Nº 20
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reseña    
Irma del Águila  
El hombre que hablaba del cielo
Lima: Planeta, 2011, 178 p.
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Una historia de las perspectivas

El hombre que hablaba del cielo es la última novela de Irma del Águila (1968). Si bien antes había publicado otros textos, entre los que destaca Moby Dick en Cabo Blanco (Estruendomudo, 2009), esta vez se trata de un giro en la novelística de la escritora limeña pues apuesta por una novela de corte histórico en la que se cuentan eventos que se desarrollan entre los siglos XVI y XVII, en diversos lugares de Europa y América. Además con El hombre que hablaba del cielo Irma del Águila ganó el III premio de novela breve de la Cámara Peruana del Libro, uno de los certámenes literarios que, pese a su juventud, se ha convertido en un referente cuando se trata de literatura nacional(1). El jurado del premio fundamentó su fallo en la manera cómo se aborda un “momento crucial en la visión del universo, sin omitir una sutil crítica a la cultura occidental desde una cosmovisión andina de raíces prehispánicas”. Así, el hecho de que del Águila incursione en un género novelesco distinto, junto con  haber sido premiada en un certamen orientado a valorizar novelas que de otro modo pasarían desapercibidas, parece suficiente motivo para volver a leer (o descubrir) a esta narradora.

Cuando se trata del El hombre que hablaba del cielo, es conveniente señalar que no le faltó razón al jurado cuando subrayó el contexto histórico representado en la novela. Se trata de un relato en el que se cuenta la trayectoria de Esteban Quintero y Saldarriaga, piloto del galeón español Santa Ana, quien fue hecho prisionero por corsarios holandeses el 19 de julio de 1615. Desde aquel día, hasta el momento de su liberación en México, acompañará a los holandeses en sus correrías marinas, hazañas, proezas, pero también en sus sufrimientos y sus penurias. Novela que cuenta eventos extraordinarios y heroicos, texto que lleva a la ficción un periodo histórico caracterizado por los constantes enfrentamientos entre la Corona española y otras monarquías, El hombre que hablaba del cielo es una apasionante ficción de un mundo, el colonial, en constante crisis por culpa, entre otras razones, de aquellos extranjeros que llegan desde bastante lejos para desestabilizarlo.

Sin embargo, se trata de una ficción histórica que no se contenta con el aliento heroico; ella enfatiza, antes que nada, otro aspecto ya señalado desde el título. De hecho, no es una casualidad si en El hombre que hablaba del cielo se omite la descripción del combate naval entre holandeses y españoles del 19 de julio de 1615. Lo que interesa antes que nada a Irma del Águila no son tanto las maniobras y encuentros bélicos (excusas para el honor y la nobleza tan tópicos en este tipo de ficciones) como desarrollar la evolución de su personaje Esteban tras conocer a un individuo extraño pero al mismo tiempo fascinante: Jan van Hück, quien se desplaza por la cubierta del barco con un objeto novedoso que resultará ser el famoso “lente espía” o telescopio. Inicialmente utilizado en situaciones de guerra, para seguir los movimientos tácticos del enemigo, el “lente espía” en las manos de van Hück es una herramienta para acercar el cielo, infinito e inconmensurable, y la tierra. De la misma manera, en que la ficción de corte histórico se convierte en un relato de descubrimiento y aprendizaje, el telescopio pasa de ser una herramienta de guerra para transformarse en un medio con el cual se pueden mirar el universo. A bordo del navío holandés, Esteban y van Hück, católico y protestante, español y holandés, encontrarán un punto en común sobre el cual cimentar una amistad que va más allá de cualquier determinante: la curiosidad que les llevan a mirar las hondas estrellas.

Una curiosidad que es consecuencia de la sensibilidad de Esteban, manifiesta desde su infancia, pero también de los cambios culturales de la época: el protestantismo y su constante enfrentamiento con los dogmas católicos, la difusión de las ideas de Copérnico y la lectura de los textos de Kepler. De hecho, los corsarios no son los únicos en asolar las costas del imperio español. También las ideas innovadoras y revolucionarias asoman en el horizonte para poner en entredicho una concepción ortodoxa y polvorienta del universo. Si la tierra dejó de ser el centro para convertirse en otra órbita alrededor del sol, entonces el ser humano pasa también a convertirse en un accidente, como lenta pero inexorablemente lo descubre el protagonista. En ocasiones, sobre todo al inicio, será un descubrimiento difícil para el joven y piadoso Esteban; no obstante, con los años, los viajes y las lecturas, terminará rindiéndose a la verdad que alguna vez le develara un holandés. Por lo demás, en el caso de Esteban hay que añadir un elemento adicional pues al ser perulero no solamente está en contacto con otros europeos, como van Hück, sino también con los indios, quienes poseen una manera única e irreductible de interrogar el cielo, una manera que genera las suspicacias y la broma de van Hück pero que interpelan de manera particular al piloto mayor.

