Nº 20
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Obrero de la palabra mapurbe
 
 

En 2005, David Aniñir publicó su primer libro de poemas bajo el título Mapurbe venganza a raíz, con un concepto estético cuyas repercusiones sobrepasan los límites de lo mapuche y transgreden las fronteras de la ciudad. Además, publicó algunos de sus poemas en la Antología 20 poetas mapuche contemporáneos (2003) y en La memoria iluminada (2007). De oficio enfierrador y de vocación poeta, Aniñir es precursor de la estética “mapurbe”, una visión poética que en su escritura emerge a través de la perspectiva heterogénea que experimenta el mapuche migrante en el entorno urbano “santiágoniko”, la “mierdópolis” desde donde toma su venganza verbal. En efecto, este poeta propone un discurso antisistémico que actualiza las vivencias del mapuche que habita hoy en la ciudad de Santiago, a la vez que se resiste a su invisibilización. Recreando elementos de la oralidad mapuche, Aniñir participa en recitales poéticos haciendo uso de recursos performativos.

¿Cómo surge el concepto “Mapurbe”, que da título a tu libro?
Sabes que ésta es la reedición del libro; el original era una fotocopia. En 1996 formamos parte de un colectivo de pobladores entre gente de la movilización mapuche, punk, anarquistas y gente de la barra brava (de fútbol). Lo que más unía a ese grupo era el rock, metal, hardcore y algunas fusiones raras. En este contexto formamos el colectivo Odiókratas, un colectivo de barrio, de población, con una fuerte presencia en el medio juvenil político con movimientos estudiantiles y universitarios, junto con las radios populares. Nosotros nos vinculamos con los mapuche, era un sincretismo extraño que sintonizaba con las aspiraciones de representación de todos, porque lo que había no nos representaba para nada. Teníamos ganas de cambiar algunas cosas. En ese contexto nacen los Odiokratas y Mapurbe.

¿Cuál es tu visión acerca de la migración mapuche a las grandes ciudades chilenas en el siglo XX?
La migración tiene que ver con el centralismo real y palpable. Existe un montón de gente haciendo cosas en regiones, pero todo está centrado acá: Santiago es Chile y lo demás está para el documental y la foto, para nada más. Y lo otro es que desde Santiago operó el sistema de avanzadas que tuvo la República para desalojar el territorio mapuche, y muchos mapuche creyeron que podían lograr una renegociación mediante tratados que reinvindicarían los malentendidos que ellos pensaban que habían ocurrido. Todo estaba pensado desde acá, la Pacificación de la Araucanía que era una estrategia militar apoyada por los gobiernos de turno y que significó el exterminio territorial de toda la riqueza nuestra. Esto significó el asentamiento de muchos mapuche en el sector argentino. Existen historias de oralidad sobre abuelos que fueron despojados y asesinados mediante una política sistemática de desalojo, de destrucción, muerte y barbarie de nuestro pueblo mapuche. Simultáneamente, en el lado argentino se realizó la otra campaña; el comandante Cornelio Saavedra acá en Chile junto con Domingo Roca. Ellos incentivaron el poder político para que financiasen las distintas campañas paralelas, y para que se realizaran a la par. Había que sumar esos territorios, que tenían una frontera. Todo fue administrado, sugerido y controlado desde Santiago. Lo que pasó con nuestra gente entre los años 40 y 60 del siglo pasado fue que muchos mapuche llegaron a Santiago, lo que forma parte de un éxodo económico porque las tierras que quedaron fueron mínimas y de pésima calidad, y no podían mantener a la comunidad. Esto es algo que se repite en otros pueblos indígenas. Entonces, nosotros llegamos acá no porque Santiago fuera la “raja” o buena onda. Nosotros éramos un pueblo rico. Todas esas riquezas que se están repartiendo todos estos huevones en el sur son territorios mapuche. Las luchas y las reinvindicaciones de ahora son porque ellos la tienen que devolver. Lo único de ellos en nuestro territorio es el alambre y nada más. Y por eso tenemos muerte y todas las políticas de represión.

¿Cómo ha cambiado la identidad cultural del pueblo mapuche a lo largo del tiempo? ¿Se podría hablar en términos antropológicos de una “re-indigenización” de las comunidades?
Hay un millón trescientos mil mapuches, una población considerable de la que 60% vive en el espacio urbano. Estamos en la comunidades, pero es importante decir que estamos vivos y que tenemos presencia en la ciudad. Tenemos una conciencia de pueblo y con todos los procesos que hemos vivido se ha generado una sintonía y sentido de pertenencia a un grupo. Un tipo puede ser reguetonero, flaite, o de la Garra Blanca (la barra del equipo de fútbol Colo-Colo), pero ahora ese mismo se siente mapuche, que no es lo mismo que ocurría hace 20 o 30 años, cuando se vivía el estigma de ser mapuche. Había una fuerte discriminación y autonegación de los mapuche.

