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Poesía vanguardista peruana (Christian Elguera Olortegui)

Dantes (Lenin Pantoja Torres)

El invitado (Giancarlo Stagnaro)

Caín (César López Núñez)

Libro del sol y otros poemas (José Carlos Picón)

Guardián de acantilados. Oleajes pictóricos 1999-2008 (Carlos Morales Falcón)

Paterson city (Giancarlo Stagnaro)

 

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Rituales y límites de la violencia

por Giancarlo Stagnaro

 

Carlos Arcos Cabrera
El invitado
Quito: El Conejo, 2007

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Una certeza acuciante: la literatura de la violencia política ya no es patrimonio exclusivo de los peruanos. Enhorabuena por ello. Desde hace algún tiempo, el caso peruano viene llamando la atención de numerosos investigadores y autores, lo cual resulta inevitable, dada la magnitud y el impacto que este evento ha tenido y sigue teniendo. Más aún, los premios literarios internacionales, entre otros factores, han contribuido a visibilizar aún este evento que para muchos tiene todas las señas de un cataclismo social de largas consecuencias.

Como síntoma de esta “internacionalización”, podemos mencionar dos novelas recientes de “extranjeros” que escriben o ambientan sus ficciones en los años de la violencia y la guerra. Una de ellas es Fuga en los Andes (Fuga dos Andes, en portugués), del periodista brasileño José Pedriali; y la otra es El invitado, de Carlos Arcos, que con todos los generales de ley puede ser inscrita sin ningún inconveniente en esta tendencia literaria, en el cual han abundado e indagado los narradores peruanos en tiempos recientes con resultados de diferente cuño.

Carlos Arcos es un narrador de oficio, que ha logrado compaginar una destacada trayectoria académica con el oficio literario. Ha obtenido dos veces el premio nacional de literatura ecuatoriano, que recibe el nombre del novelista Joaquín Gallegos Lara, primero con la novela Vientos de agosto y posteriormente con la novela que reseñamos. Partiendo de una constante en su trayectoria como escritor de ficción, en esta novela encontramos una cierta profusión de detalles, referencias e idiolectos, que hacen que uno se pregunta si la nacionalidad del autor es verdaderamente ecuatoriana.

El invitado es la historia de una familia, los Sabogal, de clase media alta, a la que le toca vivir una experiencia límite, durísima. La trama se ambienta en la Lima a inicios de la década de 1990, en un ambiente social en el que se creía que Sendero Luminoso iba a tomar la ciudad por asalto. Felipe Sabogal, su esposa Carmen y su hijo también Felipe se dan de bruces contra una realidad sórdida y sobre todo irracional. Felipe papá es un abogado de éxito que es secuestrado por un comando paramilitar por haber apoyado las denuncias de víctimas de la represión militar en Apurímac, uno de las departamentos más pobres del Perú. La trama aborda la búsqueda de su esposa y la reacción de su hijo frente a un mundo familiar que se desmorona de a pocos. Esta búsqueda se cuenta a manera de episodios, de fragmentos, en los que el narrador asume diferentes perspectivas narrativas según el miembro de la familia. Esta tríada recibe la intrusión del torturador, Víctor Otiniano Llauri, un trujillano que expone su punto de vista y la justificación de la represión.

En la alternancia de estos episodios ingresamos al microcosmos de la familia Sabogal, y a través de ellos, a lo que ha sido la historia de los últimos años en el Perú. Es una familia en crisis, como muchas otras familias reales de aquellos años. Él de ascendencia cajamarquina y ella de origen arequipeño, la pareja de Felipe y Carmen se vincula profesional e ideológicamente a la izquierda universitaria de fines de los 70, las ONG y el activismo de los derechos humanos. Pero bajo las apariencias de una satisfactoria vida pública, la relación entre ambos está puesta al borde del abismo, dadas las infidelidades del esposo y la desazón creciente de la esposa. Los silencios y los reproches entre ellos son evidentes.

Por su parte, el hijo, un adolescente de quince años, detesta la hipocresía de sus padres y reacciona volcando su subjetividad en un diario, en donde critica el mundo descarado e insufrible de los adultos. La inserción de este diario, en el que se relata el largo aprendizaje sentimental de Felipe hijo, y en cómo asume el trauma de la desaparición de su padre, es uno de los puntos más altos de esta novela. Mediante este microcosmos, el narrador elabora una radiografía sumamente detallada y punzante de la izquierda peruana de los últimos años, en la que no se escatima repartir virtudes, pero también defectos, bajo los cuales los proyectos colectivos son pospuestos para satisfacer apetitos personales. En un momento de la narración, mientras es torturado, Felipe padre piensa acerca de sus pares: “La mayoría nos reciclamos, nos hicimos unos cómodos y cabrones socialdemócratas y luego de la caída del Muro, algunos abrazaron el liberalismo. ¿Había que modernizarse o no?” Quien revise la trayectoria de la izquierda en nuestro país no puede dejar de corroborar esta observación triste pero cierta.

