial. ¿Qué falla, entonces?

Antes, algunas cuestiones más sobre la trama. La novela explora dos direcciones que terminarán por encontrarse. Por un lado, una mañana Felícito Yanaqué empieza a recibir anónimos que le exigen pagar cupos a cambio de su seguridad, estos con una particularidad: van firmados con el bosquejo de una arañita. Fiel al consejo de su padre, quien antes de morir le dijo no se dejara pisotear por nadie, el transportista y empresario piurano buscará ayuda en la policía local, en donde conocerá al sargento Lituma. A partir de entonces empezará una constante búsqueda de pistas que se irán desentrañando en paralelo a información acerca de la vida personal del transportista.

A muchos kilómetros de allí, en Lima, la novela explora otra historia que reúne dos tramas complementarias, la de Ismael Carrera, quien tras un repentino matrimonio intentará sortear la denuncia de sus hijos, patanes empeñados en invalidarlo para así recibir el entero de su herencia; y la de su amigo Don Rigoberto, quien junto a su esposa Doña Lucrecia tendrá más de un dolor de cabeza resolviendo el misterio de los encuentros entre su hijo Fonchito y un enigmático personaje, Edilberto Torres.

La historia, una vez puestas las cartas sobre la mesa, parece medianamente prometedora. El lector tiene claro ya en la página setenta que no está (y comprensiblemente) ante toda la potencia narrativa del que lo deslumbrara en La fiesta del Chivo o La Guerra del fin del mundo, no obstante confía en el oficio que el premio Nobel de Literatura ha de tener para surtir elementos que, en manos de un escritor primerizo, seguramente terminarían por salirse de control y caer en lo trillado. Y entonces avanza, pasa páginas confiado en que de la voz que antes de los treinta años escribió La ciudad y los perros, nada podría salir mal.

Nada sale mal, en efecto, y allí probablemente esté el error. Porque a partir de la página cien, El héroe discreto se vuelve predecible hasta el hastío. El problema no es que se juegue con fórmulas más o menos conocidas en el género -los investigadores de carácter contrapuesto, la esposa y la amante, ciertas rencillas familiares-, sino que estos aspectos se desarrollen de manera tan superficial. La novela carece, por ejemplo, de elementos que nos permitan conocer más a fondo a la mayoría de personajes y así tentar, conforme va avanzando la lectura, alguna hipótesis. La consecuencia es que cuando el crimen central queda resuelto, el lector de ninguna manera queda satisfecho, descree de pruebas que le resultan artificiales o puestas ahí sobre la marcha. Entre tanta sorpresa y ruido, se siente escéptico y fuera de la fiesta.

Vargas Llosa cae en el estereotipo y hasta en ocasiones en la pura enumeración de acciones, al punto de que el lector no sabe bien a qué aferrarse para no perderle confianza a la novela, si a un lenguaje que en ocasiones se hace telegráfico y se limita a un “hizo esto y luego aquello y luego lo otro”, o a un crimen que uno espera (ruega) se mantenga todavía un buen número de páginas, pues sabe que una vez develado no habrá ningún as bajo la manga.

Al entrar en la investigación de los anónimos a Felícito, se abre y cierra arbitrariamente pistas que el lector no sabe muy bien cómo llegaron. La escena en donde el sargento Lituma recuerda (y los lectores nos venimos a enterar) que uno de sus viejos amigos, los Inconquistables, allá cuando eran jóvenes, solía dibujar arañitas, llega a entusiasmar durante algunas páginas luego de tanto preámbulo para entrar en materia, pero termina por dejar un sabor a distractor de principiante.

Es una lástima que en una novela con marcados rasgos policiales, un elemento que llame la atención por lo fallido sea la resolución del crimen, que se da en base a un interrogatorio en donde se afirma que el acusado cayó en graves contradicciones, aunque el lector nunca sepa (ni se llegue a enterar en toda la novela) cuáles fueron.

Llegado este punto, convendría decir también algo sobre los capítulos correspondientes a Ismael Carrera y Don Rigoberto. Sin duda esta segunda línea parece mejor construida que la primera. Una vez planteado el conflicto familiar en torno a Ismael, la narración se focaliza en Don Rigoberto.

