El tour de Francia (Johnny Zevallos)

Las falsas actitudes del agua (Jorge Frisancho)

A Public Space (Mario Granda Rangel)

Asesinato en la Gran Ciudad del Cuzco (Marlon Aquino)

El curioso incidente del perro a medianoche
(Juan Francisco Ugarte)

 

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Una vida agónica

por Johnny Zevallos

 

Flora Tristán
El tour de Francia (1843-1844). Estado actual de la clase obrera en los aspectos moral, intelectual y material

Traducción, introducción y notas de Yolanda Westphalen. Lima: Fondo Editorial de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos / Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán / Embajada de Francia / Instituto Francés de Estudios Andinos, 2006.

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En su estudio sobre las formas arcaicas de movilización social, Eric J. Hobsbawm afirma que las primeras manifestaciones sociales se dieron a partir de las asonadas o turbas urbanas, pero que éstas tendieron a desaparecer con la concesión de ciertos derechos denegados anteriormente al populacho. Sin duda, “desde la Revolución francesa y la aparición de los movimientos socialistas, las autoridades públicas se han vuelto mucho más timoratas de las muchedumbres y del desorden, sobre todo en las capitales y en las grandes urbes” (1). Además, la tensión urbana originada por la Revolución francesa respondía al alza de precios en los mercados parisinos; ante semejante situación, era lógico el levantamiento de las masas parisinas.

Estas manifestaciones sociales condujeron a una toma de conciencia de la condición de clase en el pueblo francés. Además, el aporte del radicalismo y del anarquismo influyeron en la condición de miseria y pobreza del campesino y el obrero; incluso, la Iglesia católica empezó a ser vista como nexo con la burguesía, nueva elite dominante tras la caída del antiguo régimen. Empiezan a proliferar así sectas religiosas (sobre todo en Inglaterra), que pretendían ganar nuevos adeptos entre los obreros: “El período de industrialización de Gran Bretaña —desde hacia 1790 a 1850 aproximadamente— fue testigo de grandes cambios religiosos, ya que entonces surgió el inconformismo protestante como religión de masas” (2). La obra de Flora Tristán girará en torno a las sectas obreras, en cuanto conformación de una identidad proletaria y de clase social. Veamos, a continuación, algunas de sus producciones discursivas.

En Peregrinaciones de una paria (1838), es posible advertir una visión del mundo desde la otredad: la perspectiva femenina. Flora apela a ciertas operaciones discursivas, donde el campo de acción es ejercido a partir de modelos literarios más cercanos a los políticos y de reivindicación social, en su intención de plasmar la representación de un sujeto cultural marginal: el paria. El sujeto femenino acoge esta operación de marginalidad, en la medida de que se erige “sobre un eje diferencial de dominación o sujetos que se supone son masculinos” (3), y delimita su frontera con los relatos de viajes, pues Peregrinaciones de una paria es, antes que nada, el testimonio femenino en diversos espacios nacionales. De esta manera, la autora muestra escenarios europeos y americanos distintos a los vistos por los viajeros franceses y alemanes de ese mismo período.

Flora concibe el espacio americano, y peruano especialmente, como una degeneración, puesto que el grado de civilización de un pueblo obedece al trato que la sociedad brinda a las mujeres: “Ya no hay, es cierto, mercados de esclavos en las plazas públicas; pero entre los países más avanzados no hay uno en el cual clases numerosas de individuos no tengan mucho que sufrir de una opresión legal: los campesinos en Rusia, los judíos en Roma, los marineros en Inglaterra, las mujeres en todas partes” (4). Esta condición de subalternidad es trascendental para la autora, por cuanto niega su inserción en el proceso de sociocultural de Occidente. Al respecto, Gayatri Spivak, al referirse al problema de la conciencia subalterna, sostiene que “La accesibilidad definitiva de la conciencia subalterna está yuxtapuesta por el hecho de que se sitúa en el lugar de la diferencia en ligar de la identidad (…) Un efecto-sujeto solamente puede postularse de la siguiente manera: lo que parece operar como sujeto puede ser la parte de una red de hilos inmensamente discontinua” (5). Tristán relaciona, además, la actitud masculina con la indecencia y los malos hábitos, los cuales agraden las buenas costumbres, propios de la mujer: “Me convertí en el centro de atención de todos aquellos extranjeros. Hablaban en inglés y veía que me tomaban por tema de su charla. Sus risas y miradas insolentes provocaran mi indignación. Sentí cuán sola estaba en medio de esos hombres con vicios inmundos y que desconocían las atenciones debidas a una mujer y a la primera de las leyes sociales: la decencia” (6).