En “Poesía a los que escribo” aludes a los orígenes orales de la poesía de tus antepasados mapuche. ¿De qué manera contribuye el performance a revitalizar la oralidad de tu poesía? ¿Cómo la relacionas con la manera performativa en que la compartes en actos públicos?
Voy contar un secreto, necesito usar lentes. Entonces, cuando me equivoco leyendo los textos, generalmente los invento. Los textos cambian cuando comienzo a agregar cosas. Lo justifiqué con la oralitura. Este concepto viene de la concepción de Elicura Chihuailaf, que explica que el mayor se relacionaba con la gente mediante su ülkantufe (canto). Incluso Leonel (Lienlaf) decía que los mapuche necesitamos ser poetas. Porque es poesía en sí cuando él habla de la machi o de la traducción del idioma mapuche, esto es, pura poesía. Nuestros apellidos también son poéticos porque tienen que ver con la naturaleza, con el cosmos, las unidades y las concepciones cosmogónicas que existen de los mapuche. Chihuailaf coloca en una plataforma al oralitor y a veces me gusta colocarme también como oralitor, aunque otras veces me gusta el libraco, leer de ese texto, aunque me lo sepa y sostengo el libro entre las manos para que quede ahí esa imagen. A veces pienso en hacer un libro grande, gigante y abrirlo y leerlo frente al público.

Haces alusiones reiteradas a una corporalidad explícita que en ocasiones llega a ser grotesca en poemas como “Wechekeche”, “+Poesía –Policia” y “Acullá nieva pus”, ¿Qué te impulsa a escribir usando estas imágenes? ¿Qué efecto crees que ocasionan en los lectores?
Tiene mucho que ver con el morbo, como un elemento distractor que acompaña y un agregado más. A veces es hasta un elemento gore; la vida a veces no es una belleza… claro que es bella, pero no ha sido así en mi vida personal. Por ejemplo, hay una imagen recurrente del semen sobre las calles cuando transitan los descendientes mal heridos o la imagen del cóndor que se hace diarrea sobre las astas de las banderas. Entonces, claro, no es la imagen de la rosa y la flor clásica, sino de la mierda o la mierdópolis. La ciudad de Santiago, decía Leonel Lienlaf, es un sandwich de carne humana.  Arriba está el esmog y acá (abajo) está el asfalto, y en medio hay un sándwich de carne humana que se come a sí mismo. Genial; me gustó mucho esa descripción que hizo y que tiene que ver con el recurso de provocar y remecer. Yo me desprejuicié de la poesía, de la poesía bancaria que hace que los versos rimen como para encantar a la lola. Pienso que no hay que arreglar el mundo sino desarreglarlo porque a este mundo lo tienen arreglado.

En tu poemario hay algunos sujetos fragmentados que experimentan algo así como lo que yo llamaría una crisis de identidad cultural, al estar viviendo en una realidad urbana y globalizada.  Sujetos poéticos como Ciberlautaro o María Juana la Mapunky de La Pintana son algunos de los que presentan esta clase de conflictos ¿Qué nombre le darías al fenómeno que encarnan estos individuos? ¿Crisis? ¿Identidad fracturada? ¿O algún otro?
Creo que la contribución que ha hecho Mapurbe es que muestra una realidad contemporánea mapuche. Todos estos personajes como la “mina” del poema “Acullá nieva pus” y la Mapunky existen, pero no existen en la realidad. Están basados en personas que conocí. Estas creaciones son una búsqueda constante de referentes con el otro. Yo creo que aquí hay una necesidad de comunicación enorme y de expresión para comunicarte con el otro y ver al otro. Y que el otro que me vaya a escuchar o leer, para que a su vez éste vea a ese otro. Y lo que tienen en común estos personajes…. ahí me voy en la volada chamánica, tienen un espíritu vivo latente que es mapuche. Hay muchos mapuches que hemos perdido esa parte espiritual. El mapuche tiene un sentido de lo comunitario, de compartir y darse cuenta que hay un código nuestro que comienza a desprenderse de a poco entre nosotros.

¿Qué escritores contemporáneos te llaman la atención o han influenciado tu escritura?
En mi poesía hay mucha influencia de Nicanor Parra, de Mauricio Redolés, y mi interés con la cosmogonía tiene que ver con mis lecturas de Elicura Chihuailaf y Leonel Lienlaf.

¿Cómo definirías tu relación con la cosmovisión poética chilena; con el parnaso de las letras chilenas, en fin, con las obras y autores más celebrados por la crítica y los medios; con los poetas, como tú mismo dices, “de pelo en pecho y pelo en lengua”?
Como dice Nicanor Parra en “Montaña Rusa”, los poetas se bajaron del olimpo y se dieron mil vueltas y se sacaron la chucha. Lo que me gusta de los grandes poetas no es su poesía, sino cómo vivieron en poesía. Realmente leo más la biografía de los poetas que la poesía de los locos. Yo no soy un gran lector. Y no es por que no me gusta, sino porque no he tenido acceso. Me tocó laburar y ahí a dormir. Puedo escribir a veces, tengo temporadas de lectura y escritura, pero no soy un gran conocedor de poetas. Mi lucha es sacar de esa aura, de esa cúspide donde están los grandes poetas, sin conocerlos, sin formar parte de la línea poética que hay que seguir.

