Nº21
revista de literatura
 
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reseña    

Jennifer Thorndike

 

Ella

Lima: Borrador editores, 2012. 108 p.

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La casa donde habita el recuerdo

La escritora Jennifer Thorndike (Lima, 1983), autora del libro de cuentos Cromosoma Z (2007), publica su primera novela bajo el intrigante título de (ella). En (ella) se cuenta la historia de una familia o, mejor dicho, de un fracaso de familia por culpa de la psicología atormentada de la madre quien, después del abandono de su marido, vuelca todo su afecto en sus dos pequeños hijos, dos gemelos, convertidos en sus rehenes emocionales. Temerosa de perderlos también, los educa con una mezcla de sentido del deber y sentimiento de culpa. Por eso, conforme se va haciendo anciana, exige cada vez más que sus hijos se ocupen de ella con celo y abnegación, como se les repite una y otra vez a lo largo de la novela.

Entiéndanlo de una vez. Ahora que su padre se ha ido, ustedes son responsables de mí. Eso es lo que hacen los buenos hijos, sobre todo ahora que estamos solos. Nos tenemos el uno al otro y ustedes tienen que velar por su madre. Ahora es su responsabilidad.

Convertida en una anciana de sesenta años, la hija de dicha mujer se encuentra finalmente enfrentada a la situación que durante varios años, desesperada y arduamente, había estado esperando: el fallecimiento de su progenitora. Así, los pocos días que se interponen entre dicho fallecimiento y la cremación del cuerpo son utilizados por la huérfana para darle rienda suelta al recuerdo y hacerlo palabra, conforme se pasea por las habitaciones de su memoria. Se trata de un recuerdo para nada lineal sino más bien errabundo, caprichoso y tan fugaz como la duración de cada una de las secciones que componen la novela. En él se suceden revelaciones como la homosexualidad de su hermano gemelo, la partida del padre, escenas familiares virulentas y muchos otros acontecimientos que destilan esa esencia de crueldad y malestar en diversas circunstancias y momentos. Con todo, cada retazo de pasado se encuentra, en mayor o menor medida, relacionado con esa presencia ya ausente que es la figura materna. La muerte de la madre es la razón por la cual la narradora e hija ha empezado a juntar los escombros de su memoria, pero es al mismo tiempo la justificación de su esfuerzo por liberarse de ella.

Creo que tienes razón: no soy una buena hija porque he deseado este momento toda mi vida, y porque no verás ni una lágrima durante todo este proceso. Si viene alguien a darle el pésame le diré que no lo haga porque esto es lo mejor que me ha podido pasar.

Libre por fin de su madre, la narradora, en lugar de alinear sus palabras hacia el futuro, las eslabona una a una hacia el pasado. De esa manera pareciera encontrar, si es que no la explicación a tantos años de desgracia, al menos la justificación de sus actos como hija. Pero muy pronto este esfuerzo por despojarse del pasado haciéndolo palabra se revela como otra cosa. El recuerdo pareciera ser al mismo tiempo la manifestación de un fracaso, el de anhelar librarse de ese pasado amargo que, con todo, la define y le entrega una identidad. Ajuste de cuentas, semblanza adolorida, denuncia contra su madre, el testimonio de la narradora tiene de todo esto pero también mucho de impotencia por no poder salir a ninguna parte después de su desaparición. En este sentido, existe una sensación de ambigüedad, de falta de definición en la novela que nunca se resuelve, sino que, al contrario, se hace cada vez más tensa.

Mi tiempo se ha acabado y ahora mi cuerpo envejecido tiene que enfrentarse a su cuerpo muerto de noventa y cuatro sin ninguna esperanza y sin ningún placer. Sólo con odio. Estoy segura de que cuando entre en su cuarto y vea la sonrisa apacible con la que murió, confirmaré que ella siempre supo que su muerte no solo terminaba con su vida, sino también con la mía.

Por lo demás, del mismo modo en el que José Donoso busca darle un sentido a cada uno de los espacios que acogen a sus personajes, para Jennifer Thorndike la casa es más que un simple decorado, ella misma es otro personaje. Los espacios, cada una de las habitaciones en las cuales viven los miembros de la familia, se impregnan del esfuerzo por recordar lo que transmite la narradora. Como ocurre con el recuerdo, la casa misma adquiere un significado ambiguo. El espacio, ese hogar tan femenino donde viven las dos mujeres, es lo que les permite ser, reivindicar su relación, intensa, feroz, pero al mismo tiempo les impide trascender, en la medida en la cual se encuentran condenadas a vivir dentro de él. De ahí que la muerte de su progenitora le sirva a la narradora para intentar evadirse del encierro emocional y físico al cual fue sometida durante toda su vida, liberarse afuera, en la calle, donde palpita la promesa de algo nuevo. El deseo intenso que vive la narradora por salir fuera de la casa se revela, sin embargo, como un temor, el temor de que al salir termine dispersándose en lo desconocido.

Ahora entiendo que es difícil acostumbrarse a tener que enfrentar ese mundo exterior cuando nunca se ha conocido nada fuera de estas cuatro paredes. Mi miedo a las calles, al taxi y a las personas, es un factor a tomar en cuenta en esta nueva vida. Ya estoy vieja también para conocer el lenguaje de la calle, los signos, las avenidas más allá de mi zona segura.

El espacio de la casa, por otro lado, no es otra cosa que una imagen de otro espacio, el ficcional, el de la novela. Los muros de la casa son, al mismo tiempo, los límites de la novela, esas palabras que se levantan para entregarle al lector una materia más allá del silencio y el vacío, pero que al mismo tiempo lo encierran en una atmósfera malsana. La palabra hecha expiación y ésta, a su vez, literatura que se convierte en una áspera metáfora de la incomunicación que Jennifer Thorndike explora hasta sus últimas consecuencias. De hecho, como lector, no pude más que sentir un inicio de delectación morosa frente a esa cruel frialdad con la que Thorndike esboza a cada uno de sus personajes, sus conflictos y tensiones, sus pequeñas alegrías, pero también sus miserias en el interior de su ficción. En la literatura de Jennifer Thorndike, no hay concesiones para nada ni nadie, ningún asomo de emancipación es posible en la medida en la cual los personajes se encuentran condenados a “ser”, en función de sus relaciones, siempre verticales y destructoras con los demás.

 
 
 
©Félix Terrones, 2014
 
 
Félix Terrones (Lima-Perú, 1980). Escritor y crítico peruano. Ha publicado las novelas cortas A media luz (PUCP, 2003) y El silencio de la memoria (Mundo Ajeno, 2008). Este año publicará con la editorial granadina Nazarí su primer libro de microrrelatos titulado El viento en tu cara. Desde 2004 vive en Francia donde enseña lengua y literatura latinoamericanas en la Université François Rabelais. Doctor en literatura por la Université Michel de Montaigne, Bordeaux III, ha editado la antología de la obra del escritor peruano Sebastián Salazar Bondy. Actualmente, traduce la novela Conquistadors, del narrador francés Eric Vuillard.
 
 
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