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Foto: Blog Noticias del Interior

La apuesta es por una integralidad donde se impongan nuestros amarus identitarios y por aceptarnos como somos. Me parece una completa injusticia que unos cuantos peruanos excluyan a una mayoría porque tenemos raíces andinas

 

 

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Entrevista a Boris Espezúa Salmón

por Andrea Echeverría
 

 

Boris Espezúa Salmón (Puno, 1960) es poeta y docente universitario de Filosofía del Derecho y de Derecho Constitucional de la Universidad Nacional del Altiplano. Ha articulado una poética muy particular que incorpora elementos de la filosofía y la mitología andina. Fue ganador del Premio Copé Internacional 2009, con el libro Gamaliel, o el oráculo del agua, próximo a publicarse. Su obra está compuesta por los poemarios A través del ojo de un hueso (1988), Tránsito de amautas y otros poemas (1990), Alba del pez herido (1998) y Tiempo de cernícalo (2002). Publicó, además, dos libros sobre derecho peruano contemporáneo: Ética de la justicia: Igualdad y no discriminación ante La Ley (2003) y La protección de la dignidad humana (2008).

 

¿Qué entiendes por el término lo andino?

Lo andino, como decía el historiador Alberto Flores Galindo, integra lo que son los sustratos ancestrales originarios y lo que vendría a ser la mezcla cultural o el mestizaje racial. En realidad no hay algo andino que sea estrictamente puro. Nosotros somos un proceso de cultura en transformación y en los últimos quinientos años como sociedad nos hemos transformado. Por lo tanto, lo andino sería esa presencia que tenemos del mestizaje en zonas periféricas como las que están en el campo rural o las que están por ejemplo en los sitios como las barriadas en las ciudades donde todos —yo me incluyo— tenemos raíces ancestrales originarias. Entonces, no somos peruanos puramente andinos ni tampoco somos peruanos netamente occidentales. Asimismo, en los últimos años este concepto de lo andino está apostando por defender unas causas originarias. En ese sentido varios poetas de Puno buscamos continuar con la tradición de los que han abierto el camino en Puno, en esta línea del indigenismo, como es el caso de Gamaliel Churata, Alejandro Peralta y Efraín Miranda. De tal modo es que nosotros queremos revelar lo que es el mundo andino  y recrearlo a través de la poesía. Eso implica abordar la filosofía, la religiosidad, el ritualismo, el misticismo y todos los demás componentes que tiene el mundo andino. En este caso, particularmente el mundo aymara. Sin embargo, debo de decir de que yo no apuesto necesariamente por una causa propiamente pura o ancestral, porque creo que eso es retrasarnos, regresar a  una utopía, como decía Mario Vargas Llosa. Creo más bien que la apuesta es por una integralidad donde se impongan nuestros amarus identitarios y por aceptarnos como somos. De esta manera, mi poesía tiene esos componentes de la migración. Porque me parece una completa injusticia que unos cuantos peruanos excluyan a una mayoría porque tenemos raíces andinas. Entonces, mi obra no solo poética, sino también jurídica, es una apuesta por rescatar esos valores y esa toma de conciencia por una igualdad y por una interculturalidad en el caso peruano.

¿Y de qué manera la experiencia de migración ha influenciado tu poesía?

Yo creo que la ha enriquecido, aunque eso depende de quien lo vea. Porque bajo el canon literario que se impone de una poesía de influencia occidental experimental, citadina, lo andino se ve como algo marginal, como algo alternativo. Desde esa mirada del canon me dirían a mí que mi poesía es algo marginal, algo intrascendente; pero felizmente en el Perú existen otras miradas, existe una diversidad muy rica y una tendencia a revalorar desde las provincias estas creaciones o recreaciones que se hacen desde el campo literario sobre lo que nosotros consideramos que es valioso el mundo andino que se vive en las provincias, y que tiene una fuerza para resistir y para no claudicar en apostar por lo genuinamente nuestro.

En el poema “Señorío Kolla”, de tu último poemario, me llamaron la atención unos versos que decían que la cultura kolla se iba a revitalizar, iba a volver con más fuerza. ¿Qué puedes comentar sobre el retorno de lo andino?

Una de las características de la filosofía andina es el concepto sobre el tiempo, que es de modo circular y animista. Es decir, lo que va vuelve. En Puno se concibe mucho el retorno, incluso la muerte misma no se concibe de una forma occidental, es decir, en forma lineal, sino circular. En este poema, en realidad, también se expresa eso, un retorno para que esa esperanza en nosotros todavía subsista y para que podamos creer que las cosas se revertirán. Por otro lado, el poema también se refiere a las jerarquías, porque los señoríos kollas se refieren a aquellos dioses como Wiracocha que creaban determinadas formas de vida. Wiracocha se reconoce como el dios del agua e hizo el lago. Entonces, esos señoríos  tienen que ver con símbolos míticos de nuestra propia cultura ancestral.  Por ejemplo, el puma, la Pachamama, el sol, el lago, son entes animistas que permanentemente nos están cuidando, son los guardianes tutelares de nuestra vida.

