De esta manera, París no se acaba nunca se presenta como un híbrido que combina la ficción, la autobiografía y el ensayo; y cuyo único fin es lograr una literatura que provenga de la literatura misma

 

 

 

Enrique Vila-Matas
París nos se acaba nunca

Editorial Anagrama


Ya lo ha dicho Vargas Llosa en sus Cartas a un novelista: "…que se olvide de todo lo que ha leído en mis cartas y que se ponga a escribir novelas de una vez". Consejo similar de Margarite Duras al decirle al personaje de París no se acaba nunca: "Usted escriba, no haga otra cosa en la vida". Entonces la recomendación se suma a una serie de reglas a seguir en una cuartilla que se impone como algo más que una ley, a parte de las reflexiones del novel o proyecto de escritor: "Después de todo, me dije, los escritores jóvenes copian modelos, imitan a los escritores que les gustan, y a mí no me conviene arriesgarme por sendas más complicadas, pues me expongo a no escribir nunca." (Pg. 42)

De esta manera, París no se acaba nunca se presenta como un híbrido que combina la ficción, la autobiografía y el ensayo; y cuyo único fin es lograr una literatura que provenga de la literatura misma. Y decimos literatura si se asume también a la vida como parte de ese mundo que sobrepasa la determinación de enfermedad, tal como sucedía con el personaje de El mal de Montano (Anagrama 2002); porque seguir el paradigma de Hemingway, los consejos de Margarite Duras, extraviarse por las calles de la ciudad luz, y toparse con escritores como Juan Marsé, George Perec o Julio Ramón Ribeyro; o con parte de esa cofradía a la que denomina "shandys", como es el caso de, en ese entonces anónima, Isabel Adjani, o de una escurridiza Paloma Picasso, muestra que el universo de Vila-Matas puede tentarse como infinito si se fundamenta sólo en ese mundo en el que se desarrolla la literatura.

En este libro, Vila-Matas se toma a sí mismo para mostrarse en sus inicios cuando aún probaba suerte en las tentativas de su primera novela La asesina ilustrada, tomada de una inspiración-imitación de la literatura de Unamuno. Comparte esta experiencia las incertidumbres que se creaban por el mismo hecho de ser un principiante. Se suman los consejos y enigmas de su casera (Duras) que en su aislamiento y senectud aún brotaban comparaciones dignas de compartir: ¿Rimbaud o Mallarmé?, y de ese punto se daba el desencadenamiento de elucubraciones que desembocaban en la clasificación de los escritores nómadas y sedentarios. Alegoría de ambos: Vila-Matas, joven que busca experiencias en París con un francés casi defectuoso, y Margarite Duras, mujer anciana ya cimentada en sus hechos de escritora con un francés elevado, tal como él mismo no se cansa de nombrarlo.

Literatura falsa o verdadera. Esta no importa cuando se le requiere para reforzarse en un referente que venga exclusivamente de ella. Canon de Borges que es considerado para la verosimilitud de lo expuesto. Libros apócrifos o falsos, sin importancia de su existencia. Se toma o se inventa, y se mezcla con la experiencia para lograr el mundo que sirve a la literatura y que lleva impreso su nombre. Vila-Matas y su mundo llevados a la ficción o a la recreación de una realidad digna del recuerdo; o a su manifestación de la imaginación elevada por el mismo hecho de estar insertado lo literario, o lo que el concierne como literario. Es un acierto que no cansa y que más bien nutre. Con París no se acaba nunca se sintetiza y se supera los libros-guías para los interesados en convertirse en escritores.

Por eso se incluye la ironía, mención y uso que se ofrecen como comparsa. Esta no perdona y se expone. Es más, el personaje reconoce que sólo en el período de la madurez se conoce la ironía, por eso nada mejor que en su propio legado libresco de su actual condición para mostrar su afición por esos otros escritores "límites" a los que se ha acercado, como es el caso de Musil, Gracq, Schowb, Walser y otros más como simples paradigmas de lo mínimo, no aceptados por su calidad de antagonistas del reconocimiento. Su posición casi marginal en el mundo letrado, o su no consideración por las multitudes —y admiración de pocos— hace que el juicio se contemple como vulnerable al momento de identificar las influencias. ¿Pero qué influencias? Sería la pregunta. Y al pensarlo destacamos que Hemingway no lo era todo, tan sólo una partida en una llegada que tiende al extravío al descubrir tantos íconos o tantos estilos. Es allí donde también se tiende el tapete acerca de las cuestiones de este tema. Todo increíblemente junto mientras aún se busca el camino del escritor, o se rememora otros consejos como el que menciona André Gide, imperdible en la página 113, acerca del estilo en función del secreto de Stendhal.

Aquí no se eluden escenas irrisorias o melancólicas referentes a la vida personal, concernientes a los pocos amigos o conocidos; y a la familia sobretodo, en el extraño caso que lleva a los padres a buscar una explicación del por qué de una inversión del gusto de un hijo hacia un oficio - considerado como extravagante - como lo es la escritura, sobretodo llevada a cabo en una ciudad como París, donde todo se acelera y se confunde, rompiendo el estereotipo de la calma y la virtud que da el sosiego necesario para la creación. Por eso nada mejor que un consejo del propio Ribeyro: "Por favor, sosiéguese…". Y entonces se nos muestra que nada es como uno se lo imagina, pero que aún vale la pena seguir intentándolo.

Tomando esta premisa como consejo, tanto en la realidad o como en la ficción, Vila-Matas hace que esta representación esté ligada indiscutiblemente a estos dos ámbitos, y en su mínimo común que es la experiencia, dura y exquisita - todo a la vez - para ser abordada sólo a través del signo de la literatura, que ya no sólo cabe en la novela sino en otras experimentaciones que se dan debido a la misma necesidad de reinventarlo todo a pesar de que ya esté escrito. Ya ha sucedido con Bartleby y compañía (Anagrama 2000) y con sus otras entregas. París no se acaba nunca favorece a este teorema de las letras que sólo puede cautivar a quien verdaderamente ama a la literatura como a sí mismo.

 

© Omar Guerrero descargar pdf

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