La actividad extractiva de las multinacionales viene mediatizando los procesos “civilizatorios” que implican transculturación o “extirpación cultural”, habiendo una especie de apostolado colonialista en la salud, en la enseñanza y la religión, cuando no en los rezagos traumáticos dejados por la guerra interna y lucha contra subversiva.

 

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El viraje culturalista y las carreteras contemporáneas de la industria cultural

por Rafael Ojeda

 

Desde hace algún tiempo, el pensamiento contemporáneo viene experimentando una tendencia recurrente que, como un punto de quiebre, ha marcado un “cambio de rumbo” en el quehacer filosófico, sociológico, artístico  y crítico. Esto viene dando las pautas interdisciplinarias de investigación que ha creado lugares comunes en las humanidades y los estudios sociales contemporáneos, generando una moda culturalista, en la que los debates en torno al multiculturalismo y la interculturalidad han asumido un  protagonismo compartido con el creciente auge de los Cultural Studies.

Todo ello evidencia, parafraseando un título con el que Moritz Schlick(1) se refería a la ruptura producida por el primer Wittgenstein, a partir del análisis lógico del lenguaje, que hemos dado un “viraje culturalista”. Un viraje que, como efusión interdisciplinaria posmoderna —que se acerca también al título de un libro de Jameson(2)—, concentra el descentramiento deconstructivo de Derrida, la bipolaridad gramsciana, cara a las tesis subalternistas, las indagaciones en torno al orientalismo de Edward W. Said, que orientó a los estudios poscoloniales, los matices de una teoría de las emociones lacaniana y demás acercamientos críticos multiculturales, interculturales, transculturales e intertextuales, que están imponiendo una moda metodológica que como paradigma de indagación crítica, están marcando las nuevas vías de comprensión cultural.

Esto ha asumido ribetes sugerentes, pese a su tardía repercusión en nuestro medio, donde los estudios subalternos, posestructuralistas, poscoloniales e interculturales parecen haber copado las múltiples posibilidades de indagación teórica en los ámbitos académicos nacionales. Donde, como prácticas derivadas de los métodos de análisis simbólico-discursivos, en auge en el primer mundo, que están mostrando nuevas vías de investigación creativa en nuestros países. Algo refrendado por los múltiples estudios de crítica cultural aparecidos en el Perú durante los últimos años, de los que se desprenden importantes investigaciones como las de Gonzalo Portocarrero, Víctor Vich, Juan Carlos Ubilluz y el último libro de Javier Protzel, Procesos interculturales. Texturas y complejidad de lo simbólico (Fondo Editorial de la Universidad de Lima, 2006).

Ubicación de la cultura

Quizá para muchos el término cultura pueda referirnos a una predilección arqueológica que nos lleva al conjunto de grandes obras del pasado, con una noción “necrófilo-simbólica” más bien pasatista e historicista, en vez de referida a un presente copado de culturas en movimiento y simultaneidades vivas.  Por ello, desde un punto de vista antropológico, que no debe ser confundido con una lectura racialista, adoptaré aquí el término cultura como un conjunto ordenado de las formas de vivir, sentir, actuar y pensar integradas por costumbres, creencias, artes, etcétera, propias de un grupo social determinado.

Protzel ha explicado que los términos “cultura” y “civilización” son términos europeos, siendo occidente el lugar triunfante desde el cual ha sido ideológicamente necesario y posible elaborar un discurso que necesite acuñar estos términos, lo cual –fiel al aparato teórico marcado por Edward Said– y las posturas poscoloniales, le resulta sospechoso, al “margen de que las ciencias sociales y el vocabulario cotidiano, inevitablemente prisioneros de la costumbre, usen la palabra (...) para designar un territorio conceptual amplio y de límites evanescentes” (3).

La vocación de occidente como sujeto etnocentrista que se asigna un lugar protagónico en la historia, embestido por los símbolos del progreso, pero sustentado en una tradición civilizatoria, marca una linealidad entre el pasado y el futuro, que le da ese carácter organicista, sustentados por de De Paw y Buffon, cuyas resonancias estuvieron presente en Hegel y Marx. Pero ante esta visión exacerbada del “otro” y su estado de inocencia atribuido por Rousseau, para el siglo XIX, ante una radicalización de su exotismo, la oposición “civilización o barbarie” había sido reemplazada por la de “civilización o primitivismo”, donde los pueblos de los “tristes trópicos” eran representados por los viajeros y exploradores, como situados en un estado primario en el proceso de evolución, en una suerte de infancia comparados a la civilización europea.

