Nº21
revista de literatura
 
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reseña    

Lucero de Vivanco Roca Rey

 

Historias del más acá. Imaginario apocalíptico en la literatura peruana

Lima: Instituto de Estudios Peruanos, 2013.

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Historia de un imaginario político

Al leer este libro sobre el Perú, he tenido la sensación de haber habitado el laberinto andino, haber adivinado en las sombras sus pasadizos secretos y entrevisto una luz tanto en el origen como en el fin; haber rasguñado el cielo en el mismo tiempo que nos precipitábamos en el abismo. Es que el apocalipsis -fin del tiempo, destrucción y renovación del mundo, combate final- es un espacio existencial que conecta el presente con el pasado, y su híbrido relato -histórico, mítico y literario- otorga una entrada privilegiada para la generación de nuestra identidad, constituida desde enmascaramientos continuos, de imágenes culturales traslapadas, de discursos interceptados y trascendentes.

El primer gran logro de este trabajo de Lucero de Vivanco es iluminar la identidad peruana desde la noción de apocalipsis, recreándola desde la literatura y sus géneros primos. Ahora bien, el apocalipsis es estudiado desde la figura del imaginario, discurso simbólico que nos permite representar lo que intuimos que somos como comunidad. Acudiendo a Gilbert Durand, Cornelius Castoriadis y Slavoj Žižek, nuestra autora conforma un artefacto conceptual que abre el imaginario apocalíptico a un diálogo con lo sobrenatural y lo inconsciente; que inventa nuevas formas de ser en el mundo y que juega al enmascaramiento, como si estuviéramos condenados a construir sueños enigmáticos que nos obligan a circular por todos los tiempos. ¿Cuál sería entonces el relato originario del Perú? “La revelación de un drama histórico en su triple dimensión: crisis presente, deseo de justicia y recompensa o castigo final, siempre en los términos radicales y definitivos del apocalipsis” (p. 21).

Un segundo logro es la conciencia histórica de este texto, que le otorga una dimensión ética incuestionable. Pues recordemos que el pensamiento histórico  -y aquí seguimos al pensador judío Ernst Bloch- no solo consiste en recrear el pasado para poder así despejar el presente; sino también, y de un modo circular, articular ese pasado a la luz de las circunstancias que están ocurriendo aquí y ahora. Así, la mirada diacrónica siempre aparece cargada desde un ‘más acá’, incluida la distancia de quien escribe: alguien que abandonó físicamente el Perú hace años atrás pero que todavía lo habita plenamente. Una visión dinámica de los procesos mentales y de la sensibilidad andina, y el reconocimiento de una matriz apocalíptica, que se recrea en distintas versiones sin agotarse jamás.

¡Qué daría yo por descubrir uno de los hilos de Ariadna, por ejemplo, para entrar al laberinto de Chile, de ese Reino de Chile y de su República! Una sola categoría, un solo sueño para despejar el entorno. El orden letrado impuesto por don Andrés Bello (su código civil, su gramática, sus silvas americanas, su magisterio universitario) otorga un mito para los sueños de la modernidad; pero dejan de lado otras etnias, otras lenguas, amén del saber popular. De cómo hemos sido criados para que haya orden y paz en estos reinos, no importando el precio; acaso sea nuestro lema, que tiene su revés en unos cuantos movimientos de tierra de cuando en vez.

Otro logro ostensible de esta investigación, que constituye un trabajo creativo, a la vez didáctico y erudito, es marcar la cartografía del país como un cuerpo formado por partes asimétricas, ‘monstruoso’ se diría: costa, sierra, selva; espacios por los que transitan hombres y dioses descalzos, en medio de escombros: cielos caídos, urbes que degluten, paisajes de ensoñación y de pesadilla.

Finalmente, está el ímpetu de forjar nuestra identidad comunitaria desde el espacio literario, mostrando cómo este va abarcando con el tiempo los demás discursos ligados a la crónica, a los sermones, a las leyendas y a los testimonios, cómo los va engullendo, en fin, cómo se transforma en el espacio natural del espíritu apocalíptico.

Presentaremos a continuación los distintos capítulos y entradas que nos ofrece este libro. El capítulo inaugural se refiere al apocalipsis en el virreinato del Perú, ejemplificándolo con dos testimonios: uno hereje y otro santo, que exhiben el mundo político y social que sostiene la fe. En al año 1575, ante acusaciones del Santo Oficio, el dominico Francisco de la Cruz realiza una declaración donde revela sus visiones apocalípticas, que le fueron transmitidas por el ángel Gabriel: la cabeza de la iglesia debe estar en Lima y no en Roma, debe anularse la confesión, levantarse la prohibición del celibato y permitir la libre interpretación de las escrituras. Fue quemado en la hoguera en la Plaza Mayor, acusado de ‘loco furioso y mamaco’ y ‘delirante Papa-Anticristo’. Como dirían en Chiloé, el curita se privó, se privó de la razón. Pero, ¿será tan así?