¿Qué papel juega la ritualidad en tu poesía?

Tiene mucho que ver. Nuestra vida de provincias, particularmente en Puno, todavía conserva un sabor de pueblo donde hay mucha influencia ritual. Por ejemplo, la veneración que se hace a la cruz es toda una ceremonia que linda con lo sagrado. Igualmente, la adoración que se hace a zonas del paisaje, como al lago, a la Pachamama, a los cerros, a los animales, tienen un sentido sagrado. Acá, para poder construir una vivienda, se tiene que primero empezar por el rito. Por ejemplo, primero se hace un pago a la tierra, la challa que llamamos nosotros, para que tengamos buena suerte y eso se practica hasta en la construcción de puentes y de edificios. Es algo que desde adentro se ha ido imponiendo en las esferas más fuertes del occidentalismo. Ahora, el ritualismo tiene que ver con la simbología, se entiende que es una forma de conocimiento. Entonces, hay cosas que solamente se explican a través de los ritos y eso se presenta en ciertos aspectos de la salud, por ejemplo. Ciertas curaciones tienen que ver con unos ritos o algunas prácticas rituales a los que uno se somete para sanarse. Esa ritualidad es la que yo he tratado de expresar porque mucho de ello encierra el concepto de lo andino, de la filosofía andina. Y muchas personas que estamos enclavados en el Altiplano creemos en los mitos porque de algún modo a través de ello le damos un sentido y valoración a muchas de nuestras cosas. Esas cosas están vinculadas con los mitos ancestrales del Altiplano que nos vienen como herencia de las culturas precolombinas. Por ejemplo, el mito del Pez de Oro y el mito del Pachakutek  todavía se viven acá y se resumen como los cambios cíclicos que tienen que haber. Y en los que se afirma que nosotros vamos a tener a futuro un mundo renovado y esperanzador. Eso está internalizado en la fe y en las formas de vida del Altiplano. Ello lo expreso en mi poesía. Por eso que desde el título de mi libro, Gamaliel y el oráculo del agua se alude a lo sagrado, lo ritual y lo mítico. Pero debo decirlo, eso en cuanto al contenido, la forma recurre a las formas occidentales. Recurro a la forma coloquial y también a la forma de la vanguardia en el plano de la experimentación al recrear metáforas. También recurro a la poesía creacionista de Huidobro. Este creacionismo se caracterizaba por ir más allá e intentar ver las cosas desde un plano más espiritual, más místico.

¿Cómo se diferencia tu obra Gamaliel y el oráculo del agua de otros libros anteriores como Alba del pez herido o Tránsito de amautas?

No habría muchas diferencias, hablaría más bien de una continuidad. En realidad, es todo un proceso que ha seguido una misma línea, pero en parte lo que marcaría una diferencia es que en este último libro de Gamaliel y el oráculo del agua hay una intencionalidad por hacer un libro más total, más completo en la propuesta. Los otros libros, como Alba del pez herido y Tránsito de amautas, fueron acercamientos, fueron tanteos a algo que ahora se presenta como más sólido. Entonces, para hacer este último libro tuve que volver a Gamaliel Churata y entender verdaderamente su propuesta ideo-estética, es decir, entenderlo desde el punto de vista de su ideología literaria y pensar en su propuesta en el plano formal de la escritura. Lo que se nota en su obra Pez de oro es que él no quiso partir de la hermenéutica occidental, es decir, de la metodología del Occidente, sino crear su propia metodología. Por eso no se le entiende muy fácilmente. La obra de Churata es una muestra de auténtica interculturalidad. Lo que quiso es mostrar en algunos casos cómo se expresa el hombre andino puro a su modo y por eso hay algo de oralidad y algo de onomatopeya. Eso me parece original, rico y valioso.

Entonces, ¿Gamaliel Churata se veía a sí mismo como un traductor cultural, razón por la que se asemejaría su experiencia a la de José María Arguedas?

Sí, algo así y que no se ha podido lograr en el Perú porque no hay el instrumental metodológico  que hay en Occidente. No hay desde el otro lado, desde lo andino, la metodología necesaria. Por eso que no es fácil abordar la oralidad, no es fácil comprender desde este otro lado la filosofía o la religiosidad andina. Hay muchos esfuerzos, pero muchas veces se impone el criterio de las bases occidentales sobre lo que se quiere expresar de manera auténtica.

Y el pez, al igual que en la obra de Churata, está muy presente en tu obra. ¿Puedes comentar acerca de este símbolo?

