Mi vocación primera ha sido y es la literatura. A la diplomacia llegué un poco por casualidad, huyendo de ser otro abogado arequipeño...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Entrevista con Carlos Herrera
por Alejandro Neyra Sánchez
 
 

Cuando se habla sobre la diplomacia y los diplomáticos, casi siempre pensamos en una vida de lujo, banquetes, cócteles y conversaciones banales. Pero también encaja en la definición de diplomático aquel diletante, probablemente más snob que conocedor, que de algún modo se siente también atraído por el arte y la cultura, aunque sólo sea como expresión de refinamiento y medio de reconocimiento social.

Sin embargo, ha sido la literatura el arte por el que los diplomáticos —con más o menos suerte— siempre se han sentido más atraídos. Hay muchos diplomáticos que han escrito y escritores que han desempeñado funciones diplomáticas; hay novelas sobre diplomáticos y diplomáticos que fabrican novelas. Mencionar a los más conocidos o a los mejores sólo dará espacio para que se piense que así como ellos ha habido muchísimos otros que podrían no merecer ser llamados ni lo uno ni lo otro. Carlos Herrera puede llevar ambas etiquetas y hacerle honor a ambas.

Carlos Herrera, diplomático y escritor, o escritor y diplomático (aunque quizás el orden de los factores en este caso sí altere el producto) es una de las voces más peculiares de la literatura peruana contemporánea. Desde su primer libro de cuentos Morgana (1988) hasta sus Crónicas del argonauta ciego (2002) Carlos Herrera se ha distinguido siempre por la originalidad de su obra, que transita entre lo lúdico y lo teórico, pero siempre con una buena dosis de agudeza e ironía. Con ocasión de la reedición de Blanco y Negro: la vida exagera de Ulises García, El Hablador le propone un diálogo sobre su vida, obra y —por qué no, pues la literatura es casi una religión para los que militan en ella— milagros.

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1. Sobre la dicotomía diplomacia/literatura

¿Se considerara usted un escritor que trabaja como diplomático o un diplomático que también se dedica a la literatura?

Mi vocación primera ha sido y es la literatura. A la diplomacia llegué un poco por casualidad, huyendo de ser otro abogado arequipeño. Con los años —más de veinte— y la experiencia, sin embargo, inevitablemente la carrera diplomática ha pasado a ocupar una parte muy importante de mi vida, y no hablo solamente en términos del tiempo invertido. Sus peculiaridades la hacen más que una chamba. La dicotomía, en todo caso, no existe. Nadie es unidimensional, felizmente.

¿Cuándo escribe?¿Cree en la inspiración o en el trabajo continuo? Con tantas ocupaciones, viajes y cambios en su vida como diplomático, ¿cuánto tiempo puede dedicarle a la literatura?

Escribo cada vez que puedo. Y eso, lamentablemente, hoy no es mucho, sobre todo porque estoy metido en una novela. Antes escribía exclusivamente de noche. Hoy soy mucho más ecléctico. En cuanto a inspiración, la ducha suele ser un buen momento, aunque luego la idea debe madurar el tiempo necesario. Estando en el exterior, aún en sitios complicados, hay un poco más de tiempo que en Lima. En cuanto a la lectura, están, ay, muy lejos las épocas doradas de la infancia en que uno podía leer prácticamente todo el día —colegio aparte, y esto— y la noche. No dejo de leer —literatura, se entiende— todos los días, o más bien todas las noches; aunque sea unas líneas.

¿Cuáles son los autores que más lo han influido y/o estimulado a escribir? ¿Podría sentirse identificado con alguno especialmente?

Me parece una traición mencionar a unos autores más que otros, y más aún "identificarse" con alguno: si uno escribe es porque ha leído, y leer implica aprovechar plenamente del orgiástico festín que es la literatura universal. Además, diferentes libros y autores marcan más en diferentes edades de la vida. Dicho esto, para no evadir las reglas del juego, debo referirme a las influencias/estímulos de Homero en la infancia —La Odisea fue el deslumbramiento inicial, como a los seis años—, a Cortázar en la adolescencia —cuando la literatura tiene que ser entrañable— y a Calvino en la edad adulta, cuando la literatura que prefiero es una inteligente y bella construcción.

¿Ha pensado alguna vez en dedicarse exclusivamente a la literatura?

Je, je.

 

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