El reverso es el sermón del franciscano Francisco Solano que, en el año 1604, profetiza un terremoto que destruiría Lima por ser sus habitantes muy pecaminosos. Este padre es considerado un devoto y su profecía aspira a milagro. Dos caras de una misma moneda: uno quiere legitimar deseos y prácticas cotidianas; mientras que el otro quiere que el orden de lo real se ajuste a la ley. Así, los discursos apocalípticos sirven a diversos fines y constituyen singulares pacto de negociación que son zanjados por la Inquisición, ente político que se erige como rector de almas.

Notemos que este ejemplo se otorga en el marco de la concepción del Nuevo Mundo como Acabo y Principio de Mundo, reviviéndose aquí milenarismos medievales que entrarán en sincretismo con nociones cosmológicas andinas. En efecto, el apocalipsis tiene su doble en el pachakuti que significa ‘inversión de mundo’. La conquista fue un pachakuti: lo que estaba arriba, en el centro del mundo, Cusco, quedó abajo; sin embargo, tendrá que llegar un tiempo en el futuro en que se restablezca la armonía y lo que hoy aparece arriba, Castilla, volverá a descender. Así, en su Crónica de buen gobierno, el indígena Guaman Poma hace un mapa según el orden andino hanan / hurin (alto / bajo) y argumenta que Las Indias deben estar en la posición privilegiada, porque Indias significa ‘en el día’, es decir, donde está el sol, arriba; lo cual despeña a Castilla hacia el fondo.

Nuestra autora presenta formas sincréticas de pensamiento como la asimilación de Jesús y el Inca, quienes comparten el rasgo de poder restablecer el orden cósmico. Esto explica, por ejemplo, por qué un cronista indígena le escribe al Rey denunciando el mal gobierno, confiando en un pachakuti.

Siguiendo con la valoración de la santidad, Lucero de Vivanco explora la visibilidad de una Lima pecadora que aparece con claridad en los escritos de Ricardo Palma, los cuales fijan la tradición colonial desde el espíritu republicano de fines del siglo XIX. Para Palma, el diablo está en el alma nacional, siendo con todas las de la ley un personaje criollo, signo evidente de las transgresiones políticas y religiosas, quien se señorea por la urbe contaminando el ambiente de socarronería y maledicencia. La lectura subversiva del canon colonial religioso aparece dispuesta en las narraciones recientes de Fernando Iwasaki, quien remueve los archivos del virreinato para recrear una memoria posible de lo non sancto: profetisas zurcidoras de hímenes, cual Celestinas; inquisidores seducidos por los actos lujuriosos de las iluminadas. Estas relecturas, que generan un cuerpo alterno a Lima y sus santos y santas, surgen de la transgresión del documento notarial y eclesiástico, de la inclusión de la tradición oral y de la experimentación con nuevas formas del discurso histórico y literario.

En el diálogo americano, las Tradiciones peruanas de Palma convocan en nuestra memoria chilena la Lira Popular, esas innumerables décimas glosadas impresas en rústicas hojas y vendidas en plazas y mercados hace más de un siglo, de las cuales hay muestras antológicas en nuestra Biblioteca Nacional y todavía también en verseros que se aventuran con sus cuadernillos en barrios céntricos de moda. En fin, la nueva novela histórica ha subvertido el orden de los discursos, subvirtiendo el pasado allí representado. Lima la alegre y Santiago del Nuevo Extremo recogiendo esa alegría en los mismos conventos de clausura, como hemos aprendido en la autobiografía de sor Úrsula Suárez, redactada en el curso de la primera mitad del siglo XVIII, donde se autodeclara la bufona de la corte celestial, para honda preocupación y regocijo de sus padres confesores que en corro la obligan a escribir infinitas veces las peripecias de su vida y sus visiones.

El relato apocalíptico contemporáneo se presenta como un gran fresco o mural proyectado en tres escenarios peruanos: la costa, la sierra y la amazonía. Con rigor y creatividad, Lucero de Vivanco pone nombre a los lugares revelados. Primero, la distopía, lo peor de los peores (como si a un mexicano lo mandaron a la misma chingada), un mal del cual no se despierta: es Chimbote en José María Arguedas, donde los serranos ahogan sus esperanzas y allí, un cementerio que no da a vasto, obligando a las personas a trasladar sus cruces en una procesión mortuoria. Lugar colmado de voces proféticas, desde Isaías hasta los teólogos de la liberación que anuncian el fin de los tiempos: el pachakuti.

La saturación de cuerpos nos convoca la ciudad de Santa Teresa con su serie infinita de muchachas violadas y descuartizadas, exhibidas por el escritor Roberto Bolaño en un capítulo de su libro 2666. Son los paisajes de la violencia de una revelación que puede en cualquier momento poner el mundo al revés, es decir, arrasar en el nombre de la justicia divina.

