Cuando Chávez improvisa y canta, o como cuando dice que cómo puede ser enemigo de México si a quien más ama él es la Virgen de Guadalupe, 'nuestra morena', hay un juego evidente. Pero si está denunciando al neoliberalismo puede decir verdades. Un simulacro que dice verdades tiene un efecto

 

 

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Entrevista con Carlos Monsiváis

por Mario Granda Rangel

 

En ocasión por su participación en un congreso sobre las Humanidades en el siglo XXI, organizado por la Pontificia Universidad Católica del Perú, El Hablador pudo conversar con el escritor mexicano Carlos Monsiváis sobre algunos de los temas vinculados al melodrama y la ecología, además de otros temas de interés.

 

El melodrama hispanoamericano

¿Qué opina acerca del melodrama?

¿No se refiere a mi vida personal, no? El melodrama de mi vida personal ya hace tiempo que lo clausuré. Yo creo que el melodrama hoy aún sigue tan fuerte —sobre todo en América Latina— porque la familia sigue siendo fundamental en la vida latinoamericana, como ya no lo es en Europa y como ya no lo es en Estados Unidos.

En la literatura hispanoamericana, existen muchos escritores que han hecho uso del melodrama como Guillermo Cabrera Infante y Manuel Puig.

Cabrera Infante no es melodramático. Él es de un temperamento socarrón, con una altivez irónica de primer orden y una creencia en los juegos de lenguaje que le impedirían ser melodramático. Para él lenguaje es hasta tal punto la cima, la coronación de lo que le importa que si cediera a la tentación del melodrama destruiría todo su edificio. Cede a la nostalgia, y tú puedes ver allí índices del melodrama en la medida en que esa Habana es irrecuperable, que ese vedado es irrecuperable, que esos cuartos donde Ella cantaba boleros ya no existirán más. A eso sí cede, pero lo demás, todo el manejo del idioma, aún en libros que considero yo un tanto fallidos como Juan Luis Moe. He vuelto a leer las crónicas de cine y son sumamente extraordinarias como prosa. En cambio, Manuel Puig sí es melodramático, porque él siente que si no encarna esa tipología no funciona. Eso está en La traición de Rita Hayworth, Boquitas pintadas y El beso de la mujer araña. En esta última toda la relación de los presos está basada en el juego de la autocompasión del gay y en la incertidumbre del guerrillero. ¿Hasta qué punto su causa vale el sacrificio de la vida? Allí hay un planteamiento melodramático que llega a un hecho melodramático puro, que es la muerte del gay.

La telenovela de México ha tenido un éxito enorme fuera de su país, tanto que en países como Japón y México se ha copiado su estructura. Ahora los autores se interesan en él, como Vargas Llosa.

Creo que en general el melodrama ha probado que es un género que no pasa de moda. Se renueva, pero no pasa de moda porque la catarsis al mayoreo es uno de los ideales de la escritura.

 

Política y crítica

Hoy en día gobernantes como Chávez utilizan los recursos masificados de comunicación. ¿Es esta la nueva forma de hacer política?

No es la única, desde luego. Todavía existe en la calle la imagen del político como métodos, con formas de hacer política. Pero desde luego que sin televisión no hay política. Chávez no solo saca a Bolívar sino a la Virgen de Guadalupe, a Cristo, sino también saca —o extrae— al Arauca Vibrador, a los pobres de la Tierra o a Fidel Castro. Pero sí, es un mundo donde se tiene tal desconfianza en el poder de las ideas que todo se vuelca a la fascinación de las imágenes.

¿Como los simulacros de Baudrillard?

En parte, sí, pero también hace alusión a realidades increíbles. Cuando Chávez improvisa y canta, o como cuando dice que cómo puede ser enemigo de México si a quien más ama él es a la Virgen de Guadalupe, “nuestra morena”, hay un juego evidente. Pero si está denunciando al neoliberalismo puede decir verdades. Un simulacro que dice verdades tiene un efecto. A mí me parece que su idea de ajustar la Constitución a sus ambiciones de eternidad me parece pavorosa. Pero, al mismo tiempo, la crítica que le hacen en México me parece nauseabunda. Por ejemplo, es solo de carácter estético: “Chávez no se parece a Brad Pitt” (creo que no). Dicen sobre su raza: “Es un prieto”. Les molesta que alguien así pueda ser presidente de la República porque para ellos la imagen del presidente de la República es John Kennedy. Chávez es inadmisible en la medida en que su proyecto autoritario contradice todo lo que yo y muchos creemos que es la democracia, pero sus enemigos son lamentables porque no les importa que sea un autócrata. Sólo les importa que sea una autócrata que insulta o agrede al modelo de perfección helénica en el que creen.