El poner el acento en lo familiar como punto de partida para explorar las subjetividades no es nuevo para la literatura. Se podría decir que las alegorías nacionales, como ocurre en esta novela, parten de este ámbito. En la tradición literaria latinoamericana, como sabemos, esta ha sido una constante. Para la narrativa de Carlos Arcos, la familia Sabogal representa el perfeccionamiento de una búsqueda que inició en una novela anterior suya, Un asunto de familia, en donde aborda el mismo tema: la progresiva descomposición de una familia de la alta burguesía ecuatoriana a causa de un ejercicio desmedido del poder, en este caso de parte de un padre tirano contra su propia descendencia. En ambas novelas, el avasallamiento del otro, la manera de ejercer poder sobre él, pasa por lo sexual. No sólo a nivel de las relaciones interpersonales, sino que también como forma sigilosa de tortura psicológica y, para el caso de la represión política, necesaria y elocuentemente física. Aquí rastreamos la violencia de origen de todas las violencias, bajo la cual se arroparon y crecieron nuestras sociedades latinoamericanas, y que han derivado en el horror que todos conocemos, pero que nos cuesta asumir.

Otro punto alto de la novela es el relato de Felipe padre mientras es torturado por los agentes de Otiniano, en una vieja casa al sur de Lima. Es el “invitado” a los juegos sucios del poder. La tortura se establece como mecanismo secuencial, donde el sujeto va perdiendo su propia seguridad subjetiva. Así, se transforma en aquello que Giorgio Agamben define, retomando un concepto legal romano, como la vida nuda, cuerpo en estado puro, voz que se limita a registrar sensaciones, luz, sombra, sonidos, pasos. Un lector políticamente correcto podría pensar que la tortura es una forma de castigar los pecados eróticos de Felipe. Pero en realidad su conversión en víctima y el vacío que ha generado su ausencia son productos de un designio desprovisto de toda razón, tal como lo han sido las víctimas tanto de los grupos alzados en armas como del Estado durante las décadas de 1980 y 1990.

Para justificar sus actos en nombre de la mal llamada “razón de Estado”, los militares, los represores sostienen: “Somos los elegidos, somos el nuevo Perú… Cumplimos la tarea más dura: extirpar a los que lo quieren destruir. Los que nos atacan no saben que nosotros somos los que tenemos en la sangre el verdadero Perú”. Carlos Arcos hace notar la ironía: en verdad, estos militares construyeron un “nuevo” Perú a punta de mancharse las manos con esa misma sangre.

Quizás, en ese sentido, ser un país violento tenga que ver con un destino atávico. La novela sugiere que las luchas ancestrales de los mochicas tienen repercusión hasta nuestros días; si no, no se podría explicar de otra manera una idiosincrasia que genera pérdida y dolor, ambas marcas constantes de nuestra historia. Pero ello no quita el problema ético de por medio, y de la responsabilidad que como sociedad nos atañe frente a la tragedia de estas desapariciones.

Otro valor de El invitado tiene que ver con la esfera del testimonio. Es indudable no sentir la experiencia de que el caso de Felipe Sabogal es un hecho de la “vida real”, aunque se presente como una ficción. Agamben, parafraseando a Primo Levi, indica que los que narran su experiencia son los sobrevivientes: en este caso, Carmen, pero sobre todo su hijo, Felipe, que asume el peso de la culpa y la memoria, y que parece tener, al final de la novela, una cita ineludible con la historia. Agamben dice que los muertos, los que vieron a la Gorgona, ya no nos puedan contar nada: “Los hundidos no tienen nada que decir ni historias que transmitir. No tienen historia ni rostro ni mucho menos pensamiento. Quien asume la carga de testimoniar por ellos sabe que tiene que dar testimonio de la imposibilidad de testimoniar. Y esto altera de manera definitiva el valor del testimonio, obliga a buscar su sentido en una zona imprevista”. De esta delegación de buscar un sentido a lo irracional es de donde brotan novelas como El invitado, que contiene una certeza que nos invita a ser descubierta y pensada, como toda buena literatura.

 

 

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