Hay otros lugares que han excluido el tiempo: “espacios donde la temporalidad se detiene; se postergan así las metas a nuevas edades del tiempo y confiando su consecución a figuras mesiánicas” (107). Es la ucronía, exhibida en esta investigación desde la lectura de Crónica de San Gabriel de Julio Ramón Ribeyro y el ciclo de novelas agrupadas en La guerra silenciosa, de Manuel Scorza, que ocurren en la sierra. En una lectura impecable, Lucero de Vivanco explora las potencialidades del género testimonial para entender la violencia en el Perú. En el caso de Scorza, recordemos que relata las luchas campesinas en la sierra en la década de los sesenta para recuperar tierras comunales. Aquí, en polémica abierta con el pensamiento de Vargas Llosa, expuesto en su crítica de la obra de Arguedas y en sus novelas, como su Historia de Mayta, nuestra autora rompe lanzas en contra del pensamiento ilustrado liberal, al denunciar la falsa explicación sobre la violencia en el Perú: “es la explicación de la violencia en términos antropológicos, según la cual la cultura andina se entiende como un mundo cerrado, atrapado en un tiempo arcaico, inmovilizado en una condición premoderna, aislado del progreso y de la civilización occidental (criolla-costeña) y ajeno e ignorante del sistema judicial y democrático que opera en el resto de la nación” (p. 97).

Existe, finalmente, un lugar utópico, donde los personajes se precipitan nuevamente al Génesis; solo que, en la selva, lo que se revela es un cielo falso. Un disparate simpático resulta ser un país conducido por militares patrioteros, como en Pantaleón y las Visitadoras, alegoría del gobierno militar de Velasco; y un viaje de extravío y sobrevivencia el que emprenden surcando el Amazonas dos personajes ilusos en la novela El príncipe de los caimanes, de Santiago Roncagliogo: uno, en la actualidad, tratando de llegar a Miami y otro, décadas antes, internándose en busca del oro y del caucho. Son los pasos perdidos de un sueño generado, illo tempore, y sublimado, recordemos, en una maravillosa novela de Alejo Carpentier donde se va en busca del vellocino de oro.

Esta investigación se cierra con el comentario de tres pequeñas joyas narrativas de Alfredo Bryce Echeñique que escenifican en su discurso lleno de retruécanos la decadencia de la aristocracia limeña. No hay aquí salvación para una clase social, egoísta e insensible, que nada aporta a la edificación de una nación más justa; pero sí redenciones individuales, seres que, de modo paródicamente afectivo, logran una luz interior.

Luego de esta breve descripción de Historias del más acá, ensayemos un cierre a esta presentación. Estamos en presencia de un libro generoso, pues dispone una información vasta y compleja de un modo impecablemente sencillo y didáctico. Destaco su pertinencia conceptual, generada de modo crítico y lúdico; y muy especialmente, su compromiso ético con una historia americana que es exhibida desde sus relatos trascendentes, que religan el cielo y la tierra, que transforman el impulso tanático en ciclos continuos de vida, en flujos de relatos en que se confunde origen y destino.

Lucero de Vivanco se abre a los mundos alternativos, generados desde un archivo documental infartado de ficción; teniendo presente una muestra de obras, autores y géneros representativos de la cultura peruana. Al apocalipsis en la escritura le corresponde un lector, en este caso chileno, que se vuelve alucinado para descubrir los paisajes sagrados del Reino de Chile celebrados por el padre Ovalle, sonreírse y angustiarse con las confesiones de la moja clarisa Úrsula Suárez, gozar con el canto a lo divino en décima glosada y sentir angustia y terror ante las visiones grotescas del mundo donosiano. Es que este libro es una matriz que se abre a todas las letras hispanoamericanas, hermanando así las búsquedas de sus creadores: los mundos creados y destituidos de Macondo, Santa María, la Rinconada, Pantilandia; todo revuelto en esos hervores de Chimbote, con la promesa del regreso de Inkarrí, solo concebible desde la imaginación literaria.

 
 
 
©Rodrigo Cánovas, 2014
 
 

Rodrigo Cánovas (Santiago-Chile). Es Ph.D. en Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Texas, Profesor Titular de la Pontificia Universidad Católica de Chile y Director del “Centro de Literatura Chilena” de la Facultad de Letras de la misma universidad. Sus investigaciones se centran en torno al diálogo latinoamericano y sus interferencias: literatura y dictadura, censura y marginalidad, utopías y orfandad. En este ámbito, ha escrito diversos ensayos sobre la novela chilena de la dictadura, la crónica indígena andina, sobre sexualidad y cultura en la novela hispanoamericana, y los relatos de inmigrantes de origen árabe y judío. Entre sus libros se encuentran Voces judías en la literatura chilena y Literatura de inmigrantes árabes y judíos en Chile y México, este último publicado por Iberoamericana Vervuert en 2011.

 
 
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