Nº21
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reseña    
Ricardo Piglia  

El camino de Ida

Anagrama, 2013. 289 pp.

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El camino de la ficción teórica

Siempre hay una pregunta inicial, dice Javier Cercas. ¿Qué pasó con esto?, ¿qué pasó con lo otro? Y hay un intento de averiguar la verdad y, al final, la respuesta a esa pregunta inicial es que no hay respuesta, no hay verdad. La respuesta es la propia pregunta, el propio libro. El camino de Ida (Anagrama, 2013), la última novela de Ricardo Piglia (Adrogué, 1940), debe ser leída como un proceso, como la búsqueda de la resolución de un problema, de intuir la pregunta adecuada que vincule una serie de hechos, inicialmente aislados, alrededor de la muerte de Ida Browm, una notable académica de una universidad norteamericana. Emilio Renzi, el narrador y protagonista, tratará de entender lo que ocurrió y, precisamente, esa investigación dará como resultado una novela con un inicio irregular, flojo y tedioso, pero, más adelante, con un capítulo notable sobre la vida de Thomas Munk, solo al nivel de los mejores momentos de Respiración artificial y Blanco nocturno.

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El camino de Ida cuenta la historia en torno a la muerte de Ida Brown, una profesora que invita a Emilio Renzi a pasar un semestre en “la elitista y exclusiva” Taylor University como visiting profesor para dar unas clases sobre el escritor inglés W.H. Hudson. Debido a sus problemas en Argentina, Renzi acepta la invitación como una posibilidad de superar sus malos momentos personales. Cuando el protagonista se ubica en su nuevo puesto universitario, inicia un acercamiento tranquilo con todo lo que tiene que ver con los procedimientos administrativos. Asimismo, empieza a conocer a las personalidades universitarias. Esta parte de la novela, quizá porque está supeditada a la jerga académica, se torna bastante tediosa y poco inteligente en muchos momentos. Es verdad que nosotros conocemos todo a través de los ojos de Renzi, lo cual nos brinda una lectura activa de lo observado, pero los datos anodinos se extienden demasiado. Al final, la presencia de muchos de estos personajes y varios de los ambientes no tendrán importancia en el desarrollo de la historia, es decir, su presencia será casi incidental, lo cual es penoso porque no se saca provecho, por ejemplo, de personajes como los alumnos presentes en las clases de Renzi.

Los mejores momentos de la novela son lo que dan cuenta de la investigación acerca de la muerte de Ida, pero la novela llega a su pico más alto cuando conocemos la historia de un personaje comprometido con una serie de crímenes inicialmente inconexos y bastante extraños hacia académicos o científicos destacados. Sin duda, Piglia se siente más cómodo cuando construye historias donde no hay coordenadas establecidas, donde lo único posible es detectar situaciones confusas y acciones producidas en base a lógicas extrañas o a objetivos bastante complejos. Cuando vemos elementos que con facilidad podemos relacionar con un género y con otros, entonces aparece la “ficción paranoica”, una especie de entrecruzamiento o mezcla total y caótica de ingredientes que condimentan una historia  que transita por un camino difuso y constantemente multiplicado.

“En nombre de Conrad” es el capítulo donde conocemos e identificamos la vida de Thomas Munk. Aquí comenzamos a comprender su forma de actuar, pues se precisa la génesis de su causa, aquello que lo llevó a realizar lo que el sistema norteamericano acusa y condena por tratarse de una actitud colmada de insania, demencia o locura. Quizá esta historia no parte de una estructura paranoica o tal vez la novela carezca de la tensión que nos suelen ofrecer los mejores relatos de Piglia, pero lo que no deja de producir son ideas, pues hay una especie de máquina impredecible e incontrolable que genera hipótesis, explicaciones y teorías. Todo lo que ocurre tiene una explicación, ya sea racional o intuitiva. Nada escapa de una apreciación crítica o de una búsqueda reflexiva en base a una constante formulación de preguntas.

