Nº21
revista de literatura
 
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reseña    
Lurgio Gavilán Sánchez  

Memorias de un soldado desconocido.
Autobiografía y antropología de la violencia

Lima, IEP, 2012, 180 pp.

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Comprender la violencia: todo puede repetirse

La figura del testigo supone observar desde un lugar cercano o, en todo caso, privilegiado, una sucesión de hechos excepcionales que permitan la comprensión de un período, un momento o una acción. Interesa la cercanía: la participación es un valor extra, un añadido deseable, pero no imprescindible. Entonces, nada resulta más alejado de la autobiografía de Lurgio Gavilán Sánchez que calificarla como el relato de un testigo. Esta es la historia de un actor. En Memorias de un soldado desconocido encontramos una versión flexible de la historia peruana reciente, alejada de los maniqueísmos y las reducciones que pueblan los discursos oficiales y, en más de un caso, la literatura. No es nuevo resaltar que la versión de Gavilán está definida por su participación en las instituciones más extendidas –quizás las únicas– del país (Ejército, Sendero Luminoso e Iglesia), pero sí lo es reflexionar en lo que tienen de común estas tres y en cómo el individuo, fin de la sociedad, se mueve dentro de ellas con la esperanza de encontrar un lugar mejor, un verdadero camino.

La primera institución que el niño guerrillero, que era Lurgio Gavilán, integró fue Sendero Luminoso. Los ideales de justicia e igualdad motivaron al niño de doce años a seguir a su hermano mayor para pelear hasta derramar la última gota de su sangre, en pos de una victoria que, le anunciaban, era inevitable y próxima. Entonces él sería un héroe y el pueblo, esa masa sin rostro ni nombre, le estaría agradecido para siempre. Sendero Luminoso se sostenía, estrictamente, por un discurso que proponía el sacrificio, el control y la obediencia individuales como los pilares de la revolución. Ninguna idea, ningún pensamiento guía podía ser entendido porque pocos compañeros sabían leer. Los comuneros que se plegaban a la guerra de SL se sometían a la rígida disciplina del partido, a su organización jerárquica y a la voluntad indiscutible del líder. El fin justificaba todas las penurias. Resulta sintomático que, en un país marcado por el autoritarismo y la violencia, la organización que pretende representar a las clases subordinadas y conducirlas al poder tenga las mismas características. De ahí que las diferencias en el funcionamiento interno del Ejército (el único órgano del Estado, hasta hoy, que tiene alcance nacional) y SL no sean muchas. Ambas valoran al individuo en la medida en que se adapta a los fines de la institución, es decir, como piezas funcionales a un orden social y político. La Iglesia, en ese sentido, muestra por lo menos dos caras. Por un lado está la Iglesia que encarna Cipriani, más preocupado por los preceptos que por el hombre, y por otro está la Iglesia que encarnan los franciscanos, interesados en recibir al prójimo y redimirlo.

Sin embargo, es necesario matizar algunas ideas. Tanto la Iglesia como el Ejército marcan una diferencia con respecto a SL: imparten instrucción. La educación permite que el niño guerrillero se incorpore a la sociedad para defenderla, primero, y educarla, después. La labor social que cumplen estas instituciones, por supuesto, tiene finalidades distintas. Mientras que los militares la valoran como medio de superación personal, los religiosos la entienden como un eficaz método multiplicador: los educados en Cristo educarán a otros en la misma fe. Sea como fuere, aprender a leer y escribir es el inicio de un momento distinto en la vida de Lurgio Gavilán, un giro de tuerca.

Dentro de la rigidez esquemática que notamos al interior de las tres instituciones, hay un factor que la autobiografía de Gavilán introduce en la comprensión de la violencia política peruana: la dimensión humana de los actores. La distinción grupo/individuo resulta fundamental porque anula las falsas generalizaciones, destruye los estereotipos e inaugura una visión más clara de los hombres que formaron parte de los bandos en pugna. Podemos observar campesinos radicalizados que entienden poco o nada del pensamiento Gonzalo, senderistas que bailan en la fiesta del Carnaval y se embriagan de pura alegría junto a otros comuneros, senderistas que, asustados por la cercanía de la muerte, desertan de las filas de la subversión para volver a sus pueblos y a sus chacras. Observamos también soldados que no siempre aniquilan al enemigo, por el contrario, lo protegen y lo mandan a la escuela, soldados que sueñan con el fin de la guerra para hacer una vida normal, soldados que se cuidan entre ellos y lloran cuando muere un amigo.

