Nº 20
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reseña    
Victoria Guerrero  

Berlín

Ed. Intermezzo Tropical, 2011, 72 pp.

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Zona restringida

Recuerdo que ante la pregunta “para qué sirve la literatura”, cuál es su poder, Jorge Semprún, novelista español radicado en Francia –fallecido hace muy poco tiempo-, menciona como posible respuesta, “la literatura no tiene poder alguno”.
Inicio esta breve reseña sobre el último libro de la poeta Victoria Guerrero con el momento descrito -tomado de un debate en el que participaron escritores de la talla de Jean-Paul Sartre y Simone de Beauviour- pues pareciera que la urgencia de los versos de Berlín desdice la sentencia del autor de Netchaiev ha vuelto.
Esta placa, que cierra la trilogía iniciada con El mar, ese oscuro porvenir y que continuó con la segunda entrega del tríptico, Ya nadie incendia el mundo, alcanza al lector el registro del que Guerrero hace gala tanto en los libros mencionados como en sus anteriores trabajos: un lenguaje frontal, directo, coloquial y visceral que fluye en completa empatía con la complejidad de lo que la poeta va transformando para volcar rudamente en los textos. Una trama sólida de intimidad y de denuncia, de pasión y de crispación, de energía erótica y una conciencia despierta para lo social.

Guerrero sigue la “tradición” de aquellos artistas que han hecho o hacen de la contestación, del anticonformismo, un modus operandi frente al mundo en que vive, escenario cuya constitución maniobra a través de un esquema que permite e inflige injusticias, como manifiesta la propia escritora en una entrevista, y refiere, en la misma, “no denunciar es vivir de manera esquizofrénica si eres consciente de esto”.

Lo primero con lo que el lector se topa, además del epígrafe de Rodrigo Lira (“Cada uno de nosotros / vive sobrevive y subvive a su manera…”), es con una advertencia: “Atención usted está abandonando el sector capitalista”. De inmediato nos situamos, efectivamente, fuera del alcance de aquello que la poeta rechaza o mejor, resiste: el sometimiento a la lógica de mercado, la deshumanizada sociedad globalizada y la creciente necesidad de consumo que instaura el sistema capitalista. En ese sentido, el primer poema de Berlín, “Testimonio de parte (victorialand)”, demarca ese territorio propio, suerte de consigna espacial, ética y espiritual (victorialand) desde el que Victoria Guerrero declara y actúa. En los textos que a continuación forman parte de los subconjuntos “La división de los aliados”, “El Muro” y “Zona de ocupación”, victorialand, aquel es reeditado como una conciencia.

En “La división de los aliados” Guerrero relata en verso una antigua historia. Es la poetización de una ruptura de pareja con todos sus procesos. La confesión de sus miedos, de sus recuerdos, de todos los pliegues de aquellos momentos hace recordar un lenguaje que tenía en los textos de Carmen Ollé (ex Hora Zero) una referencia del lenguaje coloquial de los setentas y ochentas. Ahí están las referencias al cuerpo, a su devenir y el tema de la maternidad. El espíritu horazeriano no solo se siente como influencia, también aparecen citas del finado Juan Ramírez Ruiz, autor de Un par de vueltas por la realidad  quien tuvo un penoso final y terminó siendo un NN. Guerrero referiría después que el libro es un homenaje a él y a todos los que mueren de esa forma, en el olvido. Asimismo, aparecen referencias a poemas de Cesáreo Martínez y sus 5 razones para comprometerse con la huelga.

El lector atento se percatará no solo de estas menciones sino que a través de todo el libro, la poeta acude a versos y textos de otros escritores, Mallarmé, Gottfried Benn, Clarice Lispector o Vallejo y Roger Santiváñez. De igual manera, podrá darse cuenta de que, como el título del libro lo sugiere, el símbolo de El Muro es metáfora y representación de la división, el desamor, la separación, la fractura, el desgarro, el desarraigo. La imposibilidad de homogeneizar categorías, una alegoría del no reconocimiento de la otredad, la conciencia de no pertenecer.    
 
La separación como primer encuentro de este “muro” está presente, ya dijimos, en la sección “La división de los aliados”. Asimismo, ésta va liada a la imagen del hijo nonato, símbolo que Guerrero mencionará en gran parte de Berlín.  La dificultad por mantener su relación y la sublimación de la figura del hijo como representación del “proyecto” vital, poético, social dan pistas de las motivaciones que llevan a la poeta a escribir estos versos. Las referencias a la familia y el hogar, el acento en el devenir trágico de la misma en una ciudad configurada por hitos espaciales como “La Buena Muerte” (huarique de los Barrios Altos), el pulular por galerías Brasil (lugar de la contracultura limeña), las escenas situadas en los aeropuertos (ejemplo de no-lugar) intensifican la sensación de inestabilidad y a la vez de movimiento, configuran un texto que confirma una exploración al mismo tiempo que una introspección, materia que el escritor moldea de acuerdo a su propio lenguaje.   