Es en este último punto que no estoy de acuerdo con el dictamen del jurado del premio pues, como lo dije antes, éste considera que se trata de una sutil crítica a la perspectiva occidental desde una cosmovisión de raíces andinas. De hecho, creo que se trata de un postulado que simplifica torpemente la complejidad de la novela y además la acerca injustificadamente a otros textos - pienso en los de Edgardo Rivera Martínez, por dar un ejemplo - en los que se  (intenta) representar y problematizar el mestizaje en nuestra sociedad. Si  el protagonista es un perulero, el narrador nunca busca ubicarse unívocamente en un solo punto de mira, antes bien explota constantemente la naturaleza de su personaje, a medio camino entre diversos horizontes. En lugar de subrayar una manera específica de entender el mundo, lo que hace el narrador es darle lugar, por medio de la experiencia vital de Esteban, a tres culturas (la ibérica, la holandesa, la indígena) que en ocasiones se yuxtaponen, en otras se confrontan, pero nunca se resuelven ni se sincretizan sino que se encuentran en permanente tensión. Y la manera en que Irma del Águila ejecuta literariamente estas tensiones, idas y vueltas del encuentro entre los hombres, no deja de resultar ejemplar, por la sutileza con la que propone una nueva manera de entender la heterogeneidad cultural y social, sí, pero también existencial. Los hombres que miran las estrellas encuentran las respuestas a las preguntas que sus miradas sedientas formulan, nada más.

El estilo con el cual está escrito el libro merece un párrafo aparte por que en sí me parece un elemento valioso por su buscado (y logrado) arcaísmo.  A diferencia de otros críticos quienes han lamentado el lenguaje del libro, pues creen que en ocasiones es cargado y ampuloso, considero que sobre él descansa la magia de la ficción. En principio, el lector podría considerar encontrarse, por los giros y el léxico, con una novela del siglo XVII; sin embargo, bien visto se trata de un estilo que resalta deliberadamente su divergencia con una norma más cotidiana y actual para, de esa manera, generar un efecto de extrañamiento en el lector; efecto que se contrapone a la empatía que sus personajes provocan. De la misma manera que Esteban, quien gracias a su telescopio aproxima el cielo a la tierra, el narrador acerca el pasado siglo XVII a nuestro presente para darle un valor que sobrepasa la simple reconstitución histórica, o la moraleja para nuestros días: el valor de la lección humana del encuentro imposible, pero necesario y prometedor, entre los individuos y las culturas.

El hombre que hablaba del cielo es una novela hecha de idas y vueltas, acercamientos y alejamientos constantemente propuestos y declinados, que no hacen más que recrear la permanente búsqueda a la cual se encuentra sometido el hombre curioso, de espíritu abierto e ideas libres. Ahí donde la voluntad busca las estrellas, la mirada encuentra el vacío subrayado (¿ocultado?) por un complejo engranaje de lentes que al aproximar lo desconocido no entregan la verdad sino la perspectiva. En los resquicios entre la verdad y las perspectivas, las palabras de Irma del Águila toman forma y rumbo que nos acercan, a sus lectores, a esa realidad hecha de interpretaciones. El hombre que hablaba del cielo es una ficción histórica novedosa y acabada pues se vale de un período particular para representar lo que solamente la literatura puede enunciar, es decir, la convención ritual, inevitable y permanente como única forma de acercamiento a lo que a falta de otra palabra nos hemos resignado a llamar realidad.

 
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1 El escritor Selenco Vega ganó el mismo premio en 2009 con Segunda persona mientras que en el 2010 la ganadora fue Rosario Cardeña con El amante.
 
 
© Félix Terones, 2012
 
 
Félix Terrones (Lima - Perú, 1980). Escritor, crítico y traductor peruano. Doctor en literatura por la Université de Burdeos III (Francia), con un estudio sobre los prostíbulos en la novela latinoamericana. Ha publicado las novelas cortas recogidas en A media luz (Pontificia Universidad Católica del Perú,  2003) y la novela El silencio de la memoria (Mundo Ajeno, 2008). Ha editado la obra de Sebastián Salazar Bondy para la Biblioteca Ayacucho (2012). Como traductor forma parte del colectivo Rebelión.
 
 
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