Nº21
revista de literatura
 
Siguenos en:
 
 
 
Contacto Quiénes somos Colaboraciones Legal Enlaces Buscador Primer Hablador
 
 
reseña    

Mauro Libertella

 

Mi libro enterrado

Buenos Aires, Mansalva, 2013. 77 pp.

________________________________________________

El desgarro del silencio

Mauro Libertella, joven escritor argentino, ha publicado, a manera de debut literario, un libro sobre la muerte de su padre, Héctor Libertella. Se trata de un pequeño volumen de poco menos de ochenta páginas cuyo elocuente título es Mi libro enterrado (Mansalva, 2013). Según confiesa el autor, la idea del libro lo acometió poco tiempo después de pasado el luto. Sin embargo, su gestación, con todas sus implicancias (especialmente tortuosas, dado el tema escogido), no tuvo más remedio que esperar algunos años: el joven Libertella necesitaba que sus recuerdos madurasen, que la venda que cubría sus ojos aún llorosos cayese y le dejase ver a su personaje sin tapujos, que el peligro de la idealización paterna se disolviera y que la honestidad pudiera tomar su lugar. De hecho, para lograrlo, se valió del psicoanálisis, en el que estuvo involucrado alrededor de un par de años. Y ahora, como consecuencia de este proceso de asimilación, casi de incubación de la memoria y las dolencias, tenemos ante nosotros un libro conmovedor que ha sabido salir ileso de los riesgos asumidos.

Como suele ocurrir con el género testimonial, el libro difumina las fronteras entre la realidad y la ficción. No hay una forma segura de determinar cuánto es verdadero y cuánto inventado o literarizado en el libro de Libertella. Lo que sí es evidente, y con eso ha de bastarnos, es que el valor de un texto literario no se encuentra en sus referentes, por poco o mucho que estos hayan servido como disparadores del trabajo artístico. El valor lo buscaremos en el texto mismo, cuya calidad es la que debiera convencernos o apartarnos.

Sobre esto, sería interesante hacer un pequeño apunte. El Héctor Libertella que aquí vamos a encontrar, el padre del narrador, el escritor alcohólico, el hombre que muere tras un largo encierro, no es en carne propia Héctor Libertella, el escritor argentino que todos conocemos, autor de El camino de los hiperbóreos y de algunas otras novelas y relatos, sino que se trata, ante todo, de un personaje. El mismo autor, valiéndose de un recuerdo intempestivo de su narrador, parece sutilmente reconocerlo: «Cuando terminamos de elegir la corbata con la que recibiría a sus últimos invitados, me acordé del final de Patrimonio, de Philip Roth. La noche después del entierro, el narrador consigna un sueño en que su padre se enoja con él por el traje que le eligió para el velorio. […] Cuando despierta, […] llega a una conclusión: su padre en realidad no le estaba reprochando la elección del traje; lo que no aprobaba era que él, su hijo, estuviera escribiendo un libro sobre su muerte» (p. 69). A partir de esta prestada metáfora de los trajes, podemos llegar un poco más lejos y decir que todo traje de difunto es equivocado: no hay forma de fijar la imagen de otra persona, y menos aún de un ser querido, y pretender que acertamos, que hacemos justicia. Fijar la imagen de una persona es, en literatura, seleccionar sus aristas, sus principales cualidades, sus lados visibles o acaso imaginables, a despecho de otros que quizás se nos ocultan. La fijación del personaje Héctor Libertella es, pues, un traje escogido, confeccionado por su hijo, un traje que nos habla del hijo más que del padre.

¿Qué es lo que ocurre en Mi libro enterrado? ¿Cuál es la historia de la muerte que lo motiva? Podríamos fijar, no el comienzo de los problemas, sino el comienzo de la percepción de los problemas por parte de nuestro narrador diez años antes del trágico final: «Yo tenía doce, trece años, cuando empecé a inferir la inclinación de mi papá por el alcohol» (p. 12). Es el alcoholismo, al inicio combatido, pero luego asumido como un destino fatal, el que llevará a Héctor Libertella, para entonces ya reconocido y respetado como escritor, a romper con su vida familiar y abandonarse a su derrumbe. Primero en un monoestudio, luego en un apartamento de cuyos dos ambientes solo utiliza el living, Libertella padre decide aislarse del mundo para entregarse de lleno a la bebida y la escritura: «Nunca me lo dijo, pero era obvio que ya había decidido empezar a encarar sus últimos años encerrado, casi sin dinero, fumando y tomando cantidades increíbles de alcohol y escribiendo sus obras completas» (p. 14). Diabético y mal alimentado, esta infame rutina, mal heredada de la tradición beatnik, lo lleva rápidamente al deterioro. Y será un cáncer pulmonar, de velocidad trepidante, el que lo llevará a la muerte. Viene aquí lo que podríamos llamar la recta final que culmina en el deceso: las visitas de Mauro al hospital, el alivio de su padre por el final inminente, los desmayos sucesivos, cada vez más alarmantes, y la vuelta al apartamento donde, ya sin esperanzas, Héctor Libertella tendrá que morir. El libro incluye el velorio, donde se sugiere la idea de que Mauro escribirá el libro que ya estamos terminando, y el entierro, que funciona como breve epílogo. Esta es, grosso modo, la historia de Mi libro enterrado.