Ahora bien, ¿por qué el FBI no estaba al tanto si tenía mucha información sobre ella? ¿Y por qué habían disociado la muerte de Ida de los otros atentados? ¿Quién había influido a quién? ¿Él le había dado a ella la radicalización de su pensamiento, esa capacidad para avanzar más allá de los límites? ¿O había sido ella quien lo había llevado del ambientalismo abstracto y el ecologismo idiota a la violencia revolucionaria? (p. 257).

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Si bien esta novela no posee una estructura policial, sí se apropia de muchos elementos para plantear la historia. Ya hemos visto cómo Piglia reactualiza el género en Blanco nocturno. De modo similar, en esta novela propone una serie de matices que dan verosimilitud al relato. En El camino de Ida, la historia no arranca con la muerte de Ida Brown, sino con la búsqueda de las posibles razones del probable crimen: “La conclusión provisoria era que había sido un accidente, el auto perdía gas y una chipa produjo un estallido. Sin embargo, algunos observadores asociaban esa muerte con los extraños atentados que en distintos lugares del país les habían costado la vida a varios scholars y académicos” (p. 87). A partir de esto, Renzi es el que va a investigar el caso, sobre todo por razones sentimentales, no económicas ni éticas. Para ello, tiene el apoyo de su vecina Nina Andropova, una rusa especialista en Tolstói que hace las veces de una “Watson” muy perspicaz. Sus reflexiones mostrarán muchas formas de entender el problema. En ese sentido, el proceso de la búsqueda es lo importante. Basta observar las conjeturas detectivescas que provocan y estimulan las reflexiones de Renzi: “Ya no son los dioses los que deciden el destino, son otras las fuerzas que construyen maquinaciones que definen la fortuna de la vida, mi querido. Pero no creas que hay un secreto escondido, todo está a la vista” (p. 109).

Emilio Renzi no es el típico detective de las novelas policiales, pero este personaje también aparece en la novela. Precisamente, su constitución nos muestra la intención y la disposición de Piglia por tomar distancia del género al restar protagonismo a los personajes típicos. Elizabeth Wustrin, amiga de Renzi, le presenta a Ralph Parker, detective de la Ace Agency. La presencia y participación del detective está contextualizada dentro del capitalismo tecnológico que busca la constante sofisticación de sus medios y de sus invenciones. Parker trabaja con un sistema operativo que le brinda toda la información que le permite resolver cada uno de sus casos. “Ya no salimos a la calle, los private eyes, dijo. Lo que se busca, está ahí [en las computadoras]… Tampoco hay ya detectives privados en sentido específico, dijo después, no hay nadie privado que investigue los crímenes” (p. 30). Hay una clara sincronización con las herramientas tecnológicas que ofrece nuestro tiempo y una inclinación hacia la adaptación e inclusión de sus elementos, no a la resistencia hacia ellos.

Debido a los difuminados márgenes del género, la actuación del “detective” o del que se propone a resolver el enigma también está en las fuerzas del orden representadas por el latino John Menéndez, un agente especial del FBI, y O´Connor, un inspector de la policía. La “pareja” de investigadores nos muestra el significante de una parte del policial, pero con otro significado, con la visibilización concreta de la idea de los miembros encargados de reprimir cualquier actividad que socave o descoloque las bases del sistema norteamericano. Asimismo, también tenemos al responsable, al causante de la muerte (o las muertes), quien es perseguido en base a distintos objetivos por varios grupos de personas. Esta novela completa la triada clásica del muerto, el asesino y el detective, pero confunde y desvirtúa cada uno de los elementos, porque se aleja de la lógica del policial y se acerca a un género basado en una especie de “ficción teórica”.

