Nº21
revista de literatura
 
Siguenos en:
 
 
 
Contacto Quiénes somos Colaboraciones Legal Enlaces Buscador Primer Hablador
 
 
reseña    

Adlin de Jesús Prieto

 

Del testimonio a la autobiografía. Ángela Zago y su proyecto de escritura

Caracas, Editorial Académica Española, 2012. 140 pp.

________________________________________________

El proyecto de escritura de Ángela Zago

En Del testimonio a la autobiografía. Ángela Zago y su proyecto de escritura, Adlin de Jesús Prieto hace un análisis detallado del conflicto que supone la clasificación genérica de la obra de Ángela Zago. Su trabajo se centra en tres textos. El primero de ellos es Aquí no ha pasado nada, publicado originalmente en 1972 y re-editado y traducido posteriormente en varias ocasiones. En él, Ángela Zago relata su paso por el movimiento guerrillero venezolano en la década de 1960. Se trata de un libro publicado durante el auge del testimonio latinoamericano que tuvo lugar en las décadas de 1960 y 1970. Aunque podría tenderse a clasificar este libro como un ejemplar más de la serie de testimonios guerrilleros que comenzó con los textos de Ernesto Che Guevara, en la medida, constituye la relación personal de un empeño revolucionario, el estudio de Prieto expone las dificultades de vincularlo a la genealogía guevariana, sobre todo por su perspectiva de género que no es la del hombre nuevo del Che sino la de una brave new woman revolucionaria. Los dos libros posteriores son Existe la vida, cuya primera edición data de 1989, y Sobreviví a mi madre, de 1997. Ambos continúan y complementan la narrativa vital que Zago inició en el texto de 1972, lo que le permite a Adlin Prieto leerlos como unidad, como un cuerpo de escritura concebido como obra.

Su análisis de la serie se divide en tres partes. En la primera, hace una revisión de la crítica y la teoría del testimonio latinoamericano. La segunda parte describe el contexto histórico y cultural de Venezuela en el que Ángela Zago publicó su serie autobiográfica. La última parte confronta los intentos críticos y teóricos de sistematización del testimonio y de sus géneros colindantes, como la autobiografía, con el efecto de incertidumbre que produce el proyecto de escritura híbrida de Zago y expone cómo a partir de esa confrontación emerge y se legitima un nuevo sujeto discursivo.

El primer capítulo del libro ofrece un panorama de las discusiones a que ha dado lugar el testimonio y hay dos series de problemas que saltan a la vista con mayor preeminencia. La primera es la serie de problemas alrededor de la voz, puesto que, en el testimonio, un intermediario letrado reclama la capacidad y el derecho de dar voz a un sujeto subalterno. Este es uno de los aspectos más debatidos del género testimonial. Por un lado, está el problema del grado y la forma en que interviene el sujeto intermediario, llámese escritor, periodista, académico o intelectual. Aunque la colaboración entre el intermediario y el testimoniante parecería, en principio, una relación de solidaridad, varios críticos han señalado los problemas de esa mediación. Más que darle voz al otro, se la captura y se la transforma. La escritura del testimonio aprisiona al sujeto oral y extrae su voz de la historia para articularla en la literatura: “Por eso, la escritura testimonial no puede ser entendida como el discurso guardián de un texto oral previo, sino como la inscripción de una lectura, el elemento final en el proceso de lectura crítica de un pre-texto. De ahí que en lugar de lograr la democratización de la narración, reafirme el monólogo de la escritura”, dice Prieto (p. 34). Más que establecer un diálogo con el otro subalterno, el intermediario letrado parece inscribirlo en su propio proyecto escritural.