Las relaciones de poder en Peregrinaciones estarían condicionadas, entonces, por la figura de la mujer: el cuerpo, en definitiva. En ese sentido, la corporalidad atañe imágenes de poder que se vinculan con el castigo y la culpa, pues las diferentes sociedades han visto en él la degeneración de todo sujeto: “el cuerpo queda prendido en el interior de poderes muy ceñidos, que le imponen coacciones, interdicciones u obligaciones” (7). Esta disposición del placer (goce) está asociada a la relación de dominio entre los sujetos, donde lo masculino se impone sobre lo femenino, razón por la que la autora sugiere la subversión de este poder.

La Unión Obrera (1843) es quizá, el aporte más significativo de Flora Tristán, como producto de sus continuos viajes por Francia e Inglaterra, siendo el segundo el que marcaría una honda impresión en la perspectiva reivindicativa de la autora. Anteriormente, había publicado Promenades dans Londres (1840), donde compartía su experiencia en Gran Bretaña, asombrándose por el desarrollo industrial inglés y el sólido crecimiento de la manufactura. La perspectiva de género que la autora antepone en cada visita que realiza en la isla, incide, asimismo, en las enfermedades que contraen los obreros en cada espacio: “Se les exige un trabajo que la fuerza humana apenas puede soportar. Están desnudos, excepto un pequeño calzoncillo de tela; cuando salen, se echan sobre sus espaldas un gabán” (8).

La condición infrahumana de los obreros ingleses y la lectura de los socialistas utópicos condicionó su inclinación por construir un texto que profundizara en las relaciones de dominio entre el obrero y la burguesía. Así por ejemplo, la autora afirma en el prefacio: “Así es el obrero francés: prefiere el paro, la miseria, el hambre… antes que perder eso que él llama su libertad. Por eso rechaza, sin examinarlo siquiera, el derecho al trabajo, ya que en la aplicación de este derecho cree ver una especie de militarización(9). Flora evade, sin embargo, las condenas vagas, cuando critica a los grandes patronos de la industria, y aprueba la apertura de la clase burguesa, y añade: que la burguesía no forma una clase. La falta de una conciencia colectiva entre los burgueses coincide con dos operaciones imbricadas:

1) La propuesta de la autora va más allá de cualquier operación discursiva, pues no solo se propone legitimar la acción de los obreros, sino de conferir un orden hegemónico, a partir de cánones ideológicos. La modernidad de su modelo parte del reconocimiento de los derechos de todos los ciudadanos, ideal que seguirá de las revoluciones del siglo XVIII. Al decir de Marshall Berman en su estudio sobre la modernidad, sugiere: “Los movimientos revolucionarios liberales con que culminaría el siglo XVIII se guían por esta fe: si los privilegios hereditarios y los roles sociales son suprimidos para que todos los hombres puedan disfrutar de una libertad sin trabas, utilizando todas sus facultades, éstas serán utilizadas en bien de toda la humanidad” (10).

