Nº 20
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entrevistas
 
Tres décadas con Martin Romaña
 
 

En los últimos años, la vida personal de Alfredo Bryce Echenique ha sido noticia —las acusaciones de plagio que ha venido enfrentando ocupan innumerables páginas periodísticas—, y ello ha opacado la atención que hasta antes del año 2006 se le venía prestando a su obra novelística. Así, no es de extrañar que se haya omitido completamente el hecho de que una de sus obras mayores cumpliese treinta años.

Con la siguiente entrevista, no solamente proponemos recordar un aniversario de La vida exagerada de Martín Romaña, sino buscamos analizar —a la luz de los años transcurridos— la gran importancia de la misma en nuestra tradición literaria. Para ello, dialogamos con quien es considerado uno de los especialistas más reconocidos en la obra de nuestro autor, el doctor Aníbal González. Nuestro entrevistado es profesor en Yale University y autor de La novela modernista hispanoamericana (Gredos, 1987); Journalism and the Development of Spanish American Narrative (Cambridge University Press, 1993); Killer Books: Violence, Writing, and Ethics in Modern Spanish American Narrative (Austin: U of Texas Press, 2002); Love and Politics in the Contemporary Spanish American Novel (University of Texas Press, 2010), y muchos títulos más.
Es justamente en este último (cuyo título se puede traducir como Amor y política en la novela hispanoamericana contemporánea) donde analiza, entre otras, parte de la obra de Alfredo Bryce Echenique, un escritor que, en palabras de González, “must be regarded as the founding figure of the new sentimental narrative in Spanish América” (debe ser considerado como la figura fundacional de la nueva narrativa sentimental hispanoamericana). En la siguiente conversación, nuestro entrevistado amplia esta idea; además, ilustra la relación e influencia mutua que existieron entre la generación de Bryce y su predecesora inmediata: el boom; así como la influencia de la obra de Bryce sobre los autores contemporáneos. En las siguientes líneas, descubriremos a Bryce como precursor de la denominada “autoficción”; a Martín Romaña como obra canónica en la literatura peruana, y se hablará sobre la particular representación de París y de la mujer en esta novela, entre otras importantes cuestiones alrededor de la obra de ABE.

Tomando en cuenta la valoración que usted hace de la obra de Bryce en Love and politics… y a tres décadas de la publicación de La vida exagerada de Martín Romaña, ¿cuál es el lugar que esta novela debería ocupar en el devenir de nuestra tradición literaria?
Considero que Martín Romaña, y la obra de Bryce en su conjunto, aporta una nueva dirección a la literatura hispanoamericana en los últimos tiempos del Boom y en los años inmediatamente posteriores a él. Recordemos que la narrativa del Boom estaba practicada sobre la idea de novela total, con una cierta impersonalidad literaria. La perspectiva tenía que ser muy amplia, e intervenían muchos personajes involucrados en cuestiones sociales y hasta filosóficas. En ese contexto, había poca cabida para la dimensión afectiva o emocional. El sentimentalismo, además, debido a sus excesos desde los inicios del siglo XX, tenía muy mala prensa.

En ese marco emerge la figura de ABE…
Cuando ABE apareció, la idea de revolución era todavía muy importante en América Latina y eso conducía a que todos estuviesen en pie de lucha. Aquello significaba abandonar muchas cosas, incluyendo la vida personal, por una causa ideológica. La generación de Bryce atraviesa ese proceso, llega a la madurez y entonces empieza a reflexionar acerca de lo que ha tenido que dejar de lado, de lo que ha sacrificado en aras de esta visión revolucionaria, que a la larga no da todos los frutos que se espera, y así se vuelve a tomar atención al ámbito afectivo. Paradójicamente, como señalo en mi estudio, este retorno es mediado por la gran popularidad de la narrativa testimonial en los años ochenta. Esta narrativa, que se vio como la antítesis del Boom, no producía novelas totales, eran narraciones documentales alrededor de la vida de un individuo. Todavía, sin embargo, en las novelas testimoniales importaba mucho más la relación del individuo con la sociedad y la política. Y entonces la cuestión afectiva era otra vez relegada. Yo recuerdo casos como los de Rigoberta Menchú, que a principios de su testimonio dice que ella tuvo que sacrificar el matrimonio y la posibilidad de tener una familia, en aras de su lucha social. Así, Bryce es el primer escritor hispanoamericano de esa generación post Boom que apuesta definitivamente por lo sentimental, y lo hace consistentemente a lo largo de su carrera. En ese sentido, Martín Romaña es su obra maestra.