La otra serie de problemas que ocupan el foco de la discusión crítica y teórica del testimonio es la de la clasificación genérica. Esta línea de argumentación es particularmente relevante para el libro, dado que la problematización del sujeto que emerge en los testimonios de Zago parte justamente de su desafío de la clasificación genérica. Desde que el Premio Casa de las Américas incluyó la categoría de testimonio en 1970, ha habido una extensa discusión sobre su definición, los problemas que le son particulares, su estatus discursivo y su taxonomía. Algunas de las posibilidades clasificatorias que expone Del testimonio a la autobiografía incluyen la de Margaret Randall (1992), quien habló de testimonio en sí y testimonio para sí: la primera categoría incluye un amplio rango de manifestaciones testimoniales, que van desde la novela testimonial hasta la fotografía y el discurso político, mientras que la segunda categoría supone un género discursivo distinto de los demás existentes. Elzbieta Sklodowska (1992), por su parte, propone una clasificación que distingue el testimonio inmediato del mediato. El primero comprende lo que Randall denomina testimonio en sí, mientras que el testimonio mediato supone una definición más tradicional de testimonio, cuya marca de identidad sería la función organizativa del editor. George Yúdice (1992) acude a otro criterio para diferenciar al testimonio estatalmente institucionalizado para representar el testimonio que ha surgido como acto de lucha por la supervivencia. Desde una perspectiva temática, Mabel Moraña (1997) divide al testimonio en cuatro categorías, según sea testimonio de la lucha revolucionaria, de la resistencia popular en el Cono Sur, testimonio, y biografía femenina o testimonio desde los márgenes. Según la función y el nivel de intervención del intermediario, Julio Rodríguez-Luis propone dividir los testimonios en cuatro categorías: 1) cuando el escritor es un editor, 2) cuando el mediador hace una reescritura total del texto, 3) cuando el papel del mediador es más extenso y explícito, y 4) cuando el texto constituye una estructura novelística independiente de su origen documental. Rossana Nofal (2002) hace un aporte a las tentativas de clasificación del testimonio, que no han considerado la posibilidad de que el testimoniante no sea una persona iletrada. Su propuesta permite distinguir el testimonio canónico, en que un intelectual sirve de intermediario con el propósito de dar voz a un sujeto iletrado, y el testimonio letrado. En este último, el autor es el mismo testimoniante, que abandona la posición de la víctima absoluta para tomar la palabra y relatar su propia experiencia. Justamente este caso, dice Adlin Prieto, corresponde a los textos de Ángela Zago.

El segundo capítulo del libro presenta el panorama político y cultural de Venezuela en el momento en que Zago comienza su carrera como escritora. Después de la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, en 1958, el país inicia un período democrático constantemente asediado por la lucha revolucionaria que tenía dos frentes: el armado y el cultural. La guerrilla de las montañas y las ciudades tenía su contraparte cultural en una serie de revistas como Cruz del Sur, Sardio y El techo de la ballena, desde donde los intelectuales de izquierda debatían con otros sectores socio-políticos. Sin embargo, ese frente de izquierda intelectual pierde cohesión a partir de 1968, cuando el gobierno adelanta una política de pacificación de guerrilla. A los grupos que habían tomado parte en la lucha armada y que permanecían en la clandestinidad se les ofreció la oportunidad de reincorporarse a la vida pública y participar de la contienda política legal. Como resultado, los intelectuales de la oposición fueron asimilados por el aparato institucional del estado. Esto aseguró la continuidad de su influencia, ya que asumieron la dirección del sector cultural e impusieron su pauta en él, pero también contribuyó a minar su unidad como grupo de oposición. Por otro lado, en el ámbito de la creación literaria, se consolidaron dos tendencias: la primera de ellas, hacia la experimentación; la segunda permitió el desarrollo de una corriente testimonial. Esa redistribución de poderes en el sector cultural también permitió una redistribución de los sujetos escribientes que se organizan en un campo jerarquizado donde intelectuales de distinta raigambre dirigen las instituciones culturales. Sin embargo, en ese mismo campo, se abren espacios para la emergencia de sujetos que escriben desde lugares diferentes del intelectual, tal es el caso de Ángela Zago, quien entra al ámbito escritural desde la posición de la guerrillera-escritora que da cuenta de su experiencia revolucionaria a través de un texto testimonial.