2) Como consecuencia de lo anterior, Flora recurre al discurso poético para legitimar entre los obreros acerca de la necesidad de imaginar una identidad revolucionaria, inspirada en las ideas de Rousseau, Owen y Fourier. La Marseillaise de l’atelier debía cumplir con la misma finalidad que los himnos nacionales en las nacientes repúblicas hispanoamericanas. Sin duda, categorías como ‘igualdad’, ‘pertenencia’, ‘libertad’, etc., están presentes en esta representación

El tour de Francia es, finalmente, el diario que escribiera Flora cuando decide viajar por todo el país, y que no concluyera por su repentina muerte en 1844. En él pretende acercar sus propuestas a todos los obreros franceses y su obsesión estará regida por el hecho de que los ideales revolucionarios terminen efectivamente con la opresión de la burguesía. Desde las primeras líneas de su diario, reclama la incapacidad y deslealtad de algunos de sus prosélitos: “Regresé ayer al comité para leer mi plan. ¡Esto es el colmo! Se leyó la primera parte, la organización material de la Unión, luego nos detuvimos para discutirla. La misma estupidez que la primera vez, ¡peor todavía! Vinçard pretende que mi plan es malo. Esa gente nunca dice por qué” (11) (57). En otras ocasiones, la autora manifiesta su desprecio por las bellezas arquitectónicas, pues afirma que cambiaría la más hermosa iglesia de Dijon por un obrero inteligente, o confiesa haber maltratado a la costurera y poetisa Antoniette Quarré (96-97).

A Flora no le preocupa la poesía del crepúsculo; lo que le interesa es saber si estos hombres a los que podía considerar apáticos si no hubieran demostrado ya su aptitud para la revuelta. Una vez más, Flora tuvo al principio la sensación de que existía entre los miserables proletarios un enojoso embrutecimiento entre los obreros de París: “He aprendido tantas cosas después de vivir quince días con estos obreros. ¡Son horrorosos vistos de cerca!” (60). Pero a la vez les recrimina su desinterés por aunarse a la formación de lo que ella llama la clase obrera francesa: “Si los obreros tuvieran realmente amor por su causa habrían debido estar curiosos por conocer el trabajo que anunciaba. ¡Vaya uno a creerlo! Ni siquiera respondieron a mi carta, como lo prescribía la simple regla de cortesía Y éstos pasan por ser más inteligentes que los de La Ruche” (59). En consecuencia, la interpretación de Thompson para definir a los actantes en la formación de una revolución social en Inglaterra se asemeja a la francesa: “Las clases no existen como categorías platónicas abstractas, sólo lo hacen en la medida que hay hombres que actúan en papeles determinantes por objetivos de clase, que se sienten pertenecientes a clases, para definir sus intereses entre ellos y frente a otras clases” (12).

Thompson opera una interpretación interesante para definir el problema central de La Unión Obrera y de El tour de Francia, en la medida de que en ambas publicaciones los obreros parecen no responder al llamado de la autora para conseguir la pertenencia a la comunidad proletaria. Por consiguiente, Hobsbawm y, especialmente Thompson, aciertan en considerar la formación de la clase obrera en los decenios de 1830 y 1840 para Gran Bretaña y Francia (13). En efecto, la acción subversiva de los luditas en la Inglaterra del siglo XVIII será un antecedente para plasmar el descontento de los trabajadores frente a los burgueses británicos, pues “entre los hombres y mujeres mal pagados y carentes de un fondo de resistencia, el peligro de que surjan esquiroles siempre es muy grande. La destrucción de máquinas fue uno de los métodos para contrarrestar estas debilidades”(14).

Su afán por conseguir un movimiento obrero militante que golpeara a la élite industrial francesa fue el principal objetivo de Flora en sus viajes por el país, pues debió tener referencias del llamado de personalidades inglesas como Owen y Carlyle en Gran Bretaña, pues como acota Hobsbawm, los movimientos rituales primitivos europeos siempre tuvieron rituales de iniciación, los cuales podían darse en organizaciones y asociaciones de artesanos, entre 1830 y 1848 las conspiraciones jugaron un rol importante entre los primeros socialistas. De esta manera, las sectas obreras serán más que significativas en el propósito de Tristán para descubrir las conspiraciones en el interior de su comitiva: “Había ahí un individuo decidido a hacer la oposición. Pero yo, ahora que conozco a mis hombres, veo eso antes de que hayan hablado” (102).