Edward Said inicia Orientalismo con una cita de El dieciocho de Brumario de Luis Bonaparte de Karl Marx: “No pueden representarse a sí mismos, deben ser representados”. Frase que quizá esta resuma todas las pretensiones de una modernidad, edificada a partir de una noción que podría explicar el ritmo que rige los constantes cambios, entendidos como procesos lineales, continuos y globales, a partir de un universalismo logocentrista del progreso, en representaciones plagadas de relatos donde los colonizadores son presentados como héroes guiando los pasos de una cultura etnocéntrica, impuesta como razón universal, lo cual ha originado estereotipos en las que las culturas  periféricas son caracterizadas por su inmadurez y el primitivismo (4).

Said (5) ha planteado que occidente se ha servido de oriente para definir en oposición su propia imagen, construyéndole un retrato inferiorizante, con el cual la cultura europea adquirió fuerza e identidad al ensalzarse a sí misma  en detrimento  de oriente, al que consideraba una forma inferior y rechazable de sí  misma.

En términos culturalistas, tampoco podemos desprendernos de esos lastres colonialistas que incluso podrían estar afectando visiones antropológicas bienintencionadas. Pues ante el advenimiento de una “conciencia lingüística” contemporánea hemos podido comprender que no se puede reflexionar fuera de una comunidad simbólico-lingüística, lo cual ha determinado la clausura de la individualidad psicológica.

Ocurre lo mismo en el campo de las investigaciones sociales, pues debido a lo complicado, por no decir otra cosa,  de actuar fuera de un marco conceptual o aparato teórico, en el que en un contexto de ausencia de producción teórico, científico y epistemológico propio o auténtico, priman los procesos de “apropiación”; estos caracterizan los procesos de hibridación cultural del tercer mundo.

Por ello, y con el riesgo de caer en descripciones logocentristas y solo como un recurso metodológico, definiré los procesos culturales a partir de una lectura tecnocrática, que explica los procesos históricos humanos a partir del desarrollo técnico-cultural, y donde, pese a la complejidad de las culturas no industrializadas planteadas por Lévi-Strauss, estas culturas son vistas en un estadio histórico primario, en el que la cultura solo forma parte de la vida cotidiana y no llega a ser objeto temático ni de consumo como en las culturas industrializadas. Aquí, el mayor desarrollo civilizatorio ha permitido indagar en el “buen gusto”, desarrollando las artes y las ciencias, que, como un desdoblamiento mediático en sociedad, ha devenido en lo que conocemos como industria cultural.

Topografía de hegemonías en tránsito

Los cambios globales contemporáneos han ido situándonos progresivamente en un escenario en el que los conflictos y resistencias que giran en torno a la mundialización no sólo parten de las críticas al modelo neoliberal que la sustenta sino también del influjo de elementos no estadísticos relacionados con la cultura. Donde la política, regida por un aparato legal, ha ido cediendo terreno a una razón económica que no ha logrado resolver, y en el peor de los casos ha agudizado los conflictos culturales.

Esto ha producido una profunda crisis de institucionalidad política, correlato también de la crisis de los Estados nacionales que, producto de una desregularización de la economía impulsada por el libre mercado y la globalización ha hecho que las incipientes industrias nacionales hayan sido desinstaladas, fortaleciendo a las multinacionales, lo cual ha tenido repercusiones en sus equivalentes culturales.  

Tal vez por ello sea que los factores étnicos y religiosos, que caracterizan a las minorías nacionales, están enfrentados a políticas de segregación, exclusión y olvido, practicadas por los sectores socioculturales que detentan el poder, los que están desencadenando conflictos regionales y mundiales, que han dejado de ser estrictamente políticos, como ocurría durante la Guerra Fría, para pasar a ser también culturales a partir de estas resistencias a un poder global.

Aquí, abordar el concepto de “nación” nos enfrenta a la necesidad de buscar una identidad cultural común que aglutine a los diversos habitantes de un espacio geográfico. Donde la pretensión de uniformizar a los grupos humanos de un territorio bajo una sola lengua y cultura no origine la institucionalización del moderno Estado-nación, que, como a partir del Pacto de Westfalia, refrendado en 1648, promueva la necesidad de homogeneizar a las diversas comunidades bajo una cultura hegemónica que deba predominar, no obstante chocara con las resistencias culturales de los grupos minoritarios, no dispuestos a sacrificar su identidad por un ideal de progreso racista y excluyente. Esta política llegó a ser vista por los “otros” culturales, desde su racionalidad naturalista, o mística panteísta, como “bárbaro” y hasta “sacrílego”. 