Hay que decir que uno de los aspectos más interesantes de esta línea argumental es la expectativa de que funcione como soporte a la trama de Felícito, es decir que alguno de los conflictos planteados en Lima terminen por tener consecuencias en Piura. Por un lado, conocemos al personaje de Edilberto Torres, misterioso hombre que se le aparece a Fonchito en los lugares más insospechados. La pregunta se vuelve tentadora de inmediato ¿Tendrá este hombre alguna relación con los anónimos al transportista? Por otra parte, los hijos de Ismael Carrera empiezan a lanzar amenazas a don Rigoberto, quien fue testigo del matrimonio de su padre. Los intimidantes métodos de los hermanos también sugieren cierta relación con los anónimos en Piura. Son éstas, las páginas intermedias, de lejos las más regulares de toda la novela, en donde está todo aún por resolverse y las posibilidades son diversas. El lector sortea pistas y ata cabos por su propia cuenta, encuentra en esta segunda línea lo que no en la primera, además de un abanico de situaciones como las de Fonchito y sus divagaciones filosóficas y los momentos de tensión entre don Rigoberto y los hermanos Carrera.

El deleite, lamentablemente, dura poco, pues conforme la novela va avanzando el lector repara en que estas tramas, que habrían funcionado tan bien de entretejerse, terminan distanciándose y diluyéndose cada cual por su lado. Las soluciones que Vargas Llosa plantea incluso llegan a irritar: los hermanos se arrepienten y el misterio de Edilberto Torres queda en el aire. En lo que respecta a las historias de Felícito y Don Rigoberto, volvemos al recurso, ya casi de marca registrada en Vargas Llosa, de relacionar historias en apariencia independientes, aunque esta vez éste llame la atención por lo gratuito: un simple parentesco familiar que nada aporta a los personajes ni a la historia y que se aleja por mucho de la creatividad empleada con los personajes de Urania Cabral y Leonidas Trujillo o Flora Tristán y Paul Gauguin.

Una última cuestión: no queda claro por qué Vargas Llosa vuelve a antiguos personajes. El reencuentro con los Inconquistables, tan publicitado en la contratapa del libro, se resume a tres o cuatro caras que poco aportan. En cuanto a don Rigoberto, bien habría podido tener otro nombre y en nada haber afectado la historia. Caso similar es el del sargento Lituma. Los personajes de Vargas Llosa pierden y por mucho, y hasta en ocasiones diera la impresión de que están ahí puestos a pedido, como relanzamiento de novelas que no se han caracterizado por su éxito comercial.

Hay que repetirlo, la lectura de esta novela termina por hacerse irregular. Sin duda tiene un puñado de buenas páginas, en donde el Nobel peruano vuelve a trabajadas descripciones o al recurso de intercalar tiempos y espacios en una misma página, y sin embargo pronto el lector repara en que no alcanza. No alcanza ni con personajes conocidos ni con misterio de por medio ni con un ágil planteamiento, y lo único cierto es que la novela termina por consumirse antes de la página doscientos.

Ya al final, el lector termina llevándose la impresión de que esta novela, pese a las tan divulgadas expectativas del escritor meses antes de su lanzamiento, quedará pronto en el olvido. De otro novelista, cuestionable, pero no de Vargas Llosa, a quien la carta de Julio Cortázar colmara en elogios décadas atrás a propósito, precisamente, de personajes como Lituma y los inconquistables. Derrota por puntos, escribiría acaso esta vez el escritor argentino.

 
 
 
© Carlos Zambrano Pérez, 2014
 
 

Carlos Zambrano Pérez (Trujillo-Perú, 1990). Estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Sus cuentos han sido seleccionados durante tres años consecutivos (2010-2011-2012) para Textura, mercado ambulante de cuentos, organizado en la Facultad de Letras de esa misma casa de estudios. Ha publicado reseñas en la revista literaria El Hablador y en el blog Germinal. En 2011 obtuvo el primer lugar en el concurso de cuento Manuel Scorza, organizado por la Facultad de Letras, con el cuento “Orquídeas”. Actualmente, además de su labor como docente, dicta talleres de lectura y creación literaria para jóvenes. 

 
 
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