Es un símbolo muy querido en Puno. En Puno, el pez es sagrado, en algunas zonas se le adora. El pez tiene todo un componente animista, curativo, esperanzador, ritualista, sagrado. Entonces, algo de eso ha querido rescatar el propio Gamaliel y yo también continúo con ello. Entonces, refuerzo el mito del pez de oro. Como nosotros los autores podemos recrear, yo lo recreo haciendo hablar al pez. El libro que he presentado al concurso Copé es una parte del libro total. El libro total es más del doble de éste que fue ganador del concurso y, además, tiene otros elementos. Por ejemplo, tiene un elemento que de modo transversal corta el libro: habla el pez que está al fondo del lago. ¿Por qué hice esto? Porque Gamaliel Churata, cuando escribe -El pez de oro,  recrea el devenir de un pueblo, de un mañana totalmente renovado que surgirá de dentro. Esto simboliza el pez que está durmiendo. Eso es antropogénesis, es un mito y yo hago hablar a este mismo pez mítico.

¿A quién está dirigida esta poesía? ¿Tiene un lector ideal?

En los libros anteriores poco me interesaba la lectoría, pero posteriormente creo que este libro, sobre todo en el último, sí me interesó y creo que éste se dirige a los que como yo somos la mayoría en este país. Los que tenemos un origen ancestral y también un componente occidental.  Es decir, los que somos mestizos, pero que queremos hacer prevalecer nuestro origen, nuestro ser auténtico. Entonces, a ellos va. En realidad, lo que se trata es de proponer en poesía algo agradable al lector. Siendo la poesía un arte, tiene que ser un deleite también. Pero, además de deleite, algo que cree conciencia. Yo no creo en la poesía pura cien por ciento. A veces yo discrepo con mis amigos en Puno y ellos dicen que la poesía no debe de explicarse, que la poesía no debe ser pensar. Para mí no, la poesía también debe hacernos pensar, debe hacernos reflexionar y debe crear conciencia. De otro modo no lo viviría yo a Vallejo ni a Borges, que a veces tiene poemas con un mensaje de tipo social sin caer en lo proletario tampoco. Creo que la poesía, como en el caso de mi propuesta, debe hacernos pensar en la historia, en la memoria colectiva, en lo que somos nosotros en la actualidad y en lo que queremos ser. Hacia eso apuesta mi trabajo poético y político.

Pero tu trabajo poético tampoco ha sido homogéneo desde las primeras publicaciones. En algunas, la mirada andina no está muy presente. ¿En qué momento de tu obra se torna la mirada hacia lo andino?

Es cierto que en los primeros poemas no está muy presente el componente andino. Está más presente un componente de tipo experimental, que se aproxima al canon literario que se impone en el país. Pero a partir de Tránsito de amautas, mi segundo libro, ya hay un componente andino porque está recreando un diálogo entre dos puneños: José Antonio Encinas y Gamaliel Churata. Los dos apuestan por lo mismo. Uno por el lado de la educación y el otro por el lado de la poesía. Desde ahí y en mis libros posteriores ya hay un comprometerse con lo andino. Y ahora último con mayor fuerza, porque en realidad en las últimas dos décadas me he adentrado más a los estudios andinos. Ese compromiso con lo andino ahora es mucho más fuerte, pero no a lo andino puro. No quisiera volver a un Tahuantinsuyo ideal y arcaico, en la que al final regresemos a la historia. Debemos aceptar como somos ahora en la mezcla que somos, pero revalorando nuestros valores ancestrales que son ricos, que son remedios inclusive para los problemas del medioambiente, de la fragmentación social, etcétera. Lo andino tiene esa riqueza de los valores colectivos y toda una tendencia a valorar la naturaleza porque la concibe de modo animista. Entonces, esas son las cosas que nos parecen ricas y eso es lo que queremos reflejar con nuestro trabajo literario.

Hablando sobre movimientos literarios, ¿te sientes parte de un movimiento literario o cultural?

Yo fui parte de un grupo literario un tiempo. En los años cuando yo cumplía veinte o veinticinco, formamos un grupo del sur del Perú y sacamos una revista que se llamaba Sur Intenso. No tuvimos propiamente un grupo orgánico, nos juntamos, pero luego también cada persona se fue por su lado. Pero sí podría decirte que me siento adscrito a la poesía integral de Perú. Hay una tendencia de la poesía integral a partir de los años sesenta, pasa por los setenta y hasta se extiende a los ochenta. Mi poesía más o menos está ubicada en los ochenta. Se llamaba integral porque los poetas que estaban en Lima querían articularse con los que estaban en provincia y eso me pareció fabuloso. Entonces, hubo la generación del sesenta, con poetas como Antonio Cisneros y Marco Martos, que empezaron con este afán integral. En los setentas, los grupos Bracero y La Sagrada Familia, entre otros, empezaron a integrar a las provincias. Yo me suscribo en esa tendencia y, además, me enmarco a sus postulados, porque esa poesía integral lo que quería era justamente unificar y que el centralismo no fuera imperante, es decir, que no cerráramos los ojos en solamente Lima. Lastimosamente, eso nos ha hecho mucho daño, porque en buena cuenta en las provincias muchos valiosos autores han muerto sin ser reconocidos. Desde Arguedas, o desde Ciro Alegría, recién se abrió la mentalidad a un Perú mucho más amplio. Creo que no deberíamos perder esa tendencia porque es la única forma de reconocer con justicia lo que se hace en todo el país.

 


© Andrea Echeverría, 2010

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