La autobiografía de Gavilán no oculta las atrocidades, no pasa por agua tibia las matanzas o las violaciones, pero nos enseña que no podemos entender nuestra guerra en blanco y negro, así como tampoco podemos atribuir la génesis y el desarrollo de los hechos a desórdenes psicológicos de los actores. Cualquier reducción es tendenciosa, tergiversa el sentido de la historia para acomodarla a intereses partidarios o electorales como los del fujimorismo. Podríamos extrapolar la caracterización que hace de los hermanos franciscanos, aunque con modificaciones, a todos los que intervinieron en el conflicto: “No son ciertos los estereotipos formados por parte de la feligresía que dice que somos unos ángeles, que nuestras manos son santas, ni mucho menos la historia lo acepta” (p. 135). Ni máquinas asesinas ni filántropos. Entender la historia de la violencia no solo pasa por entender los hechos, pasa también por comprender a los hombres.

La historia de vida de Lurgio Gavilán está dividida en cuatro momentos bien definidos:

  1. La del niño subversivo que, en su afán de justicia, entiende la violencia como el único modo de alcanzar un cambio rápido y efectivo en la sociedad.

  2. La del soldado que se acopla a la violencia institucional del Ejército –y por extensión del Estado– y la ejerce para sobrevivir en tiempos de guerra.

  3. La del hermano franciscano que aprende que es posible coherencia entre la prédica y la práctica, entendiendo que “el hombre es primero”.

  4. La del antropólogo que intenta comprender su propia vida y sus propias acciones en relación con la historia del país y las condiciones económicas, políticas y sociales que acompañaron el surgimiento de SL.

En estos cuatro momentos hay un punto de quiebre que ya señalamos líneas arriba: la educación. Aprender a leer y escribir le permite al autor acercarse a esa sociedad extraña, la otra, la occidentalizada, que durante tanto tiempo lo ignoró. Además hace posible que se inserte en el ámbito letrado y pueda entender su propia experiencia, no de forma aislada e individual, sino dentro de un marco más amplio: el de la historia del país. En este proceso, es muy significativa su mirada del presente porque, como siempre, es el balance del pasado.

La pregunta que Gavilán plantea frente a la proximidad de un hombre que se parece a su hermano muerto no tiene, hasta ahora, una respuesta clara: “¿era justo o injusto lo que estábamos luchando?” (p. 169). No la tiene porque las condiciones que hicieron posible la aparición de SL continúan vigentes, quizás más poderosas que nunca y legitimadas por artículos como “El síndrome del perro del hortelano”. La pregunta, entonces, no debe ser por qué surgen organizaciones como Movadef, sino qué hacemos para evitar que la historia se repita. En un artículo publicado en Letras Libres, Guy Sorman afirma que los países que han atravesado dramáticos períodos de violencia y ruptura, como la española o la alemana (o, más cerca, la chilena) se caracterizan por un mayoritario rechazo a la “tentación autoritaria”. Esto exige de las sociedades una profunda reestructuración económica y política que, en el caso peruano, ni siquiera se planteó, porque el discurso del optimismo y el crecimiento han cobrado un poder que parece incuestionable y porque ya es cotidiano, algo endémico, el autoritarismo en nuestra práctica social. Mientras tanto, la pregunta de Gavilán al espectro de su hermano sigue latente.

 
 
 
©Rómulo Torre Toro, 2014
 
 

Rómulo Torre Toro (Lima-Perú, 1987). Estudió Literatura en la UNMSM. Ha participado en Textura: Mercado ambulante de cuentos. Obtuvo una mención honrosa en el concurso de cuentos  de los Juegos Florales de la Universidad Ricardo Palma. Actualmente colabora con los blogs Germinal (Política-Actualidad-Cultura), Lee por Gusto y la Bitácora de El Hablador.

 
 
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