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El inicio de la novela, los momentos en que Piglia nos muestra cómo se desenvuelve la vida dentro de una universidad norteamericana, son los más flojos. Sin embargo, es necesario matizar esta apreciación. Cuando el autor de Nombre falso se centra en el desarrollo de la historia, se generan muchas ideas en torno a dichos claustros académicos. En este lugar, el conocimiento es la clave para ser aceptado y para sobrevivir dentro de una especie de logia basada en la inteligencia. La novela muestra la lógica que influye en la forma de comportarse y desenvolverse dentro y fuera de las aulas. Lo importante es entender que el mundo académico es absorbente y, precisamente por ello, capaz de generar ideas transgresoras en las mentes individualistas de muchos de los alumnos competentes.

El vínculo entre la universidad y el poder político está basado en el prestigio que otorga el enfrentamiento a la violencia. La posición del exhéroe de guerra Don D´Amato como chair de uno de los departamentos de la Taylor University es una prueba. Piglia, en este tema, hace un doble movimiento, pues nos muestra el origen, el cultivo y la sofisticación de esas mentes dentro de la universidad y, luego, nos retrata el conflicto que ello puede tener cuando los jóvenes tratan de aplicar lo aprendido dentro del contexto americano, a nivel social, político y económico. Resulta paradójico que un sistema que se precia de “perfecto” encuentre sus grietas e incoherencias significativas en los mejores cuadros preparados para preservar y mejorar todo lo existente. Por ejemplo, la mente de Munk, alejada de la vida, lo demuestra: “La concentración en la teoría impone un distanciamiento completo de todos los asuntos mundanos” (p. 186).

Existen muchos aspectos contradictorios en la novela de Piglia, pero esta búsqueda de lo conflictivo, de los elementos discordantes, permite realizar una lectura en base a la idea del doble, una lógica que envuelve la relación entre muchos de los objetos. Podemos ubicar esta idea en la vida de Ida Brown, pues públicamente es una connotada académica, pero clandestinamente mantiene relaciones sexuales, nunca sentimentales, con Renzi y, nos enteramos después, con otros personajes de la novela. El mismo Renzi ha construido una vida actual y trata de dejar atrás la pasada, la que tuvo en Argentina, privada y públicamente, pero no puede, es una sombra que lo cubre todo en muchos momentos, pues se producen varios paralelismos entre la historia política de Argentina y los constantes embates políticos en los EE.UU. El mismo Parker dice que hay dos EE.UU. a lo que Renzi asiente aseverando que lo mismo ocurre con su país. En ese sentido, ¿cuál es la lógica de lo doble? Se trata de dos caras, dos rostros que alternan su presencia frente a la realidad inmediata, actual y coyuntural.
Generalmente, la peor cara, la más atroz, está oculta y se trata de reprimirla, pero suele aparecer de forma violenta para destruir a su contraparte y todo lo que la rodea. Incluso, esta fascinación por el conflicto es voluntaria en Renzi, lo cual lo demuestra su relación con Hudson: “Me interesaba los escritores atados a una doble pertenencia, ligados a dos idiomas y a dos tradiciones. Hudson encarnaba plenamente esa cuestión” (p. 36).

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Los temas de El camino de Ida, como toda novela compleja, son muchos, pero destacan algunos que poseen un vínculo directo con el elemento que organiza el contenido general del libro. La idea que organiza a la novela es la “ficción teórica, la cual tiene un significado particular en la novela, pero sirve para entender la lógica y los parámetros sobre los que se construye la historia. Cuando se explica esta idea, se parte de la consideración de la siguiente proposición: “En este momento no hay un gato en esta habitación”. Si podemos verificar que el gato no existe en un recinto, entonces somos conscientes de que la experiencia es certera en este mundo posible, pero no en todos los mundos posibles, lo cuales no conocemos. Para precisar una información, como la de la existencia del gato, debemos presuponer una realidad muy particular, generalmente muy grande. Precisamente, esta presuposición, este giro que construye un mundo enorme, donde podemos percibir más objetos concretos, es una prueba de la existencia e importancia de la “ficción teórica”. Debemos detenernos a pensar en el poder expansivo y creativo de esta idea. De igual manera, y como una segunda forma de entender este concepto, cuando Renzi trata de comprender, a través de hipótesis encadenadas, los múltiples hechos, por más aislados que sean, está llevando la generación de ideas al extremo, pero no está cayendo en la sobreinterpretación, pues pasó de un evento inicial a múltiples hechos posteriores. El poder expansivo de la “ficción teórica” genera nuevas ideas, no se detiene en la interpretación de las iniciales.