La poeta no se da respiro y compone afiebradamente mientras filtra recuerdos, evocaciones, experiencias. Delimita a través del testimonio, desde una poética de cotidianidad (la peluquería, la terapia, la discoteca, la casa familiar), el cauce por el cual un caudal que contiene su aprendizaje (en familia, en la calle, en el ámbito académico), su observación, su lucha, sus lecturas, sus deseos, sentimientos, frustraciones e indignación va en corriente vital erosionando la complacencia del mundo.

En la segunda parte del libro titulado “El Muro” existe un paralelo entre dos ciudades: Berlín y Lima. Las une un muro, éste es el elemento que tienen en común. Pero a la vez, este muro es la barrera que Guerrero siente y percibe se implanta entre culturas distintas, entre idiosincrasias diferentes. Nuevamente aparece la fricción entre la convención social y la performance cotidiana propia, la conducta del poeta bajo la fiscalización del orbe inquisidor (“Incursionas en el sector capitalista”): “Vas a la U y te desenvuelves correctamente / te comportas como una buena ciudadana: / siempre a punto de escapar de la muchedumbre estudiantil y / de las ridículas exquisiteces de los profesores de literatura”. 
El desarraigo se emplaza por esta sección. “Hoy caminas por las calles de Berlín y te asaltan terribles ataques de pánico / la pregunta sigue flotando feroz a cada paso que das / en la voz de cada ciudadano que se dice de vanguardia / sabes que la cortina de hierro sigue latiendo en sus corazones para dividir: / a YO de ELLA”.

Guerrero también se da tiempo para interrogar su quehacer poético: “La ropa interior y aquellos televisores de pantalla plana / la invitan a sumergirse en una poética nueva (…) Hoy la poesía es una linda dama de compañía / Y hace rima y se luce sobre cocinas posindustriales (…)”. Asimismo, sugiere un cuestionamiento a su identidad: “¿Habrá alguna diferencia entre ser deseada por un muralista de los conos y querer ser engullida atrapada poseída por un sofá-cama de diseño?”.  
En el poema en que se dirige a su padre le menciona sus intentos por pertenecer al Ello, su a veces necesidad de “okuparlo”, intentos que terminan en instalarse nuevamente en el “Yo” que se niega a ocupar el espacio aquel. El poeta Juan Ramírez Ruiz aparece como la figura paternal (a tono con el texto), como una suerte de guía y paradigma de lo que Guerrero trata de encarnar: una resistencia que fue más allá de la poesía. Imaginería e intensidad de esta que la autora hace suya sin embargo, se frustra por los constantes viajes y trámites (“toda aquella pesadilla que a veces vivimos con júbilo”) y, además, fracasan por elementos más estructurales del ser y la costumbre, como por ejemplo, el sesgo de clase, pues “…así te han criado y hay cosas que no cambias”, para de inmediato trasladarse al recuerdo de la infancia y adolescencia trágica: “Y te lanzas otra vez de regreso a la casona oscura de tu infancia / a esos muros que se pierden de locura y de vejez”.

Finalmente, nos topamos con “Zona de Okupación”, última parte de la placa. Inicia con unos versos que refieren la humillación que viven la mayoría de latinos en las fronteras y aeropuertos de primer mundo (“…y te sacan los zapatos y te tratan como a una perra”), así como el eterno estigma de pertenecer a “países con alerta roja”. Aquí nuevamente se hace visible aquella conciencia representada en la figura del Hijo. Por momentos, el hijo parece ser la propia poeta, quizás su perspectiva de futuro, incluso su campo de siembra constante en el aspecto ético, social, cultural, sentimental. Este recurso, de operar como lo percibimos, daría señales de una condición de falta de protección y resguardo, presentes en distintos versos de Berlín. No obstante, el Hijo aparece como una mención a la esperanza futura de dar un golpe de timón, de presenciar la ventura, de una imagen de la lucha que debe entablarse en pos de la justicia, en virtud del Amor: “Tú más Vallejo que Vallejo en el congreso antifascista / aplacarás el viento de la Muerte contra las ventanas / Habrás de fundar un tiempo nuevo…”.

