Al principio existía bastante recelo y parecía que el libro y el ordenador representaban espacios separados, irreconciliables, antagónicos. Ambos eran los estandartes de dos mundos: el de la tradición cultural y el de la revolución tecnológica

 

 

El fluido literario: Internet y la Literatura

por Joaquín María Aguirre
 
 

Para Agnés Vayreda, que sintió el peso de lo instituido

Introducción ilusionada

La aparición de una revista literaria es siempre una buena noticia. Si además la revista se desarrolla a través de un nuevo medio, como es Internet, en mi caso, la satisfacción es doble. La causa de esta doble satisfacción es sencilla: podré disfrutarla desde el otro lado del Atlántico y podré leer a personas que, de otra forma, es poco probable que pudiera leer.

Quizá no reflexionamos bastante sobre lo que esto supone respecto a otras posibilidades de difusión de nuestras ideas y creaciones. Las probabilidades de que yo me hubiera enterado de que esta revista estaba a punto de nacer, sin mediar Internet, serían casi nulas. Afortunadamente, no ha sido así y ahora, lector, estás leyendo este texto virtual que, junto a otros, se disemina por todos los lugares de nuestro globo terráqueo. Por pocas vueltas que le des, pronto llegarás a la conclusión de que estás ante un invento revolucionario, algo destinado a romper barreras y ampliar horizontes.

Falsos enemigos

Hay veces en que las apariencias nos engañan y tenemos percepciones distorsionadas de las cosas. Así ha sucedido con Internet y, más específicamente, con su relación con el mundo de las Letras. Al principio existía bastante recelo y parecía que el libro y el ordenador representaban espacios separados, irreconciliables, antagónicos. Ambos eran los estandartes de dos mundos: el de la tradición cultural y el de la revolución tecnológica.

En otras ocasiones hemos tenido oportunidad de analizar estas relaciones. Bástenos con señalar, de forma resumida, que el libro no es la Literatura, ni el ordenador una simple herramienta tecnológica.

Si consideramos no lo que les separa, sino lo que comparten, nos daremos cuenta de que vemos las cosas de forma muy distinta. El libro no es más que el soporte material de la palabra, una forma histórica de empaquetar las palabras para hacerlas llegar a otros y para conservarlas. Es decir, el libro es un dispositivo tecnológico de almacenamiento y distribución de información. En cierto sentido, cumple la misma función que un disco magnético de almacenamiento o que un CD-ROM. La diferencia básica entre ambos es que el disco necesita de un dispositivo lector para que esa información magnética u óptica codificada pueda ser mostrada ante los ojos de un lector.

Evidentemente, estamos simplificando, pero no exagerando. La identificación entre la Literatura y los libros es una operación retórica en la que se toma el continente por el contenido. Los libros no son la Literatura. Quizá recuerden la novela de Ray Bradbury, Fahrenheit 451. Los libros son destruidos, pero la gente los memoriza. Mueren los objetos, lo material, pero la información se almacena en la mente y sigue circulando de forma clandestina. La situación que Bradbury reflejaba en su novela no es exclusiva del mundo de la ciencia-ficción. De hecho, esta situación se ha dado en multitud de ocasiones allí donde la libertad se ve restringida. ¿Cuántos poetas clandestinos, cuantos pensadores se han ocultado en las mentes de sus lectores para escapar de las censuras? Los libros, por tanto, no son la Literatura. De hecho, la Literatura es anterior a los libros y, seguramente, será posterior a ellos. El libro es una solución histórica —una buena solución, hay que decir— a un problema: cómo conservar y difundir la palabra.

Nos encontramos ante un falso debate. Los enemigos de los libros hay que buscarlos en otras parte, incluso entre los falsos amigos. Siempre he dicho que los peores enemigos de la Literatura en sí son los malos libros. El problema no es que haya muchos ordenadores, sino que cada vez hay peores libros. Para que no piensen que soy derrotista lo diré de otra manera más aceptable: cada vez es menos probable que un buen libro se haga visible.

La creciente conversión de todas las instancias socioculturales en mero negocio hace que un buen texto tenga cada vez menos posibilidades: 1) de ser editado; 2) si es editado, de ser acogido en algún medio que lo dé a conocer; y 3) por tanto, de ser leído.

Mi parte optimista me hace pensar que no es que ya no se escriban buenos libros, sino que sencillamente no se encuentran en donde yo pueda encontrarlos. Es un problema de entrecruzamiento de destinos: el del libro que me interesaría leer y el mío. Pero estas líneas son cada vez más distantes. Los esfuerzos promocionales se centran cada vez más en obras que no durarán más allá de la temporada de su promoción. El encuentro queda cada vez más en manos de la casualidad.

Por esto Internet es importante para la Literatura. Y lo es por varios motivos. El primero de ellos es su doble naturaleza. Internet es una gigantesca imprenta virtual y también una gigantesca librería. Los textos circulan por ella, como información, de forma fluida. Liberados de la materialidad del objeto-libro, los textos recorren el globo de forma casi instantánea. Internet también es un depósito textual en el que se encuentran millones y millones de páginas virtuales.

Pero hay un tercer elemento que permite articular los dos anteriores: Internet es un medio de comunicación horizontal. Esta horizontalidad proviene de su configuración como Red. A diferencia de los Medios masivos tradicionales de comunicación, Internet no tiene una estructuración jerárquica que separe productores y receptores, sino que cualquier ordenador puede, teóricamente, acoger a otros visitantes o emitir información.

Yo escribo, tú me lees

Uno de los argumentos más usados contra la Red es que cualquiera puede escribir algo en ella. Este argumento no es nuevo. De hecho, se utilizó contra la imprenta en su momento. Es el tipo de razonamiento que yo califico como de control. Alrededor del mundo de los libros —lo que es llamado el sistema textual— se tejen toda una serie de instituciones que tratan de regir las condiciones de producción, distribución, consumo, clasificación y valoración. Todos estos aspectos son funciones socioculturales.

Las reglas de producción son las que determinan las condiciones de la escritura y de la autoría. Son las que establecen quién puede ser llamado "autor" y qué tiene que hacer para ser calificado como tal. También regulan la producción material, es decir, qué puede ser llamado "editorial" y cuáles son sus condiciones legales, económicas, etc.

 

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