Usted también habla de la influencia que ejerce esta nueva narrativa de ABE sobre otros escritores...
Se da un caso muy importante e interesante al respecto, pues la narrativa de Bryce influye inclusive en la gran generación que lo precede, es decir, en el Boom. Recordemos que la diferencia de edades no es muy grande y llega un momento en el que los autores de ambas generaciones están leyéndose mutuamente. Es decir, es un fenómeno de influencia recíproca. Por ello, a partir de Bryce podemos ver que otros autores giran hacia lo sentimental, como Vargas Llosa con La tía Julia y el escribidor, García Márquez con El amor en los tiempos del cólera, Carlos Fuentes con Diana o la cazadora solitaria, y tantos otros. Todos ellos tienen una gran deuda con ABE.

En La novelística de Alfredo Bryce Echenique y la tradición sentimental, Margarita Krakusin propone la influencia de la novela sentimental europea del XVIII en la nueva narrativa sentimental de ABE. ¿Usted también reconoce esa influencia?
El retorno a lo sentimental en la narrativa hispanoamericana en la narrativa de los 80 y 90 se da por diferentes vías. Por un lado están los autores que, como Isabel Allende, trabajan lo sentimental a partir de la novela rosa o el discurso telenovelesco. Bryce, por otro lado, ingresa a la narrativa sentimental por una vía que es más clásicamente literaria. En ese sentido, Tristram Shandy de Laurence Sterne, que es una de las grandes obras del canon de la novela sentimental del siglo XVIII, tiene un aire de familia con la novelística de Bryce. El mismo ABE, después de escribir Martín Romaña, asume la novela de Sterne como parte de su trasfondo. En ese sentido, el estudio de Margarita Krakusin aclara los paralelismos que hay entre la visión de Bryce y el sentimentalismo dieciochesco, y las conclusiones del libro son muy iluminadoras porque conectan a Bryce con una tradición literaria muy clásica. También nos permiten ver que el sentimentalismo de Bryce no es un sentimentalismo basado en una especie de “neoromanticismo lacrimoso”, tampoco es una exaltación del irracionalismo. Es, como en las novelas sentimentales del XVIII, que eran obras basadas todavía en la ideología de la IIustración, un sentimentalismo destinado a promover la benevolencia, la filantropía y los buenos sentimientos en los lectores. Una “educación sentimental”, por así decirlo. Aunque esta frase en Flaubert era irónica, Bryce la toma muy en serio. Él siente que estas novelas son una manera de educar a sus lectores en el lenguaje de los sentimientos, no como un lenguaje puramente irracional sino como un lenguaje que puede obedecer a cuestiones nacionales también, y que debe estar movido hacia la promoción de acciones filantrópicas. Y es también, en definitiva, un rechazo a la retórica de la violencia de los años sesenta y setenta. Un rechazo a la retórica bélica y de conflicto. Bryce, por el contario, crea una narrativa que subsane las divisiones, los desgarramientos sociales que esas décadas dejaron en la sociedad hispanoamericana.

LA CRÍTICA
Hace treinta años, cuando los autores del Boom todavía producían muchas novelas, ¿cómo recibió la crítica literaria a La vida exagerada de Martín Romaña?
Fue una novela bien apreciada por una serie de críticos que ya venían siguiendo a Bryce desde Un mundo para Julius. Pero en otros casos la obra fue malentendida. Primero, porque es una novela voluminosa y algunos críticos confundían el volumen con la idea de totalización. Entonces creyeron que se trataba de una especie de novela total fallida, porque esperaban encontrar en ella el tipo de perspectiva abarcadora que aparece en La casa verde o Conversación en la Catedral de Vargas Llosa. En cambio, en Martín Romaña se encuentran con un periplo muy personal de un personaje llamado Martín Romaña; sus vaivenes sentimentales; su relación con Inés, que se va deteriorando a lo largo de la novela; su relación con un grupo político marxista en París. Por otro lado, yo creo que lo que la crítica sí vio fue el diálogo con Cortázar. Algunos interpretaron la escritura de Martín Romaña como una reescritura de Rayuela en otra clave. Hay que notar que Martín Romaña está paseándose por los mismos escenarios. Sin embargo, a diferencia de Cortázar, Bryce rechaza todo el andamiaje metafísico y filosófico que hacía de Rayuela, también, un prototipo de novela total. Por el contrario, el enfoque de Bryce es más cotidiano, a ras del suelo. Otro aspecto que la crítica encontró y me parece relevante, es el énfasis en la oralidad. Ese estilo particular de Bryce, oral, torrencial, humorístico, muy vivo.