Pero para poder contarla, hace falta un previo trabajo de reconstrucción, necesario no solo por la falta de linealidad del relato, sino también, y quizás sobre todo, porque este no privilegia la simple narración de cómo ocurrieron las cosas. Mauro Libertella, en vez de solo contarnos los acontecimientos de la muerte de su padre, hace que estos se cuelen casi marginalmente, como un rompecabezas que se completa al descuido, a través de la exposición de sus distintas impresiones. La rapidez de la enfermedad, el alcoholismo y el divorcio de sus padres, la mudanza al apartamento, la imagen del derrumbe, los desmayos que preceden a la muerte, la muerte misma ―no son estos los nudos narrativos del relato; son más los estímulos, los puntos de partida, para aquello que ha de privilegiarse: el desarrollo de las impresiones de Mauro ante la muerte de su padre. De ahí que los retazos que forman la historia estén en claro desorden, desperdigados por las leyes interiores, que son las que determinan la sucesión de recuerdos de Mauro. Podemos distinguir en muchos de esos recuerdos, de esas impresiones, cierta autonomía, cierto ánimo de validez propia.  Solo el motivo de la muerte del padre será transversal al conjunto y unirá las piezas, dando organicidad, apariencia de todo. Así, estas impresiones son como frases musicales, independientes unas de otras si se las ve por sí mismas, pero que una misma melodía cruza y unifica. En este caso se trata de una melodía fúnebre.

Entre las frases musicales que resuenan en el libro, tenemos, por ejemplo, las visitas de los amigos de Héctor al hospital, siempre cargados de anécdotas delirantes: «Me gusta pensar que, en esas visitas, la habitación era una especie de laboratorio de ficciones; un último salón literario en donde recalaban solitarios y lunáticos para rendir su homenaje a la amistad» (p. 39). También está el recuerdo de la muerte del abuelo, y con esto los recuerdos de Bahía Blanca, sus viejas y blancas anécdotas. Pero, sin duda alguna, las partes fundamentales están gobernadas por la relación padre/hijo. En ella podemos diferenciar dos aspectos. Uno es el sentimental. Mauro, el narrador, en buena parte del libro, es, sobre todo, el muchacho que ha visto a su padre “irse al diablo” y que, “ido al diablo” él también, trata de acompañarlo en sus últimos años. El Mauro que se conmueve al ver a su padre paralizado, que se angustia cada que este no contesta el teléfono, que llora frente a la cama de hospital en que agoniza, es la encarnación del dolor directo, sin escarceos de ningún tipo. Es el dolor que nos toca, que nos conmueve más eficazmente. Y es el que determina la aparición de las piezas íntimas. Las fotos de infancia, los paseos por el vecindario, los partidos de River, la tradición futbolera o los sueños recurrentes con su padre ya muerto pertenecen todos a esta serie.

El otro aspecto es intelectual; específicamente, literario. Mauro quiere ser escritor y, dado que su padre lo es, su identidad se ve desde un inicio en serios aprietos. No puede evitar compararse con él. Primero, es el estilo. El narrador no cree los elogios de su padre, que destaca la claridad de sus primeros textos periodísticos: «Me preguntaba cómo alguien que predicó durante décadas la pureza de la forma hermética, iba a recortar como mérito central de un texto su carácter transparente» (p. 42). Y solo lo cura de esto el llanto irrefutable que en el viejo autor despierta un breve texto suyo sobre la muerte de Syd Barret: «Esa noche algo del orden de lo neurótico me dejó un poco tranquilo» (p. 43). Luego, es la precocidad. Mauro no escribe su primera ficción sino hasta después de la muerte de su padre, pero tiene muy presente, como una fuente de urgencias, que este publicó muy joven y que incluso ganó premios cuando tenía su edad: «A los 23 él tuvo su primera novela y yo tuve su muerte» (p. 45). Sus méritos se juzgan en función de los paternos. Finalmente, es el nombre: «Por momentos todavía siento que el apellido no me pertenece» (p. 60). Hay en Mauro Libertella una necesidad de desprenderse de su padre, de forjarse una identidad propia como hombre y como escritor. Este es quizás su gran motor literario: «Desde su muerte, entonces, el apellido Libertella vuelve a cero. Yo tendré que encontrar el modo de inventarle de nuevo un origen, un relato» (p. 61). Ese modo, según se anuncia en los capítulos finales, justamente es la escritura de Mi libro enterrado, un libro que es tanto un enternecedor tributo como la forma de librarse de una sombra literaria.

