Creo que lo más importante para escribir no es tener una o muchas anécdotas sino sentir la necesidad de decir algo. Hay muchos alumnos que vienen con historias increíbles, pero nunca llegan a escribirlas. Eso significa que la historia no los ha tocado, no los ha afectado de ninguna manera.

 

 

[ Recomendamos leer ]
  Nuevas edioriales (el caso peruano de un boom remecedor) (por Francisco Izquierdo. El Hablador Nº 6. diciembre de 2004)

 

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Talleres de narración en Lima

por Mario Granda

 

Hasta entonces yo había asistido cuatro veces al taller y nunca había ocurrido nada, lo cual es un decir, porque bien mirado siempre ocurrían cosas: leíamos poemas y Álamo, según estuviera de humor, los alababa o los pulverizaba; uno leía, Álamo criticaba, otro leía, Álamo criticaba, otro más volvía a leer, Álamo criticaba. A veces Álamo se aburría y nos pedía a nosotros (los que en ese momento no leíamos) que criticáramos también, y entonces nosotros criticábamos y Álamo se ponía a leer el periódico.
El método era el idóneo para que nadie fuera amigo de nadie o para que las amistades se cimentaran en la enfermedad y el rencor.

Roberto Bolaño, Los detectives salvajes

Soy como escribo, soy lo que escribo

Tomás Eloy Martínez, El vuelo de la reina


El comienzo de la novela Los detectives salvajes de Roberto Bolaño relata una de las experiencias más comunes entre los jóvenes y adultos interesados en la literatura. La sala llena de alumnos, el profesor o la profesora al frente, la lectura de un poema o un cuento (en voz alta y con una fotocopia) y la ansiosa espera antes del comentario de nuestro texto, son momentos que no le son ajenos a los que han asistido a un taller. ¿Por qué la proliferación de los talleres? ¿Cuál es el interés que han despertado estos espacios en los que se busca terminar un cuento, contar una historia, escribir un poema? Estas son algunas de las preguntas que les planteamos a Iván Thays, Jorge Valenzuela y Ana María Gazzolo, tres directores de talleres de narrativa que nos ayudaron a conocer un poco más la dinámica del taller. Como aparece en el texto de Bolaño, un taller se divide en los momentos de “lectura” y de “crítica”. Pero en el taller también actúan gustos, estéticas, pedagogías, diversas intenciones literarias (o hasta políticas) que enriquecen la dinámica. Aquí las opiniones.

El testigo privilegiado

Iván Thays, reconocido escritor y periodista cultural, ha dirigido talleres de narración por varios años. El más joven de nuestros entrevistados, Thays, es parte de la generación de los talleres que comenzaron a formarse y ganar cierto renombre a mediados de los ochenta, tales como el de Otilia Navarrete, donde conoció a sus primeros lectores y críticos. Fue aquí también donde surgió otro taller llevado por él y otros amigos llamado Centeno: “A partir de esta experiencia logré reunir los textos para mi primer libro, Escenas de caza, y desde esa época formé otros grupos, pero ya no solo como integrante sino como director”.

—¿Qué es lo que debe aprender el alumno en un taller?

—Los que se inscriben en un taller generalmente quieren escribir la historia o las historias que tienen en mente. Cada uno de nosotros siempre tiene una anécdota que le gusta contar a alguien. Pero creo que lo más importante para escribir no es tener una o muchas anécdotas sino sentir la necesidad de decir algo. Hay muchos alumnos que vienen con historias increíbles, pero nunca llegan a escribirlas. Eso significa que la historia no los ha tocado, no los ha afectado de ninguna manera. Manuel Puig, que también dirigía un taller, decía que se logra escribir cuando escribimos sobre algo que conocemos y somos testigos privilegiados. Yo creo lo mismo. La mayor parte de la gente ha pasado por experiencias iguales, pero hay siempre una visión particular que diferencia nuestra experiencia de las otras.

(Foto: Leslye Valenzuela)

La idea de Thays reside en que no se debe preparar al alumno para ganar un premio sino para madurar como escritor, y esta es una de las razones por las cuales, junto con Alonso Cueto, ha creado la Escuela de Escritores en el Centro Cultural de la Universidad Católica. Muchas veces los alumnos se quejan porque los talleres son de corta duración y se ven obligados a repetir el curso, sin poder ir un poco más lejos. Para estos casos, la Escuela de Escritores, que dura un año, busca enseñar de forma muy puntual los recursos narrativos necesarios para que el aprendiz adquiera una mejor destreza en la técnica. Pero esto no significa convertir el curso en una clase de literatura: “Es muy fácil hablar de la historia del cuento policial en Estados Unidos, en Argentina, en el Perú. ¿Pero cómo se escribe un cuento policial? ¿Cuáles son sus características, sus cualidades? Mientras se centre la enseñanza en la técnica y no en el tema el alumno podrá mejorar”. En cuanto a los profesores, no solo son Thays y Cueto los que dirigen las clases sino también escritores e intelectuales que tienen la oportunidad de enseñar un tema en particular. “Un proyecto parecido, pero con una metodología distinta, es la Escuela Dinámica de Mario Bellatín en México”, nos dice Thays. “En ella se invita a escritores de renombre para que hablen sobre el tema que más saben y más les gusta. Si siempre has sido un profesor que ha enseñado sobre la novela hispanoamericana y la novela que más te gusta es La casa verde, solo vas a hablar de La casa verde. En otras palabras, vas a hablar de lo que más te gusta. Y a esto se suma un detalle, y es que a los alumnos les está prohibido escribir. Los alumnos solo van a escuchar las clases. El objetivo de la Escuela de Bellatín es que el alumno conozca la dinámica del quehacer literario, sepa cómo piensa un escritor cuando escribe un texto”.

—A un taller asisten personas muy distintas entre sí. Adultos, jóvenes, profesionales. ¿No es difícil hacer una clase con un alumnado tan variado?

—Lo interesante de un taller es que mientras más heterogéneo sea, mejor. Formar un grupo en el que un abogado o un ingeniero con experiencia y años pueda hablar con un chico universitario o con una enfermera o una profesora de primaria produce cosas interesantes. Sucede también con las lecturas. Hay algunos que saben mucho de Paulo Coelho, otros de Proust o de Carlos Fuentes, y esto enriquece mucho al grupo. Pero el problema está en que la integración del grupo toma tiempo. Tal vez lo más importante en la dinámica es saber escuchar a los demás, romper el cascarón de la estructura individual y abrirse a los otros. Es así que las historias comienzan a salir, a brotar y posteriormente a ser escritas.

—¿Crees que los talleres han cambiado en algún aspecto el panorama literario peruano?

—Salen buenos escritores de los talleres. Pero todavía puede hacerse más. Una cosa que no ha ocurrido aquí es que escritores como Vargas Llosa o Bryce Echenique no han compartido los conocimientos que tienen sobre la escritura. Sí han hablado o escrito de su poética, de sus técnicas, pero no han bajado al llano como lo hizo José Donoso en Chile, de cuyo taller salieron personas como Damiela Eltit y Alberto Fuguet, una promoción que dio frutos muy interesantes.

 

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