El momento en que aparece el Manifiesto sobre el capitalismo tecnológico es la etapa donde el caos adquiere una forma, donde los hechos aislados cobran sentido y, precisamente, donde el “sinsentido” de una mente individualista demuestra la lucidez de haber detectado un problema que compromete a toda la sociedad. Hay que destacar que no se propone una alternativa, sino se llama la atención sobre un mundo sin salida. Munk no es un profeta que vaticina un mundo mejor, es un estudioso que detecta un problema y lo denuncia. El lenguaje del texto va en sincronía con sus ideas, pues está escrito más como un académico que como un político. En ese sentido, es muy problemático el vínculo entre la imagen del revolucionario y el terrorista a partir de este manifiesto. En el contexto del capitalismo tecnológico, Munk realiza un vaciado de los contenidos tradicionales que caracterizan los significantes ya mencionados. Ahora el terrorista no busca un objetivo directo, sino los efectos en las noticias, una especie de propaganda efectiva de su mensaje. Asimismo, el revolucionario, inconforme con el sistema donde vive, es un apasionado que no tiene libertad y que, por eso mismo, está obsesionado con su causa. En ambos casos, los conceptos son negativos desde la perspectiva del orden del sistema norteamericano, pero tienen mucho sentido y validez a la luz de los contenidos del manifiesto. Lamentablemente, el poder estatal solo discute el “cómo” actuó Munk, nunca problematiza el “por qué” lo hizo: “El estado quería declararlo demente para que sus argumentos políticos fueran desechados como delirios… ” (p. 215).

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Si bien El camino de Ida es una novela tediosa al comienzo, el nivel de complejidad del argumento termina por compensar cualquier falencia inicial. La novela de Ricardo Piglia no llega a ser tan buena como Respiración artificial o Blanco nocturno, pero debo destacar que propone una idea sobre la que se erigen y desencadenan un conjunto de acciones que tienen como coordenada el misterio, la subversión, el conflicto y el constante planteamiento de preguntas. Estas son algunas de las razones por cuales debemos leer la novela, pero la principal, la razón más importante está sintetizada en una idea que construye Ida Brown a partir de su lectura de The secret agent de Joseph Conrad. Esta idea, una suerte de poética creativa y teórica, es lo que hace atractiva las historias del escritor argentino, es lo que particulariza su estilo. Sin duda, cuando nosotros estamos de ida, Piglia siempre está de vuelta: “Debemos intentar una acción que conmueva el sentido común y exceda la explicación estereotipada de los periódicos. Debemos evitar que la sociedad pueda explicar lo que hacemos. Debemos realizar un acto enigmático, inexplicable, casi impensable. Nuestras acciones deben ser a la vez incomprensibles y racionales” (p. 230).

 
 
 
© Lenin Pantoja Torres, 2014
 
 

Lenin Pantoja Torres (Lima-Perú, 1988). Estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Formó parte del comité organizador del Concurso de Cuento y Poesía Manuel Scorza, de las tres jornadas iniciales de los recitales Ese puerto existe, también del Congreso sobre Literatura y Violencia Política, Homenaje a Óscar Colchado Lucio. Se desempeñó como orientador en la Casa de la Literatura Peruana. Ha colaborado con textos sobre literatura y cine en los blogs Germinal  y Textura artefacto. Actualmente se desempeña como docente en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas. Asimismo, es administrador de la Bitácora de El Hablador y miembro del comité editorial de la revista virtual El Hablador.

 
 
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