La última parte del libro recoge y articula las bases que han sentado los primeros dos capítulos: está dedicada al análisis de los textos de Zago, con énfasis en su indefinición genérica. La obra de Zago ha sido leída de maneras diversas: como documento político, reportaje-ficción, crónica y autobiografía. Sin embargo, la lectura que más frecuentemente ha respaldado la crítica es la del texto como testimonio, aunque, como arguye Adlin Prieto, “el texto no se ajusta a la definición clásica del testimonio y su ubicación dentro de las tipologías existentes es un tanto engorrosa” (p. 56). La autora del estudio lee los tres textos como una sola ficción tripartita que cuenta en conjunto la trayectoria de la narradora desde la infancia hasta su paso por la guerrilla y, finalmente, su reinserción a la vida civil. La obra de Zago no puede leerse como testimonio canónico, sostiene Prieto, porque falta la función del mediador, y tampoco como testimonio letrado porque “la palabra del yo es construida como una voz individual, sin la memoria de un nosotros militante” (p. 58). Por esa razón parecería más apropiado leer el texto como autobiografía.  Por otro lado, se trata de una obra que tampoco acaba de encajar en la tradición del testimonio guerrillero latinoamericano, por cuanto la narradora femenina se aleja del modelo del narrador guevariano y por su relación con el otro subalterno cuya voz debería representar y que en cambio usurpa. La narradora representa a los campesinos desde la distancia de la tradición criollista y regionalista, no desde la tradición testimonial. “El sujeto que narra”, dice Prieto, “da la espalda al otro, para mostrar la elección de su subjetividad como espacio preferencial de su relato” (p. 72). Por eso, el proyecto de Zago es opuesto en términos políticos al del testimonio. En lugar de constituirse como voz colectiva, la narradora busca configurarse como autora, legitimar su voz.

Ahora bien, la lectura de los textos de Zago como autobiografía no es menos problemática, ya que ninguno de los textos permite establecer la identificación del nombre de la autora con el de la narradora y protagonista de los relatos. En esa medida, se rompería el pacto autobiográfico y la identidad de estas tres figuras no podría establecerse más que de manera conjetural y nunca libre de incertidumbre. “Este texto entraría, por lo tanto”, dice Prieto, “en la categoría de novela autobiográfica. […] Nos encontramos ante un texto que presenta gestos autobiográficos, pero que canónicamente no corresponde al género” (p. 74). Los tres libros de Zago vacilan entre el testimonio, la novela y la autobiografía. Todos presentan características afines a estos géneros pero no pueden ser asociados canónicamente con ninguno. Constituyen un relato autoficcional, híbrido, que incorpora gestos de tradiciones narrativas diversas (guerrillera, romántica, criollista, regionalista, femenina): “[u]n relato cuyos materiales, palabras y registros ‘imitan’ las formas de la literatura canonizada” (p. 95).

Probablemente, el giro más interesante en el argumento de Prieto es el que le permite vincular el análisis detenido del texto en relación a su indeterminación genérica con los efectos de poder que esos rasgos textuales producen sobre un campo político, social y cultural, en cuanto permiten la emergencia de un sujeto discursivo. Prieto propone que Zago invierte con su producción autoficcional “en el campo simbólico, y con ellos, [logra] un considerable y ascendente capital simbólico que se traduce en términos de reconocimiento en un campo de acción cultural” (p. 97). Su obra le ha otorgado un lugar destacado en la escena mediática, académica, cultural y política. Al señalar esta trayectoria de los textos y del sujeto a que dan lugar, Adlin Prieto lleva el análisis del testimonio lejos de los caminos ya tan recorridos por la crítica, como el problema de la voz, de la representación, de la clasificación, y abre un horizonte de preguntas sobre los efectos de poder de este tipo de discursos y las subjetividades a que dan lugar.

 
 
 
©Carlos Rojas Clavijo, 2014
 
 
Carlos Rojas Clavijo (Bogotá-Colombia, 1978). Es un Doctorando de la Universidad de Nueva York. Tiene una Licenciatura con altos honores en Literatura de la Universidad de los Andes (Colombia) y una Maestría en Estudios Latinoamericanos de la Universitetet i Bergen (Noruega). Sus intereses investigativos incluyen J. L. Borges, autobiografía, subjetividad y lenguaje, y ensayo latinoamericano. En 2007, fue reconocido con el Premio Asociación de Academias de la Lengua Española. Entre sus publicaciones se cuentan con las siguientes: “La máscara y la palabra: Problemas del sujeto y el lenguaje en la escritura autobiográfica de Borges” (2002), “El acercamiento a Almotásim’ y el efecto de contaminación” (2007). 
 
 
Deje su comentario
 
Nombre:
 
 
 
 
El Hablador 2003-2012 © Todos los derechos reservados | ISSN: 1729-1763
           
Especial   Creación   Debate  
Artículos   Reseñas   Biblioteca  
Entrevistas   Periódico   Estudios