Muchos poetas mapuche, aún cuando no hablan el mapudungun, han hecho traducir sus trabajos del castellano a la lengua mapuche ¿Por qué mantienes tus poemas escritos en flaitedungún?
Tengo un libro mío traducido. Yo no sé mapudungun; algunas cosas nomás. Entonces alguna vez pense que este ejercicio vale la pena y publiqué un poemario traducido por Víctor Cifuentes llamado Haikuche, relacionado con el haiku japonés, con la métrica y la estructura de los poemas. Tuvo una intención pedagógica de criticar el bombardeo publicitario que hay. Resulta de la mierda de la publicidad que te queda en la retina porque te lo cuentan todo diez veces. Yo me preguntaba por qué estos poemas no podían funcionar de la misma manera traducidos al mapuche para crear un efecto de retención. Mi propuesta era hacerlo con sarcasmo e ironía.

¿Por qué excluyes al lector wingka (chileno o extranjero) del primer poema de Mapurbe?
Yo no escribí ese poema, es una rogativa. “Yeyipun” es pedir a los espíritus masculinos y femeninos antiguos. Fvcha y kvze son espíritus antiguos que circulan por el mundo, que explican el origen del mundo mapuche. Es una plegaria, una oración que hace la machi. Forma parte de la antesala de mi obra donde se pide energía, se agradece: fuerza, limpieza y trabajo. Se pide a los cerros, a lo que tengas más cerca de la naturaleza, a la luna, al sol. Es una síntesis porque la rogativa tiene que durar media hora.

Entonces, ¿a quién le escribes? ¿Al wingka? ¿Al burgués? ¿Al poeta wingka burgués?
Soy muy egótico, el primer lector que hay soy yo y la multiplicidad del ‘yo’. Yo no escribo para nadie, es un capricho más personal. Creo que leo más poemas míos que poemas de otros. Es un mea culpa que se me va a pasar…. los voy a leer. Es un trabajo muy rígido de escritura con respecto a lo que quiero lograr, el impacto que quiero lograr. Los poemas que están en Mapurbe son puros imaginarios. La Cabra Punk es la única musa real de mi libro, los demás son partes de mi imaginario. No escribo necesariamente para el otro, el primer lector soy yo.

¿Qué te han dicho otros peñis (hermanos) con relación a Mapurbe?
Hay una complicidad abierta con el peñi con respecto a lo que reclamo. Me gusta porque hay una conexión con el que recibe esto. En el fondo yo trato de que en mi escritura haya un lenguaje que comunique con el común y corriente. Se produce una hibridez escritural extraña cuando también sale a la vista el David, el huevón de la pobla: mi poesía es “cuneteá”, es de la esquina del barrio, es de la realidad que tenemos acá. Entonces, algunos cabros mapuche se sienten representados por lo que digo, me dicen que les hace sentir mapuche porque es honesto y real.

¿Qué sigue ahora?
En este último tiempo el trabajo me tiene un poco lento, pero tengo una compilación  de poemas que estoy escribiendo. Tengo hartos poemas que son nuevos y que mantienen este mismo espíritu, son sagaces. He estado explorando un poco distintos géneros. Estoy desarrollando algo de narrativa y poesía que llamo “proesía”. Tambien voy a ir a Argentina a rescatar y conocer algo de mi propia historia. Marri chi weu!

 
 
© Andrea Echeverría y Daniel Castelblanco, 2012
 
 
Andrea Echeverría (Caracas - Venezuela, 1980). Estudió Literatura en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Ha participado en diversos recitales de poesía, conferencias y congresos en Chile, Estados Unidos y Colombia. Se dedica a la investigación de literatura mapuche, literatura peruana de Puno y los movimientos culturales andinos en Perú y Bolivia. Actualmente vive en Washington, D.C., donde está finalizando sus estudios doctorales de Literatura y Estudios Culturales en Georgetown University. 
 
Daniel Alejandro Castelblanco ( Bogotá - Colombia, 1984 ). Cursó la carrera de Estudios Literarios en la Universidad Javeriana. A través del Instituto de Estudios Sociales y Culturales Pensar desarrolló una investigación en torno a la presencia de las plantas sagradas en la poesía indígena contemporánea. Algunos de sus artículos periodísticos fueron publicados en el diario El Tiempo y varios de sus poemas han aparecido en diferentes revistas. Actualmente vive en Washington, D.C., donde participa en la agrupación musical de fusión afroandina Tierra Morena. Cursa estudios doctorales en Georgetown University. 
 
 
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