En su valioso estudio sobre los destructores de máquinas, Hobsbawm llega a una conclusión que validaba el accionar de los obreros por conseguir la conquista de un sistema más justo. Los espacios ocupados por los obreros, así como la condición de los salarios fueron determinantes para tomar actitudes que significaron las primeras manifestaciones de protesta, puesto que las condiciones infrahumanas, recogidas por Flora, acreditaban la conformación de un gremio general de trabajadores. Hobsbawm concluye lo siguiente: “no podemos determinar hasta qué punto tales éxitos se debieron a los obreros o bien al ludismo latente o pasivo de los obreros. En cualquier caso, la iniciativa provino de los obreros y en esa medida cabe afirmar que éstos tuvieron una importante participación en cada uno de esos éxitos” (15).

El ataque feroz de Flora contra los burgueses es similar al de los luditas, pues echa sobre ellos toda la responsabilidad de la precaria situación de los obreros: “Desde mi llegada estoy inundada de burgueses, tengo náuseas. Se acabó, luego del tour de Francia no podré ver más a ningún burgués. ¡Qué raza impía! ¡Imbécil! Nauseabunda. No saben pensar nada, decir nada, hacer nada, ¡eso es idiota, más que idiota!” (287). La descripción de los talleres de tejedores corrobora lo afirmado anteriormente, en el sentido de que la hostilidad hacia los patronos movilizaba a rebelarse contra éstos: “Desde mi visita al barrio de los irlandeses en 1839 no había experimentado una jornada tan dolorosamente cruel como la de hoy (…) El primer taller era muy pobre, situado en una callejuela sucia y en ruinas. Al llegar al sexto entramos a una pieza que servía de cocina, dormitorio, etc., contigua y separada tan sólo por un pellejo de otra pequeña habitación en la que se encontraban dos artesanos” (161).

Ahora bien, la perspectiva femenina, al igual que en Peregrinaciones, aporta una comprensión distinta en la formación de los obreros como clase o gremio universal: todos son varones. Flora confiesa haber escapado del poder dominante de un hombre: su esposo, para refugiarse en la lucha por los derechos de otros hombres. Indudablemente, ella opera un juego de feminizar a los obreros, en el sentido de identificar su lucha y debilidad con la suya. Al adscribir en esta relación, ella demuestra su plena empatía con su pobreza y exclusión: “Observo que los obreros que me escuchan y me comprenden mejor son los más pobres, porque ellos sufren más que los otros” (140). Esta condición de subalternidad viene unida a la otredad, por cuanto ambos conceptos se interrelacionan en la construcción de los paradigmas culturales de la universalidad: masculino/poder/propietario, frente a una mayoría excluida: femenino/obediencia/propiedad.

Para finalizar, podríamos añadir algunas reflexiones que habíamos trazado al inicio de esta reseña. Pues bien, las sectas religiosas serán trascendentales en la conformación de las sectas obreras en Inglaterra y Francia, pues serán vistas como modelo de protesta social en las futuras organizaciones sindicales y de mayor presencia activa, en el sentido de que los “miembros del grupo no proceden solamente en lo fundamental de las filas asalariadas, sino que la secta toda ella se encuentra estrechamente relacionada con los movimientos obreros y sindicales, ya en el aspecto doctrinal y organizativo, ya por el conducto de las actividades de sus miembros Y lo que es más, constituye la busca de una doctrina y organización religiosa que reflejen las aspiraciones colectivas de la nueva clase, y no sólo su destino” (16).

Para ello fue necesario que se erigiera un culto a la clase obrera, pues este carácter mágico le otorgaba vigencia en el interior de los movimientos sindicales. Aunque estas sectas no trascendieron por construir un discurso teórico que reivindicara los derechos laborales al nivel de los ilustrados del siglo XVIII, su aporte estaba más sujeto a apoyar los movimientos sociales. Hobsbawm llega a afirmar que las “sectas obreras no han producido teóricos importantes. La teoría radical o social que defendieron provenía de los “viejos disidentes”, racionalizados y jacobinizados, del siglo XVIII —los unitarios, los cuáqueros y acaso algunos congregacionistas— y se perdió en la tradición más amplia del racionalismo y del jacobinismo. No hubo un socialismo cristiano obrero relevante; sólo el socialismo típico, elaborado por los pensadores laicos, y traducido a la terminología bíblica que les resultaba familiar” (17).