Ahora que el discurso político no tiene la misma fuerza de antes, ¿no le parece que los políticos están haciendo uso del melodrama?

Los políticos ya no sienten que tengan la capacidad de conmover. Más que el tema de lo apolítico, el político tiene la sensación de que no llegan a galvanizar, a electrizar a la población a la que se dirige. No quieren ser oradores, pero quieren estar presentes.

¿Y qué sucede con los intelectuales?

El mundo académico está cambiando precisamente porque sienten —sobre todo en el mundo de las ciencias sociales y las humanidades, porque en otros círculos académicos es distinto— que no los lee nadie, que padecen el circuito del autoconsumo y sueñan con dos cosas: salir en la televisión y manejar Internet para tener su propia página web. No digo que esto influya en ellos como académicos, pero que esta es la manera en que ellos diseñan su capacidad de imaginación o de alegoría.

 

Humanidades y ecología

¿Cuál cree que es el lugar de la crisis de la ecología en relación con las humanidades en América Latina? ¿Se volverá a copiar los modos externos para enfrentar esta crisis?

Creo que no hay modo de copiar esos modelos externos. El humanismo hoy tiene dos campos que lo han ampliado: los derechos humanos, en primer término; y la defensa de la ecología, también en primer término (aunque este no tiene la misma resonancia del primero). No hay manera de copiar porque la realidad te obliga a tareas específicas. En México se han talado cuatro quintas partes de los bosques. ¿Qué método vas a aportar que no sea la defensa de lo que queda? Hay un exterminio de especies muy notable. Las industrias contaminan como les da la gana sin que haya oposición. Lo único que se me ocurre y tiene que ver profundamente con el humanismo es la resistencia del cuerpo civil. Pero es una resistencia que no la va a emprender el gobierno federal y muy difícilmente los gobiernos de izquierda, porque todo está sujeto por la amenaza de si insisten nos vamos y nos llevamos las inversiones y se quedan sin los trabajos. Más que chantaje, es una extorsión a partir de la debilidad de los gobiernos. Pero allí no veo de ningún modo que haya imitación. La rabia que te da a partir de lo que acaba de pasar en Tabasco. El señor Calderón, presidente de la República, dijo que se debió al cambio climático, cuando en realidad ya no quedaban bosques porque ya habían talado todo lo que estaba alrededor de Villa Hermosa. Lo del desborde de las presas era parte del negocio de aquellos con los que el gobierno había tratado. No llovió por la corrupción, pero la lluvia potenció sus efectos devastadores por la corrupción. Entonces, tienes que ver que la única respuesta no es derivada, sino es real. Es la denuncia y la protesta, pero que pasa es que esto no puede servir porque podría haber impunidades altísimas.

Algunos ecologistas pretenden “detener el tiempo” para poder conservar la ecología. Sin embargo, el hombre y la naturaleza evolucionan. ¿No es esta una pretensión contradictoria?

No se puede detener el mundo, pero sí se puede cambiar los métodos de sistemas de explotación. Lo que esa crítica dice es que el capitalismo es así y el mundo depende del capitalismo y que mientras haya trabajo tenemos que aceptar la devastación. A eso me niego. Puedes pensar que la actitud es romántica, eso sí, pero no que es anacrónica, en la medida en que es anacrónica, en tanto que esto está sucediendo todos los días. Lo que puede parecer es que intentar detenerlo es romántico y es utópico en el sentido inútil del término, pero nada que el hombre no está cambiando. Lo que pasa es que la idea actual de extinguir la naturaleza —porque al final ésta no importa y ella no se va a defender ante la comisión de las Naciones Unidas—  me parece intolerable. El caso de Brasil me parece lo peor, con todo lo que ha pasado en el Amazonas.

 

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