Este último conjunto también incluye “El Alexanderplatz” en referencia a una conocida plaza céntrica de Berlín. Recuerda Guerrero a los punks que allí se reunían, evocando con nostalgia y aseverando “Todos ellos pertenecen al irresistible pasado”. Con ello, y otros guiños durante otros episodios del libro, la poeta deja en claro su visión de las cosas: en la actualidad la resistencia es algo que no urge, la indignación debiera ser necesaria, sin embargo, no lo es (“La torre de televisión y las pintas contra el capitalismo / parecen cada vez más viejas…”). La rebelión opera en sublevaciones personales y cotidianas: “He subido al M2 sin pagar mi ticket / a la espera de ser atrapada súbitamente…”. Esta maquinaria del disentimiento es ubicada en un universo amplio que vincula, en el caso de Guerrero, dos realidades, la peruana y la que vivió en Alemania. Inmersa en la primera, refiriéndose a ella, da visos de ligero humor: “Los turistas y sus cámaras fotográficas parecen ser lo más moderno / en esta ciudad de extrañas cursilerías y sometimientos / ellos serían el deleite de nuestra genial vanguardia puneña”. Así como lo punk sobrevive a la urbe germana, aquí “lo cholo y el avant garde” conviven, pues la plaza, como se la concibe aquí, como lugar de encuentro en Lima, “fue el centro / 1989 allí nos conocimos en plena destrucción/construcción / el centro del Este de mi corazón”.

En “El ciclista” la luz se hace presente mas sin dejar de lado cierta acritud (en un sentido no peyorativo), característica del registro de Guerrero. La bicicleta es un símbolo del desplazamiento, la libertad y la infancia. Sin embargo, la libertad es a medias puesto que existe una angustia, un malestar que no permite ser pleno en el ejercicio del movimiento en dos ruedas. Ir en bicicleta es aquí una metáfora del oficio para la convivencia social, de la evocación, del peligro y del aprendizaje, pero por sobre todo es una figura para representar el viaje y el cambio: “Más este poema lo escribí para el que todavía sueña / para el que atraviesa las fronteras feliz e indocumentado / para todo aquel que se rebela contra los asesinos del mundo”.

“En la disco” es una composición que canta al placer, el encuentro como lugar de reconocimiento, a la amistad, a la música, la fiesta, la evasión. A estos elementos los atraviesa una categoría que la poeta dota de peruanidad, lo que anteriormente mencionamos en referencia a nuestra idiosincrasia latina, un sentimiento trágico (“una risa arguediana fluye dentro de mí”), también la conciencia de pertenecer a una cultura distinta, la dificultad para ser cosmopolita (menciona su estadía en Boston en Madrid en alguna de las páginas), como en esta cita: “Berlín / soy una extranjera / pero todo me resulta tan familiar / no puedo perderme  Siempre acabo en el Muro”.

Culmina esta sección y la obra toda con el poema “Sachsenhausen”, nombre de uno de los campos de concentración en que los nazis llevaron a cabo su política de aniquilamiento y genocidio de miles de judíos a mitad de los años 30, durante la Segunda Guerra Mundial. En él la escritora muestra su indignación ante la injusticia y la barbarie de la historia, de alguno de sus protagonistas. En un paralelo entre el exterminio nazi y las matanzas de Huanta, en Ayacucho, Perú, anota luego haciendo referencia aparente de la indiferencia ante aquellos sucesos: “¿Qué será lo que a Él le ahoga? / quizá cierto asma barroco de origen limeño / le impide reconocer la unión de dos tiempos inconclusos”. Recuerda al final del poema, la figura del poeta Paul Celan, quien pierde a sus dos padres en un campo de concentración lo que lo llevó a una culpa angustiosa durante mucho tiempo: “Aquí y ahora / el semen de Celan no es poca cosa / para terminar/recomenzar / este poema”. La lectura de los textos de Celan fue instaurada, posteriormente, entre los ciudadanos de la República Federal Alemana como parte del duelo por las víctimas del exterminio. Finalmente, el lector ha recorrido diversos aspectos de la poética de Guerrero, una escritura honesta y comprometida con su tiempo, con la memoria, la dignidad y la justicia (aunque suene eufemístico), así como con la poesía y su veta más vital, proteica, emotiva y visceral. Buen libro.
 
 
 
© José Carlos Picón, 2012
 
 
José Carlos Picón (Lima - Perú, 1979). Promotor cultural y periodista. Estudió Ciencias y Artes de la Comunicación en la PUCP. Su primer y único poemario se titula Tiempo de veda (2006). En la actualidad, viene preparando una plaquette y su segundo libro en verso.
 
 
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