Nº 20
revista virtual de literatura
 
Siguenos en:
 
 
 
Contacto Quiénes somos Colaboraciones Legal Enlaces Buscador Primer Hablador
 
 
reseña    
Leonardo Padura  

El hombre que amaba a los perros

Ed. Tusquets, Barcelona, 2009.

________________________________________________

Contra el mito y el silencio

La última década del siglo XX fue la famosa década del fin de la historia. La caída del muro de Berlín y el declive final de la URSS significaron, para muchos, el desenlace de un enfrentamiento que había durado largos años y que, al parecer, terminó por agotar a una de las partes. A partir de ese momento, se pensó, el espíritu democrático se extendería por todo el mundo y ya no habría más inquietudes de envergadura global. Dado que el lado occidental de la Tierra había triunfado –nadie se atrevía a decirlo, pero, bueno, esto era lo que se pensaba— solo bastaría mirar al futuro, seguir con el dictum de la producción y extender la riqueza. Las naciones hasta ese momento reacias al cambio no tardarían en darse cuenta de que esa era la vía correcta y que prácticamente solo bastaba ponerse a caminar para coger el rumbo.

No obstante, también es verdad que para algunas personas, en realidad pueblos enteros, la historia recién comenzaba. Esta es la línea principal de la novela de Leonardo Padura, El hombre que amaba a los perros, en el que se cuentan los hechos que llevaron al asesinato de León Trotsky en manos de Ramón Mercader.
Inspirada en el relato histórico, la primera impresión es que el relato de Padura tiene como fin la reconstrucción de unos hechos que, como muchos otros, solo es necesario ordenar. No obstante, el lector atento descubrirá rápidamente que en realidad no es la historia sino el sentido histórico en sí lo que se quiere reivindicar. Pues si Padura nos llena las páginas de los enfrentamientos entre republicanos y nacionalistas de la Guerra Civil de España, las purgas de Stalin en los años treinta y los debates entre Trotsky y André Breton sobre las relaciones entre el arte y la política –todo ello fruto de una escrupulosa, rica y profunda pesquisa hecha por el autor— no es solo para dar cuenta de ello sino para demostrar que, por más que lo ignoremos o a veces lo neguemos, todo pasado está íntimamente vinculado con nosotros. El pasado está hecho de nombres, decisiones, gestos y lugares, pero en él también se enlazan ideas, deseos, errores y terrores que pueblan la conciencia y la sensibilidad de quienes la protagonizan. La tarea de Padura es descubrir lo contradictorio y absurdo en una historia lejana, casi minúscula en nuestra memoria en nuestra memoria. El arte de Padura es hacernos sentir que este crimen, este crimen que se quiso hacer pasar como insignificante, fue tal vez el único crimen del siglo XX.

El hombre que amaba a los perros es un libro que se acerca con una mirada fresca a una historia que no solo ha estado velada para el gran público occidental sino también para el público cubano. De allí la importancia del personaje Iván, el escritor cubano que se atreve a investigar y escribir las vidas de Trotsky, Mercader y hasta la suya misma: pensar, tan solo imaginar esta historia, es de por sí una rebeldía, pues significa derrumbar uno de los grandes mitos del sistema comunista. Proscrita por el estado soviético, prohibida por las autoridades de la isla, las historias de Trotsky y Mercader fueron enterradas en las mazmorras del olvido. ¿Habría alguna posibilidad de recobrar la memoria del hombre que fue el compañero de Lenin, el creador y jefe supremo del Ejército Rojo y el rival, el último rival de Stalin? La novela de Padura es eso: la recuperación de una historia hecha para redimir el tiempo perdido, para poner la verdad en su lugar y, en consecuencia, renovar un presente cansado de pasado. Pues si algo había y sobraba en Cuba o en Rusia era eso: una revolución antigua, héroes viejos y líderes vetustos que soñaban un pasado glorioso y prometían un futuro que nunca llegaba. El hombre que amaba los perros es el regreso de la historia a la isla y, en consecuencia, de la isla al mundo real. Aquella historia del gran perro traidor, Trotsky, de muerte atroz. Aquellas historias de desesperados personajes anónimos que en Cuba o en Rusia luchan por un ideal fenecido. Aquella historia de un anónimo republicano que formará parte del siniestro mundo del comunismo ruso y que al final de sus días conoce a otro anónimo y desconocido escritor cubano que, vaya a saber cómo, se convertirá en el depositario final del terrible relato. Padura realiza en el libro lo que ha sabido hacer en tantos otros: hacer de la víctima y victimarios personajes vivos y humanos, y hacer del escritor un detective que, letra a letra, palabra a palabra, termina por desenlazar los misterios de la escena de un crimen que tuvo como móvil el egoísmo y la sed de poder más inimaginable. Desde el signo –la escritura— y contra el mito, somos partícipes de una lucha contra el silencio que por décadas trituró las vidas –y si no la vida, el espíritu— de quienes se atrevieron a manifestar su disenso.

A excepción de los últimos capítulos del libro, en el que algunos hechos trágicos parecieran forzar el final, la novela se desplaza con la agilidad necesaria para darle al lector la mirada limpia de una de las historias más enrevesadas que pueden existir. Sin embargo, es cierto también que la lectura no es fácil. Muchas veces la tensión y la presión, como las sufriera Trotsky, cercan la natural fluidez de la trama fatal. Pero pasado el momento, la historia ejemplar del líder bolchevique en el exilio y las peripecias de Iván en la isla –en su nombre no dejan de sentirse los terribles ecos del pasado soviético—, son suficientes para que no se pierda el leit motiv del libro. Puente de ambas historias es Mercader, quien, muy mercader, es el que tranza entre la dictadura stalinista y la ciega historia. Su paso es, pues, el más escabroso, pero también el más trágico, ya que en él se sintetiza la mayor orfandad que pueda sentir un hombre que por asumir el ideal de una causa se convierte en una pieza más del poder.

Novela de un cubano, novela de un latinoamericano, El hombre que amaba los perros está llena de reflexiones sobre las consecuencias de las dictaduras y la absurda radicalización de las ideologías. Propuestas como la suya pueden servir para las revisiones históricas de otros países que, como en Cuba, tienen aún mucho por contar sobre su pasado.
 
 
 
© Mario Granda, 2012
 
 
Mario Granda (Londres - Inglaterra). Profesor de lenguaje y literatura en las universidades San Ignacio de Loyola y Antonio Ruiz de Montoya. Codirector del El Hablador y coordinador de conferencias del Centro Cultural Inca Garcilaso de la Cancillería.
 
 
Deje su comentario
 
Nombre:
 
 
 
 
El Hablador 2003-2012 © Todos los derechos reservados | ISSN: 1729-1763
           
Especial   Creación   Debate  
Artículos   Reseñas   Biblioteca  
Entrevistas   Periódico   Estudios