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Poesía vanguardista peruana (Christian Elguera Olortegui)

Dantes (Lenin Pantoja Torres)

El invitado (Giancarlo Stagnaro)

Caín (César López Núñez)

Libro del sol y otros poemas (José Carlos Picón)

Guardián de acantilados. Oleajes pictóricos 1999-2008 (Carlos Morales Falcón)

Paterson city (Giancarlo Stagnaro)

 

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Versos a la intemperie

por Lenin Pantoja Torres

 

Ildefonso, Miguel
Dantes
Lustra Editores, 2010. 195 pp

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El narrador y poeta Miguel Ildefonso (Lima, 1970) ha publicado el libro de poesías Dantes (Lustra Editores, 2010) que refleja la culminación de un proyecto poético iniciado desde sus primeros años de escritura. Este último libro no solo se presenta como el cierre de un periodo, sino pretende ser la síntesis de todo lo escrito con anterioridad. De esta forma, Dantes puede ser leído como el epílogo de toda su producción poética, aunque por esto no deja ser un libro autónomo. Por lo mismo, seguiremos un criterio textual cuando describamos las virtudes y defectos del poemario, sin incidir desmedidamente en la producción total del poeta.

Dantes es un libro voluminoso tratándose de poesía. Así, la escritura del texto no está pensada en un mero lector, sino en un lector rival. La lectura de Dantes es un reto para dicho rival potencial. El texto está estructurado en seis partes, organizadas y diferenciadas por títulos que dan la impresión de independencia textual dentro del libro mayor. Así, es posible leer cada segmento como un poemario individual. Esto no cancela la fuerte y estrecha relación existente entre cada una de las partes con el todo. Por esto, tenemos que los, digamos, capítulos están enlazados por la temática,  pero difieren en la mirada o perspectiva del yo poético.

La organización textual mayor está emparentada con la que se maneja al interior de cada apartado o capítulo. Esto a raíz de que dentro de estos el rasgo característico es la fragmentación y la des-ubicación de muchos de los contenidos vertidos. Así, podemos aprehender los contenidos tratados luego de enlazar ideas aparentemente inconexas. Este estilo en la organización textual es un rasgo que caracteriza la producción literaria de Ildefonso y que propone nuevos retos críticos a los estudios literarios. Incluso podría llegar ha ser un motivo que encienda el debate en torno a una discusión de géneros. Ahora, lo importante es que Ildefonso no llega a olvidar que está haciendo poesía, algo que no sucede cuando hace narrativa pues suele exagerar con la prosa poética.

Este libro se organiza conceptualmente a partir de una propuesta global, es decir, desde un arte poética que vendría a ser la peregrinación del poeta (Dante es el protagonista de la Divina Comedia) por los sinuosos y nada esperanzadores caminos de la urbe, una urbe pensada y sentida a lo largo del libro como el infierno, purgatorio y paraíso por donde debe transitar el poeta antes de superar cada periodo. De esta forma, Dantes vendría a ser el mismo yo poético que divaga entre dos planos: el real y el textual. El primero, como el camino de la vida; y el segundo, como la construcción e interpretación particular de esa vida. Sobre este punto, debemos mencionar que el poeta es un observador y la poesía, una forma que permite fijar y trascender lo percibido: “este canal que es la palabra es también lo sagrado y lo mundano / y mi contemplación hacia las piedras mundo derruido en abismos / por donde va el poeta inocente y oscuro: anotando” (p. 82).

La relación del poeta con la urbe es problemática ya que la llega a abandonar para irse al campo. En este momento tenemos resonancias clásicas, pues se puede leer este pasaje como “el alejamiento del mundanal ruido”, tópico renacentista. Esta es una virtud en la poesía de Ildefonso: no llega a perturbar las ideas básicas cuando inserta alusiones clásicas dentro de una poesía de corte urbano-marginal. Ahora bien, el poeta se aleja de la urbe pero se siente un outsider en un espacio ajeno al suyo, se siente un turista descentrado o un sujeto ubicado en un no-lugar: “Un pueblo lejano o la cabeza de un carnero –un cráneo blanco como la nieve alta- ha quedado tras el cerco de púas mirando los rieles por donde pasamos como simples turistas”. Los poetas son simples turistas en un espacio físico que no conocen y que no terminar de entender. Así, el poeta se siente un sujeto transitorio por un lugar que no es el suyo. Ahora, se puede leer este momento como un premeditado fracaso de Dantes hacia una posible llegada al paraíso ya que su lugar es la urbe caracterizada por el tiempo amargo y poseedor de una violencia que fluye (como diría el poeta Carlos Oliva). La culminación de su peregrinaje en los Estados Unidos reconfirma, una vez más, que el hábitat del poeta es la ciudad, ya sea peruana o extranjera.

Un elemento muy presente en este libro es la oscilación de los versos entre la configuración de tramas y de imágenes. Hay una indudable tensión entre ambos aspectos. Muchas veces la prosa poética posibilita esto. En todo caso, el resultado revela un trabajo cuidadoso en cuanto a los cuadros con historias implícitas:

“Una mujer alzó la tapa del balde blanco de metal
y la colocó en la banca.
Cogió el cucharón, lo hundió en la chicha morada haciendo círculos lentos,
un remolino nocturno en el mar (otro mar)
y la ballena de hielo
sin ningún drama ni épica se partió en dos, en cuatro.
La mujer alzó el cucharón de metal acero inoxidable
y vertió la chicha helada en el vaso de cristal.
Aquel vaso me lo extendió diciendo “ahí tiene”.
Yo lo recibí y para beberlo cerré los ojos. Mi sed había desaparecido.
El vaso había desaparecido en el instante mismo de haber desaparecido mi sed.
La canción de Chacalón había desaparecido.
La mujer, el balde, habían desaparecido.
Solo quedó el poema” (p. 95).