Mi libro… está tan profundamente afincado en la relación padre/hijo que en él apenas encontramos la aparición de otros personajes. Es como si el efluvio del fantasma de la muerte, acechando o poseyendo en cada página a su víctima, hubiera hecho borrosos los demás rostros de la escena, el de la madre del narrador o el de Malena, su hermana. Lo notable de esto es que no los extrañamos, no nos resulta un problema la vaguedad de su imagen. Estamos instalados en la muerte del padre de Mauro y en cómo Mauro asume cada mínimo efecto de ella.

El estilo parece certero a lo largo de todo el libro. Mauro Libertella escribe con elocuencia, no se esconde en giros enrevesados y barrocos. A veces es pausado, a veces intenso, pero nunca se permite el exceso o la desmesura. La voz que escuchamos a través de su prosa es la voz templada, prudente y respetuosa con que se habla en la habitación que hasta hace poco ocupó el difunto. Es una voz dolorida que aspira al silencio, a un silencio pleno y preñado de sentido, cuyo desgarro se sienta más en potencia que en acto. Hay cierta sensatez de asimilación en su escritura que, sin embargo, se salva de caer en la frialdad. Destaca la escena de la noche que con el alba traerá el deceso. Mauro está solo frente a su padre, que ha sufrido otro de sus desmayos, y pensando que no va a despertar, rompe a llorar con violencia y le habla de todo aquello de que no le había hablado. La pena, la melancolía de los viejos días felices cargan el relato y quiebran su corrección. El narrador, conmovido, casi quemado por sus recuerdos, pasa de la tercera a la segunda persona sin antes haber pasado a un discurso referido directo. De: «Le dije que me acordaba de cuando fuimos por primera vez a la cancha» (p. 47), pasa a: «Me acuerdo también de […] ese día que salimos por primera vez a la ruta y vos te quedaste dormido y yo sentí una adrenalina increíble» (pp. 47-48). La emoción en ascenso hace que en vez de hablar de su padre, el narrador directamente lo hace a su padre, para lo cual no se vale de ninguna mediación. Así, el quiebre gramatical del pasaje citado es correlato del quiebre emocional del narrador.

Otro recurso a que apela Mauro Libertella es la alternancia del mi padre y del mi viejo, evitando el nombre Héctor Libertella, que solo aparecerá en el epílogo. Claramente, hay, primero, una intención de escapar de lo público y refugiarse en lo privado, y, segundo, una propuesta de equilibrio entre lo objetivo y lo sentimental: ni un relato lacrimoso ni un obituario excesivo. Por lo demás, con palabras meditadas, adjetiva con precisión y solo cuando es necesario. Y acaso solo sea reprochable cierto efectismo en algunas frases sobre la muerte, frases que solo buscan el impacto inmediato sobre el lector: «tu viejo se suicidó a cuotas» (p. 14) o «[…] las personas de pronto mueren, o en una sala de terapia intensiva de un hospital, en un accidente, o en una larga siesta de vejez, pero no deciden dónde van a morir» (p. 30) son ejemplos de esto. Quizá el tema y el género mismo propicien esta tendencia. Sin embargo, en Libertella se manifiesta tan leve y limpiamente, que su honradez literaria, acabado el libro, sigue intacta.

En una de las páginas de Mi libro enterrado hay una cita, no de La arquitectura del fantasma, autobiografía de Héctor Libertella, sino de su contratapa: «Escribo la biografía del viejo que pude haber sido y (…) no sé, siento que la cosa ya está: ya se hizo toda de ficción. Ahora mi personaje puede vender su verdad como si fuera mentira» (p. 22). Cabe preguntarse si esto ocurre también en el caso de Mi libro…, preguntarse si la ficción se tragó el proyecto inicial. No lo sabemos, como tampoco si esto sería bueno o malo, si sería un fracaso o un logro del autor. Lo único que sabemos, y eso nos alivia, es que el libro, como una muestra de temprana madurez, ha sabido tomar vuelo por cuenta enteramente propia. Ya no necesita de sus referentes para vivir. Mauro Libertella ha creado personajes, ha creado escenas que se bastan por sí mismas. Y con eso ha probado su autonomía literaria. Ha probado que su apellido también le pertenece.

 
 
 
©Danilo Raá, 2014
 
 

Danilo Raá (Lima-Perú, 1990). Bachiller en Literatura por la UNMSM. Formó parte del comité organizador de Textura: Mercado Ambulante de Cuentos. Ha colaborado como reseñista en la revista literaria Buensalvaje y en la Bitácora de El Hablador. Actualmente, trabaja en el campo editorial.

 
 
Deje su comentario
 
Nombre:
 
 
 
 
El Hablador 2003-2012 © Todos los derechos reservados | ISSN: 1729-1763
           
Especial   Creación   Debate  
Artículos   Reseñas   Biblioteca  
Entrevistas   Periódico   Estudios