El famoso “Tonito Bryce”…
Así es, y aliado a esto, tenemos la dimensión autobiográfica. César Ferreyra estudia esto a profundidad en una tesis doctoral sobre la autobiografía y la escritura en ABE. Es decir, ese discurso marcado por la oralidad corre pareja con la escritura autobiográfica. La famosa “autoficción” que está tan de moda en España y cuyo origen se le atribuye a los escritores norteamericanos fue practicada mucho antes por ABE. Él no solo es un precursor, es el primer practicante serio, consecuente e insistente de la “autoficción”.

¿Es por eso que el personaje Martín Romaña se encuentra en algún momento con el personaje Alfredo Bryce Echenique dentro de la misma novela?
Ese es uno de los fenómenos de la autoficción. Y también uno de los fenómenos de la autoconciencia, porque la escritura de Bryce es profundamente autoconsciente. Entonces ABE se representa a sí mismo en su ficción, haciendo que su personaje Martín mire críticamente a este personaje que se llama Bryce Echenique. Y Martín describe al escritor con recelo, como a una persona que lo persigue. Aunque esto también se puede leer como un homenaje literario a “Borges y yo”, creo que este fenómeno tiene mucho más que ver con la exploración de los vericuetos de la “autoficción”. Porque cuando escribimos sobre nosotros mismos nos embarcamos en una empresa de la que no podemos desembocar nunca en la unidad, porque la personalidad se despliega en el tiempo y el que soy hoy no es el que seré mañana ni soy lo que era ayer. Bryce, además, le hace un guiño al lector. Incorporándose a sí mismo también invita al lector a reflexionar sobre el mecanismo de la “autoficción”.

Por otro lado, usted sostiene que uno de los peligros de la “autoficción” es el egoísmo. ¿Bryce cae en esa trampa?
Creo que Bryce se cura de ese egoísmo con  el humor. Además, él cultiva algo que no era común en nuestros territorios hispánicos. Eso que los ingleses llaman el self-deprecating humor, es decir, el humor de la autoburla y la autocrítica. Esa es la disposición que tiene Bryce en Martín Romaña, porque el personaje principal encarna una visión cómica de Bryce, para nada exaltada. En ese sentido, Bryce se presenta con una subjetividad fallida, complicada, risible. Y ese es un gesto muy nuevo en nuestro territorio. No olvidemos que generalmente descubríamos personajes que se tenían pena a sí mismos o que se concebían a sí mismos como figuras trágicas, golpeadas por el destino, y se presentaban como víctimas, y a veces como victimarios. Bryce, dentro de la postura muy racionalista y muy equilibrada en la que se maneja, y que es casi dieciochesca, dice NO, la cosa no es tan mala. Y propone una búsqueda razonable frente a la pasión desatada en aquél mundo tan ideologizado de los años sesenta en los que se enmarca la vida de Martín Romaña.

Esa pasión ideologizada se ve representada en los jóvenes marxistas, amigos de Martín, que se aprovechan de él y no pierden la oportunidad para criticar su origen “aristocrático”. Y Martín dice que esos muchachos luchaban en París “para luego retornar a Latinoamérica a engordar o perder el pelo en alguna burocracia militar o simplemente de derecha”. En esa línea, ¿se puede leer Martín Romaña como una crítica hacia esa ideología?
Creo que MR como buena parte de la obra de Bryce tiende a ser post-ideológica. Así como también es posrevolucionaria. ABE está buscando una manera de escribir que no esté atada a las ideologías. El narrador trata de escaparse de ese mundo tan polarizado. Y en ese sentido no se puede subestimar el valor, la valentía moral que implica escribir las novelas que escribió Bryce. Lo que para algunos parecía haber sido irresponsable en un momento es asumido por Bryce de una manera consecuente. Él toma en serio la postura de no juzgar a una persona por lo que cree o dice creer sino por lo que la persona hace y cómo se conduce. Es una postura moral sin ser moralizante, que está en búsqueda perpetua de criterios y redefiniciones que se salgan de los patrones ideológicos dominantes en aquella época. Bryce es el que abre el camino para ese tipo de ficción mucho más post-ideológica, menos atada a esquemas ya prefijados a los grandes discursos explicativos. Por eso es que MR no es una novela total. Porque los personajes de la novela total siempre están imbricados en una especie de metadiscurso que los explica. En MR tenemos el espectáculo de un sujeto que se mueve en un mundo complicado, que aprecia la complejidad de ese mundo y que tiene la grandeza de espíritu para reconocer lo bueno que pueden tener sus adversarios y sus enemigos. En un mundo tan polarizado como en el que se vivía en los años 70 y 80, hacer eso en la literatura requería cierta valentía moral. Por eso yo creo que el gesto de Bryce es muy significativo, pues abrió el camino para que otros de los escritores siguieran esa senda. Incluyendo a algunos escritores del Boom, como ya lo señalé, a quienes Bryce les da una lección de apertura ideológica y una lección de cómo representar con mayor justicia a aquellos que no son como nosotros. Cómo representar al “otro”. La famosa representación del “otro”. El personaje de MR es la gran síntesis de esa visión de Bryce. Y esa novela va a quedar como un texto muy canónico en la literatura peruana.