Más aún, si pensamos lo cultural como un hecho estático, ocultando los múltiples desplazamientos humanos y tránsitos culturales –algo que se ha manifestado incluso antes del descubrimiento de América, con las conquistas de Alejandría o el imperio Bizantino–, esta reduccionista idea de nación, como proyecto político moderno, homogeneizador con pretensiones  “democráticas”, ha sido irrealizable.

Culturalismo, multiculturalismo e interculturalidad

Los estudios culturales pueden referirnos a algo parecido a una antropología de la contemporaneidad de matices semiológicos que recupera para las “sociedades complejas” las herramientas de observación cultural reservadas hasta entonces para las llamadas sociedades “primitivas”, dedicándose ahora a los lugares cotidianos como el metro, los aeropuertos y otros espacios que Marc Augé ha llamado “no lugares”, para de allí extenderse a otros factores como los relativos al género, la etnicidad, identidades sexuales, moda, etcétera. Algo que para 1964 adquirirá partida renacimiento con la creación del Centre for Contemporary Cultural Studies (6) en la Universidad de Birmingham, cuyo renovador interés hacia cuestiones consideradas hasta entonces indignas del trabajo académico los hacía, en un inicio, poco fiables. La propuesta era utilizar las herramientas y métodos de la crítica textual y literaria para analizar los productos de la cultura de masas y las prácticas de las culturas populares, en una extraña combinación de compromiso social, intelectual y político.

El multiculturalismo se presenta en nuestros países como una preocupación importada de los países del primer mundo donde, producto de una diversidad cultural como en Canadá o Estados Unidos y agudizada por las migraciones, los clásicos problemas norte-sur se han convertido en un asunto territorialmente interno. En estos lugares, los inmigrantes reclaman un reconocimiento oficial que considere sus particulares derechos y culturas, pues allí los derechos personales están reservados a los ciudadanos, y como en estos contextos no cualquiera puede acceder a la ciudadanía los sujetos están condenados a la indefensión.

Ante esto, las tesis multiculturalistas sostenidas por Will Kymlicka (7), que promueve una ciudadanía diferenciada, preconizando una “discriminación positiva”, protege los derechos de grupo, beneficiando a las minorías desfavorecidas, en un contexto de inequidad cultural, que tiende a corregir los desequilibrios jurídicos.

Entendemos multiculturalismo como una condición en la que diversas culturas habitan en el interior de un mismo país o territorio, una situación en la que los Estados multiculturales dan cabida a varias culturas pero con frecuencia viven compartimentadas, es decir, encerradas en sí mismas como si fueran guetos, en tanto la noción de interculturalidad nos refiere a la convivencia en diálogo constante entre culturas, dentro y fuera de un territorio.    

Alain Touraine (8) ha planteado que hablar de “sociedad multicultural” apenas tiene sentido, si no se habla antes de cómo debe ser la comunicación entre las culturas. Donde la comunicación intercultural, implica el reconocimiento para todos del derecho a combinar, cada uno a su manera, su participación en el mundo de la tecnología y de la economía con la reinterpretación o la defensa de una cultura.

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(1) Schlick, Moritz. El viraje de la filosofía. Schlick fue el principal animador del Círculo de Viena, grupo propulsor del positivismo lógico.

(2) The Cultural turn, traducido al español como El giro cultural por ediciones Manantial.

(3) Protzel, Javier. Procesos interculturales. Texturas y complejidad de lo simbólico, Fondo Editorial de la Universidad de Lima, 2006. p.20

(4) Ojeda, Rafael. Crepúsculo de las generaciones y fin de la (meta)historia.

(5) Véase Said, Edward W. Orientalismo, Ed. Libertarias, Madrid, 1990.

(6) Para una información más detallada, véase Mattelart, Armand y Neveu, Erik. Introducción a los estudios culturales. Barcelona, Paidos, 2004.

(7) Kymlicka, Will. Ciudadanía multicultural. Una teoría liberal de los derechos de las minorías. Barcelona, Paidos, 1996.

(8) Touraine, Alain. ¿Cómo salir del liberalismo? Barcelona, Paidos, 1999.

 

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