La carga visual es indudable así como la presencia de una historia sencilla, una historia que revela y confirma algunos aspectos ya mencionados. Es el caso del poder fijador y trascendente del poema. Podemos apreciar en el último verso que finalmente todo ha quedado atrapado en la escritura poética, se ha vencido a la fugacidad del tiempo que es la destructora de lo que pensamos imperecedero.

El lector puede preguntarse cuál es la razón del constante viaje del yo poético, qué es lo que busca, hacia dónde va, en fin, muchas cuestiones en torno a un solo aspecto: el peregrinaje del poeta. Los pasos que este realizan son, simultáneamente, dos cosas: por un lado, una cierta redención; y por otro lado, remediar el spleen limeño. La redención del poeta no solo viene de las cosas que ha hecho, sino también de las cosas que suceden en la ciudad. No hay una clara y precisa mirada crítica del poeta respecto a la sociedad, pero sí hay ciertos comentarios que dan lugar a personajes marginales, poseedores de un atractivo particular. Hay una belleza oculta en todos estos personajes, incluso una envidia soterrada por el sufrimiento. La angustia y sobre todo  el dolor ejemplifican esto cuando el yo se siente con derecho a increpar al que no lo siente o no lo conoce: “Qué sabes del dolor / qué sabes de estar en una calle / si el dolor es no saber nada / si estar en una calle / es solo estar en una parte de tu dolor” (p. 41). Cuando nos dicen que el dolor es una parte de la calle advertimos que la urbe guarda muchas cosas, entre ellas al dolor. Así, la urbe es un macrocosmos de sentimientos trastocados, los cuales posibilitan la sombría atmósfera por donde deberá transitar el poeta.

La urbe o la ciudad no es un espacio sin orden, hay alguien que la regenta. Dentro de la lógica general sería Dios el que asumiera dicha responsabilidad; sin embargo, hay un emparentamiento entre este ser divino y el poeta, una comparación que posee resonancias clásicas (recordemos El gran teatro del mundo de Calderón de la Barca donde Dios organiza todo): “El cuerpo es una cosa hecha de alma y el frío es la materia del dolor: no saber que se está muriendo (aunque de su boca sólo salga esa misma palabra) es no saber que se está caminando inútilmente en un lugar que está caminando inútilmente en un universo que está caminando inútilmente en unas manos que están escribiendo inútilmente” (p. 56). El desconocimiento total de la muerte recae exclusivamente en no advertir que en el plano real somos la creación de Dios y en el plano textual, la creación del poeta. Será a través de la sensibilidad de este que veremos canalizados muchos de los contenidos de la realidad en una representación poética que incide en las muchas caras que asume la ciudad.

Las constantes referencias a personajes literarios y artísticos son un sello característico en toda la producción literaria de Ildefonso. En Dantes se confirma este hecho. Están presentes Baudelaire, Rimbaud, Humareda, Adán, Vallejo, Arguedas, y un largo etcétera. La función que cumplen es básicamente referencial. La identificación del yo con cada uno de ellos es innegable, asimismo hay una fuerte carga compasiva y defensiva por alguno de ellos. Por ejemplo, cuando habla de Arguedas lamenta que sus “amigos” en vida no le hayan dado un lugar predilecto, y que ahora hablen de él con una autoridad desconcertante. Por otro lado, tenemos las locaciones que son muchos espacios de la ciudad de Lima, provincias y el extranjero (cuando llega a los EE. UU.). La función de estos dentro del poemario es propiciar el espacio no solo físico sino también atmosférico por donde el poeta ejecute su viaje o simplemente camine. Los espacios son fundamentales para la comprensión del poemario. Si tomamos en cuenta la segmentación, el collage, el aislamiento, etc., de los contenidos textuales, una de las formas que posee el lector para aprehenderlos es el conocimiento del lugar desde o sobre el que habla el yo poético. En este sentido, en el libro muchas veces se piensa demasiado en la estructura y se descuida el contenido provocando una lectura discontinua o segmentada.

Finalmente, Miguel Ildefonso confirma con Dantes toda una producción poética caracterizada por lo resaltado en esta reseña. Y confirma, también, ser una de las voces vivas más representativas de los años noventa (incluso de años antes) y nuestros días a pesar de haber publicado Vestigios recién en 1999. Sin embargo, Dantes nos parece una experiencia desmedida. Tomando la licencia de considerar las intenciones del autor real (dijimos que nos ceñiríamos el texto) creemos que el hecho de pretender cerrar un periodo creativo no implica necesariamente una obra que pretenda cubrir muchos aspectos. Dantes es un poemario que alberga muchos libros, lo cual resta precisión al texto final. Por otro lado, este poemario posibilita muchas lecturas lo cual habla muy bien de su riqueza conceptual y estructural.

 

 

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