En cierto sentido, la propuesta de Flora Tristán no tuvo gran eco entre los dirigentes sindicales, pues su participación en las mismas se encaminaría en esa misma corriente que sostiene Hobsbawm, al punto que sería bastante aventurado y generoso de nuestra parte otorgar a la autora el hecho de que los obreros tomaran conciencia de su estado de miseria. Las contribuciones de los socialistas contemporáneos de Flora tampoco se dirigieron a crear un nivel teórico que respondiera a las necesidades de los obreros, sino desde una elite igualmente excluyente, pues la gran mayoría del sector obrero no sabía leer y escribir, por lo que esas mismas contribuciones finalmente no llegaron a sus destinatarios: el proletariado.

El afán utópico de Tristán corrobora antes que nada el papel de socialistas como el Conde de Saint-Simon o Charles Fourier, hombres de una elite tan alejados de la injusticia social como muchos de los patronos industriales. No obstante, la batalla desde la otredad y la lucha contra el falocentrismo serán tal vez su mayor aporte. Innegablemente, la decisión de iniciar la igualdad para todos los hombres debía empezar por una labor titánica de presenciar, por ella misma, cómo iban dándose los cambios entre los obreros en distintas ciudades francesas. Emprender un viaje por todo el país fue el gesto más ilustrativo de la necesidad de comprender en cada taller, en cada vivienda, en cada agrupación, los diferentes estadios de lucha reivindicativa. En ello se empecinó los últimos días de su vida, una auténtica vida agónica.

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(1) Eric J. Hobsbawm. Rebeldes primitivos. Estudio sobre las formas arcaicas de los movimientos sociales en los siglos XIX y XX. Traducción de Joaquín Romero Maura. Barcelona: Crítica, 2001: 150.

(2) Ibídem, 173.

(3) Judith Butler. “Sujetos de sexo / género / deseo”. Neus Carbonell y Meri Torras (compiladoras). Feminismos literarios. Madrid: Arco/Libros, 1990: 27.

(4) Flora Tristán. Peregrinaciones de una paria. Traducción y notas de Emilia Romero. Prólogo de Jorge Basadre. Lima: Cultura Antártica, 1946: 8-9.

(5) Gayatri Ch. Spivak.“Los estudios subalternos: la reconstrucción de la historiografía”. Neus Carbonell y Meri Torras. Ob. cit., 278.

(6) Flora Tristán, Peregrinaciones…, 115.

(7) Michel Foucault. Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión. Traducción de Aurelio Garzón del Camino. 34ta. edición. México: Siglo XXI Editores, 2005: 140.

(8) Ibídem, 145.

(9) Flora Tristán. La Unión Obrera. Edición y traducción de Yolanda Marco. Barcelona: Ediciones Fontamara, 1977: 13.

(10) Berman, Marshall. Todo lo sólido se desvanece en el aire. La experiencia de la modernidad. Traducción de Andrea Morales Vidal. 15ta. edición. México: Siglo XXI Editores, 2004: 105.

(11) A partir de aquí solo citaremos el compaginado para el libro en mención.

(12) Edward P. Thompson. Las peculiaridades de lo inglés y otros ensayos. Valencia: Instituto de Historia Social, 2002b: 47.

(13) Aunque Eric Hobsbawm considera que la formación de una clase obrera británica se dará recién entre 1870 y 1914, tampoco niega del todo la precisión de Thompson para evidenciar que tanto el cartismo como los gremios de zapateros y manufactureros serán decisivos para la constitución de una temprana conciencia de clase.

(14) Hobsbawm, Eric. Gente poco corriente. Resistencia, rebelión y jazz. Barcelona: Crítica, 1999: 20.

(15) Ibídem, 28.

(16) Ibídem, 180.

(17) Ibídem, 198.

© Johnny Zevallos, 2007

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