EL PARÍS Y LAS MUJERES DE MARTÍN ROMAÑA
Por otro lado, en Martín Romaña se puede apreciar una representación peculiar de París. Ciudad que para ese entonces ya había dejado de ser el centro cultural del mundo…
Es una visión crítica e irónica, pero también afectuosa, de París. Una ciudad que deja de ser objeto de pura admiración para volverse objeto de cariño, porque se humaniza. París ya no es más la Ciudad Luz porque “se le han quemado las pilas”, dice Martín. Entonces, al bajar a París de su pedestal y al desmantelar el mito de esta ciudad, París pasa a convertirse en otro tipo de escenario, en un escenario sentimental donde se puede desplegar el drama más humano de los personajes de MR.

Otro aspecto a tomar en cuenta en MR es la representación de la mujer, que difiere de las representaciones comunes que se hacían en ese tiempo…
Bryce es un autor que siempre presenta imágenes de mujeres fuertes e independientes. Además, Bryce le da un espacio importante a la protagonista femenina dentro de sus novelas. Aunque muchas de ellas, como en MR, lleven en el título el nombre de protagonistas masculinos, generalmente se trata de novelas a dúo en las que los protagonistas tienen que compartir mucho espacio con las protagonistas femeninas que, además, son más enérgicas y tienen más empuje vital que el protagonista varón. En ese sentido, Bryce merece el crédito de ser un novelista varón que logra hacer justicia a la representación de las mujeres en su ficción.

Mujeres que siempre son inalcanzables…
Pero no en el sentido en el que lo eran las heroínas del amor cortés. Son inalcanzables en la manera en la que el “otro” siempre es inalcanzable, siempre es el “otro”. Y ellas mismas reafirman su otredad, su diferencia, su autonomía. En ese sentido, lo inalcanzable es también la estabilidad amorosa. Esa vida de amor pleno que estaría ejemplificada por el matrimonio, como las novelas sentimentales del XVIII, es inalcanzable en Martín Romaña y otras obras de Bryce. Y esto también tiene que ver con la necesidad de narrar. Pues como el filósofo suizo Denis de Rougemont  dice en El amor en Occidente: “El amor feliz no tiene historia”. El amor feliz no tiene nada que contar. Entonces, claro, lo que Bryce cuenta son siempre las peripecias para tratar de alcanzar ese amor feliz.

Para terminar, ¿cómo enlazar la obra de Bryce con la literatura y la crítica latinoamericana contemporánea?
Creo que la obra amerita más estudio. Es cierto que este se ha venido incrementando en los últimos años, pues hay ensayos muy buenos y estudios que nos ayudan a entender de dónde viene Bryce. Pero al tratarse de una obra extensa y que en gran medida ya es canónica en la literatura peruana, merece más estudio. Estos análisis críticos deben realizarse independientemente de las situaciones personales por las que haya atravesado Bryce —no es el único autor que se ha visto envuelto en problemas con la ley—, y no debemos imputarle nada de eso al momento de hacer una crítica seria de su obra. Respecto a los escritores contemporáneos, hay que conectar la obra de Bryce con obras como las de Santiago Gamboa en Colombia, o Jorge Volpi en México. Así como ellos, muchos otros evocan a Vargas Llosa como referente al momento de rechazar el “realismo mágico”, pues ven a Vargas Llosa como al gran novelista que practica un realismo sofisticado; sin embargo creo que estos escritores también deben reconocer que son beneficiarios del aporte de ABE. La narrativa de Bryce también es realista, y el hecho de que novelistas —como Bolaño, por ejemplo— tengan una mayor apertura a la vida sentimental de sus personajes, a las peripecias amorosas, es testimonio de que Bryce logró aclimatar eso en nuestro lenguaje literario. Y por eso hoy los escritores más jóvenes que se están iniciando en la novela se sienten cómodos de incorporar esos elementos sentimentales y no sienten la necesidad de ideologizar o plantear una visión trágica de la existencia.

 
 
©Jack Martínez Arias, 2012
 
 

Jack Martínez Arias (Lima - Perú). Es periodista cultural y crítico literario. Forma parte del comité editorial de El Hablador y estudia una maestría en Literaturas y Culturas Latinoamericanas en la Universidad de Connecticut, Estados Unidos.

 
 
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